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Archive for 30 diciembre 2009

Un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Todo es miseria, desolación y degradación de la dignidad humana. Pero un niño acaba de llegar y parece feliz. Juega, corre de un lado a otro y sonríe. Habla con todo el mundo. Parece radiante.

Una calle en un barrio elegante de una gran ciudad, quizá París, a finales de los años 40. Un caballero bien vestido pasea por ella. De repente se detiene ante una papelera. Se acerca. Mira en su interior. Descubre algo. Inesperadamente coge algo con delicadez y se lo lleva a la boca. Mientras lo mastica sigue su paseo.

Una psiquiatra de una unidad de salud hospitalaria de salud mental infantil se reúne con la madre de J., de 15 años, y con la familia educadora con la que éste vivió unos años. Con gran delicadeza les informa que J. padece un claro trastorno mental. La familia educadora, con la que ahora viven dos hermanas de J., sale del hospital consolada.

Los dos primeros casos los cuenta Boris Cyrulnik en uno de sus libros. El tercero lo he vivido personalmente. Todos ellos desconciertan si se ven como una descripción, como si fueran una instantánea tomada fortuitamente. Son desconcertantes.

En los dos primeros casos Cyrulnik nos ofrece la perspectiva histórica.

El niño que corretea eufórico por el campo de concentración había estado escondido durante unos meses en un cubículo. Sus vecinos lo alimentaban pasándole comida cada día pero nadie hablaba con él durante horas y horas. Finalmente fue descubierto por la SS. El campo de concentración significó para él el fin de la soledad.

El señor que pasea por la calle de París no padecía Síndrome de Diógenes u otra alteración mental importante. Era un superviviente de otro campo de concentración. Durante su cautiverio, encontrar el mínimo de resto de comida significa la diferencia entre la vida y la muerte. Ahora, ya libre, con sus necesidades materiales cubiertas, un resto de bocadillo en una papelera sigue teniendo para él una carga emocional tremenda: es el símbolo de la vida, de la supervivencia.

Tras semanas de pesar y tristeza por el estado de J. es un alivio saber que su conducta desbocada de las últimas semanas responde a un trastorno bipolar y que ya está recibiendo el tratamiento adecuado. ¿Quién sabe si esta tragedia no es la única forma de que abandone su ya disparada carrera de delincuencia juvenil y de relaciones poco convenientes?

De nuevo la vida nos demuestra que ella responde mejor a la pregunta del “¿para qué?” que a la del “¿por qué?”.

(Ubicación en el Blog-rrador: 7)

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¿Por qué nos gusta tanto contar y oír historias? ¿Por qué las historias nos atrapan, nos conmueven, nos interpelan, nos…? Supongo que será porque nosotros mismos somos historia. Quizá porque somos seres temporales pero con el deseo de eternidad en nuestro interior.

Pero el hecho es que la psicología hace no mucho ha descubierto la importancia de la narración para nuestra propia identidad, para nuestra propia salud mental, para nuestra correcta adaptación al mundo y a los demás.

Así que he aquí algunos libros que conozco sobre este tema (clickea en el titulo para ir a la ficha de la web de la editorial):

Medios narrativos para fines terapéuticos.

Terapia narrativa para niños.

 

Narraciones contadas, narraciones vividas.

Terapia narrativa.

La mente narrativa.

 

El amor es como una historia.

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Desde que empecé a leer sobre resiliencia buscaba una manera de sistematizar los distintos factores que la explican. La conocida “casita de la re silencia” era una opción y es bastantearticles-100191_casita clara y didáctica. Pero no me permitía introducir todos los aspectos y matices de las distintas variables.

Y la sistematización de Edith Grotberg no me gustaba: YO TENGO (Entorno social) YO SOY o YO ESTOY (fortalezas intrapsíquicas y condiciones personales) y YO PUEDO (habilidades en relaciones con los otros). Aunque se reconoce la importancia del entorno la referencia al YO centraliza la resiliencia en la potencialidad de la persona.

Desde la perspectiva de la relación de ayuda la resiliencia es una cuestión relacional del un YO (que sufro la adversidad) y un TU (que me sirves de apoyo). Si sólo fuera cuestión de un YO, y ese YO puede salir de la adversidad, no hay resiliencia. Hay fortaleza. Yo soy más fuerte que el golpe recibido. La resiliencia implica una adversidad que me deja KAO o que me desgasta hasta la extenuación.

Pero además, si Cyrulnik tiene razón (que no lo dudo) la importancia del contexto es determinante. La relación entre el YO y el TU se produce bajo la atenta mirada de un EL (el contexto social, los otros) que determinan lo que se piensa sobre el problema y sobre sus soluciones.

Así que pensé que habría que elaborar un modelo interpersonal de la resiliencia. Pero al oír en un Seminario a Boris Cyrulnik el lo sintetizó de maravilla. Para que haya resiliencia se necesita  que se den tres cosas: disposición de recursos externos; adquisición de recursos internos y sentido o perspectiva histórica. Y los tres factores se interrelacionan dinámicamente entre sí.

Por eso en las charlas lo presento como un taburete de tres patas: el taburete de la resiliencia.

Taburete

(Ubicación en el Blog-rrador: 9 introducción)

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Sábado. A media tarde llego de Alicante de participar un curso de atención a mujeres embarazadas en situación socio-familiar difícil. Extrañamente todo está tranquilo en casa (somos muchos) y en la tele empieza la película “A propósito de Henry” interpretada por Harrison Ford y Annette Bening. Ya la hemos visto pero apetece volver a verla.

Y la película trata de precisamente he intentado explicar esta mañana. La resiliencia no supone retomar el desarrollo donde se quedó parado con la tragedia, con la adversidad. La resiliencia supone superar la adversidad retomando, como insiste Cyrulnik, “OTRO” desarrollo adecuado. Y que no necesariamente me llevará al punto donde hubiese llegado si no hubiera aparecido la adversidad.

El fisioterapeuta que ayuda a Henry a recuperarse de su lesión neurológica le cuenta que el mismo era un apasionado jugador de futbol americano. Hasta que tuvo una lesión en las dos rodillas. Su vida parecía hundida pero conociendo a su fisioterapeuta decidió que quería dedicarse a eso mismo. Gracias a su lesión ahora el podía ayudar a Henry.

Y al mismo tiempo, el protagonista, Henry retomará un nuevo desarrollo. Menos exitoso en lo profesional pero infinitamente mejor en lo personal y, sobre todo, en lo familiar.

No nos equivoquemos. Resiliencia no consiste en continuar como si no hubiese habido golpe. Resiliencia quiere decir que a la adversidad, a la catástrofe, no le sigue un desastre generalizado, sino una vida adaptativa y plena.

De tal modo que el personaje de Henry y su familia podrían llegar a celebrar… el día que le pegaron un tiro en la cabeza.

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(Ubicación en el Blog-rrador: 7)

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Reconocer el dolor

Un problema que tienen las personas que han pasado por grandes adversidades es que a la gente no nos gusta oír a las víctimas. No es fácil escuchar el sufrimiento de las víctimas. ¡Qué difícil es escuchar tan sólo! Parece que nos sentamos obligados a dar respuesta a ese sufrimiento relatado. Pero nos equivocamos. La víctima sólo quiere ser oída. No desea consejos ni probablemente consuelo. Ya es bastante consuelo haber sobrevivido y poder contarlo. Pero ¿y si no le dejamos contarlo? Y si intentando consolar, le callamos.

Milton H.  Erickson, terapeuta americano a raíz del cual se crearon varias escuelas o corrientes MHEriksonpsicoterapéuticas, cuenta en uno de los pocos libros que escribió que cuando un niño se cae y se hace solemos reaccionar diciéndole cosas como: ¡Venga. machote, que no ha sido nada!. ¿Cómo que no pasa nada si se acaba de raspar las rodillas en el asfalto? Él propone lo contrario. Para consolar al niño es más eficaz reconocerle su dolor y su derecho a llorar.¡Uy! ¡Eso debe doler mucho! Lora, llora…

¿Os imagináis que nosotros cayéramos y alguien nos dijera: ¡Venga! ¡Que no pasa nada!? Y sin embargo ¿no somos capaces de decir a una persona que acaba de perder a un ser querido cosas como: ¡Animo!¡La vida continúa!Ya veras como sigues adelante… ¿Es eso consuelo? O el consuelo radica en que el otro es capaz de acompañarte en tu sufrimiento. Acompañarte sin pretender sacarte de él. Simplemente estando a tu lado.

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Tener perro en una familia numerosa es un factor de estrés más. Para que nos vamos a engañar. No estoy ya para estos trotes. Pero lo reconozcEl banquero de los pobreso. Bajar al perro por la noche te da la OPORTUNIDAD para algunas cosas. Y si te acostumbras a ver documentales en un Ipod nano pues puede ser hasta intelectualmente fructífero.

Ayer vi un documental sobre los microcréditos. Ya había leído algunos capítulos del libro de y sobre Muhammad Yunus “El banquero de los pobres” de la editorial Paidos.

Y viendo algunos testimonios de pobres recalcitrantes que han podido transformar su vida y la de su familia gracias a un préstamo ¡de no más de 30 euros! me quedo sobrecogido.

De nuevo la lógica no se aplica a la vida. ¿Quien iba a pensar que los bancos de microcréditos, que prestan a personas (mujeres) que viven en la miseria, tendrían los índices más bajos (casi nulos) de morosidad?

Con los 20 ó 30 euros que yo me gasto, por capricho, en un libro, una persona puede pasar de sobrevivir a vivir dignamente. Sólo necesita que alguien le dé esa pequeña oportunidad y que confíe en ella. Pero tampoco se le regalará nada. No es caridad. No es aquello de: “Yo que puedo te ayudo a ti que no puedes”. Al contrario. Se le impone un reto, al que la persona tendrá que responder. Y si lo supera pedirá otro crédito algo mayor.

Creo que cualquier persona que vaya a trabajar en la acción social debería conocer como funcionan los bancos de microcréditos. Incluso antes que saber como provocar el cambio en las familias o como diseñar y planificar las intervenciones sociales.

(Ubicación en el Blog-rrador: 8.c.)

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Leo que en los casos que se detecta en el embarazo que el niño o niña padece el síndrome de Down, el 90% son abortados. Sin embargo cuando hablas con padres de personas con este Síndrome, la mayoría te valoran su experiencia de forma satisfactoria. Te dicen que son los hijos más cariñosos, que recompensan con creces, que son una bendición… O al menos no te suelen decir que su vida se ha echado a perder por culpa de la discapacidad de su hijo o hija.

Al parecer hay una tendencia de la mente humana a pensar que de lo malo no puede surgir lo bueno. Un niño “defectuoso” no puede producir una vida “más plena”. No puede ser.

Sin embargo la vida no parece funcionar así. Quizá porque a ella no le atañen las categorías “bueno / malo”. Por eso me gusta el tema de la resiliencia. Porque demuestra que malos principios pueden tener buenos finales.

Como la vida misma.

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