Enseñar la resiliencia

Suponiendo que alguien siga asiduamente este blog le habrá extrañado que titule así esta entrada.

Siempre me he rebelado contra la concepción de la resiliencia como una cualidad personal que se tiene o no o, me da igual, que se puede adquirir como quien aprende a conducir o a manejar un ordenador. Prefiero (no digo que tenga razón) entender la resiliencia al menos como un proceso interpersonal.

Y ahora me desayuno con un comentario titulado “Enseñar la resiliencia”. Pero el titulo tiene trampa como al final explicaré.

Todo viene a colación de que hace ya unos meses Elena Cobler, de Tarragona, se puso en contacto con el Grupo de Trabajo sobre Resiliencia de Valencia y compartió con nosotros su experiencia de inclusión de un Taller de resiliencia dentro de un programa de atención a las víctimas de violencia de género de la Guarda Urbana de Reus.

Aunque ya lo presentó en el Congreso de Resiliencia de Barcelona (2010) ha sido tan amable de enviarnos una breve reseña y autorizarnos a ponerlo a vuestra disposición (pincha AQUÍ) y a dar su e-mail por si alguien quiere ponerse en contacto con ella (lenacob@hotmail.com).

Particularmente pienso que es una buena idea introducir talleres sobre resiliencia en los programas de atención a las víctimas. Porque creo que los talleres pueden ayudar a equilibrar el resto de actuaciones que se hacen para ayudarlas.

Ante una desgracia humana la gente, y por tanto la sociedad puede adoptar muchas posturas diferentes pero, en todo caso, la relación de ayuda puede moverse entre dos extremos:

  • Reconozco tu problema pero depende absolutamente de ti superarlo. Otras personas lo han superado, inténtalo.
  • Reconozco tu problema, no te preocupes nosotros nos encargamos de todo.

La primera postura surge precisamente de una peligrosa interpretación de la resiliencia que ya han denunciado algunos autores. Si la resiliencia se tiene o no se tiene; si es una cualidad personal, tenemos la excusa perfecta para no hacer nada. Si eres resiliente saldrás adelante, si no lo eres da igual lo que te ayudemos.

La segunda postura es fruto de lo que yo he llamado “proteccionismo ilustrado” es decir “todo para la víctima… pero sin la víctima”. Y precisamente lo que se consigue así es la “victimización” (no me refiero a la re-victimización). No te miramos como persona, sino sólo como víctima. Tu sufrimiento nos escandaliza tanto que nos ponemos como locos a hacer un montón de cosas. Y ya de paso te digo yo lo que puedes y debes hacer o no hacer. Porque tu eres la víctima, pobrecita, y yo… tu salvador o salvadora.

Por eso pienso que son positivas todas aquellas iniciativas, como la que Elena nos explica, en la que se introducen talleres sobre resiliencia tanto para los usuarios o usuarias de programas de intervención social como para los profesionales. Con ellos se puede inocular una idea para mí esencial para definir bien la relación de ayuda: “No todo depende de ti, no todo depende de mi” (Si todo depende de mi tu eres nada. Si todo depende de ti, yo soy nada)

Esta reseña al trabajo de Elena no se llama “Enseñar resiliencia” sino “Enseñar la resiliencia”. Y además “enseñar” tiene muchas acepciones pero una de ellas es “mostrar”.

En definitiva, creo que mostrar la resiliencia, que es algo que siempre ha existido pero que no siempre hemos visto los interventores sociales, es una buena manera de posibilitarla.

Gracias, Elena.

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