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Archive for 31 enero 2013

Momentos sublimes

Fui uno de esos niños gorditos (no obeso pero sí gordito) que poco a poco y con constancia evolucionó hacia un adulto con michelines y con más pecho que alguna de mis compañeras.

O lo que es lo mismo, aunque siempre me ha gustado cualquier tipo de deporte, nunca he destacado en ninguno en especial ni he sido el niño elástico, fuerte o atlético que yo hubiera querido ser.

Por ello y teniendo en cuenta la época en la que crecí (los 60 y los 70) mi mundo deportivo se circunscribía al cole y a mi casa. Porque siendo 4 chicos de 5 hermanos tengo que decir que mi casa era casi un polideportivo. Podías encontrar espacio para jugar a futbol, frontón, “ping-pong en mesa de comedor”, golf, bolos… o cualquier deporte inventado sin ningún problema (Ni se me ocurre pensar que a mis hijos les dejara hacer lo que hicimos nosotros en mi casa)

Y en el mundo del deporte escolar (el de el patio de recreo o el de “al salir de clase”) yo siempre estaba en una segunda honrosa fila. Es decir cuando se elegían los equipos sabía que sería elegido en un tercer o cuarto puesto. Ni el primero ni el segundo pero jamás el último.

Y en este contexto tengo que confesar que siempre he recordado una tarde muy especial.

Al acabar las clases (podría tener 10,11 o 12 años) bajé al patio con la esperanza de que alguien hubiese traído balón. No fue así. Pero alguien tenía una pelotita de goma que en un patio porticado podía dar tanto juego como éste. Éramos muy pocos así que formamos dos equipos de dos o de tres máximo.

Así empezó un desenfrenado partido que se desarrollaba al mismo tiempo que otros 3 ó 4 partidos en el mismo patio más algunos chavales jugando a baloncesto y otros simplemente a pillar. Ya se sabe. Uno de esos partidos donde lo más importante es esquivar a otros niños, otras pelotas y profesores o padres que pasaban por allí.

Pero aquella tarde yo entré en lo que luego he aprendido que se llama estado de flujo. Todo me salía bien y yo parecía ser el Pelé de Escolapios. No me cansaba y me sentía eufórico. El fútbol y yo éramos una misma cosa.

No esperes más del relato porque no hay más. Era un simple y puro partidillo de patio de colegio con una insignificante pelotita de goma. Pero esa tarde ha quedado grabada en mi memoria como una acontecimiento memorable (valga la redundancia).

O como aquella tarde (cuando era más niño) que jugando a pillar en mi casa con alguno de mis hermanos y algunos o algunas vecinas, evite que me pillaran con un prodigioso salto hacia el sofá que hacía de “mare”. Un salto en mi memoria como el de cualquier leopardo o pantera que se precie.

Y parece ridículo pero estos dos momentos: en el que fui animal salvaje y en el que fui Gento o Johan Cruyff me han acompañado toda la vida.

Y supongo que me ayudaron a resistir y rehacerme de ser un niño más bien gordito y mediocre en deportes (y otros menesteres).

Por lo que vuelvo a encontrarme con la idea de que quizá la resiliencia se construye a base de momentos memorables.

Como cuando Tim Guenard vio que los ojos de una jueza se humedecían por él, o que un mendigo le habló de política internacional como a un adulto o cuando un sacerdote hizo esperar a un ministro más de media hora porque estaba atendiéndole a él.

Quizá por eso como dice Cyrulnik basta que tu madre te saque una tarde a pasear y te compre un helado para que puedas resistir que el resto de las tardes te deje sólo en casa encerrado en un armario.

¿Un momento, un recuerdo, como tutor de resiliencia?

El otro día una compañera, que ahora trabaja en otro centro, me dijo que una chavala adolescente que estuvo hace muchos años en el mío hablaba de mí como la única persona que le hizo caso o se interesó por ella. Todavía no me lo explico ni probablemente me lo explicaré jamás.

Y pienso que ojala pudiéramos atrapar la clave de la resiliencia.

O quizá no. Mejor no la atrapemos nunca.

Quizá algún día podamos programar momentos memorables o tutores de resiliencia. Pero no me atrevo a pronunciarme si eso será un buena o una mala noticia.

De momento me conformo con tomar conciencia de que la dinámica de la resiliencia parece tener mucho que ver con la belleza de ciertos momentos, de ciertos encuentros.

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Mañana (26/01/2013) se celebrará un Seminario sobre resiliencia dentro del curso sobre PNL FACS (FilosofíaArteComunicaciónSalud) que todos los años organiza Bernardo Ortin en su Zen-Tre de Valencia y que en la presente edición se titula: “El liderazgo de la propia vida”

He pretendido que el Seminario, dentro del respeto a la intimidad de los participantes, vaya un poco más allá del mundo de las ideas y que podamos entrar despacito en la habitación donde se comparten experiencias.

Aunque sea, como en mi caso, para confesar mi relación de amor con la Señora Resiliencia. Un amor platónico (espero tardar mucho en acostarme con ella) pero amor al fin y al cabo.

Un amor que tras la pasión de la fascinación inicial y tras las primeras decepciones o enfados se encamina, creo yo, a ese amor maduro donde sabes que el otro o la otra es el compañero o compañera definitivo en tu vida (aunque a veces le mandarías, como se dice por aquí, “a freír espárragos”)

Pero además tengo la experiencia que al finalizar casi todos los cursos, charlas, etc. que imparto sobre resiliencia siempre hay alguien que comparte conmigo una experiencia difícil de su vida. Y siempre pienso que hubiera sido estupendo que lo hubiera podido o querido compartir. Pero claro, y lo entiendo, no todo se cuenta en cualquier sitio.

(Y aprovecho para decir que las fotos con las que termina el video me las ha cedido amablemente Conchi Martínez Vázquez)

Pero, en todo caso, lo que recibo de estas personas es mucho más de lo que yo les haya podido aportar. Por eso esta vez he decidido regalarles a los o las participantes un cuadernillo con espacios en blanco para, no tomar apuntes de lo que digo, sino tomar apuntes de su propia vida.

No soy tan ingenuo para pensar que van a poder hacer un trabajo intenso de introspección. Pero quizá más adelante… Y quien quiera tendrá un espacio en esta misma entrada del blog (u otra) para compartir sus pequeñas o grandes experiencias. O mejor dicho… sus reflexiones sobre su experiencia de resiliencia o no.

Si quieres descargar el cuadernillo y las dos presentaciones pincha aquí: Cuadernillo, La Resiliencia y yo, Seminario Resiliencia Zen-Tre

Si quieres volver el montaje de video lo tiene en Youtube y aquí mismo:

(Por el momento inhabilitado. Disculpad)

Si quieres compartir algo con nosotros puede hacerlo mandándolo en forma de comentario o, si quieres anonimato en el blog, mándalo en forma de email a resilienciavalencia@gmail.com y lo colgaremos sin tu dirección de email o nombre.

Y si no participaste en el Seminario y quieres compartir alguna experiencia…. (Yo no se lo diré a Bernardo)

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Los chicos de  WordPress.com han preparado un informe sobre el año 2012 de este blog (y el de todos, claro está). Me dan la opción de publicarlo y he pensado ¿Y por qué no?

Por mi parte me puedo dar con un canto en los dientes sabiendo que en el 2010 (su primer año entero) hubo 1.869 visitas al blog; que en el 2011 fueron 4.517 y que este año casi 21.827 visitas (que no visitantes).

Si ya se lo advertí yo a mi mujer: ¡En el 2012 despego!

En realidad yo me refería a actividades más lucrativas (charlas, conferencias, cursos…) y por lo tanto mi mujer es probable que me mande a freír espárragos diciéndome: ¡Visitas, visitas! !Despegar se mide en euros y no en visitas!. Cuando llegues a 22.000 euros me avisas, chaval.

Pero a falta del despegue económico que requeriría mi numerosa familia al menos me puedo consolar con el despegue virtual.

Lo que sigue no es un texto mío sino de los duendecillos de wordpress. Un saludo.

Aquí hay un extracto:

4.329 películas fueron presentadas en el Festival de Cine de Cannes en 2012. Este blog tuvo 22.000 vistas en 2012. Si cada vista fuera una película, este blog podría proporcionar energía para 5 festivales en Cannes.

Haz click para ver el reporte completo.

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(Como siempre tan amable y tan entregada Conchi Martínez Vázquez responde a una sugerencia mía enviándome este texto. Espero que os guste)

Siempre me han fascinado las estrellas de mar. La forma con la que se nos muestran se asemeja a sus homólogos astros, pero tras su aparente frágil aspecto, gran cantidad de espinas pueden cubrir su cuerpo para protegerse de depredadores. Alrededor de esas espinas tienen unas pequeñas pinzas que utilizan para mantener limpia la piel de algas u otros restos que intentan adherirse a ella.

Pero sin duda alguna, lo que más me sorprende de este increíble animal es su capacidad de regeneración cuando se ha escindido por causa de un agente externo como un golpe o una agresión. A partir de un solo brazo, es capaz de regenerase y con ello volver a estar completa. Podría decirse, en términos de resiliencia – nunca mejor dicho- aquello de Michael Manciaux de “resistir y rehacerse”…

Empleando el pensamiento mágico de los niños, podríamos pensar que las estrellas de mar quizás fueran en otro tiempo estrellas del firmamento que han caído al océano porque no se dieron las circunstancias para que allí permanecieran. Una atmósfera irrespirable donde la violencia celestial mermara el oxígeno necesario para sobre-vivir, un asfixiante calor intrusivo que las incapacitara para desarrollarse como astro único, un posicionamiento inadecuado en un lugar donde no podían brillar con luz propia porque dedicaban todos sus esfuerzos a buscar la luz de las estrellas grandes sin éxito … les hicieron ir a parar a otro lugar, a otro mundo, a otro espacio.

Un astro rey Sol o una brillante Luna, no pudieron, no supieron o quizás no quisieron que formara parte de ese firmamento en el que surgió. Algo muy parecido a lo que ocurre con niños y niñas acogidos o adoptados. Si las estrellas de mar tuvieran que encontrar su otro yo en el mundo humano, lo encontrarían en este enorme puñado de pequeños que, como ellas, desarrollaron espinas para protegerse, pinzas para limpiar las heridas del alma y fuerza arrolladora para seguir adelante, para regenerarse aunque el trauma provocado por su historia de vida haya roto alguna de sus partes. Gracias al poder sanador de los elementos del nuevo medio podrán sanar y restablecer nuevos vínculos, minimizar sus mecanismos de defensa como la huida y el ataque, porque ya no será necesario, y así, brillar con luz propia. Aunque por un tiempo se sentirán desterradas hasta que puedan adaptarse y encontrar su sitio.

Conozco muchas estrellas de mar. María fue adoptada cuando tenía cinco años, después de pasar la mitad de su vida institucionalizada en un orfanato de otro país. Relata cómo sufría cada vez que venían los domingos nuevos papás a elegir un niño o niña. Mostraba su mejor sonrisa, hacía gala de sus encantos, pero una y otra vez se frustraban sus esfuerzos porque siempre ganaba alguno de sus competidores de amor.

Sin embargo llegó el gran día y encontró lo que necesitaba, una familia que le diera el afecto y los medios para sanar sus heridas producidas por el abandono y malos tratos a los que estuvo expuesta. Cuando llegó a su nuevo “océano” no fue fácil. Al igual que la estrella de mar, la niña necesitaba protegerse de un medio percibido como hostil, del desconocimiento de costumbres, formas de relación, normas y límites que no formaban parte de su repertorio. A la pérdida de su figura de apego se le sumaba entonces la segunda ruptura del que se había convertido su hogar en los últimos años. Tardó tiempo en poder comprobar que este océano nuevo tenía ciertamente algunos peligros reales y otros que eran sombras del pasado, que además de depredadores podía encontrar a su alrededor un colorido espectacular que podía despertar en ella emociones positivas. También descubrió que existen cuevas marinas que sirven de refugio donde sentirse segura y protegida. Como una red en el amplio sentido del término que le permite sostenerse, encontrar el equilibrio, agarrarse a tierra firme. Además de sus padres adoptivos, su profesora de mates, la monitora del comedor, la psicóloga, la mamá de su amiga Clara, etc. todo un ejército de tutores de resiliencia van a ayudarle a regenerar sus partes dañadas. María tiene hoy 10 años y brilla cada vez más con luz propia.

Hay una historia por la cual tengo predilección y en la que pienso muchas veces ante situaciones que tienen que ver con la falta de sensibilidad de algunos adultos ante determinadas conductas de un niño quien, debido a las consecuencias de haber vivido situaciones de violencia de manera directa o vicariamente, abandono, situaciones de estrés extremo o cualquier otro ataque a su persona, presenta un comportamiento agitado, agresivo, poco empático.

Ante esto muchas veces desde el contexto familiar y/o escolar se le atribuye maldad en sus actos sin pararse a pensar que, además de ser imprescindible separar la persona de la conducta –todos necesitamos una aceptación incondicional de la persona aunque la conducta sea inadecuada-, es necesario comprender que para poder regenerarse necesita que haya elementos en su entorno que le ayuden a cerrar su herida, que no es un monstruo marino, sino una estrella de mar dañada a la que escuece su herida y sólo la sal del afecto, la comprensión, los límites y la aceptación pueden curar. Ahí va la historia:

Cierto día, caminando por la playa, reparé en un hombre que se agachaba a cada momento, recogía algo de la arena y lo lanzaba a la mar. Hacía lo mismo una y otra vez.

Tan pronto como me aproximé, me di cuenta de que lo que el hombre agarraba eran estrellas de mar que las olas depositaban en la arena, y una a una, las arrojaba de nuevo al mar.

Intrigada, le pregunté sobre lo que estaba haciendo, y me respondió:
-Estoy lanzando estas estrellas marinas nuevamente al océano. Como ves, la marea baja y estas estrellas han quedado en la orilla. Si no las arrojo al mar, morirán aquí por falta de oxígeno.

-Entiendo -le dije-, pero debe haber miles de estrellas de mar sobre la playa. No puedes lanzarlas a todas. Son demasiadas y quizás no te des cuenta de que esto sucede seguramente en cientos de playas a lo largo de la costa. ¿No estás haciendo algo que no tiene sentido?

El hombre sonrió, se inclinó y tomó una estrella marina, y mientras la lanzaba al mar, me respondió:

-Para ésta sí lo tuvo.”

Encontraré en mi camino muchas estrellas de mar y, aunque no podré lanzarlas todas al océano, confiaré en que cada vez que me agache para coger una, habré contribuido un poco a que su luz destelle hilos de esperanza y algún día brille con fuerza, seguramente la suficiente como para que no deje que caigan del firmamento más estrellas al mar.

Concepción Martínez Vázquez

Pedagoga, psicóloga y terapeuta familiar e infantil

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