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Archive for 25 mayo 2012

Alguien se preguntará: ¿Por qué este tipo publica cosas en el blog y luego los post del Proyecto “Estrategias para la resiliencia” parecen parados? Lo aclaro rápido.

En primer lugar, el Proyecto es del Grupo de Trabajo de Resiliencia de Valencia y el blog es un proyecto personal. Así que el primero requiere coordinarse, hablar para pulir criterios, redactar y revisar… y una cierta autodisciplina de la que yo, en concreto, carezco. Sin embargo en el blog escribo lo que quiero y cuando quiero. Pero en todo caso aprovecho para deciros que Rosa, Eugenio (ahora en la distancia) y yo seguimos muy ilusionados en poder aportar estrategias, que se están redactando, y que seguimos recibiendo aportaciones de fuera (como por ejemplo de la gente de IRSE-Álava) que se están valorando.

Pero hay un segundo motivo. Y es que algunas entradas del blog surgen de repente y tu mismo te sorprendes. Y necesitas escribirlas. Redactarlas no es un esfuerzo, es una manera de entender (“No sé lo que pienso hasta que no lo escribo” que diría A. Monterroso).

Me temo que ésta entrada es de ese tipo. Y si no la escribo no deja de darme vueltas en el coco..

Hace un rato iba en el coche a una tutoría con el profesor de una de las niñas acogidas en mi casa e iba pensando lo complicado que debe ser vivir en una familia acogedora.

Todo viene de que recuerdo a alguien que escuché hace años que decía que nuestros padres eran nuestro eje porque nos pasamos la vida o bien intentando ser como ellos, o  bien intentado no ser como ellos. Y si esto es así (y a mi me parece casi obvio) un niño o niña acogida ¿qué tiene? ¿dos ejes? ¿dos referencias al unísono?

¿Quiero ser o no ser como mis padres y quiero ser o no ser como mis acogedores que además pertenece a “mundos” bastante diferentes? Si quiero ser como mis acogedores y, por tanto y probalemente, no ser como mis padres, quizá me sienta un traidor. Si quiero ser como mis padres y, por tanto y probablemente, no ser como mis acogedores, quizá tenga problemas serios.

¿No es todo esto una especie de Diplopía Bifamiliar?

La visión doble de tipo binocular se produce porque los músculos (o los nervios que controlan esos músculos) no pueden o consiguen que los globos oculares enfoquen al mismo punto y se produzca la integración de las imágenes en el cerebro.

Así que si cierro o tapo un ojo la visión doble desaparecerá ipso facto (ese es el sencillo diagnóstico diferencial para la diplopía binocular y la monocular) Pero también desaparecerá la percepción del relieve, la perspectiva. Tendré una visión plana.

Así que puedo hacer que el niño o niña acogida deje de mirar a su familia de origen cuando está con sus acogedores y que cuando vaya a las visitas con su familia deje de mirar a sus acogedores. No le molestará. Los niños o niñas cambian el chip con pasmosa facilidad. En cada momento sólo ve una familia. Pero quizá pierda la perspectiva o el sentido de su situación, de su acogimiento. Hasta que un día se produzca el conflicto y quizá el mismo decida resolverlo por inaguantable.

Yo creo que es obligación de los técnicos conseguir que los niños o niñas acogidas puedan tener perspectiva. Y para ello alguien tiene que dirigir a los dos ojos hacia un mismo punto. Alguien debe dirigir… ¡a las dos familias! hacia un mismo objetivo: el bienestar de el o la menor. Alguien debe asegurarse que el menor consigue integrar sus mundos y que de esta forma el acogimiento adquiere perspectiva, sentido o significado. Una de las tres patas de la resiliencia.

Como ya he propuesto hasta el aburrimiento, existen modelos de trabajo en España, donde no sólo se trabaja el acogimiento desde la diada menor – familia acogedora, sino desde la triada familia acogedora – menor – familia de origen. Y por eso sé que lo que propongo no es utopía. Es difícil y duro (me consta) pero no imposible.

En todo caso no es reivindicar lo que pretendía. Lo que quisiera es compartir una metáfora que me ha ayudado a poder entender mejor lo que debe ser vivir al mismo tiempo dos realidades familiares tan dispares. No renuncio a seguir proponiendo otras en el futuro.

Por eso propongo que no admiremos tanto a las familias acogedoras (y yo lo soy) y admiremos cada vez más a los y las menores que van a vivir con ellas.

Me viene a la cabeza a J. Cuando ya llevaba un año o año y medio viviendo con nosotros, en la mesa recordábamos la primera noche que, junto con su hermana, pasó en nuestra casa. Le preguntamos ¿Y tú que pensabas? Y con sólo 8 años contestó: No sé. Yo sólo tenía miedo.

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Quien ha perdido el tiempo navegando por este blog quizá haya descubierto que llamo “Niños Perdidos” a los niños que han tenido que ser separados de sus padres porque estos no SABEN, PUEDEN o QUIEREN cuidarlos adecuadamente. Y en especial a los que viven en centros.

Todo viene de que en el libro “Peter Pan” los Niños Perdidos eran aquellos niños que se habían caído del carrito cuando sus nanas les paseaban y que nadie los había reclamado (eran niños porque las niñas son más inteligentes y no se caen). Así que los niños perdidos eran enviados a la isla de “Nunca Jamás” y allí vivían jugando y haciendo tropelías. Vivían bien pero, al parecer, echaban de menos los cuentos que sus mamás les contaban por las noches…

… ¿Todos? ¿Es posible que alguno de ellos quisiera vivir siempre en “Nunca Jamás”? (viviendo y durmiendo a cielo abierto porque arropado por una mamá que le cuenta un cuento se siente agobiado)

O lo que es lo mismo–. ¿Es posible que un niño o niña – aún no siendo muy mayor- se encuentre mejor en un centro que en una familia? O de otra manera… ¿es posible que un niño o niña no encuentre su sitio en una familia y se maneje perfectamente en contextos vitales (colegio, centro…) donde las relaciones son “poco profundas”?

Me atrevo a contestar que sí. Y digo “me atrevo” porque aunque en la literatura sobre apego se describen trastornos y síndromes en este sentido, cuesta creerlo.

Yo recuerdo a P. Una niña encantadora que con 11 años seducía a todo el que la conocía. Guapa, inteligente, siempre sonriente, educada y que hacía sentirse a todos lo que le trataban como si fueran únicos para ella.

P. se había criado en un orfelinato de un país del este. Al parecer allí había descubierto que siendo amable con los y las educadoras conseguía beneficios o un mejor trato que el resto de niños y niñas. Por eso cuando llegó a mi centro era capaz de ofrecer a los y las profesionales del mismo bombones (de los que le habían regalado a ella cualquiera de sus “seducidos”). Eso sí, nunca se los ofrecía a otros niños o niñas.

Ya en el centro comprobamos como varias personas que conocieron a P. llegaron a convencerse que la vida o el mismísimo Dios les había puesto en su camino a P. para que la rescataran. Lo que no sabían era que al darse la vuelta P. trataba exactamente igual a cualquier otro adulto.

Porque P. era capaz de, nada más conocer a una persona (adulta), interesarse por ella (“Eso en lo que trabajas debe ser muy difícil”, “Cómo te encuentras?”…) Se invertían los roles. La niña se interesaba por el adulto y no al revés. Y entonces la gente quedaba fascinada por la niña. (¡Se ha fijado en mí!… Entonces… ¡yo debo ser importante para ella!).

Si la relación se desarrollaba más allá del encuentro puntual y se mantenía en el tiempo lo que ocurría es que tarde o temprano, si la persona adulta no servía a P. para sus intereses materiales o concretos, podía ser rechazada o ignorada con la misma rapidez que había sido deducida. Resultado: un reguero de cadáveres afectivos a sus espaldas.

Sé que puede costar creer que esto pueda ser así. Lo acepto. Quizá las cosas no fueron como las cuento sino que yo las interpreté así. Pero desde entonces cuando leo que existe un “síndrome de sociabilidad indiscriminada”, que se da en algunos casos de niños o niñas que han pasado una etapa crítica de su infancia en una institución, yo… me lo creo…  porque ,e acuerdo de P.

Pero ¿puede que haya conocido otro caso – no tan exagerado – pero de un niño más pequeño? ¿Puede ser que Q. – no es u inicial verdadera – pueda haber interiorizado como su ambiente “natural” un centro – en el que vivió entre los 2 y los 5 años más o menos – y esté “averiado” para vivir en familia?

No todos las personas adultas toleramos los mismos niveles de intimidad. Algunas se sienten agobiadas sin espacios vitales propios y huyen ante la más mínima señal de invasión de los mismos. Otras se sienten desoladas (nunca mejor dicho) sin compartir todo con alguien.

¿Y los niños? ¿Por qué damos por hecho que todos quieren, deben y pueden recibir afecto?

Creo que Q. puede estar en la actualidad en un centro, no porque su familia de acogida no supo quererlo, sino porque quizá no pueda, quiera o sepa ser querido de la misma manera que la mayoría de los niños o niñas.

Tendré que repasarme las entradas de Buenos Tratos (blog de José Luis Gonzalo) o releerme su libro para averiguar si es posible que Q. se sienta mejor saltando y corriendo de un lugar a otro, y de una persona a otra, en su centro (“Nunca Jamás”) en lugar de ser arropado por una “mamá” o “papá” que le cuenta cuentos… Y le asfixia.

Se aceptan y ruegan comentarios.

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No hace mucho, en una entrada, me refería a la película “Intocable”.

Esta tarde he descubierto con agrado en una librería que la Editorial Salamandra acaba de publicar “Una amistad improbable” (bello y certero título) en el que Abdel Sellou cuenta su vida y su encuentro con  Philippe Pozzo di Borgo

Lo he comprado. Creo que poder analizar detenidamente esta relación de ayuda tan “improbable” bien vale los 15 eurillos que cuesta. Copio algunos párrafos de  la web de la editorial y del propio libro:

«Llamé a la puerta de Philippe Pozzo di Borgo para pedirle una firma. Era 1994, y él aún no se había convertido en el héroe tetrapléjico más famoso de la historia del cine. Quería su firma para poder cobrar el paro. Él prefirió darme trabajo. Peor para mí. No. Mejor para mí. Yo tenía veintitantos años, acababa de salir de prisión, no sabía qué hacer con mi vida y sólo pensaba en divertirme. Philippe estaba desesperado, no tenía nada que perder. Juntos tentamos al diablo. Philippe me abrió los ojos a un mundo que yo creía detestar, el mundo de quienes lo tienen todo. Y yo lo invité a conocer mi mundo, el de quienes no tienen nada […] Estábamos destinados a no entendernos. Pero acabamos siendo íntimos amigos.» Abdel Sellou

«He tenido la suerte de leer el libro de Abdel antes que nadie. Me he reído, he llorado […] y he pensado: Abdel, nunca dejarás de asombrarme…» Philippe Pozzo di Borgo

Estrenada en Francia en noviembre de 2011, la película Intocable se ha convertido en un éxito formidable. Con casi 19 millones de espectadores, ha desbancado a la que durante décadas fue la máxima referencia del cine francés: La gran juerga, de Louis de Funes. Intocable narra la amistad de dos hombres separados por un abismo social: el aristócrata Philippe Pozzo di Borgo, director de Champagne Pommery, que quedó tetrapléjico tras un accidente de parapente; y Abdel Sellou, un joven del extrarradio de origen argelino que, contra todo pronóstico, se convirtió en su cuidador y lo ayudó a recuperarse de una profunda depresión. En este libro, la pieza que faltaba en el cuento de hadas en que se ha convertido la vida de estos dos hombres, Abdel ofrece sin sentimentalismo su versión de los hechos.

Abdel Sellou, nacido en Argel en 1971, fue un muchacho de barriada parisina que un día se convirtió en el improvisado ayudante sanitario de un millonario incapacitado. En la actualidad es un próspero empresario y padre orgulloso, que divide su tiempo entre Argelia, Francia y Marruecos, donde vive ahora su antiguo jefe, amigo y benefactor, Philippe Pozzo di Borgo.

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Me gustan los aforismos porque son al entendimiento lo que el microcuento a la literatura.

Se trata de declaraciones u oraciones concisas que pretenden expresar un principio de una manera sucinta, ingeniosa o llamativa y coherente.

Son para mí una inspiración los libros (recopilaciones de aforismos propios) de Jorge Wagensberg en la editorial Tusquet

Portada de Si la naturaleza es la respuesta, ¿cuál era la pregunta? Portada de A más cómo, menos por qué  Portada de Más arboles que ramas

Me he sonreído con alguno de sus aforismos (“Una cebra no necesita correr más que una leona. Necesita correr más que otra cebra”) y he pensado con otros (“A más cómos, menos porqués” que yo completo con “… y más para qués“)

Pretendo (de pretencioso) imitarlo pero concentrándome en el tema de este blog: la resiliencia y la relación de ayuda.

 

 

 

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Enseñar la resiliencia

Suponiendo que alguien siga asiduamente este blog le habrá extrañado que titule así esta entrada.

Siempre me he rebelado contra la concepción de la resiliencia como una cualidad personal que se tiene o no o, me da igual, que se puede adquirir como quien aprende a conducir o a manejar un ordenador. Prefiero (no digo que tenga razón) entender la resiliencia al menos como un proceso interpersonal.

Y ahora me desayuno con un comentario titulado “Enseñar la resiliencia”. Pero el titulo tiene trampa como al final explicaré.

Todo viene a colación de que hace ya unos meses Elena Cobler, de Tarragona, se puso en contacto con el Grupo de Trabajo sobre Resiliencia de Valencia y compartió con nosotros su experiencia de inclusión de un Taller de resiliencia dentro de un programa de atención a las víctimas de violencia de género de la Guarda Urbana de Reus.

Aunque ya lo presentó en el Congreso de Resiliencia de Barcelona (2010) ha sido tan amable de enviarnos una breve reseña y autorizarnos a ponerlo a vuestra disposición (pincha AQUÍ) y a dar su e-mail por si alguien quiere ponerse en contacto con ella (lenacob@hotmail.com).

Particularmente pienso que es una buena idea introducir talleres sobre resiliencia en los programas de atención a las víctimas. Porque creo que los talleres pueden ayudar a equilibrar el resto de actuaciones que se hacen para ayudarlas.

Ante una desgracia humana la gente, y por tanto la sociedad puede adoptar muchas posturas diferentes pero, en todo caso, la relación de ayuda puede moverse entre dos extremos:

  • Reconozco tu problema pero depende absolutamente de ti superarlo. Otras personas lo han superado, inténtalo.
  • Reconozco tu problema, no te preocupes nosotros nos encargamos de todo.

La primera postura surge precisamente de una peligrosa interpretación de la resiliencia que ya han denunciado algunos autores. Si la resiliencia se tiene o no se tiene; si es una cualidad personal, tenemos la excusa perfecta para no hacer nada. Si eres resiliente saldrás adelante, si no lo eres da igual lo que te ayudemos.

La segunda postura es fruto de lo que yo he llamado “proteccionismo ilustrado” es decir “todo para la víctima… pero sin la víctima”. Y precisamente lo que se consigue así es la “victimización” (no me refiero a la re-victimización). No te miramos como persona, sino sólo como víctima. Tu sufrimiento nos escandaliza tanto que nos ponemos como locos a hacer un montón de cosas. Y ya de paso te digo yo lo que puedes y debes hacer o no hacer. Porque tu eres la víctima, pobrecita, y yo… tu salvador o salvadora.

Por eso pienso que son positivas todas aquellas iniciativas, como la que Elena nos explica, en la que se introducen talleres sobre resiliencia tanto para los usuarios o usuarias de programas de intervención social como para los profesionales. Con ellos se puede inocular una idea para mí esencial para definir bien la relación de ayuda: “No todo depende de ti, no todo depende de mi” (Si todo depende de mi tu eres nada. Si todo depende de ti, yo soy nada)

Esta reseña al trabajo de Elena no se llama “Enseñar resiliencia” sino “Enseñar la resiliencia”. Y además “enseñar” tiene muchas acepciones pero una de ellas es “mostrar”.

En definitiva, creo que mostrar la resiliencia, que es algo que siempre ha existido pero que no siempre hemos visto los interventores sociales, es una buena manera de posibilitarla.

Gracias, Elena.

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Cuando hace ya un “tiempecito” conocí la famosa “Casita de la resiliencia” presentada por Stefan Vanistendael me chocó que el desván de la misma lo definiera como la “apertura a otras experiencias”.

¿Cómo podía ayudar a una persona en una situación difícil conocer otras experiencias distintas a la suya? Sin embargo, desde entonces, la vida no ha hecho otra cosa que convencerme de la importancia de una ventana a otras realidades.

Muchas veces (cada vez menos, es cierto) he oído a gente  criticando, por ejemplo, el acogimiento temporal de niños apelando a que se iba a poner al niño en una situación mejor que la que tenía para, probablemente, luego devolverle a su situación (peor) de origen.

Evidentemente la lógica de partida del acogimiento no es esa (la del acogimiento simple en España que no las estancias vacacionales de menores saharauis, etc.). Se pretende con esta medida que el niño o la niña vuelvan a una situación familiar de origen mejorada durante el acogimiento. Pero todos sabemos que no siempre podemos afirmar que esto sea así.

En todo caso creo que la secuencia MALO – MEJOR – MALO siempre es mejor que la secuencia MALO – MALO – MALO. Por eso mantengo que el acogimiento familiar temporal de menores tiene sentido. Precisamente porque puede suponer hacer subir a un menor a un desván desde cuya ventana se ve un paisaje atractivo que le motive a (le haga desear) salir de una casa con goteras y grietas.

Entiendo que mucha gente no lo vea así. Pero me cuesta más entender porque entonces esa misma gente se toma todos los años su mes de vacaciones. ¡Es cruel si luego van a tener que volver a su trabajo!.

Ni tampoco entiendo que estén de acuerdo en que sus hijos vayan “de Erasmus” a Noruega, Bélgica e Inglaterra. Probablemente aleguen que es un experiencia enriquecedora.

Al parecer es aceptable una secuencia BUENO – MEJOR – BUENO pero es intolerable y cruel una secuencia MALO – MEJOR – MALO. Las experiencias temporales enriquecedoras  son crueles… ¡excepto para los ya ricos!.

Al parecer también a la gente que sufre la adversidad hay que convencerla de que debe salir adelante, de que luche por mejorar…¿Por qué? Porque sí. Por que es lo razonable. Lo cual sería acertado si el ser humano fuera razonable pero me temo, o quizá me alegro, que no es así. No hay nada como una buena emoción para que “movamos el culo” (perdón).

En todo caso ya dijo no sé qué padre de los planteamientos sistémicos: “la noticia de una diferencia es el primer paso para el cambio” (o algo así). Tendemos a pensar que la realidad es como es y no puede ser de otra manera. Pero el día que descubrimos que sí puede ser de otra manera ya nada será igual.

El jueves pasado tuve el placer de recoger y enseñarle el centro en el que trabajo a Iñigo,  educador de la entidad IRSE-Álava (Instituto de Reintegración Social de Álava) que trabaja en un Centro de Preservación Familiar en Vitoria. Cristina Rojo, la coordinadora del área residencial, que me conocía de este dichoso blog en el que ya es una “asidua comentarista”, me pidió si podía atenderlo ya que venía a Valencia al Congreso de Educadores Sociales.

Pues bien… la conversación con Iñigo, a lo largo de dos horas, fue para mí como si me abriera una ventana y viera un paisaje desconocido y atractivo. No se trata ahora de explicar los detalles de esta sensación. Simplemente diré que en la Comunidad Valenciana no existen Centros de Preservación Familiar. Tenemos Servicios de Intervención Familiar (SEAFIS) y Centros de Día de Menores. Pero no las dos cosas juntas.

Iñigo, que es un tipo de encantador, abrió la ventana y dijo: – Mira –. Y yo dije: -¡Ostras!…  Pero cuando se fue NO ME QUEDÉ FASTIDIADO pensando: ¡Que asco… nosotros no lo tenemos!. Al revés. Pensé… ¡Que chulo! ¡QUIZÁ ALGÚN DÍA…!

Si como profesionales a veces necesitamos subir al ático, abrir la ventana y mirar lo qué hay más haya de nuestros límites cotidianos, ¿no deberíamos pensar que la gente que está en situaciones desfavorables necesita experiencias gratificantes que le insuflen “el realismo de la esperanza”?

He sido beneficiario de la curiosidad de Cristina e Iñigo y además estoy seguro de que los menores y familias del Centro de Preservación Familiar de IRSE en Vitoria tienen suerte de que sus profesionales miren la vida con gafas de resiliencia.

(Ubicación en el blog-rrador: 8.d)

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