Reconocer el dolor

Un problema que tienen las personas que han pasado por grandes adversidades es que a la gente no nos gusta oír a las víctimas. No es fácil escuchar el sufrimiento de las víctimas. ¡Qué difícil es escuchar tan sólo! Parece que nos sentamos obligados a dar respuesta a ese sufrimiento relatado. Pero nos equivocamos. La víctima sólo quiere ser oída. No desea consejos ni probablemente consuelo. Ya es bastante consuelo haber sobrevivido y poder contarlo. Pero ¿y si no le dejamos contarlo? Y si intentando consolar, le callamos.

Milton H.  Erickson, terapeuta americano a raíz del cual se crearon varias escuelas o corrientes MHEriksonpsicoterapéuticas, cuenta en uno de los pocos libros que escribió que cuando un niño se cae y se hace solemos reaccionar diciéndole cosas como: ¡Venga. machote, que no ha sido nada!. ¿Cómo que no pasa nada si se acaba de raspar las rodillas en el asfalto? Él propone lo contrario. Para consolar al niño es más eficaz reconocerle su dolor y su derecho a llorar.¡Uy! ¡Eso debe doler mucho! Lora, llora…

¿Os imagináis que nosotros cayéramos y alguien nos dijera: ¡Venga! ¡Que no pasa nada!? Y sin embargo ¿no somos capaces de decir a una persona que acaba de perder a un ser querido cosas como: ¡Animo!¡La vida continúa!Ya veras como sigues adelante… ¿Es eso consuelo? O el consuelo radica en que el otro es capaz de acompañarte en tu sufrimiento. Acompañarte sin pretender sacarte de él. Simplemente estando a tu lado.

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