Viveros para la vida

Unos días antes de irme de vacaciones (y llevarme de vacaciones al blog que también necesita descansar) al llegar a mi trabajo vi que en el campo que está justo enfrente (para bien y para mal el centro de menores está en mitad de la huerta) habían aparecido unas pequeñas plantas completamente alienadas y separadas bastante entre si. Por lo que se cultiva en la zona yo sabía que no eran ni patatas, ni cebollas, ni sandias o melones, ni calabazas ni chufas para hacer horchata. Tampoco alcachofas que además ya no es temporada. También imaginé que eran árboles puesto que en ese campo su dueño lo utiliza como vivero de distintas especies de arbustos o árboles que finalmente vende y trasplanta.

Así que al entrar le pregunté a un compañero si sabía que era lo que habían plantado. Me contestó rápidamente porque él también lo había preguntado al mismísimo dueño del campo.

– Son moreras – me contestó.

Las moreras son árboles pequeños o medianos procedentes de Asia y que, además de utilizarse en calles con finalidad ornamental, son conocidos porque sus hojas son el alimento básico de los gusanos de seda.

Hasta aquí un simple avance en mis humildes conocimientos agrícolas. Pero al día siguiente mientras aparcaba vi como dos operarios estaban clavando estacas de un metro y medio de alto y de un grosor significativo. Se ayudaban de un tubo metálico, cerrado por un lado, que lo introducían por la parte de arriba de la estaca, más delgada que él, y subiéndolo y bajándolo con fuerza conseguían percutir sobre la estaca y que ésta se clavara en la tierra.

No me fijé en que lugares decidían colocar las estacas pero era evidente que no había una a cada lado de cada morera. No eran un tutor para la planta.

Probablemente pasó un fin de semana y el lunes ya pude contemplar todo el trabajo terminado. Tras colocar un numero de estacas separadas y alienadas, las habían utilizado para tirar unos fuertes alambres o cables en horizontal y en su parte superior. Los alambres pasaban justo por encima de las distintas líneas de plantas. Pero tampoco eran tutores porque cuando las plantas llegaran a esa altura ya no serían necesarios.

Pero de los cables, bien tensos, se sujetaban regularmente unas cañas delgadas que curiosamente se enterraban en su parte inferior justo al lado de cada una de las moreras que ya se habían plantado días antes. Estas si iban a ser las tutoras de cada uno de los arbolitos.

Es decir, se colocan los arbolitos y luego se clavan estacas estratégicamente para luego tirar cables en varias filas a lo largo del campo. Cables que servirán de anclaje a los tutores de cada árbol.

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O lo que es lo mismo: se clavan tutores (estacas) para los tutores (cables) de los tutores (cañas) de las plantas.

Pensé que en realidad la resiliencia debe funcionar así. Gracias muchas veces a una disposición sistémica de tutores, tutores de tutores y tutores de tutores de tutores.

Pensé que cómo se parecía ese campo a las diapositivas que utilizo a veces para señalar la interacción de disposición de recursos externos, adquisición de recursos internos y adquisición de significado, sentido o perspectiva. Eso que un día también me atreví a llamar modelo sináptico de la resiliencia.

Y también pensé ¿que pasaría si el sistema de tutores se hubiera plantado sin saber donde iban a crecer exactamente las moreras?. ¿Serviría esa estructura si tras realizarla se sembrara el campo con las semillas de las moreras y éstas se dejaran caer aleatoriamente al terreno?

Lógicamente la eficacia de los tutores sería porcentualmente menor (ya no el 100%) pero debido a lo tupido de los tutores y a la frecuencia de las cañas un porcentaje significativo de moreras encontrarían en su crecimiento un tutor que a partir de entonces le sirviera de guía para su crecimiento.

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Quizá 2/3 de las plantas sembradas se malograrían pero quizá 1/3 saldrían adelante. Es evidente que he escogido estas fracciones porque son las que se apreciaron en el famoso estudio longitudinal de Werner y Smith que dio lugar al paso del término resiliencia a las ciencias sociales.

Y con todo esto me reafirmo que el proyecto “Estrategias para la resiliencia” (recién iniciado en este blog y ahora reajustándose por Rosa Herrera y por mí) tiene sentido y va mucho más allá de una serie de ideas puntuales o anecdóticas.

Claro que se necesitan grandes ejes epistemológicos que cambien la mirada en aquellas instituciones que quieren adoptar el modelo de la resiliencia. En ello la gente de ADDIMA ya son veteranos en proponernos como deben ser esos puntales o estacas

Pero también necesitamos ejes teóricos (cables) en los que se sujeten las  cañas donde una víctima de la adversidad pueda apoyarse y levantarse. Pero como, mientras no se demuestre lo contrario, “las personas tienen patas” y se desplazan… mejor plantar diferentes tipos de tutores (estrategias) y que sea el individuo el que se agarre al que mejor le venga.

Creo sinceramente que quizá este es el camino para convertir los centros, recursos y servicios no en guetos o viveros de víctimas sino en viveros para el resurgir de la vida.

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