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Archive for 26 noviembre 2012

Desde hace años han sido muy orientadores para mi los comentarios de Boris Cyrulnik (llevaba unas cuantas entradas sin citarlo) sobre la importancia de la reacción del entorno ante el dolor de la víctima.

Siempre me ha parecido que la idea de que la reacción del entorno ante el sufrimiento de una persona puede ser tan dolorosa o más como la desgracia en si misma era algo que saltaba a la vista.

Y cuando quiero convencer a alguien del argumento (en alguna charla o curso) sólo tengo que poner el ejemplo (o mejor dicho EL EJEMPLO con mayúsculas por inapelable). El de los ex-combatientes norteamericanos en la guerra del Vietnam.

Como el propio Cyrulnik señala estos tuvieron un porcentaje muchísimo mayor de trastornos mentales en los años siguientes a su regreso que los ex-combatientes de su mismo país en la Segunda Guerra Mundial. No parece que esto se pueda explicar por las características de las dos contiendas. Las escenas vividas por unos y por otros no debieron ser muy diferentes. Emboscadas, explosiones, compañeros mutilados, conflictos morales, miedo, pánico….

Sin embargo cuando los de la primera guerra regresaron fueron recibidos y tratados como héroes. Homenajes, monumentos… Y una población receptiva a escuchar sus relatos.

Pero los segundos tuvieron la desgracia que gran parte de la sociedad norteamericana se puso en contra de la participación en el conflicto en Vietnam. Y aunque resulte paradójico el movimiento pacifista causó estragos en los ex-combatientes. Les dijeron que iban a defender no sé qué valores pero cuando regresaron no eran héroes sino “asesinos de niños vietnamitas”. El patio no estaba para ir contando su dolor. Ellos ya no eran las víctimas sino los verdugos.

Pero no hace falta irse a la guerra para experimentar todo esto. Todos tenemos experiencias de relatar a alguien un sufrimiento y nada más empezar a hablar darnos cuenta de que mejor hubiera sido quedarnos calladitos.

Pero esta entrada no es para volver a darle vueltas a lo mismo sino para compartir que he descubierto que existen investigaciones concretas sobre todo esto.

Se pueden conocer en el libro “La compartición social de las emociones” de Bernard Rimé (2011) editado por DDB. El autor es doctor en Psicología, profesor de psicología en la Universidad de Lovaina e investigador del Centro de Investigación para el Estudio del Comportamiento Social de esta universidad.

En la tercera parte del libro se analizan la expresión de las experiencias emocionales negativas. Y el capítulo primero de esta parte (el 8 del libro) tiene un título muy significativo “Respuestas bienvenidas, respuestas no bienvenidas”

El autor nos introduce claramente:

El malestar ante el sufrimiento ajeno

El encuentro con una persona afectada por una experiencia emocional negativa importante es un problema para cualquiera. Muchos datos muestran que en presencia de víctimas, los comportamientos de las personas “no víctimas” están generalmente lejos de ser apropiados (…) Toda persona que es “víctima de las circunstancias” o que ha sido “golpeada por el destino”, ya se trate de un accidente, una enfermedad, malevolencia, duelo, u otros tipos de dramas, también desencadena manifestaciones de este tipo y se encuentra pues confrontada a la angustia y al malestar que suscita a su alrededor de forma totalmente involuntaria.” (No sé si tiene sentido citar la página cuando se consulta en una edición digital “comprada-lo-prometo”, que puede depender del software para su lectura)

En los últimos decenios, la psicología social ha mostrado interés por estas dificultades que todos experimentamos ante víctimas de experiencias penosas. Wortman y Lehman (1985) han descubierto tres causas principales.”

Me salgo de las comillas para sintetizar:

1.- La ignorancia.

No se tiene un bagaje experiencial suficiente para ponerse en lugar de la víctima y lo más probable es que se subestime el tiempo que se necesita para reponerse de un acontecimiento de esa índole (“Vale, vale… es muy gordo lo que le ha pasado pero ya ha pasado una semana y todavía…”)

2.- El espectro de la vulnerabilidad humana.

Tendemos a vivir cotidianamente como si fuéramos invulnerables, como si nada malo nos fuera a pasar. Por eso cuando la desgracia cae en alguien cercano cual disparo de francotirador, tomamos conciencia repentina de nuestra propia vulnerabilidad.

Si además la persona que escucha el dolor del otro tiene en su interior la teoría implícita del “mundo justo” (cada uno tiene lo que se merece) es muy probable que nos defendamos haciendo a la víctima responsable de su desgracia. (“No te habrían agredido si…”)

3.- La alienación.

Vuelvo a las comillas porque es imposible decirlo mejor.

“El mundo de la vida cotidiana es un mundo donde todo va bien. La fatalidad y la desgracia están activamente descartadas por efecto del consenso social. La gente no cesa de confirmarse mutuamente que forma parte de este mundo privilegiado. En cada encuentro, nos preguntamos los unos a los otros “¿va todo bien?” y todos respondemos a esta pregunta ritual afirmativamente. Y es especialmente así cómo se constituye el tranquilizador mundo de la vida cotidiana. En este contexto, la confrontación con alguien a quien “no le va bien” equivale pues a encontrarse ante un extraño. Esa persona es diferente. Forma parte de otro mundo. Ha atravesado acontecimientos o circunstancias que no pertenecen a la vida ordinaria. Es extraña al tranquilizador mundo de la vida cotidiana. El sentimiento de alienación que surge en el encuentro con ese persona será tangible por ambas partes”

La última frase me trae a la memoria el testimonio de Jorge Font (ya reseñado en este blog) cuando dice que tras su accidente de esquí acuático que le dejó paralítico le invadió un sentimiento angustioso de no pertenecía. (“Yo ya no soy como el resto”).

Pero nunca había pensado que ese mismo sentimiento es el que puede distanciarme de la víctima (“Ha pasado por algo terrible. Ya nunca será normal como yo”)

Y termino esta entrada con la investigación a la que en realidad me refería al principio:

Los efectos conjugados de la ignorancia, del sentimiento de vulnerabilidad y de alienación convierten en innumerables las respuestas inapropiadas que pueden tener lugar en el encuentro con una persona angustiada. Una lista establecida a partir de varios autores (Ingram, Betz, Mindes, Schmitt y Smith, 2001; Wortman y Lehman, 1985) recuerda particularmente los siguientes elementos:

    • la molestia, el malestar o la evitación física propiamente dicha;

    • el examen curioso, la insistente fijación visual;

    • la evitación de la comunicación franca;

    • la distancia, las manifestaciones de insensibilidad, la rudeza que puede derivar de la falta de compromiso emocional;

    • la expresión de una inquietud exagerada, el pesimismo;

    • las manifestaciones provocadas por las reacciones como alegría forzada, optimismo de fachada, minimización (“no es nada”; “podría ser peor”), la denegación (“no veo problema”; “va a ir bien”):

    • el desaliento de la libre expresión (“vale más no hablar de ello”);

    • el recurso a comportamientos de ayuda estereotipados como dar opiniones o consejos (“tienes que salir”), apelar a fórmulas que banalizan (“es el destino”) o que normalizan la situación (“eso puede ocurrirle a cualquiera”), identificarse con los sentimientos de la persona o intentar acercarse de forma artificial (“yo sé lo que sientes”);

    • las manifestaciones proteccionistas o actitudes hiperproteccionistas, particularmente frecuentes cuando los comportamientos de ayuda se utilizan como recurso con el fin de gestionar la propia angustia;

    • la censura, la crítica o el juicio; la búsqueda de faltas y la atribución de responsabilidades; el aliento para una rápida recuperación y la expresión de expectativas inapropiadas sobre el proceso de adaptación.

   Para la persona afectada, las respuestas de este tipo resultan abrumadoras. Significan que no existe reconocimiento sobre la experiencia que está atravesando y que se desestiman sus sentimientos, que son muy reales. Se confirma así la alienación que presiente: se encuentra sola, abandonada a su suerte, y precisamente en el momento en que su necesidad de consuelo y de apoyo social es mayor.”

Mejor quedarse callado.

O tampoco.

(Continuará)

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Dejo el enlace de un nuevo post de LibrosEnRed sobre el sentido de la escritura, esta vez como refugio y corrección. Interesante también leer los muchos comentarios al mismo.

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El simposio “Duelo y Sentido” organizado por la Asociación Viktor Frankl de Valencia me ha dejado muchas de las que yo llamo “ideas sugerentes e indelebles”.

Son esas ideas que por si solas justifican tu asistencia a una charla, conferencia, jornada, curso… Son sugerentes porque no son un simple conocimiento (“Los antidepresivos del tipo tal o cual actúan de tal o cual manera y…”) sino que se quedan en tu cabeza y empiezan a generar nuevas ideas en la medida que se combinan con otras que ya estaban allí (“Si esto es así entonces eso explicaría porque aquello y además tiene que ver con lo otro…”). No son la pieza de puzle que simplemente rellena un hueco. Son más bien la pieza que al ponerla te conecta dos secciones que estabas construyendo por separado.

Y son indelebles porque te ha sido presentada de una manera (imagen, metáfora, esquema o relato) que intuyes que no tienes que hacer ningún esfuerzo para retenerla. Te acompañará siempre. Y cuando la necesites ahí estará.

Por ejemplo como cuando Javier Barbero, psicólogo ´clínico especialista en Cuidados Paliativos, comparaba el acompañamiento a una persona en duelo a cuando Paco de Lucía (o cualquier otro guitarrista) acompañaba a Camarón de la Isla (o a cualquier otro cantante de cante hondo). La guitarra debe estar afinada a la voz del cantante; el guitarrista deberá estar en sintonía con él; deberá adaptarse al ritmo del mismo (a veces siguiéndolo, a veces marcándolo) y sobre todo, permanecer en segundo plano.

Pero hoy prefiero centrarme en una idea descubierta en el taller de Robert A. Neimeyer, psicólogo de orientación constructivista. Fue realmente instructivo y muy, muy divertido (a pesar del tema). Y al final del mismo la sorpresa de una idea sugerente e indeleble. Pero en coherencia con ello yo también lo dejaré para el final.

Neimeyer trabaja en la Universidad de Memphis. Una ciudad donde según el mismo cuenta el índice de mortalidad violenta y especial entre la población negra es espectacularmente superior a los promedios nacionales e internacionales.

Llama también la atención que en un estudio que su equipo llevó con una muestra de familiares de muertos de forma violenta, un 30% no presentará un duelo complicado o patológico. Supongo a que a muchos nos llamó la atención que el porcentaje fuera similar al porcentaje observado en el famoso estudio de Werner & Simith que dio lugar a su artículo “Resilient Child” y al trasvase del concepto de resiliencia de la física a las Ciencias Sociales.

Hubo dos preguntas al respecto. Se le preguntó qué les pasó a ese tercio de personas para poder recuperar el sentido de sus vidas a diferencia del resto que aún estaban en ello en ese momento. La respuesta corrigió la pregunta: no necesitaron recuperar el sentido en sus vidas porque la muerte del ser querido no lo había derribado. Y quiero puntualizar la expresión “sentido en sus vidas” que me parece mucho más “frankliana” que “sentido de sus vidas”.

Otra participante me robó la pregunta y le planteó si habían investigado las condiciones que podían justificar esa resiliencia. Reconoció que no habían desarrollado esa posible línea de investigación pero que él creía que en esos casos existían una serie de recursos externos (relacionales, comunitarios…) e internos que les permitían mantener una vida con sentido que les ayudaba a superar la pérdida.

Esto podría significar que desde las gafas (supuestas) de un psicólogo constructivista de Menphis se ve la resiliencia de un modo muy similar a como la ve desde sus gafas (esta vez reales) el mismo Boris Cyrulnik.

Todo esto iba surgiendo mientras el terapeuta e investigador nos exponía su método para ayudar a personas con dificultades para desarrollar el duelo por la pérdida de un ser querido, y que se fundamenta en recorrer las siguientes fases:

1. Recomponer la historia.

En realidad la historia queda rota por la desgracia. La muerte del ser querido es como la pelota de beisbol o tenis que golpea el cristal y lo hace añicos. Esta fase es la de recoger los trozos para intentar recomponerlos, pegarlos…

2. Recontar la historia.

Muy interesante las distintas técnicas expuestas para ayudar a recontar minuciosamente la historia de lo ocurrido ayudando a la persona sufriente a entrelazar (en su acepción literal de hacer una trenza) lo ocurrido con lo sentido y con lo pensado en cada momento.

Se trata no de una simple repetición dela tragedia sino de una verdadera revisitación de la misma guiada por un testigo (el terapeuta) que vigilará y acompañará en la misma.

3. Reconstruir la historia.

En esta fase la tarea fundamental es la de construcción del sentido que según Neimeyer es el más potente mediador para el duelo complicado.

4. Integrar la historia.

Se detuvo especialmente en la técnica creada por él junto con Smith de los Virtual Dreams (Sueños Virtuales)

5. Extender la historia.

Se utiliza cualquier estrategia que ayude a transmitir o contar con pleno significado la vida del ser querido desaparecido.

Y es aquí donde salta la idea, para mí, sugerente e indeleble.

Para contar las distintas fases Neimeyer se apoyó en dos casos reales con permiso de sus protagonistas. Uno de ellos era la historia de una madre que pierde a uno de sus hijos, de unos 19 años, en un accidente de tráfico.

En el proceso de terapia la madre conecta con las inquietudes espirituales de su hijo fallecido y que ella conocía, fruto de lo cual decide crear una asociación filantrópica llamada “Team Max” (El equipo de Max). Neimeyer proyecta fotos de pancartas con el nombre de la asociación en la que se ve una foto de Max sonriendo. Después muestra fotos de distintos miembros de la asociación, todos ellos con una camiseta con la misma foto de Max, y entre los que se encuentra la novia del mismo quien conducía el coche al sufrir el accidente.

La Asociación también colabora para proyectos concretos con otras. Una foto muestra a un hijo de Neimeyer con una camiseta de una asociación junto a otro miembro de Team Max. Nos explica, yo juraría que con emoción, como Team Max había conseguido enviar 4 toneladas de material de primera necesidad a Haití tras el terremoto de hace pocos años.

Y al ver la imagen sonriente de este chaval fallecido trágicamente en el pecho de otros chicos y chicas realizando voluntariado social pude ver gráficamente la idea de “extender la historia”

Neimeyer utiliza el cuadro “Despedida” (1959) de la mejicana Remedios Varo para ejemplificar esta fase de la terapia.

Los amantes de separan pero sus sombras permaneces juntas.

La madre de Max tras recorrer todo un arco narrativo (recomponer, recontar, reconstruir e integrar la historia) estuvo en disposición de la extenderla al mundo.

En realidad yo veo más esta última fase no como parte del arco sino como una verdadera flecha narrativa.

En mi modelo personal de la resiliencia, que un día me atreví a llamar sináptico, los distintos recursos externos e internos se combinan de una manera específica o peculiar en cada caso para construir significado o sentido y rehacerse de la adversidad.

Narración y Altruismo son a mi entender dos sectores del puzle de los recursos internos para la resiliencia y Neimeyer me mostró una de las piezas que los conecta. De ahí que muchas personas que han sufrido situaciones límites necesiten extender su historia o la de sus seres perdidos a través del altruismo.

De todos modos no siempre es necesario crear una asociación de voluntariado para que la historia de un fallecido se extienda. Me viene a la cabeza la historia de Pablo Domínguez Prieto. Un mes antes de su muerte en un accidente haciendo montañismo este joven sacerdote dio una conferencia a la que acudió de mala gana un actor, guionista y productor de cine y televisión, Juan Manuel Cotelo.

Tras su fallecimiento, e interrogado por los testimonios de todos los que le conocieron, se propuso el proyecto que acabó con el estreno de la película “La última cima”. Documental que se proyectó en muchos cines comerciales de España por petición popular. También se han publicado dos libros recogiendo dos Ejercicios Espirituales que Pablo dirigió antes de su muerte. Uno de ellos fue la última tarea pastoral que realizó antes de morir. Que me perdonen sus familiares o sus seres queridos pero Pablo ha desarrollado su vocación más allá de su propia vida.

Va a tener razón Daniele Bruzzone, también presente en el Simposio, cuando en su libro “Pedagogía de las Alturas” titula un capítulo “Somos un relato. Autoanálisis y búsqueda de sentido a través de la escritura”.

Y si somos relatos podemos ser lanzados al mundo más allá de nuestra propia existencia.

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He podido disfrutar este fin de semana de un Symposium organizado por la Asociación Viktor E. Frankl de Valencia. Puedes ver el programa pinchando AQUÍ.

Foto: MÁS DE 220 PERSONAS HAN CONFIRMADO YA SU ASISTENCIA AL SYMPOSIUM "DUELO Y SENTIDO" (y, de ellas, más de 80, al Taller de Rober Neimeyer).
TE LO VAS A PERDER?
Te esperamos el viernes 9 y el sábado 10 de noviembre!
Toda la información en:
http://www.asociacionviktorfrankl.org/nounou/curso2012/symposiumiv.pdf

Además se completaba el sábado por la tarde con un taller con Robert A. Neimeyer , profesor de la Universidad de Menphis (EEUU) y probablemente uno de los mayores especialistas en la investigación sobre el duelo y en el tratamiento cuando éste se complica.

Estuve a punto de no inscribirme, no por falta de interés sino por pereza, pero probablemente ha sido el dinero (muy asequible) mejor invertido intelectualmente en mucho tiempo.

Estoy seguro que las próximas entradas de este blogecillo van a salir de lo escuchado estos días.

Creo que todas las intervenciones han valido la pena pero yo he disfrutado especialmente de:

Daniele Bruzzone, que siendo italiano y de una juventud insultante para su conocimiento de la obra de Frankl, se expresó en un castellano mejor que el mío. En cuanto pueda leeré su libro “Pedagogía de las alturas” y seguiré la pista a la idea de logoeducación (Bruzzone es pedagogo).

 

Javier Barbero, psicólogo especialista en Cuidados Paliativos, quien “a pelo” (ni “pogüerpoin” ni ná) transmitió una brillante (por apasionada y acertada) forma de entender la relación entre sentimientos y valores en los procesos de duelo, así como una valiente forma de entender el respeto al dolor del otro en la relación de ayuda.

 

Robert A. Neimeyer. Todo un show. Y muy generoso en su comunicación y en sus materiales. Interesantísimo su abordaje del duelo desde el “arco narrativo”.

 

 

Supongo que la Asociación colgará en su web alguna reseña sobre el evento y, como llevan haciendo hasta, ahora el Symposium se volcará en un nuevo ejemplar de las publicaciones del Observatorio del Duelo

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Concepción Martínez Vázquez me envía la reseña de un libro de reciente publicación. Es esta. Gracias, Conchi.

Acabo de terminar (siguiendo como en otras ocasiones la recomendación bibliográfica de José Luis Gonzalo Marrodán en su blog la lectura del libro “El espacio común. Nuevas aportaciones a la Terapia Gestáltica aplicada a la infancia y la adolescencia”, última obra de Loretta Cornejo, editado por Desclée de Brouwer.

EL ESPACIO COMÚN. Nuevas aportaciones a la terapia gestáltica aplicada a la infancia y la adolescencia

Además de numerosas técnicas gestálticas que facilita la autora y que pueden ser muy útiles para los profesionales, se ofrece un concepto interesante para todos: el espacio común.

Para Loretta el espacio común “son una serie de espacios que se sobreponen uno junto a otro creando un hermoso espacio en común propio de cada uno”. Es decir, viene a representar algo así como una superposición de realidades, que confluyen en el espacio terapéutico –pero también en otros contextos- cuando nos relacionamos con los demás, un encontrarse con el otro desde el que poder encontrar un lugar en la vida.

La autora hace una doble diferenciación: “cuando hablo de espacio hablo del mundo, ya sea del exterior, en el que habita la persona, como el del interior, el que habita en la persona”. Algo así como dos mundos que se encuentran íntimamente relacionados y que representan como las dos caras de la misma moneda. Cuando el mundo exterior es seguro, predecible y confiable, el mundo interior puede organizar sus elementos (autoestima, estrategias cognitivas, etc.) y acceder a ellos cuando sea necesario. Pero un mundo hostil, tóxico y cambiante, conduce a un mundo interior en el que el caos y la desorganización son los protagonistas.

En relación al contexto terapéutico, se hablaba en otra entrada de este blog (Juego y Vida II) de esa especie de “entorno protegido” que se da en la sala de terapia. Es como si se recreara un micromundo especial en el que el terapeuta junto con el niño, van tejiendo un vínculo especial, como una nueva autopista relacional que, sin destruir las “carreteras secundarias” que la mente del niño dispone, llenas de baches en forma de experiencias carentes de afectividad o de “efectos climatológicos adversos” que hacen tambalear su posición en el mundo, es capaz de conducir al niño de forma segura.

En referencia a esto, dice Loretta: “Este espacio es una representación de lo que es el vínculo del niño fuera, en su mundo; y en la relación terapéutica además de poder ver cómo hace este niño uso de este espacio de relación también iremos transmitiendo un modelo interrelacional. Ya que queramos o no el modo que tenemos de dirigirnos a ellos, el modo de funcionar con ellos, el modo en que lo miramos o no, son señales para que el niño se posicione en un sitio hacia sí mismo y hacia los demás.”.

Y es que el niño trae a las sesiones no sólo lo que en ese momento le preocupa, sino también, todo un conjunto de señales de las relaciones que mantiene fuera de allí, de sus anhelos o sus expectativas. Pero no sólo trae…también se lleva algo. La semana pasada, una de la niñas con las que trabajo, en un momento dado de la sesión en la que estábamos haciendo una figura humana con pasta de modelar me pregunta “¿tú me quieres?”. Su cara se iluminó cuando, por supuesto, le dije que sí, y que efectivamente era una persona que me importaba. Su experiencia de vida, en tanto que ha establecido vínculos afectivos disfuncionales desde muy pequeña, ha marcado su desconfianza en las relaciones con los adultos. Pero allí, en la terapia, la seguridad y el afecto se convierten en puntales, que, sin ser los únicos, ayudan a fortalecer y a dotar de estructura.

En relación a esto último cabe destacar la importancia que le da Loretta Cornejo a incluir en la terapia no sólo el espacio del niño, sino también el de los padres, hermanos, abuelos, el propio espacio del mundo que rodea al niño…es decir, el trabajo con toda la red social y familiar para garantizar un contexto de seguridad y sujeción.

Se habla también en el libro de ese espacio en relación al niño que debe contemplar también las distancias, las formas de relación…o lo que es la mismo, el poder sintonizar con lo que necesita en cada momento de nosotros. “El espacio del niño será todo aquello en lo que él esté dispuesto a jugar, a explorar, a mostrarse, a abrirse y confiar. Las distancias establecen también el modo con que el niño quiere ser sentido y sentir, y no siempre es armónico ni parejo, por eso los adultos debemos estar pendientes en qué momento se encuentra el niño para poder establecer desde estas fronteras nuestro vínculo con él.” Y eso no es sólo de aplicación a los terapeutas, también al resto de adultos que se relacionan con él, especialmente los padres.

Señala Lorettta que “el espacio común es algo que se encuentra más allá de nuestras fronteras conocidas, es el modo de trabajar que cada uno tiene cuando pone el corazón, la mente, el alma, la piel e incluso su propia vida, para poder encontrarse con el espacio del otro, creando un espacio muy articulado y particular, sin copias ni réplicas, flexible y elástico, y, al mismo tiempo, consiste y seguro”.

En lo que respecta a nosotros, en tanto que profesionales de lo humano, especialistas en ofrecer una relación de ayuda, el encuentro con el otro tiene esa particularidad de ser único, diferenciado, ¡estructurado pero flexible!. Curiosa conjunción.

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