Historias sorprendentes. El efecto “sexto sentido”.

Hay muy pocas películas que nada más acabar quieras volverla a ver. Todos sabemos que “El sexto sentido” es una de ellas. Justo al final de la película el espectador recibe un dato que le hace situarse, de golpe, en otra perspectiva que cambia radicalmente el sentido de la historia. Sales del cine deseando poder ver la película otra vez sabiendo lo que ahora sabes.

En este caso se trata de una estratagema magistral de guión pero en la vida a veces también ocurre lo mismo.

Isabelle tiene 13 años y está en casa de una amiga. En la televisión se ve una película y en un momento dado un hombre y una mujer se besan y se acarician. Isabelle se conmociona al ver la escena. Hay un antes y un después en su vida a partir de ese momento. Tal es así que décadas después lo recuerda vívidamente.

Y no es porque esa escena supone para ella el despertar de la sexualidad. Muchos de nosotros tenemos en la memoria escenas y momentos que marcan nuestro descubrimiento de lo erótico, de lo sensual… Momentos en que la profesora o el profesor X dejaron de ser para nosotros docentes y se convirtieron en una mujer o un hombre. Momentos en que empezamos a desear tocar a un amigo o amiga. En definitiva momentos en que notamos que una nueva dimensión surgía en nosotros, una nueva manera de vivir la relación con nuestro cuerpo y con los demás.

Pero Isabelle, parada ante el televisor no siente nada de todo esto. Siente todo lo contrario. No siente el despertar de lo erótico. Sino que siente que está muerta sexualmente. Acaba de descubrir que los besos, las caricias, son para los demás una manifestación de amor entre personas de una misma edad que se atraen y se desean.

Porque para ella, y desde los 6 años esas cosas y otras muchas son las que un padre hace con una hija. Y no hay placer. Es lo que ella ha vivido y aunque lo odia no sabe que no es lo normal.

Otros adolescentes ante esa misma escena descubrirán el cuerpo y el contacto físico como fuente de placer. Ella al descubrir el placer en los otros conoce porque ella no lo siente: un padre debe proteger no abusar.

Frente al televisor se da cuenta que ha sido, como diría Boris Cyrulnik,  “estafada moralmente” por su propio padre. Aprovechándose de su cariño y de su ignorancia su padre le ha robado su sexualidad para satisfacer la suya.

Es cierto que la película le ha dado la noticia de una diferencia, lo cual es indispensable para el cambio. Ese día descubre las caricias y los besos se pueden dar en una relación libre y entre iguales. Ese día aprende que quizá no esté obligada a aceptar los caprichos de su padre o los intercambios y orgías a las que le lleva continuamente. Orgías que prefiere porque al menos no es su padre él que la toca o posee sino un o unos desconocidos. Algo en lo profundo de ella ya se rebela, pero su única defensa es yacer inerte y esperar. Pero la escena romántica de la televisión le acababa de situar en otra perspectiva. Toda su historia puede ser vista ahora con otra luz.

Cambio de punto de vista que le permite ir descubriendo poco a poco como su padre, además de usarla sexualmente, la ha utilizado para reemplazar a su madre a todos los niveles.

La escena frente a la escena no supuso la liberación inmediata. Quedarán para Isabelle Aubry muchos años aún de sufrimiento, de destrucción y autodestrucción, de uso de su sexualidad fantasmal como arma de poder contra los hombres…  La escena de los enamorados fue un punto de inflexión pero sólo el primero de otros muchos.

Finalmente podemos decir que Isabelle se ha rehecho como persona y como mujer. Con sus momentos mejores y peores.

Podría haberlo hecho con discreción, con la ayuda de su marido y de su terapeuta. Sin que nadie se enterase. Sin que su hijo se enterase. Pero… ¿Por qué escribir un libro? ¿Por qué conceder entrevistas? ¿Por qué aceptar la presidencia de la Asociación Internacional de Víctimas del Incesto?

No sabemos los “porqués” de Isabelle pero sí podemos intuir los “paraqués”. Para romper el círculo. Para airear la casa donde su hijo crecerá, para refrescar el aire, para exorcizar los demonios y fantasmas familiares que rondarían al niño en forma de silencios, de temas que no se hablan, de miradas esquivas…

Cuando una casa “huele a muerto” hay que abrir las ventanas de par en par de vez en cuando. A los trece años Isabelle descubrió que estaba muerta. Pero aspiraba a la vida y no quiso ser simplemente una zombie. Y abrió la ventana.

Su padre le robó la infancia y la sexualidad. Y, frente a toda lógica, contando su historia al mundo protegió la de su hijo. Y de paso la de otros niños que al oír su historia descubren que lo que le hace su hermano, su madre, su tío o su padre no es normal.

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