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Archive for 21 febrero 2011

N Kampusch 3096 dias

Cyrulnik (siempre Cyrulnik) insiste en la importancia de la reacción del entorno para posibilitar la recuperación de las heridas de la vida o, por el contrario, crear un trauma a partir de las mismas.

El otro día esperaba en una clínica en la que había un televisor. En él se veía y se escuchaba una entrevista con Natascha Kampusch que en estos días ha venido a España a hacer promoción del libro en el que cuenta (con ayuda de una escritora profesional) su experiencia de secuestro desde los 10 años hasta los 18. Lógicamente me interesó pero en lugar de centrarme en sus contestaciones (no era el mejor sitio para escuchar la entrevista) me llamó la atención alguna de mis propias reacciones.

No es que pensara “No habrá sido para tanto” que es una de las reacciones más habituales ante el dolor de las víctimas. Tampoco pensé “Sobrevivió porque se unió afectivamente a su secuestrador” que es un pensamiento similar al que hizo que muchos sobrevivientes del holocausto fueran sutilmente acusados de colaborar con los nazis.

Pero si se me pasó por la cabeza dudar de la salud psíquica de Natascha. ¿Por qué? Supongo que porque no es racional (la dichosa razón) que no es posible vivir una experiencia así y seguir mentalmente sano.

Además otro pensamiento me turbo. En la entrevista se decía que la protagonista y la escritora habían evitado los detalles sobre los supuestos abusos sexuales por parte del captor. Mi primera reacción, lo confieso, fue considerar el libro como descafeinado. ¿Qué sentido tiene contar una experiencia traumática obviando una parte importante de ella?.

Pero luego, quizá avergonzado de reconocer que soy tan morboso como cualquiera y que lo perverso puede tener sobre mi una atracción poderosa, pude trascenderme y pensar ¿quién ha dicho que la víctima lo tiene que contar todo? Y que si no lo hace su testimonio no es válido.

A Natascha un perturbado le robó su libertad y su intimidad. Y ahora yo, supuestamente cuerdo, ¿también la reclamo esta última?

Mal que me pese parece ser que las tragedias de la vida no solo ponen a prueba la salud física de las víctimas, sino también la de las que las contemplamos.

En todo caso creo que la resiliencia tiene poco que ver con lo que solemos entender por salud psíquica o por salud mental. La resiliencia de esta chica. no la debemos evaluar en las estrategias o hechos que le ayudaron a sobrevivir, sino en la manera que tras la liberación haya podido retomar su vida. O mejor dicho, en como sea la nueva vida que ha empezado tras ella.

De hecho en una de las entrevistas escritas de estos días explica que una de las ideas que más le han perturbado tras su huida ha sido la de cómo hubiera sido su vida si no hubiera sido secuestrada. Se puede seguir viviendo tras una tragedia, pero no la misma vida. Otra vida comienza. Si esta es positiva y enriquecedora hablaremos de resiliencia.

Y una vida positiva y enriquecedora no depende necesariamente de la salud psíquica ni del estado anímico, ni de los sentimientos… Si esto fuera así la vida de discapacitados psíquicos, enfermos mentales, ancianos…. no tendría sentido.

No puedo afirmar que Natascha sea un ejemplo de resilencia pero su caso; su secuestro y su liberación pueden ayudarnos a entender como reaccionamos ante tragedias de este tipo.

Ella dice, cuando le preguntan como se siente ahora…. Unos días mejor y otros días peor. Y eso no la descarta como posible ejemplo de resiliencia. Porque, como ya he expresado en otra entrada, la resiliencia (suponiendo que este caso la haya) no es un proceso mágico y total.

Quizá mucha gente (espectadores) pensarán: “Natascha está sacando provecho de su desgracia lo cual es indigno” Solo recordar que la narración uno de los recursos de resiliencia por excelencia. Cuando contamos nuestra desgracia, o más aún, cuando la escribimos, es probable que le encontremos o le demos sentido y así sea más digerible.

Y en todo caso… la resiliencia es, por definición, sacar provecho de la desgracia. Ni más, ni menos.

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Llevo mucho tiempo queriendo iniciar una serie de entradas sobre el perfil de los niños y niñas que ingresan en centros de protección de menores. O mejor dicho en el centro en el que yo trabajo.

El porqué les llamo así ya está explicada en la charla “Usted en el País de Nunca Jamás” y que está colgada en una entrada del 30/04/2010 y en ella describiré a los “niños possit”, los “niños maleta”, los niños “ON/OFF”, los niños “azafata”…

Pero de momento empezaremos por los niños que padecen el síndrome TDAF.

No. No se trata de un error tipográfico. No me refiero al famoso TDAH (Trastorno de Atención con Hiperactividad) sino al menos conocido TDAF (Trastorno de Atención Familiar).

Quizá el motivo por el que no es conocido sea que me lo acabo de inventar. Corrijo. Hace unos años que vengo usándolo a raíz de los casos que he conocido.

En ocasiones nos avisan de que va a ingresar un niño y que este es….¡socorro!… hiperactivo. Todas las alarmas se encienden. En algunos casos llegan con sus prescripción médica de Concerta, Medikinet…o similar. En otros casos los padres nos informan que tomaban medicación pero no está contrastado.

Sin embargo tras unos días viviendo con nosotros empezamos a dudar del diagnóstico. Son efectivamente niños llamativos, como desajustados, y efectivamente están como bloqueados, no consiguen aprender (aunque tampoco parece importarles) Pero sin embargo son capaces de ver una película entera, de pasar ratos concentrados en alguna tarea (incluso que requiere una alta concentración).

Y cuando analizas que situaciones han vivido entiendes que el Déficit de Atención no es neurológico…. ¡es Familiar!. Sus padres o sus madres (rara vez los dos) ni SABEN ni QUIEREN cuidarlos.

Sólo se me ocurren dos posibilidades:

1. El diagnóstico de TDAH se fundamenta mucho en la descripción de la conducta de los propios padres. Si no se SABE atender a un niño es probable que se también se exagere sus comportamientos y…

2. Como algunos autores afirman entre lo neurológico y lo emocional hay mucha más conexión de lo que solemos pensar. Y las carencias afectivas provocan estragos en el cerebro de los niños.

Seguiremos observando.

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