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Archive for 31 octubre 2012

Dejo dos reseñas de una novela que acaba de publicar la editorial Anagrama por si es del interés de alguien. Es una novela de enorme éxito en Francia y con varios premios. Se llama “Nada de opone a la noche” y su autora es Delphine de Vigan (este es el enlace, que no link, de la editorial)

Nada se opone a la noche

¿Qué pinta una novela en este blog?

Pues si leéis estas dos reseñas del periódico El País (1 y 2) descubriréis 3 de mis temas preferidos:

1. La escritura como medio de exorcizar los demonios personales y familiares o, menos dramáticamente, como intento, a veces desesperado de comprender la realidad (“Soy escritora porque mis padres son, los dos, incomprensibles”)

2. La memoria y su relación con la realidad. (“Soy una autora de ficción; sé que por las pesquisas fluctúo entre el periodismo y la literatura, al modo de Truman Capote, o de la Marguerite Duras de El dolor, sí, pero lo que escribo no es la verdad: es mi verdad, mi mirada sobre ella y quiero tener la libertad de aproximarme a los personajes. Me siento más cercana al estilo de Emmanuel Carrère”, resume.)

3. El suicidio. Una realidad silenciosa que en España produce más muertes que los accidentes de tráfico. Existen constantes campañas de prevención de los segundos pero dudo que alguna vez se plantee una campaña para prevenir los primeros. Gracias a Dios esta desgracia no ha golpeado a mi familia (sí a personas muy queridas) pero me inquieta el manto de silencio que se teje a su alrededor.

Y ya que la autora cita a Emmanuel Carrère no puedo dejar de aprovechar para colocar en estePN 461 blog un libro, para mí impresionante de este autor de ¿ficción realidad? Se trata de El adversario y copio la sinopsis de la editorial (también Anagrama).

El 9 de enero de 1993 un hombre mató a su esposa, sus hijos y sus padres, e intentó sin éxito suicidarse. La investigación reveló que no era médico, tal como pretendía. Mentía desde los dieciocho años y se había construido una existencia ficticia. A punto de ser descubierto, prefirió suprimir a aquellos cuya mirada no hubiera podido soportar. Una escalofriante historia real que es un viaje al corazón del horror y ha sido comparada con A sangre fría de Truman Capote.

Probablemente un buen ejemplo de lo que yo llamo antiresiliencia.

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Juego y Vida (II)

En la anterior entrada (“Juego y Vida”) me permití  lanzar un anzuelo para que una persona a la que admiro y que sabe mucho de la utilización terapéutica del juego se animara a compartir en este blog parte de sus conocimientos.

Se trata de Concepción Martínez Vázquez que en varias ocasiones ha comentado y aportado material a las entradas de este blog. Es pedagoga y psicóloga. Además de su trabajo directo en Intervención Familiar y con menores ha tenido tiempo y capacidad de formarse en Barcelona con Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan en el Diplomado de Especialización en Trauma-psicoterapia Infantil Sistémica organizado por el IFIVF (Instituto de Formación e Investigación-Acción sobre las Consecuencias de la Violencia y la Promoción de la Resiliencia).

Me manda el siguiente texto sobre el potencial terapéutico del juego:

Hola, Javier:

Después de leer tu entrada me sale pensar: ¡Bendita  “Teoría del Caos Relativo de Romeu” que encuentra un sentido al sin sentido! Porque paradójico resulta que, siendo lo más esperable que la evolución de un niño en un centro fuera de desesperación por no estar con sus progenitores, se dé sin embargo una reducción de estrés. Estoy convencida que, como tú dices, en el centro no sólo juegan más y mejor, sino que… pueden “jugar a ser” como posiblemente antes nunca pudieron, en un contexto seguro, predecible, de confort a todos los niveles.

Pensemos que el juego es un medio de expresión natural del niño, una forma de experimentar y aprender, de ensayar a través de un “como si…”. Se ensaya para la vida. Se representan roles sociales que tienen que ver con las personas del entorno del niño, pero también se juega a representar seres mágicos que invitan a la creatividad, a hacer lo posible con lo imposible.

Además el juego es un medio facilitador de comunicación, de intercambio de relaciones, de vinculación afectiva con los otros.  Imagino la liberación que debe suponer para tus niños el poder sentir y sentirse sentido por los otros a través del juego, del “jugar por jugar” sin más.

Pero no podemos olvidar que, además, el juego puede tener, en un contexto de seguridad, un inestimable valor como recurso terapéutico. O lo que es lo mismo, cuando el juego es un medio para lograr un fin: ayudar a un niño herido a reparar las heridas emocionales, las que no se ven con escáneres potentes ni con análisis… las heridas del alma.

Cuando un niño representa una historia, de alguna manera está recreando un escenario en el que él mismo es escritor, actor, director y crítico. Este maremágnum de posibilidades, cuando se da dentro de un espacio de contención, de seguridad pero también de acompañamiento, le permite una nueva reorganización de los aspectos reales o imaginados (algunos incluso temidos) que proyecta en sus juegos.

Mediante el juego simbólico el niño nos da pistas muy valiosas acerca de cómo se ve a sí mismo, pero también una visión de cómo percibe a los demás, de sus deseos y preocupaciones, de los conflictos internos, de la forma en cómo ve el mundo mediante la expresión de patrones de razonamiento y afrontamiento ante los problemas.

Sobre la bandeja de arena, una de mis técnicas preferidas, los niños recrean historias  que son verdaderos calcos de su propia realidad/preocupación: el que su papá está en prisión simula escenas en las que (curiosamente) los malos son los policías que arrestan a los ladrones (es muy difícil comprender y aceptar que papá puede hacer cosas malas); aquellos que sus padres se han separado representan una y otra vez reencuentros y reconciliaciones que devuelven la imagen de familia feliz (que quizás nunca llegó a ser) con un papá encantador y una mamá princesa en el caso de las niñas, o un papá jugando al fútbol con el hijo en el caso de los chicos… También la desorganización se refleja en la caja de arena con representaciones de mundos violentos donde la agresión domina la escena en niños que en sus hogares presencian de manera repetida episodios de conflicto entre sus padres; o en el peor de los casos el impacto de la situación negligente y el abuso es tan grande que no son capaces de crear un mundo y hacen y deshacen continuamente su representación poniendo y quitando las figuras.

Es digno de ver también cómo se meten en su papel con las representaciones con marionetas. ¡Raro es el que después de cinco minutos no acaba hablando en primera persona “como si” el protagonista real fuera él o ella en lugar de la marioneta!.

En la “sala de valientes” como llaman Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan a la sala de juego donde se trabaja con el niño, éste es capaz de traspasar al territorio de la aceptación incondicional donde poder abrirse a algo tan difícil como es su mundo emocional. Es curioso como los niños perciben este espacio de la sala de valientes como una especie de  “entorno protegido”. Los padres o cuidadores me comentan, extrañados, cómo se reservan para sí lo que allí se trabaja, sin contar qué hacemos o decimos. Eso no significa que se olviden o no lo tengan en cuenta cuando se marchan. Es para ellos un lugar seguro, no amenazante, donde la crítica queda al otro lado de la puerta, donde pueden hablar con y sin palabras. Y ello posibilita realizar un trabajo terapéutico a través de los materiales que se transforman en vehículos de expresión para el niño.  ¡No hay nada más maravilloso e inexplicable  que el poder sanador de la caja de arena!

Y es que, si bien el juego es beneficioso para todos los niños, cuando no se puede hablar con palabras porque existe un bloqueo emocional o simplemente porque el daño se produjo en una etapa en la que no había contenido verbal y fueron registradas en el cerebro del niño emociones y sensaciones que no son accesibles a la consciencia, el juego tiene un papel reparador.

Esto es especialmente importante en el caso de niños que han sufrido malos tratos en los primeros años de su infancia como ocurre en muchos de los niños adoptados quienes padecieron situaciones horribles de negligencia, maltrato físico o abuso antes de llegar a un contexto familiar donde poder confiar. Durante mucho tiempo necesitan poner a prueba a los adultos, confirmar una y otra vez que el amor sin condiciones que dicen tenerle permanece cada día cuando se levantan.

Cuando los vínculos de apego se han formado de manera insegura o desorganizada se requiere paciencia y perseverancia, pero sobre todo, un trabajo terapéutico que ayude a estructurar y reparar el daño que incluya el juego.   Porque… ¿Cómo expresar abiertamente con palabras que las figuras que tendrían que ser base de seguridad no sólo no han desempeñado ese papel sino que han sido fuente de sufrimiento?¿Existe conflicto mayor que el de un niño que no puede entender la ambivalencia de afectos que surgen cuando se es víctima de una situación maltratante?

Hay una frase muy bonita de Bruno Bettelheim, quien dice que “el juego es el camino al mundo interno consciente e inconsciente del niño. Si queremos entender el mundo interno del niño y ayudarlo, tenemos que aprender a andar en este camino”. Sin embargo, para poder ser caminantes junto al niño en el proceso terapéutico necesitamos herramientas que no dañen aún más el pedregoso sendero que a veces acompaña sus vidas, como suele suceder cuando se emplean metodologías que revictimizan al niño en muchas ocasiones.

Otras veces se realizan diagnósticos sobrecargados de pruebas estandarizadas que, sin desmerecer su importancia, en muchas ocasiones, resultan insuficientes cuanto no ineficaces para lograr ayudar al niño que ha sufrido una experiencia traumática o ha sido víctima de malos tratos.  Algo así como dar aspirina para una neumonía.

¿Cómo pretender con metodologías tradicionales que un niño con  apego desorganizado se autocontrole, que trabaje en el colegio, que obedezca las indicaciones si necesita invertir gran parte de su tiempo en intentar comprender su mundo y expresar lo que siente, que le desborda sus propias capacidades personales? ¿Existen tests para medir el dolor que produce no sentirse querido?

En mi opinión, el juego, su utilización como UNA de la metodologías en la intervención con niños, es algo serio que requiere una visión suficientemente infantil para poder acceder a su modo de ser, estar y sentir pero al mismo tiempo necesariamente adulta como para ofrecer la seguridad y acompañamiento en el proceso de reinterpretar su historia en busca de un final feliz.

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Por varios motivos intento no referirme en el blog al Centro de Recepción de Menores en el que trabajo. En primer lugar, evidentemente, por salvaguardar la confidencialidad de las historias de los y las menores que residen en él. En segundo lugar por respeto al trabajo de mis compañeros y compañeras. Y por último porque la institución en la que trabajo no me paga por escribir un blog.

Pero cuando aprendo algo en él que no puedo dejar de compartirlo con la intención de añadir un granito de arena a la difusión de lo que es la infancia desprotegida.

Y si una cosa observamos en mi centro es que prácticamente todos los niños y niñas (hasta 12 años) que ingresan en él con una medida de protección experimentan una, a veces espectacular, mejora en las semanas y meses siguientes. También es cierto que si su estancia se prolonga más allá, por ejemplo, de seis meses esta mejoría se frena o incluso pueden involucionar.

¿Cómo es posible que un niño o niña pueda mejorar en una institución? ¿En un centro donde constantemente entran y salen menores y donde constantemente cambian las personas que los atienden (turnos de trabajo, sustituciones, etc.)?

Cuando tengo que dar una explicación a este fenómeno suelo bromear hablando de la “Teoría del Caos Relativo de Romeu” (¿a quien no le gustaría pasar a la posteridad?). Según esta teoría, por llamarle d e alguna manera, los y las niñas mejoran en el caos de un centro de recepción porque proceden de un caos mayor. Al ingresar, el caos y la incertidumbre asociada  se reduce y mejoran.

La institución puede ser impersonal (procuramos que sea lo menos posible) pero al menos es predecible. Muy predecible. Hay un horario. Siempre hay desayunos, almuerzos, comidas, meriendas y cenas. Nunca, nunca, nunca los niños están sin algún adulto responsable que los cuide o supervise. Todos los días de cole se les lleva al cole. Todos los días se duchan o bañan. Y todos los días tienen ocasión para jugar.

Y si algo rompe la rutina cotidiana suele ser para bien. Ir al cine, una tarta de cumpleaños, una excursión al parque o a la piscina…

Creo que nunca tendré pruebas experimentales para avalar “mi teoría” pero, sinceramente no me importa. Estoy tan acostumbradoa este fenómeno que me parece algo evidente. Más aún, apuesto a que, sin conocer a ninguno de los residentes, podría detectar, solo por sus reacciones y en pocos días, a aquel que por error garrafal del sistema de protección procediera de una familia “normalizada” (Tranquilos. Es solo una fantasía y una fantasmada, no una propuesta)

Otra cosa que he aprendido (soy lento y torpe y me ha costado un poco) es que para que el psicólogo del centro (un menda) conozca a los y las menores es más útil “estar con ellos” que “someterlos a pruebas”. Así que últimamente procuro estar más veces con ellos y ellas  y, además, hacer menos yo y dejarles a ellos hacer más.

Así que cada vez más los observo jugar. Vamos a una salita de juego de las varias que hay en el centro y, más allá de una pequeña prueba o algo que quiera hablar con ellos, ahí estamos. Y el otro día, mientras una niña de unos siete años jugaba a construir una especie de ciudad con piezas de plástico, pensé que quizá habría que refinar la Teoría del Caos Relativo.

Además de mejorar porque se reduce el estrés (probablemente sutil) de un contexto familiar, muy personal pero muy impredecible, empiezo a sospechar que el centro les devuelve la oportunidad de jugar mucho y bien.

Tienen muchos espacios para ello. Tienen a su disposición muchos juguetes. Sitios a los que trepar y gatos a los que perseguir. Y sobre todo muchos, muchos… compañeros y compañeras de juego.

Pero… se supone que estos niños y niñas, cuando estaban con sus padre,s debían jugar más ¿no?. Sus padres probablemente no les exigen hacer los deberes, incluso a lo peor muchos días no los llevan al cole, o les dejan bajar a la calle mucho más que a un niño de una familia “responsable”. Mucho tiempo y libertad para jugar.

Siempre he pensado que la desprotección infantil, al proceder de la falta de responsabilidad parental, afectaba a las cosas serias de la vida de los niños: su salud, el estímulo para el aprendizaje… Pero empiezo a sospechar que la negligencia también afecta a la parte lúdica de su vida.

Y para seguir esta sospecha debo plantearme qué significa en realidad el juego. Aunque no soy especialista en el tema (seguro que alguno o alguna nos ayuda con sus comentarios) pienso que el juego es, no solo en el ser humano sino en todas las especies, un simulación segura (y por tanto divertida) de la vida (real o imaginaria).

Con el juego se desarrollan destrezas, habilidades, actitudes… para la vida porque se pueden probar opciones sin miedo, reintentar cosas, corregir errores… y así modelar comportamientos y experimentar modelos.

Pero creo que esta experiencia requiere, para ser verdaderamente enriquecedora, un contexto de seguridad que permita olvidarse de la vida y sumergirse en el juego. Se puede jugar en la incertidumbre pero no será un juego de calidad.

Y aunque me apunto que en un futuro debería analizar como la desprotección infantil afecta al juego de los niños y niñas, de momento se me ocurre que:

No debe ser tan divertido jugar a cocinitas cuando luego hay que hacerse la cena suponiendo que haya algo en la nevera.

No debe ser tan divertido jugar a “policías y ladrones” cuando tu madre te utiliza para robar en el supermercado.

No debe ser divertido jugar a la consola si estás muerto de sueño pero tu padre necesita un contrincante.

No debe ser divertido jugar en la calle cuando perder te puede costar algo que quieres mucho (tu colección de cromos o tu honor)

No debe ser tan divertido jugar a las cartas sin cartas o al parchís sin parchís.

Y no es lo mismo jugar a “Papás y mamás” que a “Muchos, muchos papás y la mamá” o a “Mamá ¿y papá?”

Así que empiezo a sospechar que las niños en situación de riesgo o de desamparo juegan peor precisamente porque son sus padres los que se toman la paternidad o la maternidad como un juego.

No sé si los niños y niñas del centro donde trabajo juegan más que cuando estaban con su familia pero creo que sí juegan mejor. Y si juegan mejor… mejoran.

Por aquello del humor iba a titular este post como “La Teoría del Caos Relativo de Romeu revisada lúdicamente por… Romeu”. Por aquello del anhelo de posteridad. Pero esos anhelos a veces matan. Así que “me estoy quitando”.

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Para los interesados en la escritura como herramienta para encontrar sentido a la realidad dejo el enlace de una entrada en otro blog

http://blog.librosenred.com/2012/10/escribir-para-entender.html?showComment=1350639147873#c3397246432073084423

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(Esta entrada iba a ser una simple reseña bibliográfica pero se me ha ido de las manos. Lo siento)

Si cada vez que redacto un post me acordará de etiquetarlo, cosa que muchas veces no ocurre, la etiqueta Cyrulnik permitiría averiguar el numero de entradas en la que este autor ha sido citado por mil. Calculo, a ojo, que en cada tres post un contiene su nombre. Y eso por no decir una de cada dos.

En realidad este blog podría considerarse un eco continuo de su obra.

Sé que no todo a todo el mundo interesado en la resiliencia le gusta su obra como a mi. Y que hay quien no comparte ciertos planteamientos suyos. Pero bueno… Es lo que hay.

Así que yo de vez en cuando intento averiguar si está escribiendo algo. Y esta vez me he llevado la alegría de que en Francia se acaba de publicar una nueva obra suya.

Sauve-toi, la vie t'appelle

Según lo que el Sr. Traductor de Google me ha contado en su pésimo castellano se trata de unas memorias. A las que ha titulado algo así como “Sálvate, la vida te llama” (o “Sálvate, la vida te está esperando”) y lo ha publicado la editorial Odile Jacob.

Cuando se publicó su librito “Me acuerdo…” ya expresó que había pasado 60 años elaborando intelectualmente el tema de la resiliencia porque no podía expresar abiertamente su historia.

Aquel libro, de muy pocas páginas, estaba motivado por el impacto de haber vuelto a visitar los lugares donde ocurrieron los acontecimientos más importantes de su infancia durante la 2ª Guerra Mundial. Pero la ficha del libro recién publicado señala que tiene 300 páginas. Parece que estamos ante unas verdaderas memorias.

Pero ¿qué son unas memorias? En una reseña de su nuevo libro, también gracias a Google aunque creo haberla mejorado, se dije:

Para Boris Cyrulnik la palabra "Memorias" no es sólo un género literario. También se refiere a nuestra capacidad para recoger recuerdos. ¿Cómo funciona la memoria, cómo selecciona, cómo se equivoca, cómo reconstruye la historia? Porque ella es crucial para la construcción de nuestra personalidad, sobre todo cuando, al comienzo de la vida, una emoción violenta y fundamental grabó el trauma insoportable. Los falsos recuerdos no son mentiras.  Son las mejores opciones para lo mejor y no para lo peor. La verdad narrativa no es la verdad histórica, es la remodelación que hace la vida soportable."

Ya al final de “Me acuerdo…” relata su propia experiencia con un falso recuerdo.

Siempre había recordado escapar, en su infancia, del cautiverio nazi gracias a que, una enfermera francesa le hizo una señal y, se escondió bajo un colchón en una ambulancia en el que yacía una moribunda. Tras lo cual el oficial alemán dio la orden de arrancar.

Según ese recuerdo se salvó gracias a una enfermera y a un oficial nazi benévolo que se ocupó de que la ambulancia cumpliera rápidamente con su cometido.

Sin embargo hace unos años se reencontró con la enfermera y habló con la mujer herida. Y descubrió que no se trataba de una ambulancia sino de una camioneta y que el oficial no había dado ninguna orden. Y que la camioneta arrancó porque, a quien lo ordenó, le daba igual lo que pasara con la mujer herida. Lo que quería era salir rápido de allí. Por propio interés.

Y Boris concluye:

“(…) Al manipular mi historia, es probable que sintiera la necesidad de pensar que siempre hay hombres indulgentes, cualesquiera que sean las circunstancias. De hecho, es el falso recuerdo el que sostuvo la coherencia de mi historia, puesto que el auténtico era la locura. Tuve por tanto que encontrar una coherencia que se pudiera dividir en partes: puesto que era una enfermera, entonces el vehículo, naturalmente, era una ambulancia, y puesto que se había puesto en marcha, ese oficial no podía ser más que un alemán amable. Ahora bien, ¡nada de todo eso era cierto!”

Por eso cuando se le plantea qué es lo que quiere compartir con los lectores con este nuevo libro contesta: “Me gustaría compartir una duda: La memoria que nos constituye verdaderamente ¿es una representación del pasado o la verdad pasada?

Y también el tema del silencio.

“Como la mayoría de los deportados que regresan de los campamentos, Boris Cyrulnik se refugió en el silencio después de la guerra. Él tenía que sobrevivir, y se quedó en silencio para ganarse la vida”. De hecho según el propio Cyrulnik su nuevo libro “…trata sobre la dificultad de hablar con aquellos que no quieren oír nada” .

Uno de los temas claves de su obra. La idea otra vez de la doble herida. Si mi tragedia no quiere ser escuchada por la gente que me rodea el trauma está a las puertas. Él se libro dedicándose a la psiquiatría.

No puedo cerrar este post sin recoger su humor cargado de profundidad como cuando en una entrevista, colgada en internet y a la que ya me he referido en otra ocasión, decía acerca de su pronóstico sobre la evolución del cuidado a la infancia: “Soy optimista. porque vamos hacia el desastre”.

En esta ocasión esta ha sido la pregunta y la respuesta que ha hecho que mientras las comisuras de mis labios se levantaban yo siguiera rumiando el contenido de su respuesta:

¿Qué es usted?
Mi editor dice que soy un gran escritor. Mi esposa dice que soy un marido perfecto. Mis hijos dicen que soy un padre adorable.
Sólo aquellos que no me conocen pueden decir que soy.

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Sigamos intentando expresar algunas ideas centrales de la resiliencia mediante fórmulas matemáticas.

El valor de la fórmula no va más allá de lo didáctico o lo metafórico y no tiene valor matemático. Es evidente que expresar que:

Resiliencia = Resistir + Rehacerse

no nos permite deducir que

Rehacerse = Resiliencia – Resistir

Las dos fórmulas siguientes (muy relacionadas por lo que las presento juntas) las he tenido que editar en imágenes puesto que usan la potencia y la raíz cuadrada, difíciles de reflejar con un simple procesador de texto.

Diapositiva1

Diapositiva2

La primera de ellas (desgracia elevado a desgracia) intenta reflejar la idea de que la construcción de un, llamémosle trauma, depende no del golpe de la vida sino de lo que hacemos o construimos con el golpe de la vida.

Imaginemos dos personas de la misma edad (50 años, por ejemplo) que son repentinamente despedidas de la misma empresa. Quizá, al cabo de 6 meses, aunque sigan las dos en el paro, una habrá desarrollado o estará desarrollando una desgracia de su desgracia mientras que la otra no.

En una de ellas su situación de paro laboral estará invadiendo todos los aspectos de su vida e incluso definiendo su identidad mientras que la otra seguirá siendo la persona X que circunstancialmente estará sin trabajo.

En la primera, su desgracia (el despido y el paro) estará afectando a su relaciónde pareja, a la relación con sus hijos e hijas y, quien sabe, si estará deslizándose peligrosamente hacia la adicción al alcohol.

En la otra las relaciones socio-familiares se mantienen básicamente intactas e incluso han surgido aspectos o matices desconocidos anteriormente y muy gratificantes.

La desgracia inicial es la misma pero a los 6 meses la diferencia es enorme.

La fórmula no pretende reflejar el porqué o el cómo esto ocurre, sino simplemente que, como señala Boris Cyrulnik con su teoría de la doble herida, los golpes de la vida por si solos no producen el trauma. El trauma se produce porque nuestra desgracia rebota en los demás que también la elaboran y le otorgan significado.

Si a partir de la desgracia recibimos una mirada de los otros que nos encasilla en el papel de víctima, de sospechoso, de exagerado… es muy probable que se produzca el trauma. O si notamos que nuestra dolor es molesto para los demás nos aislaremos a rumiar nuestra herida. Y construiremos un trauma que se convertirá en un gran agujero negro socio-emocional que devorará todas las facetas de nuestra vida.

Pero es precisamente la segunda fórmula la que incide, a la inversa, en esta idea de la construcción social del trauma.

La fórmula (resiliencia igual a una raíz de la desgracia en base a un contexto curativo) pretende reflejar intuitivamente que cualquier golpe de la vida puede ser reducido a una dimensión más pequeña (su base) en función de la respuesta del entorno.

Esa respuesta favorable a la no elaboración de un trauma o, de otro modo, favorable a la elaboración positiva de la desgracia, la he resumido en la expresión “contexto curativo”. No me gusta la palabra “curación” asociada a la resiliencia pero no encuentro mejor expresión frente a “contexto traumatizante”.

Y voy a recurrir al tema de los abusos sexuales para ejemplificar este aspecto. En sus libros y en alguna entrevista Cyrulnik (siempre Cyrulnik) señala como el pronóstico de evolución de un abuso sexual  infantil intrafamiliar es muchísimo peor que si el abuso es extra-familiar.

En el segundo, si una vez detectado, el entorno familiar protege al niño o niña de la persona perpetradora y ofrece un entorno emocional adecuado el abuso puede ser elaborado de forma que no provoque secuelas significativas  en su desarrollo en general y en el psicosexual en particular.

Sin embargo en el intrafamiliar, además de ser una “estafa moral” -expresión de Boris- de muchísimo mayor calado que si el abuso lo comete una persona extraña, es muy frecuente que el niño o la niña no sea creída (al menos inicialmente) por el resto de la familia quedando atrapado en un entorno emocional tóxico.

Sin embargo, creo que esta idea de que la respuesta del entorno es parte de la resiliencia o de la no resiliencia no está claramente difundida entre los profesionales y los especialistas, incluso del mismo abuso sexual infantil. Pondré un ejemplo.

Ayer por la mañana pude disfrutar con otros compañeros y compañeras de un estupendo seminario formativo sobre abuso sexual infantil. Lo impartían las profesionales del Instituto Espill que tienen una contrastada experiencia en el tema.

Sus conclusiones sobre el pronóstico del abuso son plenamente coincidentes con lo anterior. Explicaron como el pronóstico de recuperación puede depender de muchos factores entre ellos la reacción del entorno.

Sin embargo solo apareció la palabra “resiliente” cuando se estaban refiriendo a las características de el o la menor. De nuevo se desliza la idea de que la resiliencia es una característica individual que los personas tienen o no.

Por eso me parece atractiva la idea de las fórmulas porque… ¿hay algo más impersonal que una fórmula matemática?

Me queda algún post más de jugar con las expresiones matemáticas (un sistema de ecuaciones y algunas inecuaciones) pero será en otro momento.

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Me encantaría. Pero va a ser que no.

Pagaría por tener una fórmula para generar la resiliencia.

Llamaría corriendo a mis seres queridos que están sufriendo y les diría: No puedo quitarte el dolor ni volver el tiempo atrás. Pero si me haces caso te garantizo que aunque nada será igual, todo será estupendo.

Me temo (o quizá me alegro) que, en este sentido, no existe fórmula o fórmulas para la resiliencia.

Pero sí podemos desarrollar fórmulas (matemáticas) para transmitir de forma rápida, eficaz y quizá divertida las ideas esenciales sobre la resiliencia.

Desde que llevo con “esto de la resiliencia” he oído o leído que la mejor manera de traducirla al castellano ortodoxo (hoy por hoy la palabra resiliencia no está en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española – Ver comentario abajo) era como resistir y rehacerse. O lo que es lo mismo:

Resiliencia = Resistir + Rehacerse

Y con esta sencilla expresión se dejaba patente que la resiliencia es algo o mucho más que resistir o aguantar la adversidad. Además la idea de rehacerse lleva implícita la idea de volver a empezar.

También hace unos años buscaba un esquema para recoger todos los aspectos o variables facilitadores de resiliencia. Hasta que Boris Cyrulnik en una conferencia me lo regaló. Y su idea se podría resumir en la fórmula:

Posibilidad de resiliencia = Disposición de recursos externos + Adquisición de recursos internos + Significado

Es una expresión que, como tal, aporta un plus al contenido de sus partes y es la idea de que si falta uno de los términos la resiliencia deja de ser posible. Es cierto que esta idea es esencial para la forma “francófona” o europea de concebir la resiliencia y no para otros muchos autores. Pero es la manera que yo defiendo en este blog.

Así que, de una forma u otra, ya estábamos usando fórmulas matemáticas como estrategia didáctica.

Lo mismo le debió pasar a un tipo americano llamado Chip Conley.

Cuenta que, en unos momentos bien jo…robados de su vida, leyó el libro de Viktor Frankl “El hombre en busca de sentido” y que de alguno de sus párrafos destilo esta sencilla fórmula (por cierto muy relacionada con la resiliencia):

Desesperación = Sufrimiento – Sentido

Esta fórmula se instaló en su cabeza y que le ayudó a darse cuenta de que no podía reducir el sufrimiento pero sí podía buscarle sentido y con ello disminuir la desesperación. A partir de ahí comenzó a utilizar las fórmulas matemáticas para analizar el mundo de las emociones y los sentimientos y la relación entre ellos.

Acaba de publicarse en España su libro “Ecuaciones Emocionales” (Ediciones B) y que aun estoy pensando sí recomendar o no (muy buenas anécdotas, fórmulas sugerentes… pero mensaje “todo depende de ti” que no acaba de encajar en la 2 fórmula que he señalado)

Y entonces pensé: ¿puedo encontrar fórmulas sugerentes para la resiliencia?. Rápidamente (tan rápido como mi neurona puede trabajar multitarea) me vinieron algunas a la cabeza .

Es mi intención ir compartiéndolas y empezaré por la que más orgullo me provocó por un ligero toque de humor.

Apoyo emocional = Reconocimiento del dolor + Acompañamiento + ¡Nada más!

He pasado muchas horas (la dichosa neurona) reflexionando sobre lo que es eso del apoyo emocional y a una conclusión sí he llegado. ¡Qué difícil es callarse cuando una persona te expresa su sufrimiento!

Somos seres empáticos (menos el psicópata de turno) y, cuando alguien nos importa, escuchar su sufrimiento nos mata. Queremos salir corriendo pero se supone que debemos seguir con el ser querido. Y es muy posible que:

  • le demos un consejo (dirigir su conducta)
  • le digamos que no es para tanto (quitar importancia)
  • preguntarle detalles (morbo o sospecha)
  • le digamos que se le pasará (obvio)
  • intentemos distraerle (quizá la opción menos mala pero no siempre respetuosa)
  • etc..

Cuando tengo la fortuna de dar una clase, curso o charla siempre le pido a la gente que imagine una situación de intenso dolor y que valore el efecto que le produce cada una de estas reacciones de los demás. Es contundente y, la verdad, nos solemos “echar unas risas”. Nos imaginamos cagándonos (perdón por la expresión) en nuestra bientencionada persona benefactora.

La anterior fórmula pretende ser un mantra que al evidenciar el término “Nada más” nos frene a la hora de relacionarnos con la persona que sufre. Porque como a veces digo, en esos momentos, digas lo que digas tienes todos los puntos para meter la pata hasta el fondo. Y si no nos mandan a esparragar es porque el sufrimiento será mayor que la asertividad o la rabia.

¿No es bastante con escuchar y reconocer su dolor y con permanecer a su lado?

Y como soy el primero que no aprendo a quedarme calladito (ya habrá oportunidad de hablar) espero que esta fórmula me ayude en el futuro a recordar que no soy salvador de nadie. Por mucha resiliencia que estudie o por mucho blog que escriba.

Y cuando escribo esto el dolor de personas muy queridas me duele a mí.

(No me hago responsable de que te guste si te lo compras aunque, ya ves, yo le he sacado partido)

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