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Archive for 24 diciembre 2013

Son casi las 5 de la madrugada y hace dos horas que me he desvelado. Es algo extraño en mí, muy extraño, pero es así.

Gracias que mañana no trabajo. Y gracias que esto me ha dado la oportunidad de ver en internet una charla que me da el resorte para felicitaros la Navidad y desearos, desearos.. ¿el qué?

¿Las navidades? ¿Un próspero año nuevo?

Últimamente me siento artificial o superficial cuando utilizo las expresiones típicas de estas fechas. La felicitación por el tiempo litúrgico cristiano es poco probable y, a nivel simplemente humano y cortés (que no quita lo valiente)  no puedo dejar de pensar: “Eso… le deseo felices días y feliz año que viene y el resto de la vida… ¿que le den?”

Además es cómo si la felicidad fuera una especie de lotería… Te toca o no te toca. La felicitación navideña se ha convertido en una especie de !Que tengas suerte!

Así que prefiero desearos una vida feliz y una felicidad proactiva.

Dicen algunos que hay estudios que demuestran que la felicidad depende en un 50% del temperamento, del carácter de cada uno; en un 10% sólo de las circunstancias externas y en el 40% restante de las cosas concretas que hagamos para ello. ¡Anda! ¡La felicidad hay que currársela un poco! Un 40% no es una gran cifra pero puede marcar la diferencia (por ejemplo de pasar de una felicidad enclenque de 20 a una felicidad digna de 60)

Así que seas o Leoncio o Tristón (unos dibujos de mi infancia) te deseo que puedas acertar en tus elecciones para ser feliz tú y hacer feliz a los tuyos.

Y para ello te regalo la charla en TED del monje benedictino David Steindl-Rest llamada “¿Quieres ser feliz? Sé agradecido” (puedes elegir el idioma de los subtítulos)

Quizá no te guste. Quizá te suene muy “New Age” o a paparruchas de flipaos. Es posible. Pero para mi gusto encierra una joyita… Su comparación de la actitud ante la vida a cómo aprendimos de pequeños a cruzar la calle.

Me ha recordado mucho al post reciente de Dando vueltas sobre vueltas llamado “Cuando iba a misa” o el también reciente de Rosa Fernández (Intimidades de la post adopción) llamado “Silencio”

Un beso o un abrazo. Lo que prefieras.

Felices…

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Cada vez que voy a publicar un post tengo que seleccionar las categorías del blog a las que pertenece. Muchas veces me doy cuenta de que debo revisar las mismas porque algunos post no encajan bien en ninguna. Pero siempre lo dejo para otro momento. Soy un experto procrastinador (es una palabra que cuando la aprendes no puedes dejar de usarla).

Pero acabo de añadir una categoría más: Resiliencia y enfermedad crónica.

Porque una amiga (hay amistades que se fraguan en un solo encuentro) ha aceptado mi invitación a colaborar en el blog.

Se trata de Alicia Payá Sánchez

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Alicia es psicóloga y trabaja en dos Asociaciones que tienen en común la enfermedad crónica.

Por un lado en un Centro de Rehabilitación para Enfermos Mentales en Caudete y por otro lado en la Asociación de Fibromialgia de Villena y Comarca (AFIVIC). Y es por ello que, a pesar de su juventud, está bien curtida en eso del acompañamiento profesional y personal (la misma foto nos transmite su capacidad de empatía y cercanía) a familias donde alguno de sus miembros padece una enfermedad crónica.

Desde esta perspectiva el pasado 5 de octubre colaboró en unas jornadas de convivencia con familias en las cuales niños y jóvenes padecen Enfermedades Inflamatorias Intestinales (EII): Enfermedad de Crohn y Colitis Ulcerosa.

Ha sido tan amable de mandarme su intervención (presentación y texto fusionado en un pdf) para compartirlo en este blog. Podéis descargarlo cliqueando AQUÍ.

Todo aquel que necesite información sobre el impacto de una enfermedad crónica en la familia y sobre las estrategias más adaptativas frente a ella debería darle un vistazo, puesto que es una mezcla perfecta de conocimiento psicológico y sentido común.

Cuando invité a Alicia a escribir algo para el blog y me propuso “colgar” su charla se lo acepté como quien acepta pulpo como animal de compañía. Porque lo que espero es que siga usando este humilde blog para reflexionar sobre resiliencia y enfermedad crónica. O resiliencia y lo que ella misma quiera.

También es experta en enfermedad aguda. Gracias a dos anginas ¡que cuando se inflaman… !

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Siempre he pensado que la resiliencia es el fenómeno por el cual la vida restaura el bien que ella misma ha eliminado. Lo cual no deja de ser un pensamiento abstracto que no lleva a ninguna parte.

Pero nunca hubiera pensado que la resiliencia pudiera tener una rentabilidad social. Y esa es una de las varias ideas sugerentes que me ha dejado la lectura del último libro de Malcolm Gladwell.

Por supuesto no me refiero a lo que se deriva de interpretar la resiliencia solo como una cualidad personal: si la gente sale adelante de la desgracia por sus virtudes podemos ahorrarnos todo el dinero dedicado a ayudarles, los resilientes no lo necesitan y los no resilientes no saldrán adelante de ningún modo. No, no me refiero a esa “rentabilidad social” perversa.

Tampoco me refiero al fenómeno, real y positivo, por el cual las víctimas de una desgracia se asocian y ciertas mejoras sociales son capitaneadas por ellas.

Es algo mucho más concreto y mucho más profundo: “Mi sufrimiento me mata, pero salvará a otro”

 

Gladwell lo plantea de una forma cruda, incluso escandalosa: hay una ventaja (para mí, para muchos) en que algunas personas hayan tenido una infancia desgraciada.

No quiero destripar el libro pues es mejor leerlo y no quiero que los señores de Taurus me riñan (aunque más propaganda no les puedo hacer) pero su argumento es que, muchos avances científicos, sociales o humanos los han realizado personas capaces de romper o saltarse las reglas. Y muchas veces sólo es capaz de saltarse las normas o convencionalismos sociales, a costa de ser despreciado, quien ha mamado el desprecio o el desamor desde pequeño.

No es algo abstracto, como mi pensamiento inicial. Es algo tangible. Como cuenta Malcolm magistralmente hoy mueren muchísimos menos niños de leucemia porque hace unas decenas de años un tipo con una infancia sin afecto se atrevió a probar nuevos caminos de tratamiento a pesar de las críticas de todo su entorno profesional.

Anteayer estaba explicando esto a un grupo de compañeros del Centro de Acogida de Menores “Projecte Obert” cuando me vino otro ejemplo meridiano: Mandela.

Estos días que despedimos y honramos a Nelson Mandela, en una inaudita unanimidad sobre lo que ha aportado al mundo, no se puede olvidar que su impacto brutal en la historia concreta de miles y miles de personas se maceró durante 27 años entre las rejas de una prisión por una flagrante injusticia.

No solo porque su ejemplo de perdón (o exoneración, si se prefiere) es el que dejó mudos de asombro a enemigos y espectadores. Sino porque su larga carrera formativa en el sufrimiento le preparó para la templanza, la paciencia y el ver más allá.

Los gestos de Mandela no hubieran tenido el mismo significado sin los años de cárcel. Pero probablemente él no podría haberlos hecho sin el aprendizaje en la adversidad.

Mandela pudo saltarse las reglas porque no tenía miedo a perderlo todo. ¡Ya le habían arrebatado la mitad de su vida!

No me voy a poner a hacer cálculos pero puedo y quiero pensar que, en cada minuto de su cautiverio, se fraguaba paradójicamente la libertad o la igualdad de no menos de ¿diez? ¿cien? ¿mil? compatriotas suyos de raza negra.

Así que sí. La resiliencia tiene rentabilidad social.

Siempre me ha impresionado que Tim Guenard, por ejemplo, durante los primeros treinta y tantos infernales años de su vida nunca pensó que toda su desgracia serviría para ayudar o salvar a otras personas.

Pues ya he contado (creo) como en Valencia una psiquiatra o psicóloga le dijo a dos metros de distancia que una chica dio el primer paso para dejar su dependencia al alcohol gracias a una frase de su libro. Eso como mínimo.

Ni Malcolm ni yo proponemos (como si lo conociera de toda la vida) propiciar infancias desgraciadas para obtener beneficios secundarios. Pero a mi y a él – estoy seguro – nos asombra lo paradójico de la vida: en las desventajas surgen ventajas inesperadas y en las ventajas se agazapan desventajas fatídicas.

Cosa que no todos ven ni quieren ver. Pero eso es de otro post.

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Si siguiéramos la moda, esta nueva serie de post debería llamarse “Interventores sociales por el mundo” pero cómo de momento sólo he fichado a uno…

Conozco a David desde que nació pues somos amigos de sus padres desde muy jóvenes. Pero me unen más cosas a él. Entre ellas el gusto por los cuentos, las metáforas, las historias… y ambos administramos un blog. El mío es como un Cuaderno de Campo y el suyo como un Cuaderno de Bitácora. Yo contemplo la vida y el navega por ella a toda vela.

Os dejo con él.

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¿Os imagináis que un día Javier recibe un correo de Malcolm Gladwell invitándole a colaborar en su próximo libro? Algo parecido es lo que me ocurrió a mi hace unas semanas.

Así que aquí estoy intentando estar a la altura de las circunstancias.

Quiero comenzar por presentarme: me llamo David y soy un caso más entre los miles de jóvenes que están saliendo de España estos últimos años con la ilusión, el miedo y la esperanza de vivir una nueva experiencia que nos ayude en nuestra formación.

Soy Trabajador Social y desde hace dos meses estoy viviendo en el norte de Escocia, en las Highlands , aprendiendo inglés con el objetivo de dentro de un tiempo poder trabajar en los Servicios Sociales de aquí.

Me propone Javier ir poniendo en común algunas de mis experiencias para que nos sirva a todos para conocer otra forma de hacer las cosas, que sea un lugar de encuentro para ir aprendiendo, desde distintos puntos de vista y culturas, la forma de abordar la acción social.

Yo, por supuesto, encantado.

Hasta conseguir trabajar en los Servicios Sociales británicos, hay un largo camino por recorrer y mucho por aprender.

El primer paso ya está dado. En las próximas semanas empezaré un voluntariado que servirá, entre otras cosas, para conocer “in situ” cómo es la realidad de los Servicios Sociales de estos lares.

Y en la primera toma de contacto vino la primera sorpresa (para ellos y para mi): entre los documentos que me pidieron para poder empezar está el “Criminal Convictions”  (Antecedentes Penales)

En los países anglosajones, este documento es muy importante y se exige en todos los casos en que el trabajo esté relacionado con menores (ya sea remunerado, en prácticas o voluntariado). Cuando expliqué que tardaría un tiempo en tenerlo, ya que era la primera vez que lo necesitaba, la sorpresa fue grande: “¿Qué se pide en su lugar?”. No supe qué contestar.

Mi experiencia en el ámbito social, si bien no es excesivamente amplia, si es bastante variada: he trabajado con menores, discapacitados psíquicos, tercera edad y unos cuantos voluntariados. En ningún caso se me había pasado por la cabeza que me pudieran pedir los antecedentes penales.

Como veis, una situación completamente nueva (de las muchas que supongo me encontraré) que sirve para introducir el objetivo de esta serie de posts: ir contando las diferencias y las similitudes entre dos formas de abordar la intervención social.

David Serra Perales

Desde Escocia

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No se puede expresar mejor lo que David y yo pretendemos. Sólo aclarar que no se trata de conocer para copiar. Se trata de ver desde otro punto de vista para tomar perspectiva. Para ver mejor y en relieve.

O simplemente para levantar la cabeza y dejar de mirarnos el ombligo.

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El destino y el motivo del viaje valía la pena. Aún así, levantarse un poco más tarde de las 5 de la mañana para acostarse otra vez a las 4 de la madrugada siguiente y, en esas casi 23 horas, haber pasado 14 en un autobús, no parece la experiencia más gratificante posible.

¿O sí?

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Malcolm nació en una localidad del sur de Inglaterra. Su padre matemático. Su madre, de origen jamaicano, psicoterapeuta.

Cuando Malcolm todavía tiene pocos años la familia se traslada a vivir a Canadá. Malcolm crece estudiando y llega a ser un muy buen corredor de medio fondo. Pero no tanto para dedicarse al atletismo. Tampoco es un estudiante ni un universitario brillante.

Entonces nada permitía pronosticar que, a sus 50 años habría escrito ya cuatro libros de ensayo o investigación sociológica de éxito internacional, más un libro de artículos periodísticos en la misma línea.

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Un viaje en autobús de muchas horas tiene muchas desventajas. Se suele tardar más que en coche; no decides las paradas; no hay mucho espacio para las piernas; puedes pillar compañías no deseadas…

Pero también tiene algunas ventajas. Puedes ver el paisaje tranquilamente y si no te apetece puedes escuchar música, dormir o leer un libro.

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Malcolm estudio Historia y algo de Periodismo. Al acabar sus estudios, y dado que no obtuvo notas suficientes para hacer el post-grado, intentó trabajar en publicidad pero no lo consiguió. Así que empezó a colaborar o trabajar para algunos periódicos o revistas de poca monta, ya en EEUU. De ahí pasó a una corresponsalía especializada para The Washington Post.

Cuando en 1996 comenzó a colaborar con la revista The New Yorker le encomendaron un artículo sobre moda. En lugar de escribirlo sobre alguien que hacía vestidos de 100.000 dólares prefirió hacerlo sobre un tipo que había conseguido ganar dinero fabricando camisetas que se vendían a 8 dólares. Simplemente le pareció más interesante y más meritorio.

Porque Malcolm mira la realidad de una manera muy especial. Como un buen fotógrafo que sabe ver la buena foto donde los demás no la vemos. Probablemente esta habilidad puede tener una explicación (¡Qué fácil es encontrar explicaciones sobre el pasado!).

En su cerebro se han juntado la mente matemática racional de su padre con el trato de la naturaleza humana de su madre. Así que Malcolm empezó a repasar estudios e investigaciones sociológicas, psicológicas para contrastarlas con la realidad o con las creencias habituales y así encontrar material interesante para sus artículos.

Y así contarnos cosas cómo que no siempre una clase con 10 alumnos es mejor que una clase con 20; que más veces de las que pensamos el pez chico se come al grande;  o que los jugadores de élite, al menos en los deportes colectivos, suelen haber nacido en el primer semestre del año y sobre todo en el primer trimestre (cosa que yo he podido comprobar con uno de mis hijos) por un fenómeno que podríamos llamar “ventaja acumulativa”.

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Un libro. Se puede leer un libro en un autobús pero puede resultar incómodo. Cerrar, abrir, la luz varía, ¿por dónde me he quedado?… Pero leerlo en un móvil o una tablet es mucho más sencillo.

Si además es el último libro de Malcolm Gladwell, al que ya me referí en un post anterior y que ya se ha publicado en España. Y si además, ya has leído hasta el segundo capítulo y te ha atrapado por completo, un viaje muy largo en autobús puede ser una bendición.

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Gladwell no cita ni una sola vez en este libro, David y Goliath: desvalidos, inadaptados y el arte de luchar contra gigantes (Editorial Taurus)  la palabra resiliencia pero pienso incluirlo en mi lista de bibliografía básica sobre el tema. Es justo. Hay muchos libros publicados que utilizan el concepto o el término y yo no los recomiendo. Sin embargo, éste que no lo usa ocupará un lugar de honor.

Portada de David y Goliat

Y lo justificaré o lo demostraré en sucesivos post sobre este, a mi entender, magnífico y entretenido libro. Con ideas sugerente como la diferencia entre “salvados por poco” o “salvados por mucho”. O como la idea de “dificultad deseable”

Y en homenaje a su autor he pretendido redactar este post “al estilo Gladwell”.

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