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Archive for 28 junio 2013

(continua de otro post)

A la sombra de…

La primera vez que oyes hablar de Martine, la mujer de Tim Guénard, piensas que es una persona que vive a la sombra de la historia de su marido. Pero a los cinco minutos de oírla hablar te das cuenta de que es justo al revés. Martine es el árbol a cuya sombra se cobijó Tim para su proceso de reconstrucción.

Historias antagónicas, proyecto en común

Me llama la atención la claridad con que Martine explica como los 30 años que ella y Tim llevan acogiendo a gente con dificultades, en su granja de Lourdes (Francia) es el fruto de una gran diferencia.

La diferencia entre una persona que ha vivido el desamor extremo, las situaciones más difíciles y la marginalidad con otra que creció en una familia sin grandes problemas y sintiéndose completamente querida por sus padres y hermanos.

Pero se puede desear lo mismo por motivos diferentes. Abrir su casa a las necesidades de otras personas fue, en el caso de Martine, una forma de dar gratis lo que gratis había recibido. En el caso de Tim una forma de ayudar y compartir el dolor que el mismo había experimentado.

Acoger como fruto del “exceso” de amor en un caso y del déficit de amor en el otro.

La acogida evoluciona como evoluciona la familia

Martine explica como ha ido cambiando en ellos la forma de entender la acogida durante estos años. De compartirlo prácticamente todo a establecer puntos concretos de convivencia pero también espacios de intimidad o autonomía. De aceptar a cualquier persona a sólo los que desean ser acogidos (y no por complacer a una tercera persona).

“La acogida evoluciona como evoluciona la familia”. Parece algo obvio pero a mi me reconforta profundamente. Porque cuando uno siente que se le va el corazoncito tras uno de los niños que pasan por mi centro o, cuando una hermanita de algún niño o niña acogido quizá necesita también una familia, uno tiene que acordarse que no son lo mismo 52 años que 35. No para no acoger pero quizá para acoger “de otra manera”.

Acogedores y padres

Probablemente la pregunta que más me han hecho como acogedor es la de “¿Y cómo lo viven tus hijos?” Siempre he pensado que eso habría que preguntárselos a ellos. También soy de la opinión que para las cosas importantes de la vida los padres no pedimos permiso a nuestros hijos (llevarlos al colegio, al médico…).

Pero también es cierto que hay que ser sensible a las necesidades de nuestros hijos y eso es algo que los Guénard han tenido que hacer en varias ocasiones reajustando las reglas del juego.

¡Que importante es esto! Porque conozco suficientes casos donde los acogimientos se han cesado cuando los acogedores han comprobado como el acogimiento provocaba reacciones inesperadas o sorprendentes en alguno de sus hijos o hijas.

O aceptamos que el acogimiento es un proyecto de los padres y no de la familia entera y que, por tanto, nuestros hijos tienen todo el derecho del mundo  a compartir lo suyo si quieren, pero también a expresarle al niño o niña acogido “me toca las narices que estés aquí” (palabras textuales de Martine) o pasaremos del sueño de la “familia acogedora total” a “la situación es insostenible”.

Hace muchos años aprendí de una familia que no podemos cargar el acogimiento sobre los hombros de nuestros hijos (y que cuando existe malestar en uno de ellos hay que liberarlo o exonerarlo de tener que ayudar. Si no quieres no ayudes, pero no boicotees). Pero tampoco podemos dejar de hacer lo que creamos que tenemos que hacer en la vida por el capricho de nuestros hijos.

En definitiva que uno, que ya sabía que en la casa de Tim Guénard se acogía a gente en dificultad, pensaba que se iba a encontrar con unos santos capaces de abrir su casa a todo el mundo y a todas horas. Uno estaba preparado para sentirse a su lado como un gusano. Y lo que uno se encuentra al oírlos es, en mi opinión, con gente generosa con una cabeza muy bien amueblada y suficientes dosis de prudencia.

Prudencia para acoger a más chicos que chicas ya que Martine trabajaba fuera de casa durante la semana. Prudencia para decirle a alguien que se fuera por ser “demasiado” cariñoso con una de las niñas de la familia. Prudencia para no aceptar a gente que realmente no quiere estar allí. Prudencia incluso para no planificar.

Acoger… ¿por qué y para qué?

La primera pregunta ya está contestada. La segunda no. Porque no es la misma.

Martine cuenta varios casos de los que han pasado por su casa. Uno de ellos me hace pensar y me hace bien (Pensar no siempre hace bien pero esta vez sí)

Fue la primera persona que acogieron. Era un chico de color con problemas con la droga, hijo adoptivo de la famosa bailarina, norteamericana y nacionalizada francesa, Josephine Baker. (Descubro en internet que adoptó a 12 niños y niñas de distintas nacionalidades a los que llamaba la Tribu del Arco Iris).

Llegó para pasar 4 días con los Guénard pues quería ir a Lourdes pero estando en un ambiente familiar. Estos cuatros días bastaron para que al cabo de un mes llamara a quien había hecho de intermediario y le dijera “La única persona que puede ayudarme a dejar la droga es mi hermano Tim” (Se pueden adoptar hijos biológicos; se pueden robar padres y madres y se puede nombrar hermanos honoríficos).

Creo (no lo recuerdo) que pasó aproximadamente un año con ellos. En ese tiempo se hizo muy devoto de la Virgen de Lourdes. Tras marcharse, de vez en cuando iba a verlos.

Hasta que un día les llegó la noticia que había fallecido de una sobredosis.

Descubrieron que sobrevivía pidiendo limosna en una Iglesia y que era una persona muy querida por todos los que lo conocían en esa parroquia. Tuvo un funeral multitudinario.

Al conocer esto dice Martine que se dio cuenta de que no había sido acogido para dejar la droga. Había sido acogido para recibir un amor gratuito y para conocer a “La Señora”

Lo anterior pudiera parecer una historia más o menos bonita o sentimental pero… ¡Qué importante me parece que las familias acogedoras no decidamos a priori el indicador de éxito del acogimiento!

Hace unos años medio traduje un artículo inglés donde se hablaba de tres casos de supuesto fracaso de acogimiento. Cuando los menores fueron mayores reconocían a las familias acogedoras, con las que no pudieron o quisieron seguir viviendo, como la mayor fuente de apoyo emocional y social de sus vidas actuales (Me temo que no sé por donde para el documento).

Y los técnicos “erre que erre” preocupados por “cómo va el acogimiento”. Si hay tensión, crisis…. no va bien….. si todo el mundo está tranquilo y contento…. va bien. Pues hay tranquilidades que también mueren de sobredosis y rupturas que te unen para siempre.

No me cansaré de repetirlo. Mientras simplemente nos preocupemos de colocar niños nos faltará perspectiva.

Lo primero que aprendí de acogimiento me lo enseño la pionera del acogimiento en Valencia, Carmen Badenes que un día me dijo sentada y sujetando su bastón: “Sé que un acogimiento ha sido un éxito cuando después de irse me llaman de vez en cuando y me dicen que si les hago macarrones vienen a comer a casa” (y añado yo: y eso sería verdad aunque fuera durante un permiso carcelario o una salida del psiquiátrico)

Como dice la misma Martine “Somos conscientes de que los vínculos que hemos generado son para la eternidad”

De hecho yo, por desgracia, apenas conocí a Carmen y no es la primera vez que la cito. Ni será la última.

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El pasado viernes, 21 de junio, se presentó en Valencia la Asociación “Familias para la Acogida”. Tras un breve presentación de la misma Gabriel Gerez Kramer dio la palabra a tres invitados: Blanca Ortega en representación de las familias para la acogida y al matrimonio compuesto por Martine y Tim Guénard.

Lo que sigue no es una crónica del acto (no me corresponde a mí hacerlo) sino una serie de comentarios sobre algunas cosas que se dijeron y que resuenan en mi experiencia tanto como acogedor como técnico de menores.

Red de familias

De la propia presentación de Familias para la Acogida me quedo con dos ideas.

La primera la de que la cultura o la filosofía de la acogida no se tiene porque circunscribir a niños o niñas, sino que otras personas pueden beneficiarse de ella. Minusválidos adultos, personas ancianas, jóvenes con dificultades socio familiares, etc.

Recuerdo algún intento de mi propia administración de articular el acogimiento familiar de ancianos pero sin mucho éxito, la verdad. Porque estas cosas fluyen de abajo a arriba y no al revés.

Y la segunda idea es que Familias para la Acogida se describen como una “red de familias”. Algo que puede parecer teórico o utópico pero que cuando tienes la suerte de verlo en acción es estupendo. A mi me pasó hace ya unos años cuando comprobé como las familias acogedoras de Petrel (Alicante) vibraban al unísono a la hora de dar respuesta a las necesidades concretas que se les planteaban.

No digo que las asociaciones de acogimiento no deban ejercer una labor reivindicativa ante la Administración (por desgracia todos sabemos que lo que no aparece en los medios de comunicación siempre queda “para cuando se pueda” o ni siquiera eso) pero me gustó volver a oír la expresión ·”red de familias” porque es más fácil proteger a un niño con una tribu que con una familia.

El acogimiento de un menor como encuentro

Blanca Ortega, su marido y sus tres hijos acogen, desde hace unos dos años, a una niña con grandes necesidades especiales.

El primer encuentro que les llevo a ello fue conocer a una familia que acogía a un niño o niña con Síndrome de Down. El segundo encuentro fue conocer la necesidad de ser acogida de una niña recién nacida en situación de desamparo y con fuertes problemas de salud.

Estos encuentros a veces son el diálogo por el cual la vida te interpela o te pregunta qué pasa contigo.

Al igual que Blanca, mi mujer y yo nos rebelamos (o nos partimos de risa) cuando se nos atribuyen cualidades como la valentía, la bondad o incluso la santidad.

Creo que Blanca explicó muy bien que lo que ocurre es que vives la vida centrada en lo tuyo y que, de repente, la necesidad de un menor se cruza en tu camino y no puedes dejar de plantearte qué quieres hacer con tu vida. Cualquier respuesta es respetable. Pero hay una pregunta.

Y además es una pregunta que no solo resuena en la familia acogedora sino que interpela también al entorno próximo. ¡Ah! ¿pero qué estos niños existen?

Y, tanto interpelan, que en el entorno. las familias acogedoras pasan de ser héroes a villanos en un plis-plas. Del “¡Qué buenos sois!” al “No sé yo si esto es bueno para los niños” se pasa en menos que canta un gallo.

Bondad o Maldad…. para nada…. Que me dices inconsciencia… te lo admito.

Niños y niñas deseadas

Decía Francoise Doltó que aunque parezca mentira los niños más deseados no son los planificados (matrimonio – estabilidad laboral – primer hijo – chalet – segundo hijo – cambio de coche….). Para ella sorprendentemente  los hijos deseados son los que surgen del deseo de (entre) sus padres.

Es decir surgen de una pareja (en su caso) que está tan bien juntos que no les importa compartir eso con uno más. Aunque suene cursi: del bienestar de la pareja surge el deseo de compartirlo con alguien más.

Pero lo mismo sirve para personas solas. No comparto la vida con nadie pero la vida me va bien. Soy una persona afortunada. ¿Por qué no repartir parte de esa fortuna con un menor desafortunado?. Muy distinto a:  Estoy muy aburrido o aburrida o me falta no se qué… qué mejor que un niño o niña para entretenerme o dar sentido a mi vida.

¿Cuantas familias se lanzan al acogimiento buscando bienestar en lugar de compartir el que ya tienen? No soy yo quien para juzgar absolutamente a nadie pero como técnico tengo que afirmar que no es el mejor principio para el acogimiento.

Indicadores y palabras

Me gustó mucho una anécdota que contó Blanca. Una vecina acababa de acoger a un niño y un día le preguntó si ella era capaz de comer del mismo cubierto que su niña acogida. Al decirle Blanca que sí la vecina le reconoció entristecida que ella todavía no era capaz. Pero el otro día se cruzó con ella y con una sonrisa le dijo: ¡Blanca, que ya chupo la cuchara…!

Quizá porque a mi me ha pasado me hizo gracia pero además hay muchos indicadores parecidos,

Llamémosle Pedro. Entró en mi casa con pocos meses y tenía todos los puntos para tener una discapacidad mental. A medida que está se evidenciaba más yo notaba una tensión cada vez que tenía que presentarlo y durante mucho tiempo utilicé la expresión “vive con nosotros”. Hoy en día (pero ha tenido que pasar mucho tiempo) si me preguntan si es mi hijo contesto que sí (aunque piensen “de tal palo tal astilla”)

Y aprovecho para decirle a mis compañeros técnicos una cosita con todo el cariño.

Si una familia acogedora utiliza en publico la expresión “hijo” o “hija” antes de meterle una bronca ponte en el pellejo del niño o la niña y piensa que es lo que querría él o ella. Porque yo me he tenido que oír de las otras dos niñas acogidas: Me da rabia cuando papá explica siempre que somos acogidas.

Así que ante una reprimenda de las niñas y una de los técnicos me quedo con la de las niñas.

Humildad

Soy de los que piensa que un recurso interno para la resiliencia es la humildad entendida como la posición equidistante entre dos posiciones de orgullo: “No necesito ayuda” y “Tu deber es ayudarme”. Es decir que la humildad consiste en pedir ayuda cuando se necesita pero sin exigirla.

Blanca comenta como el acogimiento no es un camino de rosas, requiere un esfuerzo y un sacrificio de muchas cosas, por lo que a veces hay que pedir ayuda en tu entorno. Y para eso hay que vencer el orgullo que te dice “Tú te lo has buscado, tú te lo comes con patatas”

Tiene toda la razón. No le echemos morro pero no privemos a nuestros seres queridos de la oportunidad de echar una mano.

También es cierto que algunas familias se sitúan en el extremo de que, como son niños de responsabilidad pública, todas las puertas deberían estar abiertas. No lo dudo. La lógica de este argumento es inapelable.

Pero, como en casi todo, hay un trecho entre lo que es y lo que debería ser, y por aquello de que la vida no es lógica, no recomiendo entrar en el acogimiento con este posicionamiento porque entonces vas a estar en el 80% del tiempo en el territorio del sinsentido.

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Recojo el reto de Conchi Martínez en su último post de compartir, como ella, el Encuentro con Tim Guénard y su mujer este pasado fin de semana en Valencia.  Pero para no repetirme con Conchi me voy a centrar en la intervención de Tim no el viernes sino el sábado en la Universidad Cardenal Herrera CEU de Valencia.

Y dentro de éste me voy a centrar en aquello que yo llamo idea sugerente e indeleble. A diferencia del viernes que tengo 6 ó 7 folios de anotaciones el sábado decidí escuchar. Y escuché. Y muchas cosas me gustaron pero básicamente una es la que me sorprendió y no necesitaré nunca apuntármela para recordarla.

Pero antes tengo que dar dos pinceladas del contexto del Encuentro.

La Sala Magna estaba llena y sobre todo estaba llena de gente muy joven. También me consta que bastantes de esos jóvenes tenían historias difíciles.

Y la metodología del encuentro fue sencilla. Se dio por hecho que todo el mundo conocía la historia de Tim (cosa que quizá no fue lo más acertado) y directamente el moderador y traductor (Gabriel Gerez) le formuló dos o tres preguntas que dieron para probablemente hora y media de intervención de Tim. Después 4 ó 5 personas pudieron preguntarle también.

Si hubo un tema estrella fue el del perdón. Fue la primera pregunta: ¿Cómo has podido perdonar a tus padres tras lo que te hicieron pasar? Y la pregunta rebotó en otras personas que habían pasado por lo mismo.

Sé que a Iñigo y Sagra (de www.dandovueltas.es) y a la gente de ADDIMA les gustará saber que Tim se refirió a la importancia de la mirada de los otros. Pues bien. Para mí ha dejado de ser una metáfora.

Porque una de las personas que le pidió que insistiera en el tema del perdón, ya que ella se había sentido completamente rechazada por su madre, estaba sentada delante de mí. Y mientras intentaba secarse las lágrimas, pude ver la mirada de Tim hacia ella. Una mirada que expresaba ternura, sencillez y respeto. Si tuviera que resumir su respuesta sería algo así como (no son palabras textuales pero creo que recogen el espíritu de las suyas) “No tengo respuesta para tus sufrimientos. No hay varita mágica. Pero aquí estoy. Y seguiré pensando en ti y espero (tengo esperanza) que algún día nos volvamos a encontrar y me cuentes que te has topado con gente buena que te ha ayudado a perdonar, a soltar lastre, y a seguir adelante”.

Algo que yo, desde el extremo opuesto a la sencillez de Tim, un día describí como “reconocimiento del dolor + acompañamiento + nada más (y nada menos)”. Sólo que en su caso, encarnado y, en mi caso, sólo elaborado intelectualmente.

Pero una vez acogido el dolor del otro y el suyo propio (“De pequeño yo imaginaba que mi padre cambiaba. Que alguien lo metía en una lavadora lo limpiaba, lo centrifugaba y al abrir yo ya tenía un buen padre… Pero llegó un momento que la imaginación ya no servía para sobrevivir)  Tim se abre al mundo de las posibilidades y se niega a quedarse en el de los determinismos. Lo pasado, ahí está, pero lanza una propuesta sorprendente:

Si tus padres no te han querido, has sufrido la violencia, su desamor… no puedes cambiarlo pero te voy a enseñar a robar un padre o una madre. Y además nadie te meterá en la cárcel por ello.

Porque eso es lo que él hizo. Observar la vida. Y le llamaba la atención que había padres distintos a los suyos. Padres que querían a sus hijos. Y eso le atraía. Llegó a seguir a un padre y a un hijo por la calle (y no atracar el banco que pensaba atracar) porque vio como el padre lo besaba y le decía “estoy orgullosos de ti”. Pudo superar el miedo a repetir la historia de sus padres en el momento de su boda gracias al ejemplo de un jefe que tuvo que lo consiguió.

En concreto le dijo a otra persona que expresó también el dolor de su historia: Cuando conozcas a un hombre bueno piensa “es mi padre”. Y de hecho contó varias historias en las que el mismo ha sido adoptado como hermano o como padre por algunas de las personas acogidas en su casa.

Me parece sugerente esta idea de robar padres y madres. Porque ¿no hacemos algo parecido en el sistema de protección? Les quitamos padres a niños y les damos otros (adopción) o les colocamos en una familia para que otros hagan “como de padres” (acogimiento).

¿Y por que no lo pueden hacer los propios niños y niñas? ¿Por qué no les podemos decir: quien hay en tu vida que se merece ser tu padre o tu madre? Tus padres, por su propia historia quizá, no se merecieron ese nombre pero ¿a quién se lo podrías otorgar? ¿A quien te hubiera gustado poder llamar papá o mamá? ¿Y quien te lo impide?

Tú amigo Juan tenía una buena madre, muy distinta a la tuya… róbasela. La madre de Juan fue un poco tu madre. Tu profesora de inglés te miró de otra manera, te sentiste acogida o acogido por ella. Róbasela a sus hijos. Nómbrala en tu interior tu madrina.

Recuerdo que Francoise Doltó decía todos los padres (biológicos) hay un día que adoptamos a nuestros hijos (biológicos) de lo cual yo al menos puedo dar fe.  Pues Tim Guénard viene a decir algo igual pero en la otra dirección. No puedes cambiar a tus padres (por mucho que lo imaginaras y desearas cuando eras niño) pero si puedes adoptar padres y madres.

Todo esto puede parecer sentimentaloide, cursi o abstracto pero mirado con una cierta perspectiva es algo, al menos para mi, copernicano. Algunos “inteligentes” como nos llamaría irónica y cariñosamente Tim, nos devanamos los sesos en cómo plantar tutores de resiliencia en la vida de la gente que sufre.

Tim Guénard va en la dirección opuesta (pero complementaria). Simplemente y llanamente le dice a quien sufre. ¡Observa! ¡Busca tus tutores! ¡Yo los tuve! ¡seguro que tu también! Así de sencillo. Así de directo.

Porque Tim Guénard no es un teórico de la resiliencia. Tampoco un resiliente (héroe o superhéroe). Es simplemente un testigo de la resiliencia. Y da testimonio de ella.

Su único mérito (según el mismo) es el de la valentía de haberse atrevido a vivir la vida a pesar de los pesares. La de ser un tipo duro capaz de decirle a su mujer y sus hijos “Te quiero”.

Pero para ello necesitó del ejemplo y el encuentro de muchas personas que, como el dice, con su mirada plancharon sus arrugas. Personas que, según sus sus creencias, puso el Big Boss (Gran Jefe) en su camino.

Y, por cierto, para los que comparten sus creencias cristianas un apunte:

Sugerente también su comentario de que el mandato divino no es “Amarás a tu padre y a tu madre” sino “Honrarás a tu padre y a tu madre” (dice que aún no sabe lo que significa honrar – pero que no le preocupa, ya lo entenderá- pero que al menos sabe que Dios no le ha exigido nunca amar a sus padres)

En todo caso. Yo también he leído en el Evangelio lo de “Odiarás a tu padre y a tu madre” como expresión de la necesidad de romper un día el cordón umbilical que nos sigue atando a ellos más allá del nacimiento. Y a los psicólogos hablad de “Matad al padre” en la misma línea.

Pero nunca había oído que se podían robar padres y madres.

Y habrá que seguir dándole vueltas.

P.D.

Durante el Encuentro y cuando Tim animaba a los jóvenes a no tener miedo de repetir la historia me acordé que un día escribí un cuento pensando en una joven madre a la que le pasaba esto mismo. Bernardo Ortin tuvo la osadía de incluirlo, junto con otros muchos, en su libro “Cuentos que curan”.

Si eres familia de acogida o trabajas en un centro de menores quizá algún día te pueda ser útil. Está en la zona de descargas pero te lo dejo aquí.

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El otro día difundí el acto de esta tarde donde estará presente el matrimonio Guénard (Tim y Martine). Sin embargo no quería restarle importancia al verdadero motivo del acto, la presentación en Valencia de la Asociación Familias para la Acogida.

Por eso tampoco señalé que está previsto un Encuentro con Tim Guénard organizado por el propio Gabriel Gerez Kraemer que es profesor de la Universidad Cardenal Herrera CEU de Valencia.

Dejo el link del acto en la Web de dicha Universidad:

http://www.uchceu.es/actividades-culturales/2013/conferencias/encuentro-con-tim-guenard

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No. Todavía no voy a abordar el tema del suicidio tal como dejé caer recientemente. Le he pedido ayuda a Rosa Herrera del Grupo Resiliencia Valencia y conociéndonos quizá (no, quizá no… seguro) aún tardemos un poquillo. Pero si voy a preparar el terreno para ello.

Hace no muchos años oí decir a un monje cartujo la siguiente frase pronunciada en francés (su idioma) y en tono de consejo: ¡Paciencia con la vida!. Consejo que no iba dirigido directamente a mí pero que, tras revolotear por toda la estancia, decidió anidar en una rama de mi cerebro.

¿Por qué me impactó aquella frase tan aparentemente estúpida o sin sentido?

Porque para mi la paciencia era una cualidad, virtud o actitud que se tiene con las personas: con tu hermano el descerebrado; con tu cuñada metepatas; con tu jefe inútil, con tu hijo adolescente… O, como mucho, con situaciones concretas: el autobús no llega; el coche te deja tirado; ahora tienes gripe, tu equipo ha vuelto a perder…  Pero la frase de marras me hizo darme cuenta de que la vida va mucho más allá de lo que me pasa a mí (yo, mi, me, conmigo)

De alguna manera me recordó que hay vida más allá de mi mismo y que, como de otra manera ya dijo Viktor Frankl, la vida no es el escenario sino que la vida es un personaje más que establece contigo un diálogo, una relación. Y a veces te parece descerebrada, metepatas, inútil o que no se aclara (me viene a la memoria que este blog empezó con unos post que se titulaban “La vida no es lógica, gracias a Dios”).

De alguna manera el monje me puso delante que, una cosa es la vida, y que otra lo que pasé dentro de mi mente. Y por eso hace unas semanas incluí  en un post (“Libros recomendados a mi mismo”) un libro de Steven C. Hayes entre unos cuantos que quería leer. El título explica por si solo la relación con lo anterior.

SAL DE TU MENTE, ENTRA EN TU VIDA. La nueva Terapia de Aceptación y Compromiso

“Sal de tu mente, entra en tu vida. La nueva Terapia de Aceptación y Compromiso” (Editorial Desclée de Brouwer)

En resumen que un monje me dice que hay vida más allá de mi mente y un psicólogo me aconseja incluso salirme de la segunda para entrar en la primera. (En realidad ya los “padres del desierto” cristianos y la propia Teresa de Jesús aconsejaban no hacer demasiado caso a lo que pasa dentro de “la loca de la casa”, la mente)

Pero entonces… ¿Es que el enemigo puede estar en la mente? Los enemigos ¿no son algo de la vida?

A veces se oye la expresión, y perdonad por ella “Hay mucho hijo de puta por ahí  suelto”. Pero entonces… ¿puede ser que uno de ellos se haya colado en mi mente? Es más… ¿puedes ser que en mi Yo haya agazapado un hijo de puta cuya misión sea amargarme la vida?

Pero como una entrada en un blog es eso, una entrada, y no una casa entera me limitaré por ahora a introducir algo sobre este libro y sobre lo que voy profundizando (toque de pedantería) en la Terapia de Aceptación y Compromiso que este señor se sacó de la chistera de… ¡su propia patología!

Oí hablar hace unos años de esta escuela de psicoterapia y me sorprendió mucho que siendo una escuela desarrollada a partir de la epistemología cognitivo-conductual se manejara con conceptos muy característicos de orientaciones psicológicas muy distintas (y que a mi me atraían), como por ejemplo:

– la importancia del lenguaje, de los relatos que nos contamos y de la potencia terapéutica de las metáforas (terapia narrativa)

– la relevancia de lo paradójico en el funcionamiento de la mente (terapia estratégica)

– la importancia del sentido o de los valores y propósito en la vida (logoterapia y análisis existencial)

Era algo así como lo de Cristobal Cólón, que queriendo llegar a las Indias se topó con un continente nuevo… ¡Pero al revés!. Conductistas (cognitivos) queriendo explorar territorios nuevos llegando a donde ya habían llegado otros.

Pero el caso es que topé con un buen libro (Terapia de aceptación y compromiso – ACT- de Kelly G. Wilson y la catedrática de la Universidad de Almería, Mª Jesús Luciano Soriano) pero con un pequeño problema: demasiado elevado para mis entendederas. Me encantaron las metáforas y técnicas concretas pero me costaba mucho seguir los razonamientos teóricos y me desenganché (yo soy asin)

Sin embargo con el libro de Hayes esto no ocurre porque se escribió al estilo de un libro de autoayuda aunque en realidad intenta ser una especie de trabajo terapéutico guiado. Pero al margen que te lo quieras aplicar o no (no es mi caso dada mi equilibrio psicológico contrastado…) la teoría que subyace está tan desmenuzada (a veces hasta demasiado) que es imposible no entenderlo a menos que te hayan hecho una lobotomía.

Así que voy a copiar a José Luis Gonzalo y Conchi Martínez que en un alarde de generosidad suelen hacernos en sus blogs síntesis de aquellos libros o materiales que están leyendo y releyendo. Síntesis que incluyen su propia elaboración del contenido lo que lo hace más digerible o más atractivo. Y así en próximos post compartiré todas aquellas ideas sugerentes que en relación a la relación de ayuda o la resiliencia puedan aportar éste y otros textos sobre ACT.

Pero no sin antes explicar lo de ”la chistera de la propia patología”

Según he podido averiguar en Internet Steven C. Hayes.  era, a finales de los años 70, y con 29 años profesor adjunto de psicología en la Universidad de Carolina del Norte. Y fue entonces cuando sufrió su primer ataque de pánico. Cómo suele pasar, los ataque de pánico se hicieron más frecuentes y poco a poco la ansiedad y los sentimientos de impotencia e inutilidad invadieron casi todos los aspectos de su vida. Apenas podía dar las clases.

La escuela cognitivo-conductual en ese momento en alza en aquellas tierras y tiempos (lo que se ha llamado “segunda ola” de la escuela conductual) se centraba en que el paciente, con ayuda del terapeuta,  atacara y desacreditara todos los pensamientos intrusos o ideas irracionales causantes del sufrimiento.

Pero Hayes (psicólogo y paciente) y otros autores (solo psicólogos) encontraron una estrategia diferente pues descubrieron que la mente no es lógica (¡Vaya por Dios!) O mejor dicho que la eficacia de la mente humana para desenvolverse fuera de ella se pierde cuando se aplica a sus propios contenidos.

Por eso,  Hayes y otros autores de la “tercera ola” mantienen que intentar corregir pensamientos negativos puede, paradójicamente, intensificarlos. (Me imagino Nardone y otros terapeutas estratégicos sonriendo delante de Hayes y diciendo: ¡Si eso es ya lo decimos nosotros!)

Más que evitar pensamientos, emociones y sentimientos negativos Hayes y compañía proponen que nos concentremos en identificar y comprometernos con nuestros valores o propósito en la vida (Me imagino a Viktor Frankl y otros logoterapeutas sonriendo delante de Hayes y diciendo: ¡Si eso ya lo dijimos nosotros!)

La Terapia de Aceptación y Compromiso propone aceptar que la vida implica un cierto sufrimiento y que nuestra mente (por su propia forma de funcionar) nos gasta a veces malas pasadas. Pasa constantemente de ser la mejor arma jamás creada para la supervivencia como individuos y como especie a ser nuestro peor enemigo en ocasiones. No cabe duda de que un ser humano tiene más potencial que cualquier otro animal para sobrevivir. Pero si tengo que apostar entre una persona y un animal por quien se quitará antes la vida voluntariamente…

Es decir que nuestra mente a veces nos cuenta cosas que no nos ayudan en nada (Me imagino a Michael White, David Epston y otros terapeutas narrativos sonriendo delante de Hayes y diciéndole: ¡Pero Steve! ¿Ahora te das cuenta de eso?)

Así que según esta forma de ver las cosas es posible que todos tengamos un enemigo interior. En el documento “Resiliencia y Alcoholismo” que Rosa Herrera y yo escribimos y colgamos en un post) decíamos:

Entendemos en este análisis que la adversidad de una persona alcohólica no es exactamente su dependencia del alcohol. Sino que su dependencia del alcohol (sea enfermedad o no) es la consecuencia de una estrategia (recurrir a una droga legal) utilizada en un momento concreto para afrontar una dificultad, suceso estresante o trauma de su vida en particular o las dificultades inherentes a la vida en general.

Pero también es posible que llegado un momento, y por la propia dependencia física al alcohol, lo que en principio era una solución se convierte en un problema (otra vez los estratégicos muertos de risa cariñosa). Y con ello la adversidad exterior se convierte en adversidad interior.

Los de ACT (Terapia de Aceptación y Compromiso) diferencian entre el “yo conceptualizado” (lo que nosotros mismos decimos que somos) llamado también el yo-contenido, y el “yo observador” (o el yo-como-contexto) que sería aquel que es capaz de elevarse a otro plano y desde él contemplar al propio yo como si fuera algo distinto a mi.

Me parece que, en el problema del alcoholismo, ya que estabamos con él, quien dice “Soy un alcohólico” no es precisamente el “Yo conceptualizado”. Porque la mayoría de las personas con este problema lo que dicen es justo lo contrario “Yo no soy un alcohólico” “Yo controlo la bebida” “Yo….”. Es precisamente el momento en el que esa persona consigue (con ayuda o sin ella) observarse así misma desde fuera,  sin el “engañabobos interior”,  cuando puede llegar a la conclusión “objetiva” (los hechos me lo demuestran) de “Yo soy un alcohólico” y empezar su trabajo de rehabilitación.

A un tipo como yo que últimamente sospecha que todos los recursos internos para la resiliencia consisten en “movimientos del yo para hacerlo flexible o elástico” (como la carne de pulpo antes de cicerla, vaya) ¿cómo no le va a interesar seguir avanzando en el libro de Hayes y otros sobre este enfoque terapéutico que hasta propone salirse de la propia mente?

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Con autorización de su delegado en Valencia, Gabriel Gerez Kraemer, me alegra contribuir a la difusión del Acto de Presentación de la Asociación “Familias para la Acogida” en Valencia.

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Será el próximo viernes 21 de junio, a las 20 horas, en la UIMP Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en el Palau de Pineda, en la Plaza del Carmen, nº 4 de Valencia.

Podéis conocer más sobre esta Asociación entrando en su página web www.familias-acogida.es y pinchando aquí podéis descargar el folleto del acto.

Os anticipo que además del propio Gabriel intervendrá una acogedora (Blanca Ortega) y nada más y nada menos que Tim Guénard y su esposa Martine, responsables de la Casa de Acogida “Ferme Notre Dame”.

Podía haber titulado este post “Tim Guénard en Valencia” pero creo lo justo es colocar cada cosa en su sitio y el acto tiene una finalidad que no podemos olvidar.

Por la parte que me toca… ¡Bienvenidos a Valencia “Familias para la Acogida”!.

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Alguna vez…

… has tenido una relación con una persona muy celosa?

… has querido tanto a alguien que has sentido miedo de que pudiera dejar de quererte?

… te ha llamado un jefe o jefa y no sabías si era para recriminarte algo o para felicitarte?

… has sentido ansiedad porque has notado que algo que has dicho le ha sentado muy mal a tu pareja, sabes que va a haber bronca y antes de que te diga nada ya estás a la defensiva?

… has vivido o trabajado con una persona con cambios de humor inexplicables?

 

Sandra, 11 años.

Quiero a mi madre y quiero vivir con ella. Si pudiera no habría dicho lo que dije. Estaba harta de que a veces se pusiera así conmigo y por eso lo hablé con mi profesora.

Lo que más me duele no es que a veces mi madre me pegue cuando se enfada. Me duele mucho más cuando me dice: “!Tendrías que haberte quedado en Colombia!¡Todos estaríamos mejor!”

Pero si llego a saber que iba a tener que salir de mi casa, de mi barrio y de mi cole no habría dicho nada.

Total yo ya sé las cosas que le ponen nerviosa.

 

Julia, 10 años.

No entiendo porque mi madre ahora tiene a ese novio al que siempre ha odiado. Y me gustaría que se cortaran un poco cuando yo estoy delante.

Quiero estar con ella. Me ha prometido que no volverá a tocarme.

Me aprendo las lecciones de memoria porque ella me obliga. Dice que ella estudio así y que no entiende porque ahora ya no se nos exige.

Mi madre quería estudiar Medicina pero nací yo y…

Se preocupa mucho por mí y quiero volver con ella aunque…

 

Miguel, 7 años.

¡Por favor, que mi madre no se enteré de lo que yo he contado de su novio!

Y no le voy a contar que he sacado un 6 y medio en inglés. Para ella eso es muy poco.

Cuando ella está bien, estamos bien pero cuando se enfada…

 

Para pensar

Imagina que paseas abrazada o abrazado a tu pareja. O a tu padre o a tu madre. O a un amigo o amiga.

Tiene su brazo izquierdo descansando sobre tus hombros en gesto de afecto, de familiaridad. Pero el derecho… ¡Ay! ¡El derecho!

Porque el derecho no lo ves. Y para ti el derecho es la vida o la muerte. Porque a veces de él recibes una caricia; una flor; un bombón… pero es el mismo brazo que a veces aparece inesperadamente con un cigarro encendido y te quema; o con el puño cerrado golpeando en tu cara; o haciendo presa en tu cuello….

Por eso nunca estás relajado o tranquila. Siempre miras de reojo intentando averiguar en su lado izquierdo de la cara si el brazo derecho está feliz o crispado. Cuando paseáis no miras el paisaje. No puedes despistarte . Tienes que mirar su cara para saber a qué atenerte. Y harás lo que sea para que en la comisura de sus labios, la que tú ves, se esboce una sonrisa.

Pero si percibes una pequeña mueca de desagrado te protegerás; protestarás y si pudieras huirías. Sólo que entonces te das cuenta de que su brazo izquierdo amorosamente te retiene.

Por eso te llaman La Persona que Siempre Vigila.

Y la gente no entiende porque ahora eres tú la persona que cambia de humor continuamente. Que puedes ser adorable u odiosa. No entienden que no soportas cualquier indicio de rechazo porque no pueden imaginar que quien más te tenía que querer más daño te hizo.

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