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Archive for 30 diciembre 2011

Al oír la sirena, Dave se incorporó de su camastro. Lentamente se levantó y cogió un cuaderno y un lápiz. No eligió un bolígrafo porque sabía que no iba a tomar apuntes. Sabía que pasaría la hora de instrucción haciendo pequeños dibujos.

Salió de su pabellón y se dirigió hacia el Hangar donde se encontraban las aulas. Un fuerte viento cargado de arena del desierto le hizo protegerse subiéndose las solapas de la cazadora. En el camino coincidió con otros pilotos de su escuadrón.

Aunque la Operación Tormenta del Desierto estaba en pleno desarrollo los tiempos muertos entre misión y misión se utilizaban no sólo para el ocio sino para mejorar la preparación militar.

Aquella mañana Dave había pilotado un avión cisterna que debía abastecer de combustible a un avión espía de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos de América. Era una tarea muy delicada para que no se le encomendaba a cualquier piloto.

Dave ya estaba dibujando cuando el instructor comenzó a hablar. Era un militar veterano y curtido que debía darles pautas de cómo actuar si eran hechos prisioneros por las tropas iraquíes. No es que Dave no respetara al instructor. Sabía de sobra que no hablaba sólo por teoría. Todos conocían que había sido condecorado después de haber sido liberado tras largos meses en un campo de prisioneros en Vietnam.

Tampoco la distancia de Dave se debía a que estuviera seguro de no ser apresado, aunque era cierto que siempre volaba fuera de territorio de combate.

Simplemente es que el ya había sido prisionero y torturado. Lo fue entre los cuatro y los doce años y el enemigo fue su propia madre.

Era algo que ni el instructor y ni sus compañeros conocían. Aunque eso tarde o temprano cambiaría porque en los interminables  tiempos de espera  había empezado a escribir su historia.

No le tengáis miedo al dolor físico, porque tarde o temprano pasa – escuchó decir al instructor.

Y pensó que era cierto. Para él lo peor no fue que su madre le golpeara constantemente, ni que le pusiera la mano sobre las llamas de una estufa. Tampoco que lo encerrara en el cuarto de baño, dentro de una bañera de agua fría,  con un cubo de salfumant emanando vapores que hacían que apenas pudiera respirar. Lo peor no era ser expulsado todas las noches a dormir en un camastro del frío sotano, bastante peor que el del ejercito, y sin haber cenado. Ni que cuando volvía del colegio le obligara a vomitar por si había conseguido algo de comida en el colegio o robando en la calle. Nada de eso era lo peor. Lo peor era…

Intentarán doblegaros emocionalmente. Quizá decidan no darte de comer pero sí a tus compañeros y asegurarse de que estos no te pasan comida. Es una táctica para crear un punto débil en el grupo. Si ves a los demás ser tratados bien, tu dolor se hace más intenso, y quizá acabes volviéndote contra ellos y los traiciones a ellos y a tu país…-

Vaya… – pensó Dave – pero ¿por qué mi madre sólo me maltrataba a mí y no a mis hermanos? No creo que ella quisiera volverme contra ellos.

Dave pensaba que más bien necesitaba desahogar su frustración contra alguien y era más fácil tener una víctima que cinco. Con el tiempo llegó a la conclusión de que fue su chivo expiatorio. Igual que los antiguos israelitas mandaban a un cabrito a morir en el desierto, cargado con los pecados del pueblo, su madre necesitaba cargar toda su violencia y rabia contra un único ser vivo. Y él fue el elegido.

Quizá ella fue maltratada también de pequeña, quizá creyó salir de la desgracia casándose con un bombero, quizá luego descubrió que criar niños no era el paraíso que ella esperaba, y empezó a beber y quizá…

Dave seguía en estos pensamientos cuando escuchó:

Pero también podéis vosotros intentar la misma táctica… Fijaros en el vigilante que parezca más blando, más humano, y con pequeños gestos, con la mirada tratar de despertar su compasión….

Dave calló. Le apetecía decir que a él no le había servido de nada. Pero calló. Hubo momentos en que pensó que su padre saldría decididamente en su defensa. Y lo deseó con toda su alma. Pero ese momento nunca llegó. Si vio a su padre, alcoholizado como su madre, pedirle a su esposa que no tratara “al niño” así, que no estaba bien… pero nunca fue capaz de interponerse realmente entre él y ella.

Vio la compasión en los ojos de su padre pero también la cobardía. Su padre,  en una ocasión, llegó a suplicarle que no se escapara porque si él no estaba su madre le haría la vida imposible. Hasta su padre sabía que él era el chivo expiatorio. – Quédate y complácela – fue lo que le pidió. Bastaría con que hiciera siempre lo que su madre le pidiese. Pero olvidaba, porque sí lo sabía, que su madre sólo le pedía atrocidades.

Intentarán despersonalizaros y despersonalizarse. Se pondrán gafas oscuras o uniforme para que no descubráis que son personas. Padres, maridos, vecinos… Son sólo un numero. Y para ellos no seréis personas sino animales. Menos que animales. Porque a los animales domésticos se les pone un nombre. Ni uno sólo de ellos conocerá ni le importará vuestro nombre…

Efectivamente. Quizá eso fue lo más doloroso de todo. Su madre nunca le llamaba por su nombre. “Tú” era suficiente para dirigirse a él. Y cuando le oía discutir con su padre ella sólo se refería a él como “ese niño”.

Más de una vez ella le gritó que no lo quería y que no lo había querido nunca. Quizá otros niños también lo habían oído en un momento de enfado de sus padres pero él sabía que era verdad. Porque negándole el nombre le negaba la existencia.

Cuando la instrucción finalizó y Dave salió de su estado sereno de ensoñación el compañero que estaba a su lado le preguntó:

¡Eh! ¡Pelzer! ¿Me dejas ver los dibujos? Oh, ¡que chulos! ¿Eres tú con tus hijos?

Dave había llenado dos hojas de bocetos sobre una misma escena. Un padre y unos hijos que jugaban, se abrazaban, compartían la mesa…

No, no tengo hijos todavía. Son simplemente cosas que se me pasan por la cabeza

Eran las imágenes de la misión más difícil y más importante de su vida.  Igual que se entrenaba para combatir, Dave Pelzer se entrenaba para romper el círculo del maltrato y el desamor. Y para ello había decidido recordar su futuro.

Cuando llegó al dormitorio colectivo abrió su taquilla y dejó caer el cuaderno encima de otros muchos iguales. Todos ellos llenos de dibujos de la infancia feliz de sus futuros hijos. Que el dibujaba… de memoria.

(NOTA: La escena descrita quizá no sea real en si misma pero si todos los datos que en ella aparecen . Pretende reflejar la esencia de la historia de resiliencia que el propio Dave Pelzer ha contado en sus libros)

(Ubicación de la entrada en el blog-rrador: 1)

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Cuando se acercan las fiestas navideñas en los Centros de Acogida de Menores se comienzan a recibir ofrecimientos de donación de juguetes (a pesar de que los niños de hoy prefieren aparatos de música, móviles, zapatillas deportivas, etc.)

También en las residencias de ancianos se reciben visitas de grupos de personas que se ofrecen a distraer y acompañar durante un rato a los y las abuelitas que allí viven.

En las puertas de muchos supermercados se montan mesas pidiéndole a la gente que compre algún producto de primera necesidad (arroz, aceite, leche, galletas…) para distribuirlo luego entre familias necesitadas. Y la gente responde sin dificultad. Parece que las Navidades despiertan la sensibilidad y la solidaridad de las personas.

Pero ¿se trata de una cuestión altruista? Altruismo significa “diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio”.

Quizá estos gestos solidarios no sean “a costa del bien propio”. Es muy probable que estos gestos busquen el bien ajeno pero para procurar el bien propio. ¿Cuál?

Restablecer el equilibrio entre el dar y el recibir.

Sirva de metáfora el ejemplo de la donación de juguetes. Es indudable que sirve para beneficiar a un niño que no los tiene, pero también para dejar espacio para los que se recibirán de Papa Noel o de los Reyes Magos. No rebajo un ápice el reconocimiento de quien se acuerda de los que no tienen aunque sea sólo en estas fechas. Pero una cosa no quita la otra.

Creo que todos necesitamos dar par poder tolerar todo lo que recibimos gratis de la vida. Necesitamos ayudar a los que no tienen trabajo para poder digerir la fortuna de tenerlo. Muchas familias se brindan a acoger a niños por un sentimiento de sentirse afortunados con su propia familia.

Porque cuando alrededor todo son tragedias al que le sonríe la vida puede sentirse culpable. No sólo se pregunta ¿por qué a mí? el que sufre la desgracia sino también el que sufre la fortuna. Como señala Boris Cyrulnik en su libro sobre la vergüenza se puede estar avergonzado hasta de ser rico. Se puede sentir vergüenza hasta de haberse salvado de los campos de concentración nazis.

Igual que en nuestras casas salen objetos y ropa que ya no usamos y preferimos muchas veces donarlo a tirarlo; en nuestro “corazón” parece ser que necesitamos donarnos para sentirnos dignos de ser queridos.

Si yo fuera adoptado preferiría escuchar la historia de que mis padres adoptivos estaban muy tristes y yo les iluminé la vida a que me dijeran que yo estaba muy triste y ellos vinieron a rescatarme. Preferiría ser rescatador que rescatado. Por cierto, ese es el relató con el que creció Steve Jobs. Sus padres le hicieron ver que mucho más que un niño abandonado era un niño especial. Un niño especial para ellos.

En su libro “Las relaciones duraderas: amorosas, de amistad y profesionales” el psiquiatra francés Ferard Apfeldorfer (Ed. Paidos) analiza maravillosamente el equilibrio que debe existir entre el dar y el recibir y lo que suele ocurrir si éste se pierde.

Si tenemos un carnicero de barrio extremadamente amable, cuando compremos la carne en una gran superficie quizá nos sentiremos culpables. O nos sentiremos incómodos si otros pagan siempre las consumiciones. Y si alguien se ofrece siempre en nuestro trabajo a hacer las tareas o los turnos perores es muy probable que todos acabemos aprovechándonos de él o de ella.¡Porque no soportaremos no llegar a su nivel de entrega o generosidad! Al demasiado bueno acabamos cogiéndole manía o dudando de su bondad o sus intenciones.

Por ello dar una oportunidad a las personas en dificultad de ayudar a otros, puede ser conveniente para que sean capaces de digerir la ayuda que ellos mismos reciben.

Quizá los chavales de un Centro de Acogida se beneficien de preparar unos villancicos y una pequeña representación para los abuelitos de la residencia de si barrio.Y los ancianos de una residencia de vender lotería para ayudar a mujeres víctimas de violencia de género. Y las mujeres de un piso tutelado de llevar juguetes a un Centro de Acogida de menores…

(Ubicación de la entrada en el blog-rrador: 9. c.)

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¡Llamadme loco!…

… pero voy a escribir un libro.

O un liblog. O un librog. O un libro que se construirá en un blog.

El asunto es que desde hace tiempo tengo un libro en la cabeza y quiere salir.

Y después de pesquisas sobre el mundillo editorial y teniendo en cuenta mi poca capacidad de trabajo (pocas neuronas, mucha familia) así como mi renombre enclenque creo que lo más sensato es construir el libro en el ciberespacio y ver que pasa. Total… rico no me iba a hacer.

Y además si redacto a la velocidad de una babosa y con la misma calidad que… una babosa ¿cómo puedo compaginar alimentar el blog y escribir un libro?.

Pues escribiendo el borrador en el blog. Por eso he abierto una nueva página  que se llama blog-rrador (en el menú de arriba)  y en la que ya está el índice inicial de “Rompiendo el ciculo. Infancias difíciles y resiliencia”.

A partir de ahora muchas entradas (no todas) serán como piezas de un rompecabezas que irán colocándose en su sitio en el índice. Esas entradas llevaran al final y en paréntesis una anotación como por ejemplo “Ubicación en en el Blog-rrador: 7.c” es decir, en el capítulo 7 apartado c. Al mismo tiempo   en el índice aparacerá un número romano que será un link que remitirá a la entrada en otra ventana.Además las entradas del blog-rrador pueden ser corregidas o ampliadas después de publicarlas puesto que son eso: un borrador.

Cuando un capítulo esté completo lo editaré en pdf y se podrá descolgar.

Así que si algún loco o loca sigue esté blog podrá ver la evolución de “Rompiendo el círculo” y mandar todos los comentarios que quiera: sugiriendo mejoras, aportando información, corrigiendo errores, latigando al autor para que no se duerma…. Y por su puesto, comentando lo que le dé la gana y cuando le de la gana.

Un saludo.

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Mis dos últimas entradas, y los comentarios a las mismas, me han hecho pensar que quizá haya entrado en una grave incongruencia entre la parte teórica del blog y la parte humana o vivencial.

En concreto si reviso los comentarios a la última entrada basada en mi situación de profesional de la protección de menores y, al mismo tiempo, de acogedor,  creo que puedo encontrar un factor común: la sensación de soledad. O la sensación de falta de apoyo emocional.

Por ejemplo:

– La soledad de los acogedores cuando él o la chavala cumple los 18 años y el sistema de protección desaparece de la noche a la mañana (A raíz de un mensaje de Carlos)

– La soledad de niños acogidos cuando a su alrededor otros niños tienen “una familia” y ellos tienen “dos familias”.

– La soledad de los padres adoptivos cuando ven que los profesionales del sistema educativo, sanitario, etc. no tienen en cuenta las circunstancias de los niños adoptados. En realidad esta idea está más explícita en la última entrada de Rosa en su blog “Intimidades de la post-adopción”  (No hagáis caso de lo de última” porque Rosa publica a una velocidad de vértigo. La entrada se llama ¿Por qué empecé a escribir el blog? Y ver su comentario sobre el CABREO)

– La soledad de los técnicos de intervención familiar cuando tienen que tratar de ayudar a familias que han tenido que acoger a un nieto o sobrino, o familias que “quieren” enviar a su hijo o hija a un “internado” o centro. (Ver el comentario de “Conchi” Vázquez en la anterior entrada)

– La soledad de los “tecno-acogedores” cuando estamos con acogedores y cuando estamos con técnicos. (Ver comentario de Charo en la anterior entrada. Y por cierto: efectivamente, en casa, intento no soy técnico. Soy… ¡un desastre!)

Quizá la palabra soledad es excesiva. No me hagáis mucho caso. Me refiero a esa sensación de que “yo estoy aquí – vosotros estáis allí”. Esa sensación de “No me comprenden”. Sensación que es limítrofe con otra:“Vosotros no os enteráis de la peli. Yo sí”.

Y ambas sensaciones son fruto de ver la realidad en categorías. En nuestra machacona necesidad de etiquetar (las “identidades asesinas”): Yo soy “técnico”. Yo soy “acogedor”. Tu hijo es “adoptado”…

Y si una de las cosas he aprendido leyendo sobre resiliencia es que ésta se pasa por el forro las etiquetas. Es más. La sensación de apoyo se suele dar cuando percibes que el otro se quita el traje de su rol y contacta contigo como persona.

No quiero ponerme cursi. Porque esto que digo tiene nombre y apellidos. ¿Recordamos de nuevo a Tim Guenard? La jueza que lloró por él; el mendigo que le trató como un adulto, el sacerdote que le dio a él más importancia que a un ministro. O ¿a Antwone Fisher? El psiquiatra militar que le trató como a un hijo y no sólo como a un paciente. O quizá el profesor que se interesó por mis problemas más allá de que me costaban las matemáticas. O…

Por ello me arrepiento (pero me lo perdonaré, conocedor de mi burrería) de haber creado una etiqueta más (“tecno-acogedor”) porque no aporta nada. Simplemente tener un cajoncito propio donde sentirme seguro (con otros calcetines similares a mí) pero que al mismo tiempo me separa de los otros.

¿Pero no escribí hace poco algo titulado así como “Titulitis versus tutoritis”? Y ahora voy y yo … ¡Y me invento un título nuevo!

Así que creo que es justo lo contrario lo que me gustaría transmitir en el blog: que en la relación de ayuda debemos hablar siempre de tutores de resiliencia y no de roles. Porque en ella sólo hay dos roles. Y universales. Quien necesita sentirse acompañado y quien acompaña.

Debemos estar abiertos a que en el caso de un niño largamente hospitalizado el tutor de resiliencia no sea ni el psicólogo ni el médico sino el bedel del turno de tardes (por ejemplo). O ¡un concejal! el tutor de resiliencia de un trabajador social o educador o psicólogo del equipo de servicios sociales.

Como expresaba Rosa en su blog cabrea que la gente que trabaja en servicios sociales etc  salga (yo incluido) de las universidades y escuelas profesionales sin tener formación en temas tan importantes como apego, resiliencia… Pero ya mejoraríamos bastante si salieran (saliéramos)  con formación en sensibilidad, empatía, simpatía, …

Ayer tuve una conversación muy enriquecedora con una “tecno-acogedora” (he recaído…je, je) a la que no identifico porque no tengo su permiso (si quiere ya hará un comentario y se presentará) y me contó dos anécdotas muy significativas.

En su entidad hicieron un taller con menores acogidos mayores de edad para recoger su punto de vista. Cuando les preguntaron qué pensaban del papel de los “técnicos” uno de ellos dijo algo así como:

¿Técnicos? ¿Qué pensáis? ¿Que somos lavadoras?–

También me comentaba que tuvo un caso donde la familia acogedora quería cesar el acogimiento. Ella se posicionó como técnico y les manifestó su oposición. Creo que el acogimiento ha aguantado algo más pero ella añade:

… pero creo que me cargué la relación.

La relación. Eso es. La relación es lo importante. Una relación de ayuda tiene que ser antes que nada, y sobre todo, eso: relación. ¡Cuántas veces se me olvida!

Mientras sigamos (y yo soy el primero) centrándonos en las etiquetas; familias acogedoras, familias biológicas, padres adoptivos, niños biológicos, niños acogidos, niños adoptados, técnicos de no se qué, técnicos de no sé cuanto… seguiremos viendo la realidad solo desde un punto de vista. Y perderemos la visión holística que necesita el fenómeno de la resiliencia.

Cada vez que intento “arreglar el sistema de protección del mundo mundial” acabo con la cabeza como un bombo y con la sensación de que cada vez entiendo o sé menos.

Pero me consuelo porque descubro que precisamente hay una respuesta en profundizar en los casos de resiliencia. Pero para ello debo frenar, contener, mi tendencia natural a etiquetar y empezar a ver relaciones y significados.

Al final de la conversación mi compañera de fatigas técnicas me dijo:

— Y ¿por qué no nos centramos en lo que funciona?

Tiene toda la razón.

Qué curioso. El estudio de la resiliencia empezó porque dos investigadoras (Werner y Smith) pasaron de lo que no había funcionado y se centraron en el tercio de niños vulnerables que llegaron a ser adultos satisfechos y adaptados sin haber recibido ayuda profesional sistemática.

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Ser técnico de menores y familia acogedora es una experiencia extraña. E invito a quien tenga la misma experiencia a compartirla en este blog.

Amin Maalouf en su libro “Identidades Asesinas”  (Alianza Editorial) nos cuenta que, desde 1976, cuando dejó el Líbano por causa de la guerra para instalarse en París, le preguntan reiteradamente que si se siente "más francés" o "más libanés". El responde sin mentir que las dos cosas. Sin embargo existe una presión social y cultural para definirse: o una cosa o la otra. Y de ahí lo de identidades asesinas. Una debe ganar e imponerse a la otra. Nos empeñamos en determinar las identidades de la gente por su grupo de referencia.

Experimento algo de esta presión cuando mi mujer (que no es técnico de menores) se posiciona frente a lo que no entiende del sistema de protección de menores… ¡del cual yo formo parte!. O cuando una compañera ha invalidado mi opinión en una comisión por proceder de mi experiencia como familia acogedora.

No estoy haciendo un drama. No soy el único (en estas tierras somos un número significativo de “tecno-acogedores/as”) y no me siento un bicho extraño. Pero sí quiero hacer constar que esta identidad especial (no doble sino mixta) hace que tengamos unos puntos de vista particulares.

Y una ventaja es que somos especialmente sensibles a las incoherencias del sistema. Dado que a veces cuando hablamos somos técnicos y otras veces acogedores. Y en algunos temas las voces de nuestra cabeza se disocian y sólo hay dos posibilidades: somos esquizofrénicos o hay mensajes contrapuestos en el sistema de protección.

A mí me ocurre en lo que yo llamo la hipótesis del amor incondicional (decide tú al final de la entrada si soy esquizofrénico o no). Esta hipótesis es la que suele aparecer en un o una  técnico cuando se entera de que una familia acogedora le ha puesto condiciones a el menor o menor acogido/a para seguir viviendo en esa casa. A cualquier técnico (no acogedor) se le erizan los pelos de la espalda cuando oye algo así como “Yo ya le he explicado que si sigue así volverá al centro de menores”.

Y entonces intentará explicarle a la familia que eso no se puede decir porque estos niños necesitan la experiencia de un amor incondicional. Y que si condicionamos nuestro amor por ellos les hacemos daño.

No voy a analizar ahora si existe eso del amor incondicional. Yo opino que el amor humano es siempre condicionado y que lo del amor al enemigo es algo sobrenatural. Posible pero sobrenatural. Pero prefiero no enredarme con esto.

Lo que sí sé es que los mismos técnicos que le dicen a la familia acogedora que no debe ponerle condiciones son los que se han hinchado a recordarle a la familia “no podéis olvidaros que no sois sus padres” “debéis respetarle a su familia“no sois vosotros los que podéis decidir sino la Administración”…

¿Quién está poniendo condiciones a quién?

Así que cuando oigo a un técnico invocar al amor incondicional mi identidad acogedora quiere asesinar a mi identidad técnica y se subleva y me dice cosas como: ¡Eso es! “Quiéreles incondicionalmente pero acuérdate de que tienes que pedir permiso para viajar” “No les puedes decir eso pero acuérdate que tu  no decides ciertas cosas”… En definitiva !quiérele como a un hijo o una hija aunque yo te recuerde siempre que no lo es!

No estoy diciendo que el acogimiento no tenga sentido. Todo lo contrario. Cada vez le veo más sentido (siempre que nos salgamos de ciertos “estereotipos asesinos”).

Estoy diciendo que deberíamos revisar la hipótesis del amor incondicional (“aunque te queme la casa o toquetee  a tu hijo pequeño no le puedes amenazar con volver al centro”). Porque creo que dicha hipótesis esta completamente descontextualizada de la realidad  del acogimiento familiar (y en especial del permanente).

Ya sé que no es una buena reacción amenazar con el cese del acogimiento y no creo que nadie pueda sentirse orgulloso de ella. Lo que pretendo remarcar que es natural que, en un momento de tensión en la convivencia, el acogedor o acogedora reaccione así puesto que es el propio sistema el que se lo está recordando todos los días: no es tu hijo. No es tu hija. Ni siquiera tu tutor.

Yo no puedo devolver a mis hijos (aunque si puedo nominarles, mientras sean menores de edad, para ser expulsados a casa de su abuela). Pero sí puedo cesar un acogimiento. Y eso es así. Nos guste o no. Así que no creo que sea justo “estigmatizar” a unos acogedores por una expresión desafortunada. Desafortunada pero real como la vida misma.

Y por ser constructivo propongo que cuando una familia utilice esta estrategia no nos quedemos los técnicos en la frase y sus supuestos efectos destructivos en el niño. Propongo que vayamos a lo profundo. ¿Ha surgido el vínculo con el niño? ¿Qué hay detrás de esta frase o amenaza? ¿Hay falta de implicación con el o la menor? ¿O por el contrario la frase expresa la impotencia de controlar el comportamiento de un niño o niña que YA ES MUY IMPORTANTE para él o para ellos? No vale interpretar tan solo el significado que el niño puede darle a la misma. También hay que analizar el significado real que tiene para la familia.

Si cada vez que le he dicho algo inoportuno y venenoso a mi mujer hubiera llegado un o una técnico a casa y me hubiera dicho: ¡Javier! ¡Por Dios! ¡Eso no lo puedes decir! – mi matrimonio seguramente estaría roto hace mucho tiempo. Gracias a Dios en nuestros 25 años de matrimonio han pesado más los perdones que en las ofensas. Cuantas parejas se han dicho muchas veces “¡Cojo las maletas y me voy!” y siguen juntos como una sola carne y cuántas se han roto “sin previo aviso”.

Todo esto me hace pensar en los tipos de acogimiento como quien necesita un coche.

En el acogimiento simple la relación entre menor y familia sería de alquiler. Necesito un coche durante un tiempo y punto. El niño necesita una familia por un tiempo. O la familia “necesita” cuidar de un niño pero sólo por un tiempo.

En el acogimiento preadoptivo estamos en la analogía con la compra de un coche. El niño necesita unos padres y los padres necesitan un hijo o hija. Se compra (acogimiento) y tras un tiempo prudencial (donde se comprueba que el coche funciona) el coche es tuyo (auto de adopción). Puedes hacer con él lo que quieras.

¿Y en el acogimiento permanente? Para bien o para mal la analogía no es el alquiler o la compra, sino el leasing. Esa fórmula por la cual disponemos de un coche de forma indefinida sin que sea de nuestra propiedad y con opción a quedárnoslo finalmente si se abona una cantidad previamente estipulada. Muchos comerciales tienen un coche de empresa que suele estar contratado por “leasing”. Por una parte es su coche pero por otra saben que si se estropea mucho, si va acumulando muchos kilómetros… se puede cambiar por otro.

Si una persona compra un coche y al año dice que lo quiere cambiar diremos que es caprichosa, inestable, alocada, irresponsable… Pero si una persona tiene un coche en “leasing” y al año pide que le cambien el modelo ¿diremos lo mismo?

Por tanto no es lo mismo que un padre diga: “Si sigues así vas a un centro de menores”  que lo diga un acogedor o acogedora. En el contrato del primero (el padre) no se estipula que se pueda mandar a un hijo a un centro de menores. En las reglas del juego del acogimiento sí.

En definitiva…

Ser francés y libanés al mismo tiempo es posible pero difícil.

Ser técnico y acogedor es posible. Y a veces extraño.

Cuidar como a un hijo de un no-hijo es posible y maravilloso, pero muy difícil.

Pero más difícil que todo esto es ser niño o niña y tener dos familias. Una con la que vives (a los que, si todo va bien, los quieres como si fueran tus padres) y unos padres que te gustaría que fueran de otra manera.

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(ADVERTENCIA: Probablemente esta sea la entrada más visceral que haya escrito y desentone con el resto del blog. Pido disculpas)

En mayo de 2010 se celebró en Valencia un Congreso Internacional sobre resiliencia. Tuve el honor de moderar la mesa redonda “La red de protección en el proceso por la resiliencia”.

En ella participó, en representación de los Colegios Profesionales, Concepción Martínez Vázquez. Ella es técnico de intervención familiar en el Servicio Especializado de Atención a la Familia e Infancia (SEAFI) de la Mancomunidad de Servicios Sociales “Camp del Turia” (Valencia). Además, debido a que la Mancomunidad era una de las entidades organizadoras del Congreso, fue una de las artífices del mismo. Tuvo mérito que tras su intervención en la mesa no cayera desplomada como fruto del esfuerzo que realizó en la preparación del evento.

Pero tuvo otro mérito mayor aún. Acuñó, en su intervención, el término “REDsiliencia” que da nombre a esta entrada. Al acabar le felicité por su ingenioso juegos de palabras. Y ella no pareció darle importancia. Dada su formación sistémica  la idea debió surgir en ella con naturalidad.

Hace poco tuve la alegría de volver a coincidir con ella y de decirle (y pedirle permiso) para usar el palabro (Total “resiliencia” tampoco está aún en el Diccionario de la RAE). De nuevo pareció no darle importancia y con simpatía me vino a decir que hiciera lo que quisiera.

Y mira por donde anoche me di cuenta de, por desgracia, el término REDsiliencia va a ser necesario en muy poco tiempo.

Porque anoche navegaba por el ciberespacio buscando desconocidas webs o blogs sobre resiliencia y encontré una video-entrada que me impactó. Como una pedrada en la cabeza.

La Coach Marta Romo inaugura una serie de videoentradas (píldoras formativas) con una referencia a la resiliencia. La idea de la videontrada me pareció interesante y efectiva. Debajo del video se puede leer el texto y lo reproduzco en parte (la negrita es mía)

Cuando hablamos de personas, la resiliencia es la adaptación positiva de la persona en un contexto de adversidad o situación dolorosa.

Ingredientes para ser resiliente:

  • Autoconocimiento y autogestión: me conozco y desde esta conciencia elijo alimentar emociones, pensamientos o acciones de calidad, que me ayuden en lugar de perjudicarme.
  • Responsabilidad: asumo mi papel protagonista.
  • Compromiso con la vida: “quiero asumir este reto”, implica pensar en el futuro y tener esperanza
  • Capacidad de superación: no perder la ilusión por crecer y seguir aprendiendo
  • Valoración positiva de uno mismo: darse refuerzo y cariño, fortalecerse.
  • Creatividad y la flexibilidad para entrar en ACCIÓN: dando respuestas alternativas.

Estos ingredientes se sostienen en dos pilares:

  • RESISTENCIA: la capacidad de proteger la propia integridad, bajo presión
  • VISIÓN POSITIVA: comportamiento vital positivo pese a las circunstancias difíciles.

La resiliencia se alimenta de las emociones positivas.

Podemos desarrollar nuestra capacidad resiliente, entrenando, haciendo gimnasia emocional con los ingredientes que vimos anteriormente. Pero antes, tenemos que tomar una decisión, tenemos que estar dispuestos. Aquí nos encontramos dos actitudes:

  • No-resiliente: personas que prefieren la infelicidad a la incertidumbre.
  • Pro-resiliente: personas que hacen lo imposible mientras lo posible no sucede.

Los pro-resilientes, viven un proceso de transformación positiva (cambio manteniendo la identidad) y después de la adversidad, han crecido.

¿Te has planteado en qué grupo estas tú?

No voy a dedicar un sólo segundo de mi vida a contestar esta pregunta. Pero si le hago caso a Marta, el lunes cuando llegue a mi trabajo, un centro de menores, me sentaré delante de dos hermanos de 10 y 11 años que llegaron ayer y les diré:

“Bueno, chavales, la situación es la siguiente. Por lo que yo sé vuestro padre está en la cárcel. No sabemos aún el motivo, pero está en la cárcel. Vuestra madre ha decidido irse aún país del Caribe supuestamente a trabajar, aunque parece ser que ha conocido a alguien por internet. Aunque se le avisó de que era un delito abandonaros, lo ha hecho. Y vuestros abuelos no pueden hacerse cargo de vosotros… Pero no importa. Debéis ser fuertes. Yo que soy el psicólogo voy a enseñaros unos ejercicios de gimnasia emocional (cuando me entere de que es eso) y vais a desarrollar la resiliencia… ¿qué que es  eso?… Bueno para que lo entendáis que dentro de nada os va importa una puta mierda (perdón) lo de tu padre, lo de tu madre y lo de los abuelos y vais a ser felices a pesar de todo ¿Qué os parece?”

¿O les paso un test para saber si son no-resilientes o pro-resilientes?

Por cierto, Marta, la imagen de arrugar una botella de plástico y de volver a estirarla es visualmente muy llamativa e interesante (felicitaa a la persona que dices que te la sugirió). Pero te ha faltado explicar algo más. La botella estirada de nuevo está llena de arrugas. Quizá la puedas llenar de agua otra vez. Quizá no gotee y te atrevas a llevarla dentro de una bolsa de deportes. Pero te aseguro que si la vuelves a poner en la estantería del supermercado no la comprará nadie. La botella servirá para algo de nuevo (pero no exactamente  para lo mismo que antes)

Dice Tim Guenard (“Más fuerte que el odio”) que las personas, por desgracia, nos arrugamos unas a otras. Pero también que hay personas que al encontrarnos con ellas nos planchan las arrugas, nos curan las heridas. En su libro explica como a una jueza se le humedecieron los ojos cuando lo volvieron a llevar ante ella cuando eran un joven delincuente. O un mendigo que le habló de política internacional (le trato como un adulto) cuando iba a refugiarse con él por las noches. O un sacerdote que hizo esperar a un Ministro media hora porque estaba hablando con él. O una mujer (su mujer) que no le importó su pasado en la prostitución masculina.

¿Qué tiene que ver esto con la gimnasia emocional y las decisiones sobre la felicidad? La resiliencia empieza por el respeto (desde el exterior) del dolor de la víctima de la adversidad. No creo, Marta, que ninguna persona que haya perdido un hijo, que su pareja le maltrate, que le hayan despedido con 45 años, que haya sufrido abusos en su familia o que su madre se haya ido al Caribe abandonándolo… pueda retomar un camino satisfactorio en su vida si, tras ver tu video, descubre que todo depende él y de hacer gimnasia emocional. Y de tener la suerte de tener un Coach a su lado.

Además existe una contradicción de bulto entre lo que Marta dice y lo que Marta hace en el video. Si fuera coherente con lo que va a decir después debería haber arrugado la botella — ¡Y esperar que ella sola recuperara su forma! ¡Es ella (Marta) la que ha devuelto su forma de botella a la botella! La resiliencia, de alguna manera, siempre empieza desde fuera.

Espero que ahora se entienda porque la intuición (y el palabro REDsiliencia) de Concepción hay que hacerla rodar. Paradójicamente la palabra resiliencia va contribuir (como no lo evitemos) a crear un contexto donde las víctimas serán las únicas responsables de serlo y, por ello, nuevas víctimas. El mundo se dividirá en no-resilientes y pro-resilientes. Y  a las víctimas no-resilientes se les responsabilizará de su no resiliencia.

De nuevo me consuelo en Cyrulnik… Boris Cyrulnik. En la página 75 de su libro  “Morir de Vergüenza. El miedo a la mirada de los demás” (Ed. Destino) escribe “… las dos palabras claves de la resiliencia: el apoyo y el sentido”.

Hablar de resiliencia obviando la necesidad de apoyo emocional sociofamiliar o cultural (la “disposición de recursos externos”) es pervertir el concepto de la resiliencia.  No será la primera palabra secuestrada (se me ocurren algunas más) pero desde este blog pondré mi granito de arena para evitarlo.

NOTA: Esta no es una entrada contra Marta Romo, a la que no tengo el gusto de conocer y que seguro es una excelente profesional (así lo avala su curriculum). La entrada es contra de  una forma de concebir la resiliencia que me parece (es una opinión) no se sustenta ni en la investigación ni en los testimonios de las personas que se han rehecho de la adversidad.

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En justicia este blog debería llamarse “Cyrulnik, siempre Cyrulnik” pero la vida no es justa. Así que, al menos, citarlo siempre que esté detrás de una de las ideas o comentarios del mismo. Aún a costa de parecer un “Friki” (del inglés Freak que además de extravagante quiere decir fanático). Lo reconozco soy un fanático de lo que dice y escribe Boris Cyrulnik.

Morirse de vergüenza (Boris Cyrulnik)

Y en el segundo párrafo de su último libro traducido al castellano ( “Morirse de vergüenza. El miedo a la mirada del otro” Ed. Debate) nos encontramos con la frase que encabeza la entrada. No sólo me impresiona la frase en si misma sino que, punto y seguido, sigue como si nada. No pretende explicarla ni justificarla, con lo que todavía se hace más rotunda.

En los cursos o talleres suelo usar una frase de Tim Guenard (al que por cierto también admiro y creo que no he dedicado ni una de las sesenta entradas de este blog). En su libro “Más fuerte que el odio” (Ed. Gedisa) reproduce un diálogo entre él y su madre, cuando de sorpresa se la encuentra en una reunión familiar estando él ya casado y con hijos (su madre le ató a un árbol y le abandonó cuando tenía pocos años. Y hasta los 16 soñó que su madre volvería a por él, cosa que nunca ocurrió).

Su madre le pregunta sí ha perdonado a su padre y, cuando él le contesta que sí ,ella le espeta: “¡Eres como tu padre. Serás un mal esposo y un mal padre!” Y entonces en su relato leemos la siguiente acotación: “Hay palabras más violentas que los puñetazos. Las palabras del veneno de la desesperanza, de la fatalidad”.

En esta escena las palabras de la madre están cargadas, efectivamente, de veneno. Un veneno que tendría que ir dirigido al padre pero que se clavan en el corazón del hijo. Pero también se pueden clavar en cualquiera que pase por allí.

Década de los 70… un púber o adolescente sale de clase en un buen y céntrico colegio de una importante ciudad española. Se dirige a su casa en la cual no hay grandes problemas y donde se siente a gusto. Todo lo a gusto que un adolescente se puede sentir en su casa. Al pasar al lado de un edificio en construcción su mirada se cruza con la de un albañil que está en un andamio. De repente éste le grita enojado algo así como: ¡Y tú que miras!¡Vas a ser un fracasado como yo toda tu vida!

No sabemos porque el obrero estaba enfadado. ¿Le habría dejado la novia o la mujer? ¿Le habrían anunciado un despido? ¿Habría discutido con el capataz? ¿Estaría rabioso de ver salir a niños y jóvenes de un “colegio bien” mientras él se deslomaba todos los días en la obra?

Lo que sí sabemos (porque así se lo contó muchos años después a mi mujer) es que esas palabras se clavaron como un dardo en el cerebro y el corazón de ese chico… que simplemente pasaba por allí. Probablemente su asociación con una emoción intensa (el susto de una reacción inesperada del albañil contra él) consiguió la fijación en la memoria. Pero durante años las palabras siguieron liberando su veneno de desesperanza y fatalidad.

Por cierto que antes  he usado el verbo espetar que significa coloquialmente “decir a alguien de palabra o por escrito algo, causándole sorpresa o molestia”.

No siempre las palabras destruyen. Otras tantas veces construyen.

Años 60. Ciudad de México. Un niño corre a su casa después de haber estado jugando al fútbol en la calle con sus amigos. Cuando entra ve a su padre charlando con unos amigos. Éste le llama y cuando se acerca lo abraza, lo sienta en sus rodillas y se dirige a todos los presentes: ¡Les presento al futuro máximo goleador de la liga mejicana de fútbol!. Una vez retirado de su exitosa carrera futbolística Hugo Sánchez reconocía en una entrevista que quizá llegó a todo lo que llegó porque… ¡Si su padre lo había dicho…!

Pero no sólo poder constructivo sino también curativo.

Me han regalado el libro “Escuela de Felicidad” (Ed. Integral). Es una compilación de entrevistas con distintos personajes intelectuales realizada por el psicólogo Rafael Santandreu y publicadas en su día en la revista “Mente Sana”.

Escuela de felicidad - RAFAEL SANTANDREU

La primera es una entrevista a Boris Cyrulnik y reproduzco un párrafo de su primera respuesta:

“Las palabras que transmiten afecto y seguridad, literalmente, sanan las depresiones, las ansiedades y las heridas emocionales. Lo he comprobado, una y otra vez, incluso en casos gravísimos (….) Los traumas de la existencia- y a todos nos tocará la desgracia a lo largo de la vida- dejan señales en el cerebro, abren una serie de conexiones, circuitos neuronales, que nos predisponen a la ansiedad  o a la depresión. Pero la palabra amorosa puede sanar estas conexiones. Y esto lo he visto plasmado en fotografías computarizados del cerebro”

A mí ya no me salen más comentarios. Si quieres te toca a ti.

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