El niño que no quería que le contaran cuentos

Quien ha perdido el tiempo navegando por este blog quizá haya descubierto que llamo “Niños Perdidos” a los niños que han tenido que ser separados de sus padres porque estos no SABEN, PUEDEN o QUIEREN cuidarlos adecuadamente. Y en especial a los que viven en centros.

Todo viene de que en el libro “Peter Pan” los Niños Perdidos eran aquellos niños que se habían caído del carrito cuando sus nanas les paseaban y que nadie los había reclamado (eran niños porque las niñas son más inteligentes y no se caen). Así que los niños perdidos eran enviados a la isla de “Nunca Jamás” y allí vivían jugando y haciendo tropelías. Vivían bien pero, al parecer, echaban de menos los cuentos que sus mamás les contaban por las noches…

… ¿Todos? ¿Es posible que alguno de ellos quisiera vivir siempre en “Nunca Jamás”? (viviendo y durmiendo a cielo abierto porque arropado por una mamá que le cuenta un cuento se siente agobiado)

O lo que es lo mismo–. ¿Es posible que un niño o niña – aún no siendo muy mayor- se encuentre mejor en un centro que en una familia? O de otra manera… ¿es posible que un niño o niña no encuentre su sitio en una familia y se maneje perfectamente en contextos vitales (colegio, centro…) donde las relaciones son “poco profundas”?

Me atrevo a contestar que sí. Y digo “me atrevo” porque aunque en la literatura sobre apego se describen trastornos y síndromes en este sentido, cuesta creerlo.

Yo recuerdo a P. Una niña encantadora que con 11 años seducía a todo el que la conocía. Guapa, inteligente, siempre sonriente, educada y que hacía sentirse a todos lo que le trataban como si fueran únicos para ella.

P. se había criado en un orfelinato de un país del este. Al parecer allí había descubierto que siendo amable con los y las educadoras conseguía beneficios o un mejor trato que el resto de niños y niñas. Por eso cuando llegó a mi centro era capaz de ofrecer a los y las profesionales del mismo bombones (de los que le habían regalado a ella cualquiera de sus “seducidos”). Eso sí, nunca se los ofrecía a otros niños o niñas.

Ya en el centro comprobamos como varias personas que conocieron a P. llegaron a convencerse que la vida o el mismísimo Dios les había puesto en su camino a P. para que la rescataran. Lo que no sabían era que al darse la vuelta P. trataba exactamente igual a cualquier otro adulto.

Porque P. era capaz de, nada más conocer a una persona (adulta), interesarse por ella (“Eso en lo que trabajas debe ser muy difícil”, “Cómo te encuentras?”…) Se invertían los roles. La niña se interesaba por el adulto y no al revés. Y entonces la gente quedaba fascinada por la niña. (¡Se ha fijado en mí!… Entonces… ¡yo debo ser importante para ella!).

Si la relación se desarrollaba más allá del encuentro puntual y se mantenía en el tiempo lo que ocurría es que tarde o temprano, si la persona adulta no servía a P. para sus intereses materiales o concretos, podía ser rechazada o ignorada con la misma rapidez que había sido deducida. Resultado: un reguero de cadáveres afectivos a sus espaldas.

Sé que puede costar creer que esto pueda ser así. Lo acepto. Quizá las cosas no fueron como las cuento sino que yo las interpreté así. Pero desde entonces cuando leo que existe un “síndrome de sociabilidad indiscriminada”, que se da en algunos casos de niños o niñas que han pasado una etapa crítica de su infancia en una institución, yo… me lo creo…  porque ,e acuerdo de P.

Pero ¿puede que haya conocido otro caso – no tan exagerado – pero de un niño más pequeño? ¿Puede ser que Q. – no es u inicial verdadera – pueda haber interiorizado como su ambiente “natural” un centro – en el que vivió entre los 2 y los 5 años más o menos – y esté “averiado” para vivir en familia?

No todos las personas adultas toleramos los mismos niveles de intimidad. Algunas se sienten agobiadas sin espacios vitales propios y huyen ante la más mínima señal de invasión de los mismos. Otras se sienten desoladas (nunca mejor dicho) sin compartir todo con alguien.

¿Y los niños? ¿Por qué damos por hecho que todos quieren, deben y pueden recibir afecto?

Creo que Q. puede estar en la actualidad en un centro, no porque su familia de acogida no supo quererlo, sino porque quizá no pueda, quiera o sepa ser querido de la misma manera que la mayoría de los niños o niñas.

Tendré que repasarme las entradas de Buenos Tratos (blog de José Luis Gonzalo) o releerme su libro para averiguar si es posible que Q. se sienta mejor saltando y corriendo de un lugar a otro, y de una persona a otra, en su centro (“Nunca Jamás”) en lugar de ser arropado por una “mamá” o “papá” que le cuenta cuentos… Y le asfixia.

Se aceptan y ruegan comentarios.

10 Comments

  1. Hola Javier:

    Yo no creo que una institución sea lo deseable para un niño, lo normal es una familia en la que el niño crezca con amor, con cariño y con todas sus necesidades cubiertas (comer, dormir….).
    Pero, desde mi experiencia como madre de acogida, tengo que reconocer el valor y valentia de todos aquellos que elegimos dar otra forma de vida a un niño, aunque no todos los que empiezan el camino lo acaban, los hay que tiran la toalla…. yo siempre creo que la administración tiene que mimar a esa familias, por el bien de ese niño/a acogida.
    Sólo añadir una reflexión: “a mi nuestro peque me esta costando sudores y muchas lágrimas” “es un desgaste emocional” y no por él, qué va! porque avanza, porque ahora es feliz, porque nos hace a todos felices….es la impotencia ante la administración pública (sanidad, educación…).
    Saludos
    Marina

    1. Marina:
      No pretendía transmitir la idea de que un centro pueda ser mejor que una familia, sino precisamente que, algunos niños, por haber estado en una época sensible de su vida en un centro luego puedan tener problemas para vincularse a una familia. El problema es que si esto fuera así (no lo afirmo rotundamente, simplemente lo lanzo al ciberespacio) y un acogimiento de ese niño fracasa no se puede simplemente mirar a la familia a la hora de analizar las causas del fracaso.
      Sobre tu sensación de impotencia… ¡Qué decirte! Prefiero mandarte un beso.

  2. Cuando mi prima acepto compartir su casa con una preciosa chiquilla de 18 años que tenía que abandonar la casa de acogida, me pareció genial. La chiquilla con sus ojos celestes y piel de melocotón tenía a su tutor (amigo nuestro) rendido a sus pies, al igual que a las monjas donde pasaba los veranos… y nos enamoró a todos, pero resulta que cuando se quedaba a solas con mi prima, desaparecía el candor y aparecía otra chiquilla que por poco acaba con mi prima (tenía 24 años). Tu historia me ha recordado la mía, y me ha ayudado a comprender aquella chiquilla que fue siempre para mi un misterio.

    1. No sabes como te agradezco que compartas esta historia. Uno se pone a pensar, escribir… y a veces le entra el pánico: ¿no serán todo elucubraciones desconectadas de la realidad? Por eso, que la entrada conecte de alguna manera con una experiencia personal tuya, me hace pensar que no se me “va la olla” demasiado. La historia de P. es real y durante meses la pudimos ver día a día. A pesar de todo lo que he contado al final se intentó el acogimiento por una pareja que también se enamoró de ella. Al año, más o menos hubo que cesarlo con la pareja totalmente destrozada (como tu prima supongo)… por la frialdad de P. y la de los técnicos que consideraban que simplemente eran inexpertos en tratar a una adolescente. Al parecer la teoría del apego para alguno se queda en los libros. Algo que este blog pretende evitar. Muchas gracias de nuevo.

  3. Pero si todos tenemos nuestro lado oscuro, y hemos sido educados en una familiar normalizada, estos menores, por sus circunstacias como no la van a tener, y con esto no quiero dar la impresión de excusarles, ni mucho menos, desde mi faceta de Familia Educadora, nunca he sido de las personas que piensan que estos menores, no se merecen un castigo por lo que han sufrido, todo lo contrario deben de ser tratados como cuaklquier otro niño, Pero como muy bien nos dice Javier algunos, se las “saben todas” para encandilar a cualquiera, y despues sacar su verdadero yo, para obtener beneficios, pero sigo pensando que estos son los menos. Como Voluntario en una Asociacion de Acogimiento he visto fracasos de acogimiento, donde el problema ha sido, tanto por parte del menor, por parte de la Familia y por parte de la Administraciión, lo que no puedo indicar en que %, pero eso creo que no impòrta, lo importante es que no haya ningun fracaso. Pero pensemos, cuan¡do el menor acogido llega a la mayoria de edad, en la famila de acogida, eso ¿Eso no es el fracaso del acogimiento? que el objetivo final es el retorno a su familia de acogida? es una pregunta para que cada uno la medite,

  4. Javier me ha encantado cuando le has dado la vuelta a la dimensión de querer, saber y poder(desde el niño). Es una idea que siempre he puesto encima de la mesa de jóvenes a los que no toleran estar bien, sentirse seguros, alegres, … se mueven mejor en la disrupción, el fracaso, … y esta nueva perspectiva creo que me va a ayudar bastante.
    mucha gracias

    1. Pues te prometo Iñigo que no fue un giro premeditado sino que surgió espontáneamente precisamente al hilo de pensar en por qué Q. parece preferir estar en un centro a pesar de que tiene muestras de cariño hacia sus ex-acogedores. Yo también me sorprendí de aplicar la regla del PODER-SABER-QUERER (que te comenté en Valencia) para los/las menores y no para los padres y madres. Cada vez creo que es más cierto que lo de escribir es algo más que pensar y que escribir nos obliga a poner orden y estructura a la realidad. ¡Venga anímate a escribir algo para el blog!Ya sé que es muy humilde pero por algo se empieza…Y ya sé que nos habéis mandado fichas para el Proyecto de Estrategias para la resiliencia y que espero que sepas que estamos en ello ¿no?

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