Historias sorprendentes. El chivo en el desierto.

Al oír la sirena, Dave se incorporó de su camastro. Lentamente se levantó y cogió un cuaderno y un lápiz. No eligió un bolígrafo porque sabía que no iba a tomar apuntes. Sabía que pasaría la hora de instrucción haciendo pequeños dibujos.

Salió de su pabellón y se dirigió hacia el Hangar donde se encontraban las aulas. Un fuerte viento cargado de arena del desierto le hizo protegerse subiéndose las solapas de la cazadora. En el camino coincidió con otros pilotos de su escuadrón.

Aunque la Operación Tormenta del Desierto estaba en pleno desarrollo los tiempos muertos entre misión y misión se utilizaban no sólo para el ocio sino para mejorar la preparación militar.

Aquella mañana Dave había pilotado un avión cisterna que debía abastecer de combustible a un avión espía de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos de América. Era una tarea muy delicada para que no se le encomendaba a cualquier piloto.

Dave ya estaba dibujando cuando el instructor comenzó a hablar. Era un militar veterano y curtido que debía darles pautas de cómo actuar si eran hechos prisioneros por las tropas iraquíes. No es que Dave no respetara al instructor. Sabía de sobra que no hablaba sólo por teoría. Todos conocían que había sido condecorado después de haber sido liberado tras largos meses en un campo de prisioneros en Vietnam.

Tampoco la distancia de Dave se debía a que estuviera seguro de no ser apresado, aunque era cierto que siempre volaba fuera de territorio de combate.

Simplemente es que el ya había sido prisionero y torturado. Lo fue entre los cuatro y los doce años y el enemigo fue su propia madre.

Era algo que ni el instructor y ni sus compañeros conocían. Aunque eso tarde o temprano cambiaría porque en los interminables  tiempos de espera  había empezado a escribir su historia.

No le tengáis miedo al dolor físico, porque tarde o temprano pasa – escuchó decir al instructor.

Y pensó que era cierto. Para él lo peor no fue que su madre le golpeara constantemente, ni que le pusiera la mano sobre las llamas de una estufa. Tampoco que lo encerrara en el cuarto de baño, dentro de una bañera de agua fría,  con un cubo de salfumant emanando vapores que hacían que apenas pudiera respirar. Lo peor no era ser expulsado todas las noches a dormir en un camastro del frío sotano, bastante peor que el del ejercito, y sin haber cenado. Ni que cuando volvía del colegio le obligara a vomitar por si había conseguido algo de comida en el colegio o robando en la calle. Nada de eso era lo peor. Lo peor era…

Intentarán doblegaros emocionalmente. Quizá decidan no darte de comer pero sí a tus compañeros y asegurarse de que estos no te pasan comida. Es una táctica para crear un punto débil en el grupo. Si ves a los demás ser tratados bien, tu dolor se hace más intenso, y quizá acabes volviéndote contra ellos y los traiciones a ellos y a tu país…-

Vaya… – pensó Dave – pero ¿por qué mi madre sólo me maltrataba a mí y no a mis hermanos? No creo que ella quisiera volverme contra ellos.

Dave pensaba que más bien necesitaba desahogar su frustración contra alguien y era más fácil tener una víctima que cinco. Con el tiempo llegó a la conclusión de que fue su chivo expiatorio. Igual que los antiguos israelitas mandaban a un cabrito a morir en el desierto, cargado con los pecados del pueblo, su madre necesitaba cargar toda su violencia y rabia contra un único ser vivo. Y él fue el elegido.

Quizá ella fue maltratada también de pequeña, quizá creyó salir de la desgracia casándose con un bombero, quizá luego descubrió que criar niños no era el paraíso que ella esperaba, y empezó a beber y quizá…

Dave seguía en estos pensamientos cuando escuchó:

Pero también podéis vosotros intentar la misma táctica… Fijaros en el vigilante que parezca más blando, más humano, y con pequeños gestos, con la mirada tratar de despertar su compasión….

Dave calló. Le apetecía decir que a él no le había servido de nada. Pero calló. Hubo momentos en que pensó que su padre saldría decididamente en su defensa. Y lo deseó con toda su alma. Pero ese momento nunca llegó. Si vio a su padre, alcoholizado como su madre, pedirle a su esposa que no tratara “al niño” así, que no estaba bien… pero nunca fue capaz de interponerse realmente entre él y ella.

Vio la compasión en los ojos de su padre pero también la cobardía. Su padre,  en una ocasión, llegó a suplicarle que no se escapara porque si él no estaba su madre le haría la vida imposible. Hasta su padre sabía que él era el chivo expiatorio. – Quédate y complácela – fue lo que le pidió. Bastaría con que hiciera siempre lo que su madre le pidiese. Pero olvidaba, porque sí lo sabía, que su madre sólo le pedía atrocidades.

Intentarán despersonalizaros y despersonalizarse. Se pondrán gafas oscuras o uniforme para que no descubráis que son personas. Padres, maridos, vecinos… Son sólo un numero. Y para ellos no seréis personas sino animales. Menos que animales. Porque a los animales domésticos se les pone un nombre. Ni uno sólo de ellos conocerá ni le importará vuestro nombre…

Efectivamente. Quizá eso fue lo más doloroso de todo. Su madre nunca le llamaba por su nombre. “Tú” era suficiente para dirigirse a él. Y cuando le oía discutir con su padre ella sólo se refería a él como “ese niño”.

Más de una vez ella le gritó que no lo quería y que no lo había querido nunca. Quizá otros niños también lo habían oído en un momento de enfado de sus padres pero él sabía que era verdad. Porque negándole el nombre le negaba la existencia.

Cuando la instrucción finalizó y Dave salió de su estado sereno de ensoñación el compañero que estaba a su lado le preguntó:

¡Eh! ¡Pelzer! ¿Me dejas ver los dibujos? Oh, ¡que chulos! ¿Eres tú con tus hijos?

Dave había llenado dos hojas de bocetos sobre una misma escena. Un padre y unos hijos que jugaban, se abrazaban, compartían la mesa…

No, no tengo hijos todavía. Son simplemente cosas que se me pasan por la cabeza

Eran las imágenes de la misión más difícil y más importante de su vida.  Igual que se entrenaba para combatir, Dave Pelzer se entrenaba para romper el círculo del maltrato y el desamor. Y para ello había decidido recordar su futuro.

Cuando llegó al dormitorio colectivo abrió su taquilla y dejó caer el cuaderno encima de otros muchos iguales. Todos ellos llenos de dibujos de la infancia feliz de sus futuros hijos. Que el dibujaba… de memoria.

(NOTA: La escena descrita quizá no sea real en si misma pero si todos los datos que en ella aparecen . Pretende reflejar la esencia de la historia de resiliencia que el propio Dave Pelzer ha contado en sus libros)

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