Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 26 enero 2014

En mayo del año pasado escribí un post llamado Libros recomendados a… mi mismo en el que yo mismo me apuntaba, para no olvidarme, 4 libros que quería leer. Poco a poco van cayendo y ahora tengo a medias “Pequeño tratado del abandono” de Alexandre Jollien.

En él el autor va desgranando, en pequeños capítulos de no más de dos o tres páginas y a modo de meditaciones, aspectos de la vida o actitudes que le ayudan a vivir la vida.

Muchas de estas ideas están cogidas de la filosofía, el zen, el budismo, el cristianismo… Por tanto podría tratarse de un libro más de autoayuda o de new age que podría ser denostado por personas muy racionalistas (aquellas que confían tanto en la razón que olvidan que la mente es un desastre para entenderse y manejarse consigo misma) Pero si me atrevo a recomendarlo es por tres motivos.

1.- Este sí es un verdadero libro de autoayuda. Es decir un libro donde el autor cuenta LO QUE LE AYUDA A ÉL. ¿Por qué se llaman de Autoayuda los libros donde alguien me dice lo que tengo que hacer? ¿Simplemente porque no me lo dice sino que lo leo yo? Al menos, en lo que llevo leído (más de la mitad) Alexandre Joillen no menciona ni una sola vez que yo, lector, deba o me convenga hacer nada. Simplemente repasa aquellas cosas que le han ayudado a él.

2.- Este libro está encarnado. Si no supiera quien es su autor yo mismo pensaría que es una serie de bonitos pensamientos sin más. Pero cuando conoces que su autor padece parálisis cerebral por lo que pasó 17 años instucionalizado en un centro para discapacitados; cuando lees que para él el simple hecho de levantarse le lleva frecuentemente a pensar “Estoy harto” y que necesita de la ayuda de sus hijos pequeños hasta para tomarse un yogurt… estas páginas adquieren otro color.

3.- Teniendo en cuenta lo anterior, y si somos serios analizando la resiliencia, tenemos que reconocer que entre los recursos internos para la resiliencia la introspección ocupa un lugar importante. Estoy por recurrir a mis queridas cebras… pero por no enrollarme me remitiré al post De cebras y hombres.

A mi me podrán parecer chorradas lo que la gente piensa de la vida, de si mismo, de lo que sea… pero lo que no puedo negar es que, quien es capaz de no sólo vivir la vida sino de también pensarla, es más probable que encuentre (en combinación con otros recursos internos y externo) un sentido a lo que aparentemente no lo tiene.

En definitiva, por su carácter tan íntimo, tan personal, tan sencillo y tan poco científico no me atrevo a recomendarlo encarecidamente.

Pero sí puedo afirmar que a mí me da a dar mucha pena terminarlo.

Y la sorpresa a la que hace referencia el título del post es debida a que, buscando más información sobre el autor, he encontrado una entrevista de 50 minutos en francés pero con subtítulos en castellano junto a…. ¿sabes quien?… ¡el mismísimo Boris Cyrulnik!

(Quizá no salgan los subtítulos de primera. Tienes que activarlos con una opción que tienes debajo de la imagen)

No la he visto aún. Prefiero hacerlo tranquilamente. No vaya a ser que me entusiasme y me fastidie la publicación inmediata de este post. Si tu la quieres y puedes ver, tus comentarios serán bienvenidos.

Quizá también te pueda interesar esta entrevista en La Vanguardia de Jollien con el llamativo titular “La vida no tiene solución… porque no es un problema”. Que por cierto me recuerda a otra frase magnífica de Boris: “Soy optimista… porque vamos hacia el desastre” (cuando todo se derrumba algo nuevo y mejor tendrá que surgir)

Read Full Post »

 

(Pincha aquí si quieres ver la idea principal de esta serie)

 

 TEMA: LA RESILIENCIA Y LOS CUENTOS

 

1/2 POST DE JAVIER ROMEU:

 

En una entrevista en Internet a raíz de la publicación de su libro El murmullo de los fantasmas, Boris Cyrulnilk cuenta:

Andersen (Hans Cristian) tuvo una infancia atroz: su madre era prostituta, obligada por su propia madre, que le pegaba si no se acostaba con los clientes que ella le traía, mientras el pequeño Hans Christian presenciaba las escenas. Huérfano muy pronto (su madre, alcohólica, murió en plena crisis de delirium tremens, y su padre se suicidó en un ataque de locura), Andersen, que se vio obligado a trabajar en fábricas donde era maltratado, fue acogido por su abuela paterna, que le brindó afecto, en tanto una vecina le enseñó a leer. Y la comunidad de Odense, donde vivía, tenía una fuerte tradición de contadores de cuentos. Con esos vínculos pudo transformar sus traumas y convertirse en un escritor de cuentos infantiles célebre en todo el mundo. (…)

En otra referencia en Internet se puede leer (aunque no podemos asegurar que sea cierto): “Hans recibió de pequeño muy poca educación, aunque su padre cultivó su imaginación contándole historias fantásticas y enseñándole a crear su propio teatro de títeres”.

Pero Cyrulnik continua:

Marilyn (Monroe) nació de madre soltera, rechazada por la sociedad de su tiempo y tan desgraciada que no pudo hacerse cargo de su hija, que fue entregada a orfanatos y casas de acogida en los que nunca halló un vínculo afectivo sano y estable. Jamás pudo superar esa carencia, ni siquiera cuando, adulta y bellísima, triunfó como actriz y obtuvo el amor de hombres como John Kennedy, Arthur Miller o Yves Montand, quienes, evidentemente, no supieron brindarle el vínculo afectivo que ella necesitaba. Sólo su primer marido, el jugador de beisbol Joe Di Maggio, lo logró a medias, y por algo ella intentó llamarlo antes de suicidarse.

Tampoco cita Boris el hecho de que estando acogida sufrió abusos sexuales o fue violada por parte de alguien cercano a la familia con la que vivía.

Pero con estos puntos de partida (detalle o desgracia arriba o abajo) en “El murmullo de los fantasmas” Cyrulnik plantea que un entorno o contexto cultural impregnado de relatos, de cuentos, de historias fue una variable importante en la resiliencia de Andersen.

También ha afirmado este autor que la cultura es aquello que cambia cada 10 km y cada 10 años.

Es innegable que hay muchísima diferencia entre los Estados Unidos (California, en concreto) de los años 20 del siglo pasado, en los que creció Marylin y los primeros años del siglo XIX en la Dinamarca en los que creció Andersen.

Quizá deba Cyrulnik modificar un poco su visión de la diversidad cultural al hilo de la globalización que ha supuesto el desarrollo de los modernos medios de comunicación.

¿Qué relatos predominantes reciben los niños actuales en, por ejemplo, España, México o Japón? ¿Podemos hablar de relatos predominantes o la cantidad de los mismos diluye su potencia? ¿Son los relatos, leídos, escuchados, pero sobre todo vistos sin margen para la imaginación, de superhéroes, de mutantes, de luchas contra alienígenas, los que propiciaran su resiliencia ante las adversidades de la vida?

 

1/2 POST DE MILLY COHEN:

milly-crop

Definitivamente debemos responder ante estas últimas preguntas con un NO rotundo. Si bien las historias y los relatos son una excelente manera de favorecer la resiliencia en los niños, hay que tener mucho cuidado con el QUÉ, el CÓMO y el QUIÉN.

¿Empezamos con el QUÉ?

¿Qué leer a los niños de hoy que además de construir su autoestima, favorecer estrategias de solución de problemas, inspirar el amor y divertir, puedan ofrecer un camino para la resistencia y la superación? Sin tener nada en contra de los relatos de magia (tipo Disney) no es el tipo de literatura que desde mi opinión personal recomiendo. Veamos porqué.

Cuando todo marcha tan mal que parece que el mundo se nos va a derrumbar, aparece una simpática hada madrina que nos regala el vestido más hermoso del mundo hecho justo a nuestra medida y arribamos al baile en una hermosa carroza. ¡Esto no sucede en la vida real! O precisamente cuando parece que una mujer buena y hermosa ha muerto por culpa de una manzana envenenada, resulta que por obra de un desconocido hechizo, aquella manzana envenenada no mataba, solo dormía, y basta un beso de amor para despertarle. Tampoco es verdad! Si sueñas con ser alguien distinto, incluso si eso significaba que cambies tus aletas por piernas de humano, simplemente puedes intercambiar tu voz por ese deseo. ¡Mentira! Y si no quieres crecer, enfermar o envejecer, tan sólo tienes que mudarte al país encantado de Nunca Jamás. ¡Imposible!

Si bien estas situaciones suenan deliciosamente divertidas, realmente no ofrecen soluciones verdaderas a problemas verdaderos. Cyrulnik (2003) nos dice que al final de su vida, una persona de cada dos habrá padecido un acontecimiento traumático o un acto de violencia y una persona de cada cuatro se habrá enfrentado a varios de estos acontecimientos, que prácticamente la podrán dejar “desmantelada”. La buena noticia es que al parecer sólo una persona de cada diez no conseguirá librarse de su trauma; lo que significa que las nueve restantes podrán remendar su personalidad desgarrada y continuar aprendiendo y disfrutando en esta gran aventura que se llama vida. Pero esto ¡no podrá ocurrir con polvitos ni hechizos mágicos! Se dará gracias a un proceso de recuperación, donde se descubrirán las fortalezas personales y ambientales que servirán de sostén para que, luego de la agonía, se pueda resurgir. Y hay tantos cuentos que nos ayudarán a lograrlo!

Any y la Anciana (Misko Miles, Fondo de Cultura Económica), El elefante encadenado (Bucay), Orejas de mariposa (Luisa Aguilar, Editorial Kalandraka), Nada (Patrick McDonell, Editorial Serrés), Mi amor (Alemagna, Beatriz, Fondo de cultura económica) son algunos ejemplos de cuentos infantiles con personajes temerosos de la muerte, hostigados en la escuela, con madres gritonas o con etiquetas molestas, situaciones comunes para cualquier niño, sin importar la cultura o el país. Pero esos personajes también tienen herramientas para remediarlos, métodos probables y cercanos a todos los niños, sin importar su idioma ni su religión. ¿Te cuento cómo lo hacen? Creo que tendrías que leerlos para descubrir cómo el humor y el amor, la esperanza y la fuerza interna, las palabras gentiles y el perdón, conforman personajes fuertes en los cuentos que inspiran a ser fuertes a los niños del mundo real.

¿CÓMO leerles para que ello suceda? Tampoco es cosa de magia, sino de cercanía. De pasión. El cuento es en sí un premio, un regalo. Simplemente anunciar que leeremos un cuento es ya una promesa de felicidad, una invitación a la intimidad, a la emoción, al secreto. El anuncio del placer es ya un placer en sí mismo , como disfrutamos el olor a chocolate aun antes de comer el pastel. El niño entiende que junto al “había una vez” habrá cercanía física, intención emocional, quizá hasta caricias, se creará un espacio libre de violencia, de agresión, de maltrato, de dolor personal.

Para leer bien hay que saberse el cuento, hay que saborearlo, hay que creer que es bueno (aunque no lo sea) porque lo que se intenta hacer es contagiar al escucha de nuestro sentir, y no sólo decodificar lo que ahí dice. Es necesario leer sin pena, con apertura y originalidad, y luego dejar que lo lea él (o ella), a su ritmo, a su estilo, a su alcance. No corregir, no usarlo para enseñar, sino sólo para estar.

Además, la voz. La intencionalidad que lleva nuestro tono de voz, la calidez, la intensidad, la forma en que trasmite el sentimiento o la carga emocional del cuento, ese canto que acompaña un buen relato, hará a su vez de factor protector. Un niño recordará bien aquella voz que no castiga sino que acaricia. Un juego experimental se propuso contar un cuento de piratas a dos grupos de niños: a un grupo se le contó con una voz imparcial, monótona y fría, al otro, con un discurso cargado de emoción. Después de un tiempo fue el segundo grupo el que recordó la mayor parte del cuento (Cyrulnik, 2003). Entonces el cuento no es sólo afecto y cercanía momentánea, sino también un acontecimiento que deja huella, que no se olvida. Anthony Brown relata que fue a contar sus cuentos en inglés a un grupo de niños franceses y concluye: “No entendieron ni una palabra, gozaron de cada sílaba”.

¿QUIÉN? Me parece que esta es la sección más sencilla de todas. ¿Quién cuenta un cuento? El que así lo desea, el que tiene el tiempo, el que busca el espacio, el que quiere enseñar, motivar, divertir, incluso, pasársela bien.

De igual manera, ¿quién no cuenta un cuento? Quién tiene prisa (¿o has visto a alguien ocupado meter con calzador, a la fuerza, un espacio para contar un cuento?, quién está malhumorado (éstos son los que usualmente responden ¡ahora no!), quién no los conoce o no se los contaron y por ello no se atreven a intentarlo. Ante este tipo de personas, debemos contarles cuentos con carácter de URGENTE, para incluirlos de donde fueron excluidos.

Debido a la característica ecológica de la resiliencia, se deberá incluir a padres de familia, a docentes de escuela y a todos aquellos adultos que convivan con el niño, para que favorezcan espacios fértiles para la construcción de las habilidades de solución de problemas, de comunicación, de empatía, de flexibilidad y de competencia en los niños.

El contador de cuentos se transformará entonces en un tutor de resiliencia para el niño. Traduzcamos lo que dice con su cuerpo y sus palabras mientras cuenta una historia: “Yo considero que tú mereces un poco de mi tiempo, sé que eres inteligente y te sentirás seguro conmigo, intentaré brindarte confianza a través de este espacio y buscaremos juntos una posible solución a tus inquietudes por medio de la creatividad, de la ensoñación, del encuentro con los personajes de la historia.” Todos los contadores de cuentos pensamos y actuamos así.

Y entonces, cual si fuera magia, como si fuésemos hadas madrinas o encantadores de serpientes, protegeremos al niño, le daremos calor, afecto, presencia y todos los demás elementos que caracterizan a un buen cuento (vocabulario, memoria, referentes, y demás elementos de tinte académico). En una entrevista que realicé a niños de escasos recursos económicos que asisten a mi biblioteca pública (en México) desde hace ya varios años les pregunté por qué les gustaba estar ahí. Para mi sorpresa, ninguno dijo: porque hay cuentos, o porque aprendo a leer o escribir. La gran mayoría expresó disfrutar del lugar porque ahí nadie los juzgaba, se sentían amados, seguros.

¿Significa entonces que estar rodeados de cuentos (buenas historias y buenos contadores) asegura el bienestar, la confianza, el afecto, la protección contra el riesgo? Parece que si. No menospreciemos el valor de un cuento infantil. Mejor multipliquemos su valor.

princesa volando cuento

Contar un cuento es como extender un tapete mágico para que el niño se disponga a volar, y en este vuelo conozca mundos alternos, se descubra a sí mismo, abra bien los ojos para mirar más allá de su limitada vida, se salga de su realidad, solucione sus inquietudes, y luego, aterrice más consolidado y fortalecido.

Ya una vez Ana Frank escribió que las personas libres jamás podrían concebir lo que los libros significan para quienes viven encerrados.

Yo los invito a acompañar al niño en este vuelo, brindándole nuestra amistad, confianza, afecto, humor, y la esperanza de un mejor mañana. Con un libro como aliado.

 

(1) Milly Cohen es investigadora, escritora, docente y coordina talleres sobre crecimiento personal y resiliencia, como el que se celebrará en México los próximos días 1 y 2 de marzo.

 

FLYER%20FINAL%20CONOSER

 

Puedes ver una interesantísima entrevista a Milly en Youtube

 

(Gracias, Milly)

Read Full Post »

Nueva serie: REPOSTERÍA

Hace unos meses algunos de mis hijos y yo nos enganchamos a la pasada y primera edición española del programa televisivo Top Chef . Y nos hizo mucha gracia una de las pruebas finales, cuando ya sólo quedaban tres concursantes.

La misma consistía en que durante 20 minutos cada uno de los 3 miembros del jurado iniciaban una receta de su repertorio (sin que los concursantes estuvieran presentes) y, finalizado ese tiempo, abandonaban los fogones para que estos, al azar, elaboraran un plato sólo con lo que ellos habían dejado. Nos pareció una prueba muy original y difícil.

Los concursantes llegaban a la mesa asignada y se encontraban unos ingredientes y unos procesos iniciados, sin conocer la receta que les daba sentido. Con ello y sólo con ello tendrían que cocinar y montar un plato que luego sería valorado por el jurado.

Yo no soy Top Blogger, ni jurado, ni maestro de nada pero me pareció que era una idea aplicable a este blog, máxime cuando ha resultado ser una plataforma estupenda para contactar y colaborar con gente interesada en los mismos temas que yo.

Así que le he propuesto y propondré a determinadas personas terminar como quieran un post que he iniciado yo. Y en otras ocasiones será al revés. Yo intentaré terminar un post que alguien ha iniciado.

Diapositiva1

La serie comienza con la colaboración de Milly Cohen, cuyo trabajo, especialmente con el uso de los cuentos para favorecer la resiliencia, he conocido gracias a que ha sido tan amable de comentar, desde México, algún post anterior y compartir conmigo materiales y documentos.

Read Full Post »

Crímenes perfectos

(Este es un post de Rosa Herrera. Amiga, psicóloga y miembro del “Grupo Resiliencia Valencia”. Le agradezco de todo corazón su colaboración. En la esperanza de que le vaya cogiendo el gusto)

Recogiendo el guante que me lanzó Javier en el post de principio de año retomo este antiguo proyecto que ambos teníamos pendiente y que, como el mismo dijo, nuestras ajetreadas vidas han hecho que lo dejáramos en la recámara. Nuestras colaboraciones generalmente se inician junto a un café lanzando ideas de temas que nos interesan a ambos y que hacen que nuestras neuronas se pongan en marcha. Uno de estos temas es el suicidio como una forma de manifestación de lo que Javier ha bautizado como antiresiliencia y que a mí me parece un término muy acertado.

En este post no voy a analizar a la luz de la resiliencia el fenómeno del suicidio pero sí algunas de las consecuencias que este hecho tiene en las personas más cercanas.

Tenía 17 años, era una chica guapa, simpática, con una familia estructurada y un grupo de amigos que le apoyaban y le querían. Se enamoró locamente de un chico con el que estuvo saliendo dos años. La relación acabó, fue él el que decidió dejarla, y ella continuaba obsesionada. Intentó en varias ocasiones volver con él hasta el punto que necesitó irse a estudiar fuera para que dejara de acosarlo. Ella le amenazó: “Si me dejas me suicidaré”. Lo intentó varias veces y todo el mundo a su alrededor se movilizó. Estaban pendientes, la acompañaban, la apoyaban, la protegían, pero no fue suficiente. El día que se enteró de que él había iniciado una nueva relación acabó con su vida definitivamente.

Sus padres comenzaron a acusar a su grupo de amigos de no haberle hecho caso, el chico se hundió en una profunda depresión, los amigos se sentían culpables y a la vez lo culpabilizaban a él. 30 años después su habitación continúa como la dejó el último día que salió de casa, sus padres no han perdonado todavía ni a sus amigos ni al chico. Sus amigos son incapaces de reunirse sin recordarle y alguno de ellos todavía tiene abierto un duelo que no ha podido cerrar y aflora en todas las reuniones anuales que el grupo ha decidido hacer. A partir de ese momento nadie fue el mismo, la vida les cambió y llenó de cadáveres invisibles su familia y sus amigos. Sólo unos pocos se atrevieron a hablar del tema, a compartir sus sentimientos, los demás eligieron el silencio, mal compañero en estos casos.

En este caso concreto la chica no sobrevivió, en otros la vida sorprende y aparece una nueva oportunidad de continuar adelante, de aprender de los errores y valorar las pequeñas cosas que la vida te ofrece.

Ante una noticia de intento o consumación de un suicidio aparecen diferentes sentimientos encontrados en las personas cercanas, sobre todo en la familia.

En primer lugar la negación, “no puede ser”, “lo tenía todo”, esto fue lo primero que apareció en mi mente al recibir una llamada donde me confirmaban que la madre de una compañera de mi hija se había suicidado. La razón intenta comprender, el corazón no lo permite. La lucha entre estos dos motores de nuestra vida es encarnizada. Y comienzan las preguntas:

¿Por qué? ¿Que lleva a una persona con una vida aparentemente estructurada a tomar una decisión de este tipo? Como en otras muchas ocasiones esta pregunta es de difícil resolución. Quizá ni la misma persona podría contestarnos, no podemos entender porque una persona llega a ese punto de desesperación para no encontrar otra salida en su vida que su propia muerte. Todos en momentos determinados podemos haber sentido la necesidad de desaparecer, cuando los problemas nos abruman y no nos vemos capaces de encontrar soluciones plausibles, pero pequeños gestos, miradas, sonrisas de nuestro entorno, nos ayudan a encontrar un significado a nuestro sufrimiento, lo que permite que continuemos hacia delante.

Curiosamente el suicidio aparece como una huida del sufrimiento, como un no puedo más, no merece la pena seguir luchando, como una solución a los problemas y en algunos casos incluso como un intento de que los demás no sufran, no se avergüencen, y aquí nos encontramos con una gran paradoja de la vida: por evitar el sufrimiento propio y el de los demás el suicida genera un sufrimiento en la vida de los de su alrededor, su familia y sus allegados se convierten en cadáveres invisibles que intentan retomar una vida truncada por este acontecimiento.

Después de la negación aparece la rabia, el enfado absoluto, que produce no entender, la impotencia ante la situación, acompañada de sentimientos de culpa; se sienten responsables por no haberse dado cuenta, por haberlo dejado solo, por aquella discusión que acabó en pelea.

La gente de alrededor sin darse cuenta acaban convertidos en jueces de la situación sentenciando, la familia se siente señalada y culpada, prefieren el silencio como forma de protección hacia sí mismos y, en caso de que la persona haya sobrevivido en su intento, también hacia la propia persona.

Pero, como en otros muchos casos, no hablar de algo no significa que no haya ocurrido y es muy difícil retomar una vida después de un acontecimiento tan traumático como este sin poder vaciar los sentimientos que cada uno tiene. El estigma está servido, la mirada de los demás ya no es la misma, parece cargada de acusación, de incomprensión quizá también porque la mirada de ellos hacia sí mismos tampoco es la misma, quizá proyectan en los demás lo que ellos mismos sienten.

Como Cyrulnik señala en su último libro, el silencio les permite sobrevivir. Es un código no escrito pero hace menos daño que continuar dándole vueltas al porqué y a la culpa. El problema es que el silencio no cura, la herida cicatriza en falso y, cuando se toca, duele demasiado.

El porqué tiene difícil respuesta y como en otras muchas ocasiones otra pregunta puede ayudar a entender: ¿para qué? Y quizá, y sobre todo, ¿contra quién? ¿contra sí mismos? ¿contra su familia? ¿contra la sociedad? ¿contra el banco…?

Preguntas quizá difíciles de plantear pero que pueden ayudar a entender y sobre todo a, en caso de supervivencia, ayudar a la persona a encontrar otros mecanismos de solución de problemas. Preguntas que no se deben plantear desde la rabia, desde la impotencia o desde la exigencia y mucho menos desde la culpa, sino desde la reflexión.

Cuando una persona sobrevive a un intento de suicidio, la familia y personas cercanas se sienten obligadas a protegerle. El miedo se instaura, la desconfianza se apodera de todos los miembros de la familia que se divide repartiendo culpas, se produce una lucha encarnizada entre la rabia y el miedo. ¿Cómo normalizar la vida en una familia después de un acontecimiento así? Nunca he creído en las recetas mágicas, pero la experiencia de personas que han pasado por esta situación puede ayudar.

Quizá un primer paso puede ser no negar los sentimientos, mostrar el enfado, compartir la impotencia que se siente, verbalizar la culpa, la rabia, ponerse en marcha para ayudarle en caso de supervivencia, y sobre todo parece indispensable el perdón hacia la persona y hacia sí mismo. Pero este perdón aparece cuando uno ha podido curar sus propias heridas. Como escuché en una ocasión el perdón no se puede exigir sino que tiene que nacer y, quizá en este caso, para que aparezca es necesario primero perdonarse a sí mismo y poder reconocer sin temor los sentimientos que ha generado este hecho.

Hace algún tiempo en una supervisión de casos clínicos una compañera compartió una idea que me hizo reflexionar. En una de las últimas entrevistas que concedió Alfred Hitchcock le preguntaron si existía el asesino perfecto. Después de unos momentos de duda declaró: sí existe el crimen perfecto: el suicidio, sólo hay una muerte que deja muchos cadáveres a su alrededor y el asesino nunca vuelve a la escena del crimen.

Aunque el único responsable de un intento de suicidio es la propia persona, la culpa, la rabia y la impotencia es una carga quizá demasiada pesada para los de alrededor. La persona que decide acabar con su vida, en su camino hacia la huida de esa vida que no le gusta, deja a su alrededor montones de cadáveres invisibles, personas que parece que continúan su vida pero que realmente este acontecimiento ha supuesto un punto de inflexión muy importante. Escuchar a la familia, que no se sienta juzgada y sentenciada parece un paso fundamental para poder ayudarlas.

Al fin y al cabo no podemos convertir en Verdugos a quien seguramente han sido Víctimas de la situación.

Read Full Post »

BLOG DE NOTAS: Apego y TDAH

No hace ninguna falta justificar porque reboto este reciente post de Catherine  L´Ecuyer en su blog Apego&Asombro. Cualquiera que lo lea y conozca este blog lo entenderá.

http://apegoasombro.blogspot.com.es/2014/01/existe-una-relacion-entre-apego.html

Me encantará que lo comentéis en éste pero creo que lo justo sería que lo hicierais (también) en el suyo.

Read Full Post »

Todo el mundo sabe que en la ficción existe (porque las historias no envejecen) una aldea gala en tiempos de los romanos que resiste a la conquista del Imperio. Y todos sabemos que Asterix y sus vecinos deben su invulnerabilidad a las fuerza que les da una poción mágica cuya receta sólo conoce su druida. Excepto Obelix, que tuvo la desgracia de caer de pequeño en el caldero y…

En la realidad no existe tal poción pero quizá si exista un modo de generar invulnerabilidad. O mejor dicho: sensación de invulnerabilidad.

Todo esto viene a cuento de una idea muy sugerente que recoge Malcolm Gladwell en su último, y ya reseñado libro, “David y Goliat: Desvalidos, inadaptados y el arte de luchar contra gigantes”.  Es la distinción entre personas que, tras una catástrofe, se han salvado “por poco” o “por mucho” y fue planteada por primera vez por el psiquiatra canadiense J.T. MacCurdy quien, tras la II Guerra Mundial,  escribió libros como “Psicología de la Guerra” o “La estructura de la moral” (en los conflictos bélicos).

Según este autor, las víctimas de una guerra se dividen en tres grupos: los muertos; los que se han salvado “de milagro” “por poco” o “por los pelos” ( “sienten la explosión, ven la destrucción, se horrorizan ante la carnicería; tal vez están heridos”…) y los que se salvaron “por mucho” (“es la gente que escucha las sirenas, observa el vuelo de los bombarderos enemigos y oye las detonaciones. Pero la bomba cae al final de la calle o en la siguiente manzana”).

De los primeros, los muertos, no hay mucho que decir. Los segundos, los “salvados por poco” salvan la vida pero está queda marcada por una “honda impresión”, pero los terceros, los “salvados por mucho” desarrollan según MacCurdy-Gladwell un “sentimiento de excitación con un ingrediente de invulnerabilidad”. O de otro modo: “los salvados por poco quedan traumatizados, los salvados por mucho comienzan a pensar que son invencibles”.

Es curioso pero también Boris Cyrulnik ha hablado de esto (y quizá necesite un post entero para comparar los dos puntos de vista) e incluso podemos afirmar que él fue un “salvado por mucho” ya que, en sus escritos autobiográficos, reconoce que cuando escapo de niño del campo de concentración quedó en su interior la sensación de que si se había librado esa vez se podría salvar de cualquier otra adversidad.

Me parece una idea muy interesante y esencial para no perder de vista el carácter evolutivo de la resiliencia. O de otra manera, igual que se suele decir “el dinero llama al dinero”, podríamos decir que “la resiliencia genera resiliencia”. Y en este blog ya he hecho referencia a algún ejemplo en este sentido.

Sin embargo, hace poco empecé a pensar que este sentimiento de “invulnerabilidad” puede actuar para el bien pero también para el mal. ¿No podría esta diferencia entre “salvados por poco” o “salvados por mucho” servir para explicar las personalidades violentas, la violencia de género o incluso, la corrupción o la deshonestidad?

Mejor poner un ejemplo con una situación real que me contaron hace poco.

Reunión familiar. Abuelos, tíos, primos, sobrinos. En un momento dado alguien comenta que Fulanita de 17 años es muy guapa y que podría ser modelo. Un familiar bienintencionado se acerca a la misma y, con cámara de fotos en ristre, le ofrece hacerle unas cuantas fotos por si quisiera mandarlas a alguna agencia. Sin embargo, antes de que ella conteste, un joven de pelo rapado que está a su lado exclama: “¡Ni pensarlo. De eso nada!”  El familiar sorprendido le pregunta quién es él. Es su novio.

Hasta aquí la anécdota y la preocupación de quien me la contó de estar ante un futuro maltratador. Pero imaginemos (ahora sí) un poco. Este chaval ha tenido una respuesta incuestionablemente desafortunada y reprobable. Nadie somos quien para decidir por el otro (excepto por nuestros hijos menores de edad o nuestros mayores incapaces). Pero lo ha hecho. Y debería caer el cielo sobre su cabeza, como diría el propio Asterix.

Podría caerle el cielo y matarlo como novio (la chica rompe con él sin más). O podría caerle una bronca de la misma o tres días sin hablarle, o una desaprobación pública y vergonzante por parte de los familiares…  A eso le llamaremos “salvado por poco”  A que no le caiga el cielo sobre su cabeza (la novia calla y consiente el comentario, nadie le dice nada… no pasa nada) le llamaremos “salvado por mucho”.

En la primera hipótesis, ya no hay tema. En la segunda el chaval quizá quedará herido víctima de su propio escupitajo pero esa herida le llevará quizá, no lo afirmo, a pensárselo mejor antes de volver a lanzar un comentario como ese.

Pero en la segunda posibilidad (“salvado por mucho”) estoy convencido de que se generará un sentimiento de invulnerabilidad o de legitimidad para decidir por su novia.  Y ese sentimiento ¿no le permitirá pensar en un futuro que en una discusión puede insultarla pues… no pasará nada? Y si se vuelve a “salvar por mucho” de un insulto ¿no pensará que puede golpearla porque no pasará nada?

Por favor, que nadie piense que estoy diciendo que la culpa de la violencia de género es de la pasividad de las mujeres. Al revés. Estoy diciendo que la culpa es de la Hijoputez (perdonad la expresión, que por cierto es incorrecta desde el punto de vista de género) del agresor. Simplemente quiero plantear que si el “dinero llama al dinero” y la “resiliencia genera resiliencia”, la Hijoputez tiende a crecer si no recae sobre el propietario.

Quizá el sicario que pega palizas por encargo, el xenófobo, el maltratador, o el señor (o señora) de traje elegante que se apropia de unos cuantos millones de euros de los ciudadanos son como Obelix. Les ocurrió una desgracia. Nadie les partió la cara a su debido tiempo y los pobrecillos se creyeron inmunes.

O dicho de otra manera, la violencia que no te revienta en tus propias narices es probable que te genere sentimientos de invulnerabilidad y, por tanto, de poder y de ahí, quizá, surja más violencia.

He visto peleas de mis hijos, de mis sobrinos, de mis compañeros (de colegio) etc y he visto peleas o golpes en niños del Centro de Menores donde trabajo. Y no todos los golpes o intentos de golpes son iguales. Un niño o una persona que ha crecido en un ambiente no violento cuando pega lo hace con el freno puesto, por decirlo de una manera. Pega con contención por el propio miedo a recibir él. Tengo mucha rabia pero si le doy IGUAL ME LA DEVUELVE. Pega “pero poco”.

Pero yo he visto lanzar puñetazos, tortas u objetos a niños de 6 o pocos más años que son golpes destructores, golpes sin límite. No son golpes tipo “te empujo y así recupero mi pelota”. Son golpes del tipo “te reviento porque PUEDO”

Y ese golpe sólo se puede lanzar cuando estás familiarizado con la violencia. La violencia no es tu enemiga. Es tu aliada. Cuando en la cuenta de resultados de peleas anteriores “te has salvado por mucho” y te sientes tan seguro que no necesitas protegerte, solo destrozar.

Por ello pienso que los que empiezan salvándose por mucho de situaciones conflictivas usando la violencia en realidad lo que están haciendo es perderse poco a poco, aunque ellos no lo sepan.

El otro día comentábamos en una tertulia espontánea como era posible que, en algunos casos de corrupción que se han destapado en España en los últimos años, las cantidades fueran tan desorbitadas. Llevándolo a un terreno que todos pudiéramos entender… Si no quieres que te llamen la atención, no parece inteligente llevarte 5 paquetes de folios de tu trabajo. Parece que lo “normal” sería llevarse “un taco” de folios de vez en cuando.

Pero alguien apuntó que quien ha desviado fondos para comprar hasta cuatro pisos es porque en su entorno lo normal es llevarse los folios en paquetes, en cajas y en camiones; y los euros en pisos. De nuevo algo así como que quien se ha salvado – salido de rositas-  por mucho de la corrupción llega a pensar que nunca pasará nada.

Desvié un euro y no me vieron. Desvié 100 y no me vieron. Desvié 1000 y no me vieron… ¡Soy invisible!

No sé. Es sólo una idea.

Como siempre.

Y como dirían algunos… para darle vueltas.

Read Full Post »

Un breve post para difundir unas Jornadas organizadas por la Asociación Educativa Dando Vueltas que se celebraran el próximo mes de febrero. Creo que, por quien las organiza, y por quien participa, son absolutamente recomendables.

portada

Dejo el link de la propia organización donde se puede descargar el programa

Tendría muchos más argumentos para recomendarlas pero me conozco y si me pongo a ello puede ser que las difunda cuando ya hayan acabado. Así que en este caso prefiero un post escueto pero temprano.

Read Full Post »

Older Posts »