Comentarios para la acogida (II)

(continua de otro post)

A la sombra de…

La primera vez que oyes hablar de Martine, la mujer de Tim Guénard, piensas que es una persona que vive a la sombra de la historia de su marido. Pero a los cinco minutos de oírla hablar te das cuenta de que es justo al revés. Martine es el árbol a cuya sombra se cobijó Tim para su proceso de reconstrucción.

Historias antagónicas, proyecto en común

Me llama la atención la claridad con que Martine explica como los 30 años que ella y Tim llevan acogiendo a gente con dificultades, en su granja de Lourdes (Francia) es el fruto de una gran diferencia.

La diferencia entre una persona que ha vivido el desamor extremo, las situaciones más difíciles y la marginalidad con otra que creció en una familia sin grandes problemas y sintiéndose completamente querida por sus padres y hermanos.

Pero se puede desear lo mismo por motivos diferentes. Abrir su casa a las necesidades de otras personas fue, en el caso de Martine, una forma de dar gratis lo que gratis había recibido. En el caso de Tim una forma de ayudar y compartir el dolor que el mismo había experimentado.

Acoger como fruto del “exceso” de amor en un caso y del déficit de amor en el otro.

La acogida evoluciona como evoluciona la familia

Martine explica como ha ido cambiando en ellos la forma de entender la acogida durante estos años. De compartirlo prácticamente todo a establecer puntos concretos de convivencia pero también espacios de intimidad o autonomía. De aceptar a cualquier persona a sólo los que desean ser acogidos (y no por complacer a una tercera persona).

“La acogida evoluciona como evoluciona la familia”. Parece algo obvio pero a mi me reconforta profundamente. Porque cuando uno siente que se le va el corazoncito tras uno de los niños que pasan por mi centro o, cuando una hermanita de algún niño o niña acogido quizá necesita también una familia, uno tiene que acordarse que no son lo mismo 52 años que 35. No para no acoger pero quizá para acoger “de otra manera”.

Acogedores y padres

Probablemente la pregunta que más me han hecho como acogedor es la de “¿Y cómo lo viven tus hijos?” Siempre he pensado que eso habría que preguntárselos a ellos. También soy de la opinión que para las cosas importantes de la vida los padres no pedimos permiso a nuestros hijos (llevarlos al colegio, al médico…).

Pero también es cierto que hay que ser sensible a las necesidades de nuestros hijos y eso es algo que los Guénard han tenido que hacer en varias ocasiones reajustando las reglas del juego.

¡Que importante es esto! Porque conozco suficientes casos donde los acogimientos se han cesado cuando los acogedores han comprobado como el acogimiento provocaba reacciones inesperadas o sorprendentes en alguno de sus hijos o hijas.

O aceptamos que el acogimiento es un proyecto de los padres y no de la familia entera y que, por tanto, nuestros hijos tienen todo el derecho del mundo  a compartir lo suyo si quieren, pero también a expresarle al niño o niña acogido “me toca las narices que estés aquí” (palabras textuales de Martine) o pasaremos del sueño de la “familia acogedora total” a “la situación es insostenible”.

Hace muchos años aprendí de una familia que no podemos cargar el acogimiento sobre los hombros de nuestros hijos (y que cuando existe malestar en uno de ellos hay que liberarlo o exonerarlo de tener que ayudar. Si no quieres no ayudes, pero no boicotees). Pero tampoco podemos dejar de hacer lo que creamos que tenemos que hacer en la vida por el capricho de nuestros hijos.

En definitiva que uno, que ya sabía que en la casa de Tim Guénard se acogía a gente en dificultad, pensaba que se iba a encontrar con unos santos capaces de abrir su casa a todo el mundo y a todas horas. Uno estaba preparado para sentirse a su lado como un gusano. Y lo que uno se encuentra al oírlos es, en mi opinión, con gente generosa con una cabeza muy bien amueblada y suficientes dosis de prudencia.

Prudencia para acoger a más chicos que chicas ya que Martine trabajaba fuera de casa durante la semana. Prudencia para decirle a alguien que se fuera por ser “demasiado” cariñoso con una de las niñas de la familia. Prudencia para no aceptar a gente que realmente no quiere estar allí. Prudencia incluso para no planificar.

Acoger… ¿por qué y para qué?

La primera pregunta ya está contestada. La segunda no. Porque no es la misma.

Martine cuenta varios casos de los que han pasado por su casa. Uno de ellos me hace pensar y me hace bien (Pensar no siempre hace bien pero esta vez sí)

Fue la primera persona que acogieron. Era un chico de color con problemas con la droga, hijo adoptivo de la famosa bailarina, norteamericana y nacionalizada francesa, Josephine Baker. (Descubro en internet que adoptó a 12 niños y niñas de distintas nacionalidades a los que llamaba la Tribu del Arco Iris).

Llegó para pasar 4 días con los Guénard pues quería ir a Lourdes pero estando en un ambiente familiar. Estos cuatros días bastaron para que al cabo de un mes llamara a quien había hecho de intermediario y le dijera “La única persona que puede ayudarme a dejar la droga es mi hermano Tim” (Se pueden adoptar hijos biológicos; se pueden robar padres y madres y se puede nombrar hermanos honoríficos).

Creo (no lo recuerdo) que pasó aproximadamente un año con ellos. En ese tiempo se hizo muy devoto de la Virgen de Lourdes. Tras marcharse, de vez en cuando iba a verlos.

Hasta que un día les llegó la noticia que había fallecido de una sobredosis.

Descubrieron que sobrevivía pidiendo limosna en una Iglesia y que era una persona muy querida por todos los que lo conocían en esa parroquia. Tuvo un funeral multitudinario.

Al conocer esto dice Martine que se dio cuenta de que no había sido acogido para dejar la droga. Había sido acogido para recibir un amor gratuito y para conocer a “La Señora”

Lo anterior pudiera parecer una historia más o menos bonita o sentimental pero… ¡Qué importante me parece que las familias acogedoras no decidamos a priori el indicador de éxito del acogimiento!

Hace unos años medio traduje un artículo inglés donde se hablaba de tres casos de supuesto fracaso de acogimiento. Cuando los menores fueron mayores reconocían a las familias acogedoras, con las que no pudieron o quisieron seguir viviendo, como la mayor fuente de apoyo emocional y social de sus vidas actuales (Me temo que no sé por donde para el documento).

Y los técnicos “erre que erre” preocupados por “cómo va el acogimiento”. Si hay tensión, crisis…. no va bien….. si todo el mundo está tranquilo y contento…. va bien. Pues hay tranquilidades que también mueren de sobredosis y rupturas que te unen para siempre.

No me cansaré de repetirlo. Mientras simplemente nos preocupemos de colocar niños nos faltará perspectiva.

Lo primero que aprendí de acogimiento me lo enseño la pionera del acogimiento en Valencia, Carmen Badenes que un día me dijo sentada y sujetando su bastón: “Sé que un acogimiento ha sido un éxito cuando después de irse me llaman de vez en cuando y me dicen que si les hago macarrones vienen a comer a casa” (y añado yo: y eso sería verdad aunque fuera durante un permiso carcelario o una salida del psiquiátrico)

Como dice la misma Martine “Somos conscientes de que los vínculos que hemos generado son para la eternidad”

De hecho yo, por desgracia, apenas conocí a Carmen y no es la primera vez que la cito. Ni será la última.

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