Momentos sublimes

Fui uno de esos niños gorditos (no obeso pero sí gordito) que poco a poco y con constancia evolucionó hacia un adulto con michelines y con más pecho que alguna de mis compañeras.

O lo que es lo mismo, aunque siempre me ha gustado cualquier tipo de deporte, nunca he destacado en ninguno en especial ni he sido el niño elástico, fuerte o atlético que yo hubiera querido ser.

Por ello y teniendo en cuenta la época en la que crecí (los 60 y los 70) mi mundo deportivo se circunscribía al cole y a mi casa. Porque siendo 4 chicos de 5 hermanos tengo que decir que mi casa era casi un polideportivo. Podías encontrar espacio para jugar a futbol, frontón, “ping-pong en mesa de comedor”, golf, bolos… o cualquier deporte inventado sin ningún problema (Ni se me ocurre pensar que a mis hijos les dejara hacer lo que hicimos nosotros en mi casa)

Y en el mundo del deporte escolar (el de el patio de recreo o el de “al salir de clase”) yo siempre estaba en una segunda honrosa fila. Es decir cuando se elegían los equipos sabía que sería elegido en un tercer o cuarto puesto. Ni el primero ni el segundo pero jamás el último.

Y en este contexto tengo que confesar que siempre he recordado una tarde muy especial.

Al acabar las clases (podría tener 10,11 o 12 años) bajé al patio con la esperanza de que alguien hubiese traído balón. No fue así. Pero alguien tenía una pelotita de goma que en un patio porticado podía dar tanto juego como éste. Éramos muy pocos así que formamos dos equipos de dos o de tres máximo.

Así empezó un desenfrenado partido que se desarrollaba al mismo tiempo que otros 3 ó 4 partidos en el mismo patio más algunos chavales jugando a baloncesto y otros simplemente a pillar. Ya se sabe. Uno de esos partidos donde lo más importante es esquivar a otros niños, otras pelotas y profesores o padres que pasaban por allí.

Pero aquella tarde yo entré en lo que luego he aprendido que se llama estado de flujo. Todo me salía bien y yo parecía ser el Pelé de Escolapios. No me cansaba y me sentía eufórico. El fútbol y yo éramos una misma cosa.

No esperes más del relato porque no hay más. Era un simple y puro partidillo de patio de colegio con una insignificante pelotita de goma. Pero esa tarde ha quedado grabada en mi memoria como una acontecimiento memorable (valga la redundancia).

O como aquella tarde (cuando era más niño) que jugando a pillar en mi casa con alguno de mis hermanos y algunos o algunas vecinas, evite que me pillaran con un prodigioso salto hacia el sofá que hacía de “mare”. Un salto en mi memoria como el de cualquier leopardo o pantera que se precie.

Y parece ridículo pero estos dos momentos: en el que fui animal salvaje y en el que fui Gento o Johan Cruyff me han acompañado toda la vida.

Y supongo que me ayudaron a resistir y rehacerme de ser un niño más bien gordito y mediocre en deportes (y otros menesteres).

Por lo que vuelvo a encontrarme con la idea de que quizá la resiliencia se construye a base de momentos memorables.

Como cuando Tim Guenard vio que los ojos de una jueza se humedecían por él, o que un mendigo le habló de política internacional como a un adulto o cuando un sacerdote hizo esperar a un ministro más de media hora porque estaba atendiéndole a él.

Quizá por eso como dice Cyrulnik basta que tu madre te saque una tarde a pasear y te compre un helado para que puedas resistir que el resto de las tardes te deje sólo en casa encerrado en un armario.

¿Un momento, un recuerdo, como tutor de resiliencia?

El otro día una compañera, que ahora trabaja en otro centro, me dijo que una chavala adolescente que estuvo hace muchos años en el mío hablaba de mí como la única persona que le hizo caso o se interesó por ella. Todavía no me lo explico ni probablemente me lo explicaré jamás.

Y pienso que ojala pudiéramos atrapar la clave de la resiliencia.

O quizá no. Mejor no la atrapemos nunca.

Quizá algún día podamos programar momentos memorables o tutores de resiliencia. Pero no me atrevo a pronunciarme si eso será un buena o una mala noticia.

De momento me conformo con tomar conciencia de que la dinámica de la resiliencia parece tener mucho que ver con la belleza de ciertos momentos, de ciertos encuentros.

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