Punset versus Nardone: autoengaño y resiliencia

El otro día, con el abrigo puesto y la perra al otro lado de la correa suplicándome con la mirada (“Bájame de una puñetera vez que me revienta la vejiga”) me paré a ver y escuchar una entrevista a Eduardo Punset.

El presentador (Pablo Motos) le preguntó que cómo era que había pasado por un cáncer y que le habían contado que estaba más preocupada la gente de su alrededor que el mismo. Punset confirmó esto y empezó a desgranar lo que parecía ser el pensamiento que estaba en la base de su serenidad. Se refirió a la conciencia de que el tiempo que el ser humano lleva en el universo es apenas nada… pero como su discurso estaba siendo espeso y el programa (El Hormiguero) no es el más serio de la TV aparecieron dos hormigas de peluche que interrumpieron su argumentación.

La perra y yo nos quedamos con las ganas de conocer cual era la fuente de serenidad de Punset. A “Trufa” la verdad es que no pareció importarle demasiado, y más en su estado de necesidad, y yo pensé que Punset se estaba situando en un planteamiento, por decirlo de alguna manera, estoico.(“estoy es lo que hay” “somos una insignificancia” “una cagarruta en el espacio-tiempo”) pero sin que explicara porque ese pensamiento le sosegaba (a otros les produce pavor).

Al final del programa (Trufa ya había descansado) Pablo Motos le preguntó cuál era, según él, la clave para salir de la crisis. De forma algo confusa para mí gusto Punset dijo que ya estaba llegando una idea que nos iba a sacar a todos del agujero. Y me pareció entender que esa idea es la de que el conocimiento, el conocimiento científico es el que iba a llevarnos inexorablemente hacia el bienestar. En resumen: “El conocimiento (racional) de la vida es lo que nos va a permitir vivirla mejor” (la frase es mía no de Punset)

Es el punto donde mi punsetmanía se deshincha. Me encanta seguir sus programas y todo lo que hace pues entrevista a gente interesantísima. Pero no comparto su “fe en la racionalidad”, valga lo paradójico de la expresión, como fuente universal de bienestar.

Fuente parcial e importante de bienestar sí (si me tienen que operar quiero al médico más racional del mundo por muy antipático que sea). Sería estúpido negar los avances impresionantes en temas de salud por ejemplo. Pero panacea, no (al salir del hospital no me iría de copas con ese cirujano).

Últimamente se publican muchos libros en los que se evidencia que siendo animales racionales estamos llenos de errores de percepción, de interpretación, de análisis… Me encantan los libros donde se señalan las limitaciones de nuestro cerebro y los múltiples sesgos que tenemos a la hora de interpretar la realidad. Casi todos comparten la idea de que la conciencia de nuestros sesgos nos permitirá reducirlos. Pero en ese punto los autores se diversifican en dos grandes grupos.

Unos piensan que la reducción de los sesgos nos llevará a un mayor bienestar porque la racionalidad es un valor en si mismo. Otros, sin embargo, consideran que la conciencia de los sesgos es muy útil pero no llegan a propugnar su eliminación total como camino hacia la felicidad, la plenitud o el bienestar. Estos autores reconocen, por tanto, que el bienestar puede pasar en ocasiones por el autoengaño.

Por decirlo de manera metafórica: para los primeros para llegar al bienestar en cada cruce de caminos en la vida hay que elegir el camino lógico (¿Qué es más razonable el camino de la derecha o el de la izquierda?).

Para los segundos la lógica no es siempre la mejor brújula para el bienestar (A veces el camino más largo es más bonito y agradable. Más vale andar mucho por un camino agradable que poco por uno árido. Y sobre todo si vas con el chico o chica que te gusta).

Pero podemos poner un ejemplo sacado de la realidad (elegido sesgadamente advierto). El valor de la racionalidad me lleva a pensar que debo ser una persona racional que toma sus decisiones libremente, sin influencias ni ataduras. Por tanto cuando alguien supuestamente se ofrece a hacerme un pequeño favor o un pequeño regalo debería negarme pues es muy probable que nos sintamos obligados a devolvérselo y por tanto nuestra libertad de decisión estará condicionada.

Este planteamiento lleva a Rolf Dobellli  en su libro “El arte de pensar” (Ediciones B)  a proponernos evitar hacer favores o evitar recibir para no tener que dar. Si acepto la invitación a cenar de una persona que aun no conozco demasiado quizá luego no pueda dejar de invitarle yo. Si quiero ser libre, mejor no deber nada a nadie. Lo razonable es evitar recibir favores o regalos si no quiero caer en el sesgo que el llama “dar y recibir”.

También Gerard Apefeldorfer en su estupendo y descatalogado libro  “Las relaciones duraderas. Amorosas, de amistad y profesionales” (Paidos) reconoce el efecto del desequilibrio entre el dar y el recibir cuando analiza las dádivas (palabra medio extinguida que significa “cosa que se da gratuitamente”).

En un ejemplo, para mi gusto contundente, este psiquiatra francés explica que si el carnicero de mi barrio es extremadamente amable conmigo, me sentiré incómodo o incluso traidor el día que compre el pollo en un hipermercado.

Pero la diferencia entre Dobelli y Apefeldorfer es que el segundo no llega a la conclusión de que hay que cortarle de cuajo la amabilidad al carnicero. Al contrario más bien, si nos muestra este ejemplo de reciprocidad humana es para hablar de los procesos de seducción y de los mecanismos que apuntalan las relaciones duraderas.

Estoy seguro que si estos dos autores se sentaran el uno frente al otro a tomar un café comprobaríamos que no están tan distantes. Pero la diferencia de matiz que se desprende de sus libros me viene al pelo para lo que quiero expresar.

Corregir sesgos lógicos nos acerca a lo racional. Nos hace organismos más precisos, más ecuánimes, más eficaces… pero quizá no más felices, no más plenos, no más fuertes, no más resilientes.

Quizá por ello Giorgio Nardone, terapeuta estratégico, expresa en una entrevista a propósito de su libro “Pienso, luego sufro” : “Es una perversión de la inteligencia creer que la razón lo solventa todo"

Es más, argumenta que, aunque resulte paradójico, con la llegada del razonamiento apareció también la duda… y muchas veces con la duda, con la incertidumbre… la ansiedad, el sufrimiento e incluso el bloqueo.

En la misma entrevista el periodista le pregunta: ¿Todavía somos víctimas de los postulados de Platón y Aristóteles, quienes apostaban por un control racional de la realidad? A lo que Nardone contesta: Efectivamente. Aristóteles decía: verdadero o falso, y excluía una tercera posibilidad. Pero en la realidad hay cosas que no son ni verdaderas ni falsas, sino que son las dos cosas al mismo tiempo.

Y es que quien conoce la escuela de terapia breve estratégica sabe que ésta se fundamenta en el carácter no lógico, sino paradójico de la realidad o de la vida (más cercano a la forma de entender la vida en culturas orientales).

Por tanto frente a “El conocimiento (racional) de la vida es lo que nos va a permitir vivirla mejor” existe otra postura “Vivir la vida es la que nos va a permitir conocerla mejor”.

Y por ello, en la Escuela de Terapia Breve de Arezzo dirigida por Nardone, los protocolos se establecen a partir de la experiencia de aquello que produce cambios de forma consistente. Es una forma de “conocer a través del cambio”. Determinadas técnicas (no saberes) o estrategias que hacen muy frecuentemente que la gente salga de la depresión nos enseñan muchas cosas sobre la depresión.

Incluso el que determinadas estrategias funcionen para patologías aparentemente distintas nos pueden descubrir conexiones entre las mismas que no habríamos descubierto por la vía del “saber”.

Acaba de publicarse “Hartarse, vomitar y torturarse” de Giorgio Nardone y Matthew D. Selekman (Ed. Herder)  en el que se defiende que “es posible demostrar que bulimia y autolesión, cada vez más extendidas entre jóvenes y adolescentes, no son categorías diagnósticas distintas sino dos caras de la misma moneda, y como tales han de ser tratadas”.

Y sigue la contraportada… “Los autores plantean la posibilidad de una intervención rápida y estratégica, de un modelo terapéutico construido a medida del paciente que permite dar un vuelco a la lógica perversa del trastorno. Según este enfoque tecnológico, son las soluciones más eficaces, elaboradas sobre el terreno, las que definen y describen la patología; en otras palabras, el conocimiento deriva del cambio concreto en la vida del paciente, y no de un cuadro teórico o estadístico que se supone infalible e inmutable”. (La negrita es mía)

Un racionalista extremo pensaría que no es que exista una lógica perversa del trastorno sino que la persona de lo padece no es lógica. Y que si lo fuera no tendría el trastorno. Y que si lo fuera sería más feliz.

Puedo admitir la primera, e incluso la segunda, premisa. La tercera no tanto. Pero en todo caso hay que reconocer, dada la cantidad de personas que padecen trastornos neuróticos (no entremos en los psicóticos) que las personas no son lógicas. Por tanto su salvación estará en enseñarles lo irracional de su conducta.

Pero me temo que quien necesita lavarse 6 veces después de darle la mano a alguien ya sabe, ya conoce… que su conducta es irracional. Por tanto la razón no le ayudará. Pero sí le ayudará que el terapeuta le prescriba “Muy bien. Puede usted lavarse las manos pero si lo hace lo tiene que hacer 10 veces no 6. Puede no hacerlo, pero si lo hace, hágalo 10”

Precisamente lo original de la Terapia Breve Estratégica es que reconoce lo paradójico de la realidad y combate las patologías y los problemas humanos desde ese mismo carácter no lógico.

Quizá por mi gusto por este acercamiento a la realidad la primera serie de post de este blog se tituló “La vida no es lógica… gracias a Dios”. Y cada vez que reflexiono sobre la resiliencia descubro que la mayoría de las veces su trampolín no es la razón sino la emoción o el sentimiento.

Por eso en mi particular mitomanía Nardone le gana a Punset por goleada. Y me consta que el segundo conoce al primero porque ya hace años lo entrevisto para su programa “Redes” (programa 212)

Y quizá por ello será que, entre los recursos internos para la resiliencia junto con el sentido del humor, la creatividad, la trascendencia, la humildad… de momento y mientras nadie me DEMUESTRE… je, je… lo contrario, no voy a incluir a la razón.

Quizá la resiliencia tenga gran parte de autoengaño.

Pues viva el autoengaño.

8 Comments

  1. Me acuerdo de un comentario que dijo Nardone en un seminario, algo así como: “Construimos el mundo a base de autoengaños. Lo que pasa es que algunos de ellos son patólogicos y nos hacen infelices”.Estoy con Nardone en su visión del mundo, pero también creo que conocer esas tendencias innatas evolutivas que nos sirven para simplificar o “controlar” el mundo, nos serviría para darnos cuenta de las trampas mentales que a veces nos tejen. Conocer un poco el funcionamiento de nuestro cerebro -que no viene con libro de instrucciones-, nos podría ayudar a usar las herramientas que poseemos, sin que ellas nos posean a nosotros y nos limiten. Esto, más que racionalidad es autoconocimiento. Por ejemplo, como tendemos a etiquetar y a etiquetarnos -por esa tendencia evolutiva de simplificar toda esa maraña de información que nos llega del exterior-, nos vendría bien ser conscientes de ellas y salir de esas creencias que tan injustas se vuelven a veces para los demás y para nosotros mismos. Y nos ayudaría a mirar el mundo, si esto es posible, un poquitín menos distorsionado. Esta entrada da para muchos interesantes debates. ¡Tu blog es inagotable, como tu sabiduría!

    (Por cierto, ¿me puedes decir algún libro que hable de las limitaciones del cerebro y de los sesgos? Me está interesando el tema…).

    1. Gracias, Reyes por este estupendo comentario. Y algunas cosillas…
      1. Una advertencia y condición: si vuelves a soltarme otro piropo intelectual no te apruebo el comentario. Me provocan sonrojo y desconcierto. En mi no hay sabiduría. Como mucho curiosidad. Porfa.
      2. Me parece muy acertada tu distinción entre racionalidad y autoconocimiento. Mientras redactaba el post fui muy consciente de esa diferencia. Mi crítica va precisamente a los que no llegan al autoconocimiento y se quedan en la racionalidad y la elevan a la categoría de bien supremo o ¿por que no decirlo?… de Dios.
      Claro que lo de conocer nuestros sesgos es estupendo. Incluso hasta desde un punto de vista religioso o moral en la medida que pueden ayudarnos a “no juzgar” precipitadamente ni, como tu dices, ni a los demás ni a nosotros mismos.
      3. La frase de Nardone genial y oportunamente traída a la entrada.
      4. Sobre las recomendaciones de libros sobre las limitaciones del cerebro:
      En esta entrada
      https://disparefuturo.wordpress.com/2011/07/25/sin-miedo-a-equivocarme-yo-s-lo-que-te-pasa/
      tienes la referencia de 4 libros
      Además de ello tengo que referirme a “El cisne negro” de Nassim N. Taleb aunque es muy denso y no demasiado bien escrito o traducido (El libro que cito de “el arte de pensar” se basa mucho en este y es mucho más agradable de leer) Y atenta a la inminente publicación en Paidos de otro libro de Taleb llamado “Antifrágil” (probablemente haga hoy mismo una reseña.
      Tengo alguno más en mente (y en mi casa) pero ahora no consigo recordar el título. En cuanto lo consiga te lo digo.
      Un saludo y gracias.

  2. Racional e irracional, dos atributos en contraste a la manera didáctica y una tecnología en consecuencia que ponga en relación dos ámbitos a reconciliar: una razón para vivir y no, vivir para la razón, que parece un objetivo monstruoso aunque consensuada y legalmente administrable. Remachando a Machado: “Tu razón, no, la razón, y ven conmigo a buscarla, la tuya guárdatela”. Autoengaño y resiliencia, también cierta manera de misticismo y reflexiones adaptativas compartidas en la nube.

  3. No conocía a Nardone pero resulta interesante lo de la terapia breve estratégica. Leyendo todas estas últimas cosas que estas escribiendo, me quedo reflexionando y pensando si facilitan la resiliencia la flexibilidad, no tener miedo a los cambios y yo no diría autoengañarse, me gustaría más atreverse a soñar y a creer en algo mejor. Respecto al enfoque de Punset no me queda del todo claro lo de racional. ¿Tan confiado esta en la medicina y en el progreso, en los profesionales? Pienso que se puede tener menos miedo a morir cuando se ha vivido muy intensa, plenamente y no nos quedan tantas cosas por hacer (no sé si podría ser su caso) aceptando que cuando se tiene una avanzada edad la muerte entra dentro de lo habitual.
    Aunque yo sea una cagarruta en la inmensidad tengo dos hijos pequeños y no me puedo morir ya. Lo suyo no sé si iría más en la línea de persona con muchos años que ya esta en la meta final. Por cierto,me ha encantado esta frase. Vivir la vida es la que nos va a permitir conocerla mejor”.

    1. Efectivamente la resiliencia creo que tiene mucho que ver con la flexibilidad (que a veces está reñida con la fortaleza) y con soñar (es uno de los temas preferidos de Rosa Herrera, del Grupo de Trabajo sobre Resiliencia de Valencia)
      No te puedo perfilar la postura de Punset ante la “posibilidad” de la muerte porque precisamente estuvo, en la entrevista que cito, muy espeso. Pero tienes razón que es posible que tenga que ver con su momento evolutivo (que no es el tuyo) y todavía el mio (aunque estoy bastante cerquita ya). Lo que sí creo por sus libros, artículos, etc… que tiene una confianza clara en la ciencia como, por decirlo de alguna manera, la “salvación” de la humanidad”.
      La frese es mía pero no es más que una adaptación de esa otra que dice algo así como “La vida se vive mirando hacia adelante pero se entiende mirando hacia atrás”.
      Un beso y gracias por el comentario.

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