Apropósito de Málaga (II)… funcional versus bello

Preparando el taller que celebramos (lo de celebrar lo digo más por mi que por los asistentes) en El Valle de Abdalajis (Málaga) empecé a darle vueltas que no sólo es importante dar el sustento físico (incluido juego) a nuestros menores (o cualquier otro usuario o usuaria de un centro) sino que también deberíamos cuidar la apariencia y la calidad de cómo lo hacemos.

Podemos encontrar cientos de ejemplos sobre cómo esto ocurre habitualmente en nuestra vida. Por mucho que nos apetezca… no vamos a una boda de un familiar o de una amistad en chándal. La mayoría nos preocupamos al menos un poquito porque nuestra casa sea un lugar agradable. Y cualquier cocinero de cierta categoría cuidará no solo los sabores de la comida sino también la presentación.

Durante el taller vimos un montaje de video en el que he fusionado fragmentos de la historia de Jorge Font, Alice Herz-Sommer y Bosco Gutierrez Cortina. En el relato de este último sobre su secuestro cuando era joven descubrimos que, cuando gracias a un movimiento de revolución interior por el que pasó de prisionero en un zulo a rey de su espacio, decide limpiar su celda hasta el último milímetro.

Es curioso que, este arquitecto, antes de ser secuestrado escribiera un artículo centrado no en las forma externa de los edificios sino en el cuidado del diseño del “espacio interior”.

En su secuestro una revolución en su interior (el acto heroico de renunciar a un deseo concedido por los secuestradores) provocó una transformación en su espacio exterior.

Pero ¿puede darse este movimiento al revés?

Todas las grandes religiones han entendido que sí y por ello han buscado la belleza y grandeza en sus templos. Hasta el punto que el filósofo o pensador ateo Alain de Botton propone, en su libro “Religión para ateos”, copiar a las mismas en lo que él considera positivo para la humanidad aunque Dios no exista. Llega así a proponer la construcción de templos laicos que busquen, a través de su belleza, elevarnos hacia valores que él considera esenciales para el ser humano (interesante buscar en internet sus “10 mandamientos para ateos”)

No voy a valorar los planteamientos de este autor (al menos hay que reconocerle el mérito de cabrear tanto a creyentes como ateos lo cual ya es difícil). Simplemente es un ejemplo traído al hecho de que parece más fácil rezar, meditar o simplemente reflexionar en un entorno bello (que no necesariamente costoso) que en un cuarto trastero.

También me atrevo a afirmar que, se sea creyente o no, la Sagrada Familia de Gaudí, tanto en su exterior como en su interior, provoca una emoción que podemos llamar algo así como “sobrecogimiento”. Es lo que Jonathan Haidt un confeso “científico judío ateo” denomina percepción de lo “sagrado”.

Pero quiero añadir otra experiencia del pasado viernes en este sentido. Las Madres de los Desamparados y San José de la Montaña gestionan en El Valle de Abdalajis una residencia para alrededor de cien ancianos y ancianas. Tuvimos, al acabar el taller, la oportunidad de visitarlo.

Mi sorpresa fue descubrir que cada uno de sus espacios estaba amueblado y decorado como si fuera cualquier habitación de nuestra casa. Podría gustarnos o no el estilo decorativo (algo clásico es cierto) pero lo que me llamó la atención es que se notaba que alguien se había preocupado por lo bello y no sólo por lo funcional.

Lo funcional en una salita donde personas ancianas van a ver la televisión no es que haya una mesa camilla (¿Para qué si lo importante es que vean la tele?). Ni que en la mesa camilla haya un jarrón con flores (¿para que lo rompan al tambalearse?). No es funcional una estantería llena de libros (acumulan polvo y además ya casi ninguno lee). Ni otra sala de reunión en una buhardilla con vistas estupendas (¡Qué despacho magnífico para la dirección se habría podido montar allí!). Ni son funcionales los manteles de tela (que hay que lavar) o los centros de mesa.

Supongo que además de lo bonito (o intencionalmente bonito) no estará reñido con lo funcional. Las sillas de ruedas pasan por la puertas y los pasillos. Y si hace falta oxígeno… pues oxígeno. Y si… pues lo que haga falta.

No sé si fue sugestión pero me quedé con la sensación de que dentro de lo duro que debe ser eso de la vejez (yo ya estoy en el sprint final suponiendo que no me estrelle por el camino) más vale vivirla en un entorno como éste que en otros muchos que también he conocido.

Y eso me refuerza en mi pensamiento de que la vida es más llevadera si se consume una dosis suficiente de belleza.

Nuestros menores pueden sobrevivir sin problemas con bocatas de chóped y mortadela. Pueden ser felices en chándal. Pueden dormir en cuartos con posters con chinchetas y con luces blancas de clínica.

Pero quizá sea mucho más útil, para ayudarles a rehacerse de una infancia difícil, inocularles el gusto por el jamón serrano y los ibéricos; la experiencia de ir alguna vez “bien guapos” y el placer de acurrucarse en su cama para leer o mirar un cuento con la luz cálida de un pequeño flexo.

Y si quizá la belleza no sea funcional para su recuperación al menos sí para reconocerles su dignidad.

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