Hay alguien en mi cabeza, pero no soy yo

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Imagina por un momento la siguiente situación.

Por una tontería, o porque no tenías un buen día, has tenido un malentendido con tu pareja (si no tienes pareja piensa en una persona muy cercana a ti). Fruto del mismo y, en un momento, os habéis cruzado frases hirientes o con mala leche. Pero, como cada uno teníais cosas que hacer, os habéis separado dejando sin resolver el conflicto.

No te gusta estar así con esa persona y, al rato, más tranquilo o tranquila te das cuenta que no merece la pena y que el bienestar que tenéis conviviendo (o queriéndoos)  se puede ir al garete en lo que queda de día.

Así que decides mandarle un whatsapp, un line, un SMS o una señal de humo virtual. Escribes en el móvil: “Lo siento… perdóname”. Le das a enviar y te quedas mirando el móvil. Sabes que no tiene porque verlo enseguida pero te quedas, con ansiedad, con el teléfono en la mano. Treinta segundos. Nada. Un minuto. Nada. Dos minutos…

Tu mente comienza a imaginar para explicar la no respuesta. 5 minutos. Te imaginas a la otra persona leyendo el mensaje y con cara de mala leche dejando el móvil con un gesto de desprecio o rabia. Te vas poniendo tenso o tensa. Tu mente  empieza a hablarte… ¿cómo es posible? Encima que quien lo ha hecho mal ha sido él (o ella)… y soy yo el primero o la primera que da el paso para… ¡Cómo se atreve a no aceptar mis disculpas?… Inexplicablemente vas abandonando la bondad para entrar otra vez en territorio de guerra. Empiezas de desempolvar los cuchillos y pistolas de afrentas pasadas. Incluso encuentras una de hace 8 años que creías olvidada.

10 minutos. A veces te dices… no lo habrá leído… pero no puedes quitarte de la cabeza de que si rechaza tus disculpas vais a tener bronca (no debías estar tan arrepentido o arrepentida) Y eso te provoca ansiedad, tristeza y rabia. Todo a la vez.

Al cuarto de hora, y cuando estás medio en otras cosas pero inquieto o inquieta, suena el móvil. Ves en pantalla que es él o ella. Resoplas expectante y contestas con un “Dime” que intentas que sea neutro pero es tenso.

Sin embargo, sorprendentemente, te basta oír el tono de su voz durante un segundo para saber que no hay problema. No le ha dado más importancia a lo sucedido y no está enfadado o enfadada. Al contrario su tono y sus palabras dejan a lo claro el afecto que te tiene. Respiras aliviado o aliviada. Guardas, rápidamente y sin que se entere, los cuchillos y pistolas y le expresas también tu afecto.

Esta situación, creo que absolutamente cotidiana y normal en la convivencia humana, demuestra como a veces vida y mente siguen trayectorias diferentes. Durante 15 minutos la realidad era que la otra persona estaba tranquilamente a sus cosas y simplemente no ha oído la entrada del mensaje. Sin embargo durante esos mismos 15 minutos tu mente ha creado “otra realidad” que a su vez ha generado ansiedad, tristeza y rabia.

Durante un cuarto de hora no has vivido la vida. Has sido secuestrado por tu mente que te ha hecho creer que ella era la vida. Finalmente la vida ha vuelto y te ha liberado.

El  libro de Steven Hayes “Sal de tu mente, entra en tu vida” publicado por Descleé De Brouwer (este post es continuación de “El hijo de puta interior: paciencia con la vida y con la mente”)  no es más que un acompañamiento al lector para que entienda que nuestra mente es una máquina de producir ideas, pensamientos… Una máquina de una eficacia inconmensurable a la hora de interactuar con el medio exterior (evitar un peligro; construir puentes; curar enfermedades…). Pero muy torpe a la hora de interpretarse así misma. Y dado que nuestro cuerpo reacciona igual ante un hecho real que ante un hecho imaginado “Tenemos un problema, Houston”.

Queda para otro momento el describir que procesos mentales, según la Terapia de Aceptación y Compromiso se convierten en ocasiones en arenas movedizas que pueden llevar a ahogarnos en nuestros propios pensamientos.

En este post sólo pretendo recoger los principios fundamentales que están en la base de este planteamiento y finalmente recapitular qué tiene que ver todo esto con la resiliencia.

Los principios fundamentales son, tras la lectura del libro de Hayes, los siguientes:

1—La superioridad de los seres humanos sobre el resto de los seres vivos se fundamenta en el desarrollo del lenguaje que permite establecer relaciones entre objetos reales a través de las relaciones entre sus símbolos.

Esto ha permitido que las personas no necesiten ser mordidas por un gato con manchas y de doscientos kilos para saber que los leopardos son peligrosos. Ni meter los dedos en un enchufe para saber qué significa que el abuelo murió electrocutado.

 2.- Esta ventaja, que nos ha permitido llegar a la luna, vernos a distancia, vivir cada vez más, etc… funciona muy bien para las cosas concretas de la vida. Pero debemos pagar un precio por ello y muchas veces los mismos procesos nos provocan sufrimiento psíquico y nos vemos atrapados en procesos asociativos y relacionales que nos hacen sufrir.

 3.- Esto es debido a que los procesos de nuestra mente son potentes para los problemas de la vida pero muchas no funcionan para sus propios procesos.

Puedo pensar hasta encontrar una solución para un problema concreto, pero no puedo dejar de asociar pensamientos, emociones, sentimientos y reacciones. Lo que sigue no parece probable:

Ahí viene el imbécil de Fulanito (subidón de cortisol versión mala leche). Bueno no pasa nada: Llamando al cerebro. Genera doble cantidad de oxitocina¡Hombre, Fulano, cuánto me alegro de verte!¡Dame un abrazo!

 4. – Mientras estamos intentando reducir, por la estrategia que sea, aquellas problemas psíquicos que nos molestan o nos matan (dolor de presencia) es muy posible que pospongamos o evitemos un montón de experiencias que querríamos tener por lo que el sufrimiento psíquico tiende a aumentar (dolor de ausencia)

Es lo que en ACT (Terapia de Aceptación y Compromiso) se denomina “evitación experiencial“.  La persona muy vergonzosa o tímida desea la intimidad con otras personas (la esquizoide sin embargo no) pero lo pasa mal en el inicio de relaciones interpersonales. Y para evitar este malestar (el dolor de presencia) tenderá seguramente a evitar nuevas relaciones y entonces, con la soledad,  aumentará el dolor de ausencia.

Pero esta evitación experiencial tiene también una dimensión mayor. Si mi mente me la está jugando y constantemente me veo invadido por el pánico, la tristeza, la preocupación, la obsesión… debo curarme para poder seguir con mi vida.

Es aquí donde Hayes le dió (gracias a su experiencia personal) la vuelta a la tortilla: Para curarme es más eficaz centrarme en seguir con mi vida ¡a pesar de las putadas de mi mente! que posponer perseguir lo que pretendemos en la vida hasta que domemos a la “la loca de la casa” que diría Teresa de Ávila.

De ahí lo de “Aceptación” (de que mi mente genera cosas que no controlo) y “Compromiso” (con mis proyectos vitales). Y de ahí que la Terapia de Aceptación y Compromiso se denomine también ACT pero no como un acrónimo sino como esencia (ACT = Actuar).

Y si este blog no es de terapia (aunque esta se una de las posibles formas de la relación de ayuda) ¿por qué todo esto?

Recapitulemos:

A) Según Boris Cyrulnik las condiciones necesarias para que se dé la resiliencia son: disponibilidad de recursos externos (¡de superhéroes nada!); adquisición de recursos internos (¡no puedes salvar a todo el mundo!) y significado o sentido (¡Viktor Frankl no estaba desencaminado!).

B) Pero los recursos internos van a ser precisamente los que nos lleven directamente a poder elaborar sentido (si soy un cerdo, literalmente hablando, no hay sentido que valga porque los cerdos, que yo sepa, no tienen capacidad de  introspección, ni sentido del humor, ni trascendencia, ni de ponerse en el lugar del otro cerdo…).

Por tanto podríamos simplificar lo que yo llamo “el taburete de Cyrulnik” en lo que ahora llamo “la mastercard de la resiliencia“: vinculos y sentido (como dos círculos que se solapan en una intersección)

C) Cyrulnik habla a veces, en lugar de significado o sentido, de “perspectiva”. Y resulta que todos los recursos internos señalados anteriormente (para avergonzar al pobre cerdo) implican tomar una nueva perspectiva.

Igual que la perspectiva visual cambia cuando cambiamos la posición de nuestros ojos (con el resto del cuerpo incluido, por supuesto) respecto al objeto observado,  la perspectiva psicológica (si es que existe algo parecido) cambia cuando  cambia la posición de nuestro yo respecto de la desgracia o adversidad sufrida.

D) Por tanto la condición interna necesaria para la resiliencia humana no es un “yo fuerte” (que suele ser fijo, inamovible, férreo) sino un “yo elástico” (o flexible y aparentemente débil).

Y la elasticidad se consigue a base de movimiento. Habrá que inventar el Pilates Mental. Pero de momento ya es un gran paso comprender como funciona (para bien o para mal) la dichosa mente. Algo en lo que la ACT puede aportarnos cosas interesantes.

Y las neurociencias.

La frase del título del post es de una canción de Pink Floyd. Y si sólo fuera eso no dejaría ser una frase genial, inquietante, sugerente. Pero si la uso es porque la leído en un libro (Editorial Anagrama) muy recomendable del neurocientífico David Eagleman que la hace suya en un capítulo de su muy recomendable libro “Incógnito. Las vidas secretas del cerebro”

Si las neurociencias están demostrando que lo que entendemos por mente racional es sólo la punta de un inmenso iceberg de actividad cerebral ¿no deberíamos enseñarle a dicha mente a navegar por la vida sin que nuestra parte sumergida raje a ningún Titanic?

(Continuará)

9 Comments

  1. Me ha encantado la entrada, pero sigo sin entender qué te hizo el pobre cerdito para que te cebes así con él… jejeje. No, en serio, me ha encantado. Has descrito a la perfección una situación que todos hemos vivido en algún momento de nuestras vidas (al menos yo sí) y he entendido al fin muchas cosas que nunca me había parado a analizar. Para avanzar, hay que descubrir y conocer, y en eso a mí me has ayudado mucho. Gracias por un blog tan interesante. Un saludo.

  2. Decía Umberto Eco que vivimos en un universo no de objetos, sino de significaciones. Lo malo es que ¡qué peligrosas son nuestras creencias! Y cómo nos influyen y cómo determinan nuestros comportamientos… Sería muy útil aprender que el cerebro tiende a construir creencias y que no siempre son reales, para que no nos dejemos atrapar por ellas y no nos hagan tomar decisiones o actitudes que al final hagan o nos hagan más daño. La parte más deliberativa de nuestro cerebro está en pañales aún, es arrastrada por esa marea de pensamientos y tarda en darse cuenta de las trampas. Por eso, no deberíamos, como tú dices, dejarnos llevar por todo lo que nos aparece en nuestra mente, esa basura mental, y vivir a pesar de ella, reconciliarnos con nuestra parte más primitiva e instintiva y aprender a no hacerle demasiado caso cuando no es útil. Me ha encantado esta entrada. Es un placer leerte, como siempre.

    Un abrazo!

    1. Perdona Reyes que no haya “comentado tu comentario” pero es que como siempre tus comentarios son mini-post (postecillos que digo yo)y que, en pocas líneas, condensan ideas o matices muy sugerentes. Al final de la corrida parece que van a tener razón aquellos que dicen que la inteligencia es una cosa y la sabiduría es otra.
      Me queda un post pendiente de mi estancia en Málaga que va a tratar sobre mi propuesta de una logoprotección de menores y me parece que el gran reto con todo niño o niña (sea de situacion sociofamiliar desfavorable o no) es la de ayudarle a encontrar sentido a su historia y que para eso hay que ayudarle a “ver en las cosas más allá de lo que tiene delante” y a entenderse a si mismo.
      Me encantaría que me ayudases (como te apeteciera) en este proyecto.
      Un beso.

  3. Hola,
    Acabo de encontrar tu blog y ha sido una muy agradable y satisfactoria sorpresa.
    Te felicito por lo que dices y como lo dices.
    Te quería preguntar que opinión te merece el libre albedrio, pues en la línea que veo que trabajas resilencia y la logoterapia, junto con los suscribes de la ACT, me ha sorprendido un poco lo de David Eagleman, pues aunque no he leído su libro, parece que es defensor de la no existencia de eso que llamamos libre albedrio.
    Gracias, por todo lo que compartes con nosotros.

    Salva

    P.d: Yo también vivo, no muy lejos del Cardenal Benlloch.

    1. Hola casi-vecino (ya hablaremos de eso)
      Estoy en el trabajo y no puedo ahora contestar una pregunta tan compleja e interesante como planteas. Quizá el post que acabo de publicar te de pistas de cómo pienso al respecto. Pero en todo caso intento encontrar un rato esta tarde….

    2. Te contesto ahora a tu interesante y amable comentario.
      Recomendé el libro de Eagleman no porque lo haya leido detenidamente sino porque me estaba entreteniendo leerlo y porque el título del post estaba sacado de él. Así que no sé (todavía) si entre sus tesis está la de que no existe el libre albedrio. Pero si fuera así no estaría de acuerdo con él.
      Creo que siempre tenemos un margen de libertad (aunque sea pequeño) Hasta un cleptómano tiene que elegir la marca de los vaqueros que va a llevarse a casa sin pagar. Creo que existe una palabra muy olvidada en la psicología y es la de “responsabilidad”. Me parece que la verdadera esencia humana no está en pensar y tener ideas sino en poder elegir por lo que quiere moverse en la vida (algo de eso hay en la entrada de hoy). Si me llama la atención la ACT es precisamente por que insiste en el Compromiso con la vida aunque tu mente te esté gastando malas pasadas.
      Esta semana al dar la noticia del suicidio del hombre que tuvo secuestradas a tres mujeres en EEUU para usarlas sexualmente decían que al final del juicio dijo “No soy un monstruo, soy un enfermo”. Particularmente pienso que eso no reduce un ápice su responsabilidad porque no pidió ayuda. De hecho cuando lo descubriero contaban que había escrito una carta pidiendo ayuda pero… nunca la hizo llegar a nadie. Ese era su margen de libertad y no lo usó.
      En fin que mi opinión es que por muy condicionados que estemos y nuestro cerebro nos pueda pasar malas pasadas no por eso debemos negar el libre albedrio.
      Espero haberte contestado.
      Un abrazo.

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