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Archive for 17 julio 2013

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Sigo dándole vueltas a como funciona nuestra mente (no nuestro cerebro, que no es exactamente lo mismo) pero esta vez, y dado el tiempo en el que estamos (vacaciones, calor, comidas ligeras y frescas…) con un poco más de ligereza.

Fecha: 15 de julio de 2013.

Hora: 21 h.

Ciudad: Valencia (España)

Lugar: Avda. Cardenal Benlloch (muy cerquita de mi casa, por cierto)

Hechos:

Un vehículo conducido por un Guardia Civil libre de servicio para en un semáforo y, en ese momento, ve como en el coche de al lado, un poco más adelantado que el suyo, una adolescente sujeta contra la ventanilla un papel donde en bolígrafo ha escrito “Socorro. Estoy secuestrada”.

El agente decide actuar. Avisa a la Policía Nacional,  y cuando puede adelanta al otro coche, y tras frenar sale del mismo con una pistola en la mano, encañona al conductor, y grita el famoso “¡Alto” ¡Guardia Civil!”

El conductor desconcertado y palideciendo por momentos obedece y sale del coche con las manos en alto.

El Guardia Civil le informa que la chavala ha pedido ayuda y que dice estar secuestrada. Supongo que con las manos sobre el capó y las piernas separadas el conductor explica que  la niña de 13 años que va detrás es su hija.

El susto del padre se va transformando rápidamente en cabreo contra la supuesta secuestrada, la cual acaba por reconocer, mientras como ella misma diría “alucina en colores”, que era todo una broma.

La noticia, tanto en las radios y periódicos locales, termina indicando que, tras la llegada de varios efectivos de la Policía Nacional y comprobar la pertinente documentación, se pudo aclarar lo ocurrido sin más consecuencias.

También podemos inferir por defecto, puesto que hubiera continuado la noticia, que el padre no arrancó la pistola de las manos del Guardia Civil y liquidó a su hija, ni que tuvo que llamarse a un SAMU para atenderle de un infarto.

También podemos sugerir a esta chavala que estudie Arte Dramático pues el careto que debió poner mientras sujetaba el papel debió de ser de Premio Goya para que el Guardia Civil se decidiera a actuar.

Y también podemos imaginar otros tantos finales alguno de ellos con final trágico. Por ejemplo, una salida confusa del padre y un disparo precipitado del Guardia Civil. O un frenazo brusco y un choque en cadena. O…

En definitiva, que a esta chavala habría que proponerla para los premios Darwin 2013 si no fuera porque hay varios requisitos que sabemos que no cumple.

Por si no lo sabes los Premios Darwin son unos premios irónicos que como nos informa Wikipedia se basan en el supuesto de que la humanidad mejora genéticamente cuando ciertas personas sufren accidentes, muertes o esterilizaciones por un error absurdo o un descuido.

Es decir que su mensaje en el fondo es “Has muerto de forma tan estúpida que gracias por eliminar tus genes de la cadena reproductiva”  Es por eso que los únicos premios que se conceden a personas vivas es en el caso de que, fruto de su acción estúpida, al menos hayan quedado estériles.

Por lo tanto los requisitos que deben cumplirse para poder recibirlo (casi siempre póstumamente) son:

“Imposibilidad de reproducción”

La persona candidata debe estar muerta o haber quedado estéril.

No es el caso de nuestra adolescente bromista aunque probablemente (eso espero) nunca haya estado ni estará más cerca de la candidatura.

“Excelencia”

Es decir “asombrosa falta de sensatez”.

Aquí nuestra chavala puntúa bastante bien.

“Autoselección”

Causar la muerte de uno mismo. Las estupideces supinas que provocan la muerte de otros (que las hay) no son premiadas por la lógica interna del propio premio.

Es indudable que una broma en la que se focaliza a otro como posible delincuente tiene más probabilidades de acabar con ese otro que contigo mismo (excepto paliza posterior de la víctima de la broma)

“Madurez”

La persona debe estar en su sano juicio.

Dada la edad de la protagonista tampoco podemos dar por cumplido este requisito.

“Veracidad”

El acontecimiento debe ser verificado.

Aquí el suceso vuelve a puntuar altísimo.

Y queda un último requisito: se descartan la muertes intencionales (suicidio) por muy estúpidas que sean. Aunque se le puede otorgar una “Mención Honorable” como a aquel individuo que tragó cápsulas de nitroglicerina e intentó suicidarse estampándose repetidas veces contra una pared.

En definitiva, que si conociera en persona a la protagonista de la noticia, al menos la felicitaría por ser una joven promesa para obtener el Premio Darwin dentro de unos años.

Pero por darle un poquito de sustancia al post (pero poco, como el gazpacho andaluz) intentemos hipotetizar por lo que “pasó por la cabeza” de la adolescente.

Me atrevo a imaginar que todo empezaría con un “me aburro” (no quiero pensar que fue incitada por amigas o amigos por Whatsapp) Hay bastantes personas a las que esta frase generada por su cerebro las traspasa como una espada. Y la adolescencia es especialmente sensible a la misma.

Así que ante un estado de malestar psicológico, dado que el aburrimiento es intolerable, el cerebro, que está fabricado para resolver problemas, comenzó a presentar opciones. Y así tras descartarse— “Hablar con mi padre”… “Jugar al veo, veo”….”Contar coches rojos o sumar las cifras de las matrículas”… aparecieron las propuestas del sector bromista del cerebro… “Decirle a mi padre que estoy embarazada”… “Simular un secuestro”… ¡Ajá!

Pero no podemos criticar a esta chavala por tener ideas. Incluso por ser creativa. Nada más lejos de mi intención.

Lo que sí es más penoso (aunque sea una pena evolutiva) es que la mente de esta niña demostró tener la misma capacidad de introspección o reflexividad que una rana.

Porque solemos pensar en la introspección como algo muy “sesudo”, algo muy profundo… Y yo no quiero que mis hijos púberes o adolescentes se conviertan en el nuevo o nueva Schopenhauer o Kierkegaard, pero sí que sean reflexivos y que puedan anticipar las consecuencias de sus actos “más allá de un punto o una sola secuencia”

Nuestra adolescente (yo ya la tengo cariño) tuvo una idea (simular un secuestro), la sintió (como “guay”) y la ejecutó. No se le ocurrió analizar más allá de ese punto.

Cómo no se les ocurre a muchos descerebrados (nunca mejor dicho)  y especialmente en mi ciudad en Fallas cuando tiran un “masclet” (un petardo más que capaz de reventar una mano, un ojo o un tímpano) en una acera. Su mente solo procesa “que machote soy” “que susto se van a dar” y “no pasa nada porque yo controlo donde lo tiro”. No cabe en su análisis que pueda salir en ese momento un niño corriendo de un patio y coincidir en el espacio y en el tiempo con su “bromita”

Por eso cuando conozco a alguien que dice con rotundidad, y perdóname si tu alguna vez lo has dicho: “Yo lo que pienso, lo digo” para mis adentros concluyo “… es decir… que no piensas” Una cosa es la sinceridad y otra…

Porque el cerebro tiene ideas pero la mente debe valorarlas antes de llevarlas a la vida.

Pero ya se me está espesando el gazpachito. Mejor lo dejamos aquí.

Solo añadir que el continuo Trágico- Cómico en ocasiones puede doblarse sobre si mismo y recorrerse en los dos sentidos. Por eso te dejo una canción del grupo Extreme que me gusta mucho y que se llama precisamente así: Tragic Comic

(Tiene antes un anuncio de 20 segundos pero vale la pena porque, al ser el video oficial, el sonido es bueno y la historia también tiene su gracia)

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Imagina por un momento la siguiente situación.

Por una tontería, o porque no tenías un buen día, has tenido un malentendido con tu pareja (si no tienes pareja piensa en una persona muy cercana a ti). Fruto del mismo y, en un momento, os habéis cruzado frases hirientes o con mala leche. Pero, como cada uno teníais cosas que hacer, os habéis separado dejando sin resolver el conflicto.

No te gusta estar así con esa persona y, al rato, más tranquilo o tranquila te das cuenta que no merece la pena y que el bienestar que tenéis conviviendo (o queriéndoos)  se puede ir al garete en lo que queda de día.

Así que decides mandarle un whatsapp, un line, un SMS o una señal de humo virtual. Escribes en el móvil: “Lo siento… perdóname”. Le das a enviar y te quedas mirando el móvil. Sabes que no tiene porque verlo enseguida pero te quedas, con ansiedad, con el teléfono en la mano. Treinta segundos. Nada. Un minuto. Nada. Dos minutos…

Tu mente comienza a imaginar para explicar la no respuesta. 5 minutos. Te imaginas a la otra persona leyendo el mensaje y con cara de mala leche dejando el móvil con un gesto de desprecio o rabia. Te vas poniendo tenso o tensa. Tu mente  empieza a hablarte… ¿cómo es posible? Encima que quien lo ha hecho mal ha sido él (o ella)… y soy yo el primero o la primera que da el paso para… ¡Cómo se atreve a no aceptar mis disculpas?… Inexplicablemente vas abandonando la bondad para entrar otra vez en territorio de guerra. Empiezas de desempolvar los cuchillos y pistolas de afrentas pasadas. Incluso encuentras una de hace 8 años que creías olvidada.

10 minutos. A veces te dices… no lo habrá leído… pero no puedes quitarte de la cabeza de que si rechaza tus disculpas vais a tener bronca (no debías estar tan arrepentido o arrepentida) Y eso te provoca ansiedad, tristeza y rabia. Todo a la vez.

Al cuarto de hora, y cuando estás medio en otras cosas pero inquieto o inquieta, suena el móvil. Ves en pantalla que es él o ella. Resoplas expectante y contestas con un “Dime” que intentas que sea neutro pero es tenso.

Sin embargo, sorprendentemente, te basta oír el tono de su voz durante un segundo para saber que no hay problema. No le ha dado más importancia a lo sucedido y no está enfadado o enfadada. Al contrario su tono y sus palabras dejan a lo claro el afecto que te tiene. Respiras aliviado o aliviada. Guardas, rápidamente y sin que se entere, los cuchillos y pistolas y le expresas también tu afecto.

Esta situación, creo que absolutamente cotidiana y normal en la convivencia humana, demuestra como a veces vida y mente siguen trayectorias diferentes. Durante 15 minutos la realidad era que la otra persona estaba tranquilamente a sus cosas y simplemente no ha oído la entrada del mensaje. Sin embargo durante esos mismos 15 minutos tu mente ha creado “otra realidad” que a su vez ha generado ansiedad, tristeza y rabia.

Durante un cuarto de hora no has vivido la vida. Has sido secuestrado por tu mente que te ha hecho creer que ella era la vida. Finalmente la vida ha vuelto y te ha liberado.

El  libro de Steven Hayes “Sal de tu mente, entra en tu vida” publicado por Descleé De Brouwer (este post es continuación de “El hijo de puta interior: paciencia con la vida y con la mente”)  no es más que un acompañamiento al lector para que entienda que nuestra mente es una máquina de producir ideas, pensamientos… Una máquina de una eficacia inconmensurable a la hora de interactuar con el medio exterior (evitar un peligro; construir puentes; curar enfermedades…). Pero muy torpe a la hora de interpretarse así misma. Y dado que nuestro cuerpo reacciona igual ante un hecho real que ante un hecho imaginado “Tenemos un problema, Houston”.

Queda para otro momento el describir que procesos mentales, según la Terapia de Aceptación y Compromiso se convierten en ocasiones en arenas movedizas que pueden llevar a ahogarnos en nuestros propios pensamientos.

En este post sólo pretendo recoger los principios fundamentales que están en la base de este planteamiento y finalmente recapitular qué tiene que ver todo esto con la resiliencia.

Los principios fundamentales son, tras la lectura del libro de Hayes, los siguientes:

1—La superioridad de los seres humanos sobre el resto de los seres vivos se fundamenta en el desarrollo del lenguaje que permite establecer relaciones entre objetos reales a través de las relaciones entre sus símbolos.

Esto ha permitido que las personas no necesiten ser mordidas por un gato con manchas y de doscientos kilos para saber que los leopardos son peligrosos. Ni meter los dedos en un enchufe para saber qué significa que el abuelo murió electrocutado.

 2.- Esta ventaja, que nos ha permitido llegar a la luna, vernos a distancia, vivir cada vez más, etc… funciona muy bien para las cosas concretas de la vida. Pero debemos pagar un precio por ello y muchas veces los mismos procesos nos provocan sufrimiento psíquico y nos vemos atrapados en procesos asociativos y relacionales que nos hacen sufrir.

 3.- Esto es debido a que los procesos de nuestra mente son potentes para los problemas de la vida pero muchas no funcionan para sus propios procesos.

Puedo pensar hasta encontrar una solución para un problema concreto, pero no puedo dejar de asociar pensamientos, emociones, sentimientos y reacciones. Lo que sigue no parece probable:

Ahí viene el imbécil de Fulanito (subidón de cortisol versión mala leche). Bueno no pasa nada: Llamando al cerebro. Genera doble cantidad de oxitocina¡Hombre, Fulano, cuánto me alegro de verte!¡Dame un abrazo!

 4. – Mientras estamos intentando reducir, por la estrategia que sea, aquellas problemas psíquicos que nos molestan o nos matan (dolor de presencia) es muy posible que pospongamos o evitemos un montón de experiencias que querríamos tener por lo que el sufrimiento psíquico tiende a aumentar (dolor de ausencia)

Es lo que en ACT (Terapia de Aceptación y Compromiso) se denomina “evitación experiencial“.  La persona muy vergonzosa o tímida desea la intimidad con otras personas (la esquizoide sin embargo no) pero lo pasa mal en el inicio de relaciones interpersonales. Y para evitar este malestar (el dolor de presencia) tenderá seguramente a evitar nuevas relaciones y entonces, con la soledad,  aumentará el dolor de ausencia.

Pero esta evitación experiencial tiene también una dimensión mayor. Si mi mente me la está jugando y constantemente me veo invadido por el pánico, la tristeza, la preocupación, la obsesión… debo curarme para poder seguir con mi vida.

Es aquí donde Hayes le dió (gracias a su experiencia personal) la vuelta a la tortilla: Para curarme es más eficaz centrarme en seguir con mi vida ¡a pesar de las putadas de mi mente! que posponer perseguir lo que pretendemos en la vida hasta que domemos a la “la loca de la casa” que diría Teresa de Ávila.

De ahí lo de “Aceptación” (de que mi mente genera cosas que no controlo) y “Compromiso” (con mis proyectos vitales). Y de ahí que la Terapia de Aceptación y Compromiso se denomine también ACT pero no como un acrónimo sino como esencia (ACT = Actuar).

Y si este blog no es de terapia (aunque esta se una de las posibles formas de la relación de ayuda) ¿por qué todo esto?

Recapitulemos:

A) Según Boris Cyrulnik las condiciones necesarias para que se dé la resiliencia son: disponibilidad de recursos externos (¡de superhéroes nada!); adquisición de recursos internos (¡no puedes salvar a todo el mundo!) y significado o sentido (¡Viktor Frankl no estaba desencaminado!).

B) Pero los recursos internos van a ser precisamente los que nos lleven directamente a poder elaborar sentido (si soy un cerdo, literalmente hablando, no hay sentido que valga porque los cerdos, que yo sepa, no tienen capacidad de  introspección, ni sentido del humor, ni trascendencia, ni de ponerse en el lugar del otro cerdo…).

Por tanto podríamos simplificar lo que yo llamo “el taburete de Cyrulnik” en lo que ahora llamo “la mastercard de la resiliencia“: vinculos y sentido (como dos círculos que se solapan en una intersección)

C) Cyrulnik habla a veces, en lugar de significado o sentido, de “perspectiva”. Y resulta que todos los recursos internos señalados anteriormente (para avergonzar al pobre cerdo) implican tomar una nueva perspectiva.

Igual que la perspectiva visual cambia cuando cambiamos la posición de nuestros ojos (con el resto del cuerpo incluido, por supuesto) respecto al objeto observado,  la perspectiva psicológica (si es que existe algo parecido) cambia cuando  cambia la posición de nuestro yo respecto de la desgracia o adversidad sufrida.

D) Por tanto la condición interna necesaria para la resiliencia humana no es un “yo fuerte” (que suele ser fijo, inamovible, férreo) sino un “yo elástico” (o flexible y aparentemente débil).

Y la elasticidad se consigue a base de movimiento. Habrá que inventar el Pilates Mental. Pero de momento ya es un gran paso comprender como funciona (para bien o para mal) la dichosa mente. Algo en lo que la ACT puede aportarnos cosas interesantes.

Y las neurociencias.

La frase del título del post es de una canción de Pink Floyd. Y si sólo fuera eso no dejaría ser una frase genial, inquietante, sugerente. Pero si la uso es porque la leído en un libro (Editorial Anagrama) muy recomendable del neurocientífico David Eagleman que la hace suya en un capítulo de su muy recomendable libro “Incógnito. Las vidas secretas del cerebro”

Si las neurociencias están demostrando que lo que entendemos por mente racional es sólo la punta de un inmenso iceberg de actividad cerebral ¿no deberíamos enseñarle a dicha mente a navegar por la vida sin que nuestra parte sumergida raje a ningún Titanic?

(Continuará)

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Soñé que era mi último día de trabajo. Me jubilaba.

En realidad ese día ya no trabajaba. Era el día de la despedida. Al estilo tradicional. Una comida con compañeros y compañeras de ahora y de antes.

Mientras me dirigía a mi Centro de Recepción de Menores pensé que me había equivocado. Siempre pensé que nunca vería una serie de cosas en el Sistema de Protección de Menores. Pero tenía que reconocer que una sí que se había producido antes de que me jubilara.

Finalmente las administraciones habían apostado decididamente por el acogimiento familiar. La presión de muchos colectivos a favor del mismo había conseguido derribar el inmovilismo de políticos y ciertos funcionarios. O quizá fue un tema de dinero puesto que todo el mundo sabe que el acogimiento residencial es diez veces más costoso que el familiar.

El caso es que, desde aproximadamente el año 2020, en Valencia, ya no existían Centros de Acogida de Menores. Sólo quedaban dos Centros de Recepción, en los cuales ingresaban menores necesitados de atención inmediata o para valorar detenidamente su situación de desprotección y derivarlos. O volvían con su familia o pasaban a vivir con otra familia. Ya no podíamos proponer traslado de centro porque prácticamente todos se habían cerrado.

A las familias de acogida se les apoyaba mucho más. Más apoyo técnico; más facilidades para trámites escolares y sanitarios; más apoyo económico. Había más familias disponibles, incluso para adolescentes, grupos de hermanos y niños y niñas con necesidades especiales o de otras razas. Había familias semi-profesionalizadas que asumían estos casos más difíciles.

Cuando llegué a mi centro me encontré con una sorpresa. Una compañera había tenido la paciencia y la constancia de localizar a algunos y algunas jóvenes que habían pasado por “la resi” como le solíamos llamar. Al invitarlos la idea era que estos representaran en mi despedida a todos los niños que habían pasado por allí.

Supuse que los que vinieron lo habían hecho no por cariño a mi sino simplemente porque les pareció interesante revisitar un lugar donde vivieron durante un periodo de su vida. Pero en todo caso fue para mí una alegría.

Tras la secuencia típica de las fiestas de jubilación: saludos, comida, palabritas y detalles para el recuerdo, llegó el momento de la sobremesa y las conversaciones con unos y las despedidas con otros.

Fue el momento donde pude ir hablando unos minutos con los chavales y chavalas a las que atendimos en su día. Lógicamente no pude dejar de preguntarles cómo les había ido la vida.

A Quique le había ido bastante bien. Salió del centro para ir a un acogimiento permanente con una chica sin hijos y no tenía queja. Se sentía bien con ella y después de todos estos años la sentía como a su propia madre. A su madre biológica y legal la veía hasta cumplir los 18 una vez al mes en un punto de encuentro. Ahora que era mayor de edad la veía frecuentemente y cuando me lo contaba noté cierto tono de decepción. Finalmente me dijo:

“Mira, Javier… hicisteis bien en mandarme a una familia de acogida porque mi madre, entre otras cosas, tenía problemas graves con el alcohol. Pero hoy en día no puedo entender como con todo el dinero que la administración se gasta ahora para que haya recursos para las familias acogedoras, no los hay para ayudar a mi madre. A los cinco años de estar acogido mi madre, casi milagrosamente, pudo rehabilitarse pero claro no tenía trabajo, ni apoyo familiar, ni… Así que con los mismos apoyos que recibía mi acogedora, y sé que no lo hacía por dinero, mi madre habría podido tirar adelante mucho mejor. Hoy me tiene a mi y a mi otra madre para ayudarla en lo que podemos pero no me parece justo. Se cerraron los centros y gran parte de ese dinero sirvió para que hubiera familias suficientes pero ¿por qué no también para evitar que muchos no tuviéramos que salir de nuestra casa? O al menos para que cuando fuéramos mayores nos encontráramos a unos padres en mejor situación que cuando los dejamos”

No supe que decirle. Me alegré de haber acertado en el recurso pero entendí su sentimiento.

A Casandra las cosas le habían ido bastante peor. Yo la recordaba como una niña muy difícil. No tenía ningún trastorno pero su estilo de apego era ambivalente. Sus padres igual pedían un centro para ella porque decían que era “imposible” pero luego presionaban y presionaban para recuperarla porque sin ella “no podían vivir”. Así que estuvo un tiempo, al salir del centro, en un acogimiento simple pero acabó fracasando. Tenía unos cambios emocionales y de conducta tremendos y aparatosos. Cuando se fueron cerrando los centros no hubo más remedio que intentar otro acogimiento. Hasta ahí era lo que yo recordaba.

Me contó que hasta hacerse mayor de edad había pasado por siete familias. Reconocía que ella no se lo puso nada fácil a las mismas y que era una chica complicada. Me reconoció que siempre estaba tensa. Que vivía tan pendiente de que le quisieran o no que quemaba las relaciones. Y cuando la familia ya no podía más, como ya no había casi plazas en centros… otra familia. Pero con una fama cada vez peor.

A los 18 años tuvo suerte. Encontró una Trabajadora Social, Rosa,  que la miró de otra manera y le ayudó a buscarse la vida. Le pagó de su bolsillo una psicoterapia que le ayudo a entenderse y entender a los demás. Hoy en día va tirando como puede pero no se queja. A veces se pasa por el Centro de Servicios Sociales pero no como usuaria sino para tomarse un café con la que ella llama “mi mami social”.

Saray tenía 20 años y estaba en un evidente avanzado estado de gestación. Recordaba con cariño su paso por el centro. Estuvo unos 9 meses y, con 10 años, salió de él para irse a vivir con una familia cogedora compuesta por un matrimonio y dos hijos, chica y chico, más mayores que ella. Hasta los 18 años había vivido con ellos pero al cumplirlos prefirió salir de esa casa. Le pregunté el motivo y me contestó:

“No lo sé muy bien… me han tratado bien. No me puedo quejar… pero es que es un rollo… las normas… que si en esta casa no se qué… que si en esta casa no se que más. Que si el chico con el que vas… Un agobio… No mola. Preferí irme a vivir con mi novio… ¿que si trabaja?… No que va… Vive… bueno…vivimos con sus padres y dos hermanos… No, apenas tengo contacto con mis acogedores… bueno algún “guassap” con mi hermana… bueno mi hermana de acogida. Al principio fui alguna vez a casa pero siempre acabamos discutiendo….”

La conversación con Saray me dejó un sabor amargo y solo pude decirle acariciándole su abultada barriga: “Por favor, intenta que con éste o ésta no se repita la historia” Me contestó: “Los padres de mi novio dicen que no pueden hacerse cargo de uno más en la casa. Tienen una pensión muy pequeña. Hemos hablado con los servicios sociales de la zona. Dicen que no tienen muchos recursos para ayudarnos. Me han dejado caer la posibilidad de que cuando nazca aceptemos un acogimiento familiar simple hasta que…” No lo pude evitar y le interrumpí; “¡Pero Saray… si tu has pasado por ahí y me estás diciendo que…” Su contestación me cayó como un cubo de agua helada “No es lo mismo… yo tenía 10 años… este… es un chico por cierto… no se enterará y además… ¡ahora a las familias les pagan por tener a los niños!”

En ese momento me he despertado.

Cuando me despedía para venir al trabajo mi mujer me ha notado serio, pensativo. Le he dicho que no me pasaba nada importante. Que había soñado algo extraño.

Cuando me ha preguntado:

– ¿Una pesadilla? –

No he sabido que contestarle.

Y me he acordado de varios expertos ingleses y americanos advirtiéndonos que no les copiáramos en fomentar el acogimiento familiar a costa del residencial. Que no les ha salido bien.

Y he empezado a soñar despierto en poder dejar de hablar de “acogimiento familiar versus residencial”. Y hasta mi nuevo sueño tiene ya nombre: Acogimiento resi.liar.

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Los de “Dando vueltas sobre vueltas” han terminado la temporada con una idea creo que original (al menos yo no pensé que se podía hacer) y valiente, muy valiente: un post colectivo.

Así que lanzaron una pregunta o frase de inicio extraída de una canción de Victor Manuel: “a dónde dan los besos que guardamos, que no damos…” y una serie de preguntas para desmenuzarla y compartieron el documento con una serie de personas y un personajillo (yo)

Así que durante unos días todos podíamos entrar y aportar algo al documento.

Para no tener que meter las tijeras Iñigo y Sagra decidieron no colgarlo como texto del post sino como un pdf descargable, dándonos a los participantes la posibilidad de colgarlo en nuestros blogs. Este es el enlace

Y gustosamente lo hago pero haciendo una precisión.

Iñigo y Sagra querían un post colectivo lo que supongo que implica con post co-construido. Pero en mi opinión el resultado ha sido un post de-construido que es más original si cabe.

Yo había oído hablar ya de la famosa cocina de-construida pero el otro día vi de casualidad un documental sobre la última noche de apertura de El Bulli de Ferrán Adriá. En él se recogen todos los preparativos para la misma que empiezan meses antes y que incluyen la preparación de el que será el último plato de la Carta de El Bulli.

Cómo sería el plato 1982 de dicha carta Ferrán Adría escoge un plato que se creó en dicho año: el Peché Melva (o Melocotón Melva). Creado por el cocinero del Hotel Savoy de Londres, Auguste Escoffier, en honor de la cantante de ópera australiana Nellie Melva.

Podemos ver en el documental el proceso colectivo de de-construcción… se separan los componentes y las partes de los componentes (un melocotón tiene piel, tiene pulpa y tiene hueso) y cada una de ellas distintas propiedades (color, olor, sabor…) Y se juega a reelaboralos y combinarlos de otras maneras posibles hasta dar con una nueva receta con la misma base que la anterior pero totalmente distinta.

Pues eso es lo que creo que ha pasado con la preciosa frase que Iñigo y Sagra escogieron de leitmotiv del post.  En el documento no esperes encontrar un hilo argumental o coherencia en su desarrollo pues para ello hubieran tenido que moldear o quebrar las aportaciones de los participantes.

Muchos, por deformación intelectual buscamos eso: la coherencia, la ligazón… Pero para mí ha resultado muy interesante, ver cada vez que entraba en el documento, que, en lugar de agotarse la pregunta,ésta se ampliaba, adquiría matices, se volatilizaba…

Así que un bocata de tortilla de patata está buenísimo pero hay otros momentos que una tortilla de patatas de-construida es genial.

Si esperas lo habitual (pregunta – respuesta) quizá te decepciones. Pero si estas dispuesto o dispuesta al esquema “pregunta – aristas y matices para nuevas preguntas” lo vas a disfrutar. Porque creo que no vas a encontrar exactamente la respuesta a la pregunta sino las vueltas sobre vueltas de la pregunta.

Y por cierto y para acabar… Creo que hemos aportado cosas sobre a donde van los besos que no hemos dado en relación a quien debería haberlos recibido. Quizá aún faltaba un ángulo nuevo de la pregunta:  a dónde van los besos que no dimos en función de quien no los dio.

Yo me atrevo a sugerir una respuesta:

Se acumulan en forma de callo en el alma de quien no los dio.

Si te sientes más cómoda o cómodo cambia “alma” por “Yo”.

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(Este post viene de I y II)

 

Tres dificultades

En su exposición Martine no ha transmitido una visión idealizada de la acogida. Sus palabras dejan entrever momentos difíciles.

Me siento en sintonía con ella. Vienen a mi memoria momentos de nuestra experiencia donde si hubiera existido un pulsador mágico que pudiera extraer el acogimiento de nuestra vida (como desinstalar un programa informático y que el ordenador quede como antes de instalarlo) lo hubiera pulsado seguramente. ADVERTENCIA: si acoges y el acogimiento fracasa no se puede resetear tu familia al punto de restauración anterior al acogimiento.

No. No es que me arrepienta. Ni mucho menos. Es más bien un “¿En qué estábamos pensando cuando nos metimos en esto?. Momentos en que lo único que te sirve es encontrar un sentido último a todo esto. Un sentido que te de razón de por qué complicarte la vida. Y si no lo encuentras estás, literalmente, perdido.

Porque que nadie se engañe. Acoger es la manera más sencilla y eficaz de complicarte la vida.

Así que le preguntan a Martine por las dificultades de acoger. Y las resume de maravilla.

1ª Dificultad. Riesgo de peligro para los propios hijos o para tu integridad física. (No olvidar que ellos han acogido no sólo niños, sino personas de cualquier edad, a las que además no conocen de antemano). No creo que estés en peligro físico acogiendo a un niño o niña de unos cinco años. Físico no. Pero si se inventa que tu hijo de 8 le ha tocado sus genitales va a ser casi peor.

2ª Dificultad. Compartir el amor. No todos los miembros de la familia están en el mismo momento evolutivo y además cada uno es como es. A lo mejor alguien no está dispuesto a compartir a sus padres; a su pareja, a sus hermanos……

3ª Dificultad. Las heridas de las personas acogidas pueden despertar nuestras propias heridas.

Por este último punto es importante desterrar el mito de que un niño es un niño y que todo niño es “querible”. Pues no. Hay niños y niñas que se te atragantan. Probablemente algo de su historia o su forma de ser o actuar provoca una reacción emocional en ti de la que quizá ni seas consciente.

Martine propone hablar mucho. Buscar espacios y tiempo para poder hablar y sacar a la superficie lo que nos descompone de esa persona acogida. Probablemente no para que deje de afectarnos sino más bien para poder perdonarnos a nosotros mismos y no empeorarlo.

Sentirse acogido, sentirse bien

En su intervención Tim no se centra tanto en su experiencia como acogedor sino que desmenuza su experiencia de sentirse acogido. Y en ella, que ha contado en numerosas ocasiones, destaca en mi opinión una cosa: sentirse acogido no tiene nada que ver con la razón ni con el entendimiento.

Viene a ser algo así como “No entendía nada de lo que me decía pero me sentía bien oyéndole, estando a su lado”

Niños a la carta

Y lo anterior me lleva a meterme en un territorio del que sé que no voy a salir bien parado. Me van a dar por todos los lados, lo sé.

Porque si el que se siente acogido lo es por algo que ni siquiera sabe explicar, pero que probablemente tenga que ver con una mirada especial… ¿No podrían ser los protocolos de acogimiento de menores sensibles a esta mirada?

Lo diré en voz bajita pero por otros lares (mucho más avanzados en acogimiento que nosotros) se captan familias mostrando casos concretos de menores reales e incluso con fotos de los mismos.

Sin embargo eso por aquí no es así. Aquí usamos el matching o la asignación supuestamente científica. Se coge el perfil de niño que quieres acoger y alguien pensará que Fulanito o Fulanita encaja en tu disponibilidad. Y como se supone que eres un robot, una persona adulta, responsable y razonable se te ofrecerá ese niño o esa niña concreta. Pero resulta que cuando vas a conocerle- tu mirada (vete a saber por qué) se posa en otro niño o niña igualmente susceptible de acogimiento. Pero como se te ocurra preguntar por él o ella, es bastante probable que te pongamos “un negativo” o “bajo sospecha”.

Todos los técnicos sabemos que la vida no funciona así. Muchos niños supuestamente “incolocables” han sido acogidos por familias que primero los conocieron y hubo una mirada especial (un vecino, los padres de un compañero del colegio, una educadora del centro, una enfermera o enfermero del hospital…). Quizá es que nos empeñamos en meter la vida dentro de un protocolo.

Si uno se convierte en tutor de resiliencia de alguien porque es capaz de verlo de una manera diferente ¿no deberíamos al menos detectar o respetar esa mirada diferente en las personas que se ofrecen a acoger? Aunque suene a pedir “niños a la carta”

(Si alguien te invita a comer a un buen restaurante – ¡Yupi! – pero te dice que él elige porque sabe lo que hacen bueno – ¡Ohhhh!- y justo elige platos que tu no toleras o aborreces no va a ser una experiencia muy agradable. Y además te quedas con las ganas de haber probado otros platos de la carta)

Quizá “Niños a la carta”, no. Pero “Café para todos”, tampoco.

“Nunca sé como comportarme con ellos…”

¡Menuda confesión de Tim! El experto en adversidad, el experto en reconocer los tutores de resiliencia de su vida se vuelve tonto cuando se pone en el otro lado.

Pues bendita tontería. Porque prefiero alguien que reconoce que no sabe a alguien que cree que lo tiene que saber. Y no por una cuestión de humildad. Sino por una cuestión de verdad.

Porque los acogedores y técnicos usamos la expresión de “la mochila que traen los menores”. Y eso está bien. Pero en realidad no tenemos ni puta idea (perdón) de lo que hay dentro de ella. Y no se puede saber hasta que el niño, niña, chaval o chavala no decide abrirla para compartirla contigo.

Hay gente que se dedica a esto y que nos pueden dar pistas muy útiles, pero al final cada niño trae la suya y te desesperas porque éste o ésta trae un cortauñas y no entiendes para que lo quiere o porqué no lo deja ya. Y lo lleva siempre encima y te enfadas. No lo entiendes. Quizá algún año lo entenderás. O no.

Quizá haya que pensar que si él o ella se siente a gusto contigo, sin entender un pimiento de ti, a lo mejor tú deberías cuidar que, el no entenderlo o entenderla, no te prive de disfrutar de su compañía.

EPÍLOGO

Es probable que muchos o muchas piensen que me han quedado unos comentarios para la acogida algo tétricos, pesimistas, desalentadores…

Puede ser. No ha sido mi intención consciente.

Pero os recuerdo que tengo un pie entre las familias de acogida y otro entre los técnicos de menores.  Y a veces me canso de unas y de otros.

De los técnicos insensibles a las familias de acogida y de las familias insensibles a los técnicos.

O quizá me canse de mi mismo. Del técnico que llevo dentro que le dice al acogedor: ¡No te enteras! ni del acogedor que cree que se lo sabe todo.

Y vivir en un reino dividido… ya se sabe.

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