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Archive for 28 noviembre 2011

Antirresiliencia

“Tenía un futuro brillante” ha declarado uno de sus jugadores. En su día tuvo el record de partidos jugados en la Premier League (liga principal de fútbol de Inglaterra). Y desde que era seleccionador de Gales el equipo había mejorado su posición en el ranking internacional. Había recibido la Orden del Imperio Británico. Estaba casado y tenía dos hijos. Pero ayer apareció ahorcado.

Gary SpeedSupongo que nunca sabré los motivos que han llevado a Gary Speed a quitarse la vida. Pero de inicio choca que una persona con una trayectoria profesional exitosa,  un presente positivo y un futuro prometedor no quiera seguir viviendo.

Desde hace tiempo (ya en junio del año pasado me atreví a anunciar esta entrada) me llama poderosamente la atención el fenómeno contrario a la resiliencia.

En mi opinión, si la resiliencia consiste en el hecho de retomar un desarrollo positivo a pesar de o tras una gran adversidad, lo contrario no es hundirse tras ella. Eso es lo normal. Es la no resiliencia. Pero no la antirresiliencia.

Una persona no religiosa no tiene porque ser antirreligiosa. No ser del Real Madrid (por ejemplo) no significa necesariamente ser antimadridista. Por eso no reponerse de la adversidad no implica antirresiliencia sino simplemente que no se da la resiliencia.

Por tanto, para mí, la antirresiliencia sería el fenómeno por el cual una persona, a pesar de tener unas condiciones favorables en su vida (sustento físico, sustento emocional, oportunidades, experiencias, modelos… ) tiene un desarrollo negativo o trágico.

Me temo que es la primera vez que voy a disentir un poquito de mi admirado Boris Cyrulnik, aunque en realidad no creo que él se haya planteado esta idea de la antirresiliencia de una forma seria. En una entrevista que circula en internet él se refiere a la antirresiliencia como “quedar atrapado por la desgracia” de forma que la persona queda presa de su pasado desgraciado.

Pero insisto, creo que Cyrulnik no intenta definir la antirresiliencia sino que usa el término para oponerlo al mecanismo de la resiliencia, en el cual, uno, en primer lugar, toma una cierta distancia de la desgracia y luego decide “hacer algo” con ella. O de otro modo: frente a ver la “oportunidad de la desgracia” (mecanismo básico en la resiliencia) opone, lo que otro autor, ha denominado la “desgracia de la desgracia”.

Aunque a medida que voy redactando me doy cuenta de que quizá no haya tanta diferencia entre lo que él plantea y lo que yo quiero transmitir. Quizá lo que yo planteó es la pregunta: ¿por qué unas personas hacen una “desgracia de la desgracia”?

Que sólo conozcamos las condiciones favorables de Gary Speed no quiere decir que no pudiera tener una circunstancia o un sufrimiento que desencadenó su decisión de quitarse la vida. Hace unas semanas el árbitro internacional (de éxito, por lo tanto) Babak Rafati intentó suicidarse en el hotel donde esperaba para arbitrar un partido de la liga alemana de fútbol. Sobrevivió y por tanto hemos podido conocer por él mismo lo que le llevó a ello. Estaba deprimido al no poder soportar la presión de los medios de comunicación y las aficiones y desarrollar un miedo atroz a equivocarse.

Lo que quiero expresar es que los grandes ejemplos de resiliencia humana son casos donde en un fondo totalmente negro aparecen pequeños puntitos blancos (tutores de resiliencia) a partir de los cuales la persona reconstruye su vida haciendo retroceder la “mancha negra” (ver entrada La adversidad no es definitiva. La resiliencia tampoco: surgir de la mancha negra. de Junio de 2010).

Por tanto los casos evidentes de antiresiliencia son aquellos donde existe un fondo blanco (condiciones favorables) y una o unas pequeñas motas negras llevan a la persona a un final “trágico” (suicidio, drogadicción, daño a los demás…).

¿Y de qué depende entonces la antirresiliencia?

Evidentemente de las condiciones externas no, puesto que en principio son mayoritariamente favorables (fondo blanco). Por tanto deberemos rastrear en las otras dos patas del taburete: las condiciones internas y el significado personal.

No cabe duda que para el árbitro Rafati un error en un partido adquirió un significado personal brutal: la pérdida del status y prestigio alcanzado. Equivocarse en tercera regional podía suponer un botellazo pero no afectaría mucho a su, por decirlo, “honor” o prestigio. Sin embargo un error en un Bayern Munich – Schalke 04 cuando eres un árbitro internacional y te juegas dejar de serlo…

Pero empiezo a sospechar que tras ese significado personal demoledor, que hace que a veces una desgracia “normalita” rodeada de hechos afortunados (mota negra en folio blanco) existen carencias o ausencia de los recursos internos para la resiliencia. Intentaré poner algunos ejemplos.

La humildad (“virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”) es un factor interno favorecedor de la resiliencia porque permite pedir ayuda. Si se desconoce la propia debilidad ¿cómo pedir ayuda?

Pero en el otro extremo de la humildad está el orgullo (“Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia”) y con él, o no se pedirá ayuda (“Tengo que ser capaz de solucionar esto yo solo”) o se exigirá la ayuda (“Usted tiene que ayudarme” “Usted no sabe quien soy yo”).

Aquel que es considerado por los demás afortunado a lo mejor no se atreverá a exigir la ayuda (excepto que sea estúpido o que crea que su fortuna es mérito) pero es muy posible que tampoco sea capaz de pedir ayuda para superar un infortunio en un mar de fortuna.

En definitiva, la humildad no es sólo importante para superar la adversidad sino también para gestionar la fortuna y admitir pequeñas adversidades.

Lo contrario del sentido del humor no es la seriedad. Lo contrario del sentido del humor es el sentido trágico de la vida. La ausencia de sentido del humor impide tomar distancia de la desgracia, y por tanto, facilita la “desgracia de la desgracia” de la que hablábamos antes.

En definitiva el sentido del humor permite reírse hasta de uno mismo y relativizar la desgracia pero también relativizar la desgracia relativa (perdón por el trabalenguas)

Lo contrario de la trascendencia (religiosa o laica) no es la intranscendencia (superficialidad). Lo contrario de la trascendencia es el nihilismo (“negación de todo principio religioso, político y social” o la “negación de toda creencia”). Y sin creencias (religiosas o laicas, insisto) es difícil, como diría V. Frankl, contestar a la pregunta que la vida nos hace todos los día sobre su sentido.

Y nos pregunta nos vaya mal o nos vaya bien.

Lo contrario del altruismo (“diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio” y con raíz en la palabra latina Alter – otro) no es la indiferencia social sino el egoísmo (“inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás” – de Ego: yo).

El altruismo permite descentrarnos de nosotros mismos y de nuestra adversidad. El egoísmo, al revés: yo-mi-me-conmigo. Sólo existo yo. Yo y esa puñetera desgracia rodeada de fortuna.

Lo contrario de la introspección (del latín introspicĕre, mirar adentro) es mirar afuera. Y mirando solo fuera sólo importa lo que nos ocurre (“desgracia de la desgracia”) y no lo que hacemos con lo que nos ocurre (“oportunidad de la desgracia”)

Por todo esto empiezo a sospechar que quizá una persona que objetivamente podamos considerar como afortunada puede ser derribada por una desgracia para otros “llevadera” si no tiene sentido del humor; no tiene un mínimo de humildad, no cree en nada, es incapaz de darse a los demás o de mirar a su propio interior.

La mitología griega atribuía a Aquiles la invulnerabilidad al haber sido sumergido por la diosa Tetis en la laguna Estigia que separaba la tierra del Hades o mundo de los muertos. Pero su propia mano impidió que se mojara el talón de Aquiles y dejó una ventana a la vulnerabilidad.  Quizá unas condiciones externas muy afortunadas, en ocasiones, pueden dificultar el desarrollo de condiciones internas necesarias para superar adversidades. Y bastará con una flechita en el talón para…

(Ubicación en el Blog-rrador: 12)

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Una de las primeras cosas que aprendí cuando me interesé por las Teoría del Apego (al empezar a trabajar en protección de menores) es que Bolwby, uno de los autores más destacados, decía que la conducta de apego se daba “desde la cuna hasta la sepultura”.

Sin embargo me sorprende que, en el mundillo de la intervención social, sólo oigo hablar de apego cuando nos referimos a la relación de los niños con sus cuidadores. Puedo oír y decir frases como: “Este niño muestra un estilo de apego evitativo” o “La abuela materna parece ser una base de seguridad para el niño”

Pero nunca he oído cosas como: “La trabajadora social municipal es una persona huidiza y le cuesta empatizar con la usuaria” o “El psicólogo del centro se implicó mucho con el menor hasta que esté le defraudó” o “El potencial acogedor muestra un estilo de apego ansioso que puede ocasionarle problemas para dar seguridad al niño acogido”

Al parecer Bolwby no tenía razón y los estilos de apego no duran toda la vida sino que uno se deprende de ellos cuando se hace adulto. O, al menos, profesional de la intervención social.

No estoy confundiendo apego con vinculación. Como Jorge Barudy explicaba hace poco en Castellón, la relación entre un niño y su cuidador no es recíproca. La conducta de apego del niño es la que explica la ligazón del niño con alguien que le da seguridad al dar una respuesta sensible a sus necesidades. Pero la relación del adulto hacia él no está basada, lógicamente, en la seguridad sino en el deseo de “ocuparse de”. Yo soy la base de seguridad para mis hijos (espero) pero ellos no son mi base de seguridad.

Pero yo también tengo mis bases de seguridad. Mi mujer, mi madre (cuando vivía y a pesar de que los hijos ya la cuidábamos a ella), mis hermanos, mi suegra (abstenerse graciosillos), algunos amigos íntimos… El apego es sólo una cara de la moneda (yo necesito fuentes de seguridad) pero la otra es la de dar  seguridad, preocuparse, interesarse por el otro….

Pero la primera cara (mi historia de apego) va a condicionar mi forma de posicionarme ante el mundo y ante los demás. Si mi estilo, por mi historia, es evitativo querré relacionarme pero necesitaré mantener una zona amplia de intimidad o independencia y me sentiré incómodo en el compromiso personal. Y esto a su vez condicionará mi manera de entregarme a los demás.

¡Anda! ¿Y si Bolwby tenía razón? ¡De la cuna a la sepultura!

Tuve un libro estupendo (que fue dejado y no devuelto) de David Howe, llamado “La teoría del vínculo afectivo para la práctica del trabajo social” (Ed. Paidós, 1997) que trataba (y conseguía) hacernos ver como los usuarios adultos de servicios sociales tienen sus estilos de apego que explicaban su posición ante los profesionales. Pero también que los profesionales tienen sus estilos de apego que explican su forma de posicionarse frente a los usuarios.

Pero este libro es ya difícil de encontrar así que tengo que recomendar otro libro muy distinto pero que nos hace ver que seguimos teniendo un estilo de apego aunque estemos (como en mi caso) más cerca de la sepultura que de la cuna.

Se trata de “Maneras de Amar” (título original: Attached) de Amir Levine y Rachel Heller en Ediciones Urano. Puedes acceder aquí las 27 primeras páginas que la editorial permite descargar.

En el libro los autores analizan los  tres principales «estilos de apego» que define la teoría del apego (seguro, evitativo o ansioso)  en relación a las maneras que tienen las personas de percibir la intimidad y de responder a ella en el seno de la pareja.

A grandes rasgos, las personas  seguras  se sienten a gusto en situaciones de intimidad y suelen ser cálidas y cariñosas; las ansiosas anhelan la intimidad, tienden a obsesionarse con sus relaciones y acostumbran a dudar de la capacidad de su pareja para corresponder a su amor; las evasivas, en cambio, equiparan la intimidad con una pérdida de independencia y se esfuerzan constantemente en evitar el acercamiento. Por ende, los individuos que encajan en cada uno de estos tres estilos difieren en:
• Sus ideas de intimidad y de relación.
• La forma de reaccionar ante el conflicto.
• La actitud hacia las relaciones sexuales.
• La capacidad para expresar sus deseos y necesidades.
• Las expectativas que tienen de la pareja y de la relación.”

Es un libro muy ameno y entretenido. Incluso recomendable para aquellas personas “sentimentalmente en activo”. Pero dado lo poco que existe en castellano sobre apego adulto, también recomendable para analizar como el estilo de apego de un profesional (o un usuario de los servicios sociales) puede influir en su trabajo cotidiano. Bastaría cambiar algunas palabras y tendríamos….

Por ende, los profesionales de la acción social que encajan en cada uno de estos tres estilos  difieren en:

  • Sus ideas sobre la relación de ayuda.
  • La forma de reaccionar ante el conflicto.
  • La actitud hacia las relaciones profesionales (con clientes y compañeros).
  • La capacidad de expresar sus deseos o necesidades. 
  • Las expectativas que tienen de él/la usuario/a y de la relación con él/ella.
Bueno. Si has llegado al final y te ha interesado el este tema, por favor no seas evitativo/a y manda un comentario. Gracias.

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Es curioso. Me dio por escribir cosas en un blog. Llevo cincuenta y pico entradas y todavía no he escrito nada sobre la escritura como método para elaborar y rehacerse de las adversidades de la vida.

Por otra parte, a título personal, empiezo a preguntarme si no acabaré viendo la realidad a través del blog. El otro día me descubrí diciéndole a alguien: “Sobre eso he escrito una entrada en mi blog” ¿Llegará un momento que si no tengo entrada sobre algo no tenga criterio? Espero que no.

En todo caso, la frase del título, que se le atribuye al escritor Augusto Monterroso, transmite de forma magistral lo que la psicología empieza a explicar sobre la escritura.

En los cursos suelo usar un párrafo del libro de Richard Wiseman  “59 segundos: piensa un poco, para cambiar mucho”  (Editorial RBA – Integral) en el que, después de explicar que la psicología no avala que las conversaciones (con un amigo o amiga por ejemplo) tengan siempre el famoso efecto catártico, concluye:

“Desde una perspectiva psicológica, hablar y escribir son dos cosas muy distintas. Hablar, a veces, es una actividad poco estructurada, desorganizada, incluso caótica.Por el contrario, escribir anima a la creación de un argumento y una estructura que ayudan a dar sentido a lo sucedido y nos dirige a una solución. En resumen, hablar puede añadir confusión, mientras que escribir proporciona un enfoque más sistemático, más centrado en la solución”

También el escritor Manu Rodríguez (http://manu-rodriguez.blogspot.com/) en su libro “Manual de escritura curativa” Ed. Almuzara (2011) basandose o inspirándose en las investigaciones desarrolladas por James W. Pennebaker expresa contundentemente una idea similar:

“Mediante la escritura , ordenando el caos que nos ha producido tal o cual suceso traumático, lo sacamos fuera, lo entendemos y nos sobreponemos a él”

Una entrada en el blog no da para expresar todo el potencial de la escritura como tutor de resiliencia. Espero no tardar mucho en recoger de nuevo esta idea. Pero de momento sirva este apunte para introducir la idea.

Es curioso. La afición por la lectura es un valor socialmente aceptado. Todos los lectores quieren transmitir su afición a sus hijos. Y los que no lo son no les importaría que sus hijos salieran “ratones de biblioteca”.

Sin embargo nunca me he oído decir a mi mismo o a otra persona: “Me encantaría que mi hijos se aficionaran a escribir”. Y sin embargo la lectura proporciona placer y sabiduría. Pero la escritura proporciona curación y sentido. Nada más y nada menos.

(Ubicación en el Blog-rrador: 9.f.)

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“¡Pero cómo no se le va a coger cariño a un niño si se le coge cariño hasta un perro!”.

Cuando oigo esta frase (o parecida) noto que se me erizan los pelos de la espalda. Especialmente si lo dice alguien al que debo valorar para ser familia acogedora de menores. Pero normalmente no contesto.

Pero a partir de ahora quizá si lo haga. Porque esa idea tiene trampa.

Yo puedo cogerle cariño a un perro y, sintiéndolo mucho, tener que darlo, regalarlo o llevarlo a la perrera (lo sé porque me ha pasado).

¿Qué tiene que ver el cariño con el compromiso?

Hay muchas mujeres a las que les he tenido cariño pero sólo me he casado con una. Hay muchos amigos a los que les tengo mucho cariño pero no me los llevo a vivir a casa. Hay….

A la persona que piensa que a cualquier niño se le coge cariño (como a un perro) habría que hacerle pensar que la analogía no es:

niño desprotegido = cachorrito

sino

niño desprotegido = perro apaleado, gato escaldado….

4B

Y no estoy hablando de malos tratos. ¡Estoy hablando de vínculos!

A quien piense que se le coge cariño a cualquier perro habría que decirle :

Imagina que te llevas a un perro de la perrera. Y ya el primer día notas que no ha aprendido a hacer sus necesidades en la calle. Piensas: “Pobrecito. Yo le enseñaré” Y piensas que unas semanas lo conseguirás.

Pero ya llevas 6 meses y ya no puedes más. Cada vez que entras en casa buscas donde estará el charco y las cacas y se te “llevan los demonios”.

Además resulta que el perro cuando se queda solo en casa empieza a ladrar constantemente. Y ya has tenido que pedir disculpas a algún vecino que te lo ha recriminado.

Y para colmo no te puedes acercar a él mientras está comiendo porque te gruñe y un día se revolvió contra ti cuando quisiste moverle la escudilla. No te fiaste de tu cariño y rápidamente quitaste la mano por si las moscas…

Te sigue pareciendo un perro precioso y quieres tenerlo pero… Se te está haciendo cuesta arriba. Muy cuesta arriba. Y la gente no entiende porque aguantas todo esto y prefiere no ir a tu casa porque el perro les da miedo.

Y un día descubres que estás del perro hasta las narices. Eso sí. Le tienes mucho cariño. Pero él o tú.

En esta sociedad donde hay muchas personas que tratan a sus perros como si fueran niños (les hablan como si les entendieran y les atribuyen sentimientos y emociones humanas) hay también muchas personas que no pueden entender que no existe una única realidad bajo la palabra “niño”.

Como intento reflejar en este blog hay “niños”, “niños possit” “niños maleta” … e incluso “infra-niños”. Todos los niños necesitan CARIÑO y EDUCACIÓN. Pero algunos además necesitan PACIENCIA y COMPROMISO.

Pero ahora tengo una magnifica ayuda. Por fin pude comprar y leer la primera parte del libro de  José Luis Gonzalo y Óscar Pérez Muga llamado “¿Todo niño viene con un pan debajo del brazo? Guía para padres adoptivos con hijos con trastornos de apego” editado por la editorial Desclée de Brouwer.

No cabe duda de que lo voy a recomendar a todas las familias que quieran meterse en esto de la adopción o del acogimiento. Con ejemplos y analogías sencillas expresa fabulosamente las características especiales que tienen los niños (las personas) con estilos de apego no seguro y como para tratarlos adecuadamente necesitamos no perder de vista ese estilo propio de relacionarse (y que precisamente no está relacionado ni con el cariño ni con la educación exactamente).

El libro de José Luis Gonzalo y Oscar Pérez Muga va a dar de sí mucho en este blog. Pero de momento simplemente recomendarlo para todo aquel que esté interesado en el acogimiento familiar de menores.

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No debería escribir esta entrada porque aún no me he inscrito en las II Jornadas europeas sobre Resiliencia (16 y 17 de diciembre de 2011) en Barcelona y como me descuide me voy a quedar sin plaza. Pero bueno dado que este es un humilde blog no creo que me esté “echando piedras sobre mi tejado”

Y si es un blog sobre resiliencia ¿cómo no informar de la oportunidad de volver escuchar a Jorge Barudy, a Boris Cyrulnik, Maryorie Dantagnan, Anna Forés…?

Para ver el programa pinchar AQUÍ

Las jornadas están organizadas por IFIVF y EXIL

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El presente documento pretende recoger el reto planteado por el Servei Psicopedagògic D´Atenció Al Menor (SPAM) de Castellón en sus I Jornadas De Intervención Familiar (17 y 18 de noviembre de 2011) conmemorativas de sus 10 años de trabajo en acción social. Reto planteado al constituir una mesa redonda con el título “Acogimiento familiar: aprendiendo de la experiencia”.

Puedes descargar el texto AQUÍ

Puedes descargar la presentación AQUÍ

Te ruego que si tienes la paciencia para descargarlo y leerlo puedas expresar tu opinión mandado un comentario. Prometo publicarlo sea o no favorable.

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No es un peliculón (aunque tiene buenas críticas) ni la película de mi vida. Es solo una comedia simpática y agradable de ver. Ni excesivamente dulzona ni excesivamente satírica.

Se llama “Tímidos Anónimos” (2010) y es una comedia francesa dirigida por Jean Pierre Améris.

Como su nombre indica trata de un hombre y una mujer, ambos extremadamente tímidos que se encuentran (otra vez el dichoso encuentro). Cada uno de ellos recurre a una estrategia para intentar superar su timidez. Ella en un grupo de autoayuda (la relación de ayuda a través del grupo) y él con un terapeuta (ayuda profesional)

Pero si la traigo a colación es porque por fin una película nos muestra un terapeuta que no se limita a oir al paciente o a darle consejos. A lo largo de la película el terapeuta le pondrá tres simples ejercicios: invitar a alguien a cenar; tocar a alguien y ofrecer algo a alguien.

No voy a destripar la película pero sí decir que cada uno de estos ejercicios pondrá al protagonista en un escenario diferente que le encamina hacia la superación de su miedo a la intimidad con la mujer amada.

He dudado de si incluir esta entrada en la serie “Ayudar a cambiar” (como finalmente he hecho) o en la serie “La vida no es lógica, gracias a Dios”. Porque la vida está constituida de numerosos encuentros (y desencuentros) y de efectos y reacciones inesperados a nuestras acciones (u omisiones).

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