La vida no es lógica (2): la adversidad es histórica. Por eso necesitamos narrarla.

Un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Todo es miseria, desolación y degradación de la dignidad humana. Pero un niño acaba de llegar y parece feliz. Juega, corre de un lado a otro y sonríe. Habla con todo el mundo. Parece radiante.

Una calle en un barrio elegante de una gran ciudad, quizá París, a finales de los años 40. Un caballero bien vestido pasea por ella. De repente se detiene ante una papelera. Se acerca. Mira en su interior. Descubre algo. Inesperadamente coge algo con delicadez y se lo lleva a la boca. Mientras lo mastica sigue su paseo.

Una psiquiatra de una unidad de salud hospitalaria de salud mental infantil se reúne con la madre de J., de 15 años, y con la familia educadora con la que éste vivió unos años. Con gran delicadeza les informa que J. padece un claro trastorno mental. La familia educadora, con la que ahora viven dos hermanas de J., sale del hospital consolada.

Los dos primeros casos los cuenta Boris Cyrulnik en uno de sus libros. El tercero lo he vivido personalmente. Todos ellos desconciertan si se ven como una descripción, como si fueran una instantánea tomada fortuitamente. Son desconcertantes.

En los dos primeros casos Cyrulnik nos ofrece la perspectiva histórica.

El niño que corretea eufórico por el campo de concentración había estado escondido durante unos meses en un cubículo. Sus vecinos lo alimentaban pasándole comida cada día pero nadie hablaba con él durante horas y horas. Finalmente fue descubierto por la SS. El campo de concentración significó para él el fin de la soledad.

El señor que pasea por la calle de París no padecía Síndrome de Diógenes u otra alteración mental importante. Era un superviviente de otro campo de concentración. Durante su cautiverio, encontrar el mínimo de resto de comida significa la diferencia entre la vida y la muerte. Ahora, ya libre, con sus necesidades materiales cubiertas, un resto de bocadillo en una papelera sigue teniendo para él una carga emocional tremenda: es el símbolo de la vida, de la supervivencia.

Tras semanas de pesar y tristeza por el estado de J. es un alivio saber que su conducta desbocada de las últimas semanas responde a un trastorno bipolar y que ya está recibiendo el tratamiento adecuado. ¿Quién sabe si esta tragedia no es la única forma de que abandone su ya disparada carrera de delincuencia juvenil y de relaciones poco convenientes?

De nuevo la vida nos demuestra que ella responde mejor a la pregunta del “¿para qué?” que a la del “¿por qué?”.

(Ubicación en el Blog-rrador: 7)

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