Rentabilidad social de la resiliencia

Siempre he pensado que la resiliencia es el fenómeno por el cual la vida restaura el bien que ella misma ha eliminado. Lo cual no deja de ser un pensamiento abstracto que no lleva a ninguna parte.

Pero nunca hubiera pensado que la resiliencia pudiera tener una rentabilidad social. Y esa es una de las varias ideas sugerentes que me ha dejado la lectura del último libro de Malcolm Gladwell.

Por supuesto no me refiero a lo que se deriva de interpretar la resiliencia solo como una cualidad personal: si la gente sale adelante de la desgracia por sus virtudes podemos ahorrarnos todo el dinero dedicado a ayudarles, los resilientes no lo necesitan y los no resilientes no saldrán adelante de ningún modo. No, no me refiero a esa “rentabilidad social” perversa.

Tampoco me refiero al fenómeno, real y positivo, por el cual las víctimas de una desgracia se asocian y ciertas mejoras sociales son capitaneadas por ellas.

Es algo mucho más concreto y mucho más profundo: “Mi sufrimiento me mata, pero salvará a otro”

 

Gladwell lo plantea de una forma cruda, incluso escandalosa: hay una ventaja (para mí, para muchos) en que algunas personas hayan tenido una infancia desgraciada.

No quiero destripar el libro pues es mejor leerlo y no quiero que los señores de Taurus me riñan (aunque más propaganda no les puedo hacer) pero su argumento es que, muchos avances científicos, sociales o humanos los han realizado personas capaces de romper o saltarse las reglas. Y muchas veces sólo es capaz de saltarse las normas o convencionalismos sociales, a costa de ser despreciado, quien ha mamado el desprecio o el desamor desde pequeño.

No es algo abstracto, como mi pensamiento inicial. Es algo tangible. Como cuenta Malcolm magistralmente hoy mueren muchísimos menos niños de leucemia porque hace unas decenas de años un tipo con una infancia sin afecto se atrevió a probar nuevos caminos de tratamiento a pesar de las críticas de todo su entorno profesional.

Anteayer estaba explicando esto a un grupo de compañeros del Centro de Acogida de Menores “Projecte Obert” cuando me vino otro ejemplo meridiano: Mandela.

Estos días que despedimos y honramos a Nelson Mandela, en una inaudita unanimidad sobre lo que ha aportado al mundo, no se puede olvidar que su impacto brutal en la historia concreta de miles y miles de personas se maceró durante 27 años entre las rejas de una prisión por una flagrante injusticia.

No solo porque su ejemplo de perdón (o exoneración, si se prefiere) es el que dejó mudos de asombro a enemigos y espectadores. Sino porque su larga carrera formativa en el sufrimiento le preparó para la templanza, la paciencia y el ver más allá.

Los gestos de Mandela no hubieran tenido el mismo significado sin los años de cárcel. Pero probablemente él no podría haberlos hecho sin el aprendizaje en la adversidad.

Mandela pudo saltarse las reglas porque no tenía miedo a perderlo todo. ¡Ya le habían arrebatado la mitad de su vida!

No me voy a poner a hacer cálculos pero puedo y quiero pensar que, en cada minuto de su cautiverio, se fraguaba paradójicamente la libertad o la igualdad de no menos de ¿diez? ¿cien? ¿mil? compatriotas suyos de raza negra.

Así que sí. La resiliencia tiene rentabilidad social.

Siempre me ha impresionado que Tim Guenard, por ejemplo, durante los primeros treinta y tantos infernales años de su vida nunca pensó que toda su desgracia serviría para ayudar o salvar a otras personas.

Pues ya he contado (creo) como en Valencia una psiquiatra o psicóloga le dijo a dos metros de distancia que una chica dio el primer paso para dejar su dependencia al alcohol gracias a una frase de su libro. Eso como mínimo.

Ni Malcolm ni yo proponemos (como si lo conociera de toda la vida) propiciar infancias desgraciadas para obtener beneficios secundarios. Pero a mi y a él – estoy seguro – nos asombra lo paradójico de la vida: en las desventajas surgen ventajas inesperadas y en las ventajas se agazapan desventajas fatídicas.

Cosa que no todos ven ni quieren ver. Pero eso es de otro post.

4 Comments

  1. A mi también me gusta mucho mucho…profundo y sencilla autoreflexión. Siempre he pensado que mi carrera vocacional al estudiar psicología comienza con los sufrimientos de mi niñez., Y sí, todos los días en mi trabajo me empeño por sacar lo mejor de cada persona… tiene una rentabilidad social.

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