Etiquetas, Soledades y Relaciones

Mis dos últimas entradas, y los comentarios a las mismas, me han hecho pensar que quizá haya entrado en una grave incongruencia entre la parte teórica del blog y la parte humana o vivencial.

En concreto si reviso los comentarios a la última entrada basada en mi situación de profesional de la protección de menores y, al mismo tiempo, de acogedor,  creo que puedo encontrar un factor común: la sensación de soledad. O la sensación de falta de apoyo emocional.

Por ejemplo:

– La soledad de los acogedores cuando él o la chavala cumple los 18 años y el sistema de protección desaparece de la noche a la mañana (A raíz de un mensaje de Carlos)

– La soledad de niños acogidos cuando a su alrededor otros niños tienen “una familia” y ellos tienen “dos familias”.

– La soledad de los padres adoptivos cuando ven que los profesionales del sistema educativo, sanitario, etc. no tienen en cuenta las circunstancias de los niños adoptados. En realidad esta idea está más explícita en la última entrada de Rosa en su blog “Intimidades de la post-adopción”  (No hagáis caso de lo de última” porque Rosa publica a una velocidad de vértigo. La entrada se llama ¿Por qué empecé a escribir el blog? Y ver su comentario sobre el CABREO)

– La soledad de los técnicos de intervención familiar cuando tienen que tratar de ayudar a familias que han tenido que acoger a un nieto o sobrino, o familias que “quieren” enviar a su hijo o hija a un “internado” o centro. (Ver el comentario de “Conchi” Vázquez en la anterior entrada)

– La soledad de los “tecno-acogedores” cuando estamos con acogedores y cuando estamos con técnicos. (Ver comentario de Charo en la anterior entrada. Y por cierto: efectivamente, en casa, intento no soy técnico. Soy… ¡un desastre!)

Quizá la palabra soledad es excesiva. No me hagáis mucho caso. Me refiero a esa sensación de que “yo estoy aquí – vosotros estáis allí”. Esa sensación de “No me comprenden”. Sensación que es limítrofe con otra:“Vosotros no os enteráis de la peli. Yo sí”.

Y ambas sensaciones son fruto de ver la realidad en categorías. En nuestra machacona necesidad de etiquetar (las “identidades asesinas”): Yo soy “técnico”. Yo soy “acogedor”. Tu hijo es “adoptado”…

Y si una de las cosas he aprendido leyendo sobre resiliencia es que ésta se pasa por el forro las etiquetas. Es más. La sensación de apoyo se suele dar cuando percibes que el otro se quita el traje de su rol y contacta contigo como persona.

No quiero ponerme cursi. Porque esto que digo tiene nombre y apellidos. ¿Recordamos de nuevo a Tim Guenard? La jueza que lloró por él; el mendigo que le trató como un adulto, el sacerdote que le dio a él más importancia que a un ministro. O ¿a Antwone Fisher? El psiquiatra militar que le trató como a un hijo y no sólo como a un paciente. O quizá el profesor que se interesó por mis problemas más allá de que me costaban las matemáticas. O…

Por ello me arrepiento (pero me lo perdonaré, conocedor de mi burrería) de haber creado una etiqueta más (“tecno-acogedor”) porque no aporta nada. Simplemente tener un cajoncito propio donde sentirme seguro (con otros calcetines similares a mí) pero que al mismo tiempo me separa de los otros.

¿Pero no escribí hace poco algo titulado así como “Titulitis versus tutoritis”? Y ahora voy y yo … ¡Y me invento un título nuevo!

Así que creo que es justo lo contrario lo que me gustaría transmitir en el blog: que en la relación de ayuda debemos hablar siempre de tutores de resiliencia y no de roles. Porque en ella sólo hay dos roles. Y universales. Quien necesita sentirse acompañado y quien acompaña.

Debemos estar abiertos a que en el caso de un niño largamente hospitalizado el tutor de resiliencia no sea ni el psicólogo ni el médico sino el bedel del turno de tardes (por ejemplo). O ¡un concejal! el tutor de resiliencia de un trabajador social o educador o psicólogo del equipo de servicios sociales.

Como expresaba Rosa en su blog cabrea que la gente que trabaja en servicios sociales etc  salga (yo incluido) de las universidades y escuelas profesionales sin tener formación en temas tan importantes como apego, resiliencia… Pero ya mejoraríamos bastante si salieran (saliéramos)  con formación en sensibilidad, empatía, simpatía, …

Ayer tuve una conversación muy enriquecedora con una “tecno-acogedora” (he recaído…je, je) a la que no identifico porque no tengo su permiso (si quiere ya hará un comentario y se presentará) y me contó dos anécdotas muy significativas.

En su entidad hicieron un taller con menores acogidos mayores de edad para recoger su punto de vista. Cuando les preguntaron qué pensaban del papel de los “técnicos” uno de ellos dijo algo así como:

¿Técnicos? ¿Qué pensáis? ¿Que somos lavadoras?–

También me comentaba que tuvo un caso donde la familia acogedora quería cesar el acogimiento. Ella se posicionó como técnico y les manifestó su oposición. Creo que el acogimiento ha aguantado algo más pero ella añade:

… pero creo que me cargué la relación.

La relación. Eso es. La relación es lo importante. Una relación de ayuda tiene que ser antes que nada, y sobre todo, eso: relación. ¡Cuántas veces se me olvida!

Mientras sigamos (y yo soy el primero) centrándonos en las etiquetas; familias acogedoras, familias biológicas, padres adoptivos, niños biológicos, niños acogidos, niños adoptados, técnicos de no se qué, técnicos de no sé cuanto… seguiremos viendo la realidad solo desde un punto de vista. Y perderemos la visión holística que necesita el fenómeno de la resiliencia.

Cada vez que intento “arreglar el sistema de protección del mundo mundial” acabo con la cabeza como un bombo y con la sensación de que cada vez entiendo o sé menos.

Pero me consuelo porque descubro que precisamente hay una respuesta en profundizar en los casos de resiliencia. Pero para ello debo frenar, contener, mi tendencia natural a etiquetar y empezar a ver relaciones y significados.

Al final de la conversación mi compañera de fatigas técnicas me dijo:

— Y ¿por qué no nos centramos en lo que funciona?

Tiene toda la razón.

Qué curioso. El estudio de la resiliencia empezó porque dos investigadoras (Werner y Smith) pasaron de lo que no había funcionado y se centraron en el tercio de niños vulnerables que llegaron a ser adultos satisfechos y adaptados sin haber recibido ayuda profesional sistemática.

7 Comments

  1. Bueno… no se por donde empezar!!. Me has sacado los colores un par de veces, sobre todo cuando he leído “No hagáis caso de lo de última porque Rosa publica a una velocidad de vértigo…” y he ido a mi blog….”. Bueno, sin comentarios… 😉

    La entrada me parece compleja, pero creo que entiendo lo que nos quieres decir (no creas que mis luces son mas brillantes que las tuyas…). Pero siento decirte que yo me siento, perdón, SOY incapaz de quitarme mis propias etiquetas y las de mi hijo, porque me las ha dado la vida, o la experiencia, o mis circunstancias… lo que sea.

    Es muy duro que mal-diagnostiquen a tu hijo de un síndrome sin hacer caso a su pasado ni mostrar interés en él; sin hacer caso a la familia, sin haber visto al niño delante, y basándose exclusivamente en una llamada telefónica al profesor del niño.

    Es duro tener que corregir a un profesional de la salud y hacerlo además con miedo, porque te puedes estar equivocando y por lo tanto, haciendo daño a tu hijo.

    Es duro tener que descartar profesionales (psicólogos, médicos, profesores…) porque no saben lo que es el vínculo o el apego .. y sin querer, están empeorando las cosas… y tienes que seguir buscando alguien que sepa de lo que hablas.

    Es duro ser la loca de la colina…

    Es duro ver que tu hijo no es entendido…. Y NO ES TAN DIFÍCIL…!!!

    Pero también es muy duro, como profesional, ya no como madre, ver como salen los chavales de la Facultad ( psicólogos, psicopedagogos y maestros) sin haber tocado este tema en toooooda la carrera. NI UNA SOLA VEZ!!.

    Y tanto que CABREA!!!!

    Al final, desprenderse de los títulos es desprenderse de lo que somos… y es francamente difícil.

    1. Pues efectivamente. Claro que es difícil quitarse los títulos. ¿No has visto lo que me pasa a mi? Por un lado propugno una cosa y luego hago otra… je,je… Espero que mi entrada no se tome en sentido moralista. Hacemos lo que podemos como y cuando podemos. Sólo quiero indicar que para ser tutor de resiliencia (y todos necesitamos unos cuantos) el título NO SIEMPRE es lo importante.
      ¡Y soy un genio!… he conseguido que expreses tú cabreo no sólo en tu blog sino también en el mío… je, je… (1-0)
      Un saludo.

  2. el otro día me toco dar una clase de prácticas de aula (que cosas se inventan ahora en la universidad) en la asignatura de Psicología del trabajo a alumnos del ultimo año de carrerad e psicología. Era mi primera (y unica) práctica con ellos, y ademas los otros profesores ya me la habían preparado “te toca hablar de la conciliación de la vida familiar y laboral, pasales un vídeo”. Así que me puse a buscar y encontré un video en la web del Seafi de camp de turia sobre concilia y decidí pasarselo. Pero como la práctica duraba dos horas, decidí hacer una pequeña encuesta sobre la psicología (del trabajo) si les resultaba atractiva, si se veían competentes para trabajar como profesionales en ese u otro ámbito (acaban este año) y acabamos reflecionando y llegando al unísono a una conclusión: menos másters de nombre rimbombante (no sé si se escribe así) y más competencias emocionales es lo que necesitamos para desarrollar nuestro rol profesional.
    Para que los demás nos respeten en nuestro rol, en nuestra etiqueta, ántes debemos de conseguir que nos vean como personas que se implican y preocupan por ellos. Por eso para mi es tan importante la expresión del afecto, incluso cuando es posible el contacto físico, el abrazo, la caricia, en las relaciones con los menores, sus familias, y las familias acogedoras. Y debería serlo también con los profesionales con los que trabajamos a diario, para tender puentees, enREDarnos, y no sólo alimentar desacuerdos y distancias profesionales pero tambien personales y afectivas

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