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Archive for 26 febrero 2014

Desde hace unas semanas llevo en mi cartera un pequeño texto manuscrito. A él pertenecen estas líneas:

“… más te asaltarán ideas malas, de manera violenta, repentina y malvada; ideas que vienen ya sea del exterior, ya de un miedo tuyo personal (…) No les prestes ninguna atención, no les resistas (…) Supera esos pensamientos vanos y malos como si no hicieras más que escuchar a un perro ladrando o a una oca cacareando; nadie hace caso ni se para a disputar por ello, sino que sigue derecho su camino, lo ignora o, como mucho, se ríe. Si haces así evitarás estos pensamientos con facilidad y los olvidarás rápidamente. Pero si intentas oponerles resistencia activa, debatirte con ellos, prestarles atención, temerlos, desembarazarte de ellos, descubrirás que aún se imprimen más fuertemente en tu espíritu y te hacen caer en tormentos y en depresión. “

Mi mujer fue la primera que lo escuchó y me lo comentó. Luego por la noche mi hija mayor, como no era fácil de conseguir, nos lo copió en una cuartilla. Desde entonces lo llevo encima para no perderlo.

Pero también anoche leí en un libro unos párrafos que me impactaron:

“Los humanos pueden estar abrigados, bien alimentados, secos, físicamente bien y, aún así, sentirse desgraciados. Los humanos pueden disfrutar de medios de diversión y entretenimiento desconocidos en el mundo no humano y sólo al alcance de una pequeña parte de la población – TV de alta definición, coches deportivos, viajes exóticos al Caribe- y, aun así, experimentar un dolor psíquico extremo. Cada mañana, un ejecutivo de éxito llega a la oficina, cierra la puerta y busca calladamente en el fondo del cajón de su escritorio la botella de ginebra que tiene allí escondida; cada día, un ser humano con privilegios inimaginables, toma una pistola, la carga con una bala, cierra el tambor y aprieta el gatillo”

Para mí la relación entre un texto y otro es clara. Muchos sufrimientos de los seres humanos se originan, no por lo que pasa fuera de ellos, sino por lo que pasa dentro de su mente. Hay pensamientos que son como perros que ladran y ladran y que si te paras a hacerles caso estás perdido. Pensamientos capaces de llevarte hasta la petaca o hasta la pistola.

Por ello estoy convencido de que si Steven C. Hayes, Kirk Strosahl y Kelly G. Wilson los autores del libro donde aparece esta contundente referencia al sufrimiento humano conocieran el primer texto estarían plenamente de acuerdo con su autor.

Pero es muy probable que no lo conozcan porque fue escrito hace cinco siglos por un monje cartujo llamado Juan Justo Lanspergio. Nació en 1489 e ingresó en la cartuja de Colonia con poco más de 18 años. LLegó a ser maestro de novicios y posteriormente prior. Escribió distintas cartas de acompañamiento espiritual y el fragmento primero corresponde a la más popular de ellas, la llamada Carta de Jesucristo, dirigida a las monjas Premonstratenses de Heinsberg.

Así que, como no puedo recomendar en este blog las cartas de Lanspergio, a no ser que tengas intención de retirarte a la vida contemplativa (nunca se sabe) te recomendaré el siguiente libro de Steven C. Hayes y compañía que además éste sí que es una novedad editorial y no como la del cartujo.

El libro se titula “Terapia de Aceptación y Compromiso” con el subtitulo “Proceso y práctica del cambio consciente (Mindfulness)” y está editado, como no, por la Editorial Desclée De Brouwer.

TERAPIA DE ACEPTACIÓN Y COMPROMISO. Proceso y práctica del cambio consciente (Mindfulness)

Es evidente que, tras dedicarle tres post a reseñar “Sal de tu Mente, entra en tu Vida”, no podía dejar pasar esta novedad editorial (un lujo tener traducido un libro publicado en inglés en el 2012) y que es mucho más que una revisión del que se escribió allá por el año 2000.

Todavía lo estoy empezando pero ya me quedé flipado al encontrar en el prólogo la siguiente afirmación:

“Por todas estas razones, el presente volumen tiene un aspecto y un toque distinto al que escribimos hace ya más de una década. Esta edición se centra en el modelo de flexibilidad psicológica como modelo unificado del funcionamiento humano”

Es decir, que cuando hace meses empecé a pensar y a escribir sobre un concepto tan poco científico como “yo elástico” vinculado a las condiciones internas para la resiliencia, quizá no estaba muy desencaminado.

Tendré que seguir leyendo para confirmarlo y seguramente seguiré dando la vara con este librito de algo más de 500 páginas. Libro que tiene una considerable ventaja. No está escrito como un manual o guía de aplicación de una terapia concreta (ACT o Terapia de Aceptación y Compromiso) sino como un compendio de las ideas fundamentales que subyacen a la misma pero que van más allá de ella misma.

Por tanto es un libro que puede interesar tanto a un terapeuta como a cualquiera que quiera entender ese sufrimiento humano aparentemente incomprensible porque no se justifica por las condiciones externas de quien lo padece.

Sirva este pequeño párrafo de ejemplo:

“Irónicamente, la mayoría de la gente acude a terapia buscando defender su yo-concepto  particular, aunque éste sea detestable, nocivo o constituya, precisamente, el motivo principal para buscar tratamiento (…) En principio, la mayoría de los clientes están tan atrapados en esta prisión conceptual que ni siquiera saben que están atrapados- y no creen estarlo”

Al hilo de esto tengo que reconocer que cada vez me cuido más de emplear la expresión “Yo soy…” porque nunca me lleva a nada bueno. Primero porque hay muchas probabilidades de hacer el ridículo (a cuántas personas has oído decir, por ejemplo, “yo soy muy trabajador” que es justo lo contrario de lo que piensas de ellas). Y en segundo lugar, porque cuando uno se afirma de tal manera delante del otro lo más probable es que consiga distanciarse de él (todo “yo soy” lleva implícito un ¿y tú?).

Así que me lo vigilo en mí y desconfío cuando oigo a otro definirse constantemente. Cuando una persona se autorreferencia constantemente… ponte a temblar. (Lo digo YO que tengo un blog “pa MI SOLITO” ¿No es un blog un gran ejercicio de autodefinición?)

En fin, que me interesa, la idea de estos autores de “flexibilidad psicológica”.

Pero para aligerar un poco…  me viene a la cabeza el conocido chiste en que un tipo que le pregunta a otro cómo hace para estar siempre tan feliz. Este le contesta: “No discuto con nadie” A lo que su interlocutor exclama: ¡Eso no es posible! Y el interrogado concluye: “Pues bueno, no será por eso…”

Recuerdo las memorias del cómico del cine mudo Buster Keaton llamadas “Slapstick” que significa payasada o bufonada, y es una palabra compuesta de Slap (bofetada, cachete) y Stick (palo, pegar).

Porque el pequeño Buster adquirió desde muy joven y con la enorme ilusión de trabajar en las funciones de vodevil de su padres, la habilidad de aprender a caer sin hacerse daño cuando su padre lo lanzaba de un lado a otro del escenario simulando una persecución por alguna trastada infantil.

¿Y si fuera posible desarrollar también la flexibilidad del yo y ya desde bien pequeñitos? ¿No tendríamos adultos más saludables en el futuro? Y si esto fuera así, ¿no deberíamos revisar con cuidado los mensajes que estamos dando a nuestros hijos? ¿Les estamos ayudando a ser resilientes o resistentes? (que no es lo mismo)

Hace unos meses acompañé a un Juzgado a una niña o niño de unos 12 años a retirar la denuncia de malos tratos sobre su madre. Tras pasar una semana viviendo en el centro en el que trabajo decidió que echaba de menos estar en su casa, con sus amigos, e incluso con su propia madre (porque no es lo mismo maltratar que poner límites). Mientras bajamos del juzgado, donde comprobé que  había una buena conexión afectiva a pesar de lo sucedido, la madre sí le reprochó suavemente que circulará por ahí un vídeo donde él o ella se pegaba con otra chavala o chaval.

Tranquilamente el muchacho o muchacha simplemente respondió: ¿no me dijiste tú que si se metían conmigo me defendiera?

La madre calló y yo pensé para mis adentros: ¡Ahí te han dado!

¿Queremos criar chicas y chicos duros o personas flexibles?

Así que me pienso leer este libro no tanto por mi (que ya no tengo solución) sino por mis hijos e hijas. O casi mejor, por mis nietas o nietos. Quizá cuando, si Dios quiere, en julio nazca mi primera nieta le empezaré a decir: “Hola, Candela, YO SOY tu abuelo”….

…”o no”

(No os preocupéis familia… es sólo una idea más de las mías. Pero no le haré caso y me reiré de ella como si fuera un perro ladrando o una oca cacareando. Gracias, Lanspergio)

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el móvil

Desde que leo y escucho sobre el tema de la resiliencia tengo claro que la trascendencia es importante para la misma. Pero es un tema complicado de abordar, y por eso a penas lo he tocado, pues tiende a confundirse con las creencias (religiosas o laicas, como le gusta matizar a Boris Cyrulnik) y no es mi intención meter, conscientemente, el blog en arenas demasiado movedizas.

Pero esta mañana me ha ocurrido un hecho aparentemente insignificante que me ofrece una metáfora para abordarlo “en modo seguro”.

A las ocho y media de la mañana, en uno de los momentos más álgidos del habitual estrés matutino de la locura cotidiana de mi casa, el móvil de mi mujer ha sonado. Era una persona muy querida por nosotros y que está pasando unos momentos objetivamente muy, muy difíciles.

A mi mujer, que tiene el superpoder de convertirse en Earwoman (“la mujer oído”) o “la oreja que siempre escucha”, ni siquiera se le ha pasado por la cabeza decirle “Me pillas acabando de arreglarme y con mi marido histérico por las prisas…” El resultado es que se ha acabado de arreglar; hemos bajado al coche; me ha reñido con un gesto por mosquearme con otro conductor; hemos hecho todo el trayecto hasta su trabajo; nos hemos despedido con otro gesto, y durante veinte minutos (saludar a los compañeros, encender el ordenador, etc) ha seguido la conversación con esta persona totalmente ajena a lo que mi mujer estaba haciendo mientras hablaba con ella.

Si mi mujer hubiera dicho algo por lo que su interlocutor o interlocutora pudiera adivinar las circunstancias de mi mujer estoy seguro que habría reaccionado diciéndole algo como: “Ya te llamo luego”… “habérmelo dicho”… Pero como no tenía ningún indicio, lo normal es que se haya imaginado a mi mujer cómodamente sentada en la mesa de su trabajo o en casa. Normal.

Como normal es que que cuando la vida nos va suficientemente bien y, en nuestro cercano alrededor, no hay grandes desgracias (la vida no nos dice que está jodida) no pensamos en los sufrimientos. Ni nuestros, ni de nadie. Es como si al otro lado del teléfono todo estuviera tranquilo.

Pero cuando la adversidad nos visita y nos deja grogui, tambaleándonos,… sentimos que algo nos desgarra de ese mundo sin sufrimiento en el que creíamos y anhelamos vivir. Podemos incluso sentirnos desterrados. Yo ya no pertenezco a ese mundo porque mi sufrimiento es insufrible. La vida es bella pero la mía es una putada. Nadie puede entenderme.

Pero poco a poco, cuando la quemazón va lentamente enfriándose, te das cuenta de que sí había alguien al otro lado del teléfono pasándolo mal. No eres el primero al que le diagnostican esa dichosa enfermedad; no eres la primera a la que se le muere un ser tan querido; no eres el único o única a la que… Y de ellos podrás quizá recibir: consuelo, ejemplo, modelos… pero sobre todo conexión. Ya perteneces de nuevo a algo o alguien.

Ni serás la única persona a la que le pase. Otros se tendrán que enfrentar a lo mismo que tú…. Y de ellos quizás recibas… una misión, un sentido (dirección) para tu NUEVA vida (porque ya no es la misma).

Es aquí donde creo que entra en juego la trascendencia en la resiliencia.  La acepción filosófica de la palabreja que recoge la Real Academia Española de la Lengua es “aquello que está más allá de los límites naturales y desligado de ellos”.

Los límites naturales son los que percibes con tus sentidos. Pero tu mente, en la desgracia, puede ir más allá de ellos y… pensar. Pensar: YO estoy muerto, TÚ no me puedes ayudar (nadie puede hacerlo) Pero quizá esto sirva para algo para ÉL, para ELLA, para ELLOS. Soy una VÍCTIMA pero puedo llegar a ser un SALVADOR, un HÉROE para ALGUIEN.

En definitiva el sentido trascendente no es más que el sentimiento que hay algo (lo que sea) que es más importante que nosotros mismos. Llámale Dios, llámale Sociedad, llámale Justicia, llámale Humanidad, llámale Hijo… Mi desgracia es una putada de la vida, YO no me repondré del todo, pero quizá… quizá sirva para ÉL o ELLA.

Personalmente una de las cosas que más me consuela en momentos complicados es pensar que ese sufrimiento no es baldío. Que algún día mis hijos se beneficiarán de él (no por sus resultados sino por el sufrimiento mismo: si ellos tienen que pasar por ese fuego yo estaré ahí para acompañarles porque ya he estado allí).

Puede ser un autoengaño. Tiene toda, toda la pinta. Pero me mosquea que alguna vez se me ha concedido poder comprobarlo. De tocarlo con mis manos. Pero esto ya no lo puedo contar.

Como mi mujer no pudo contar esta mañana que no era el momento. Porque su momento no era el importante. El momento importante era el de quien estaba… al otro lado del teléfono.

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Si una metáfora de las relaciones humanas es un partido de tenis puedo afirmar que Concepción Martínez Vázquez es para mi la Rafa Nadal de lo de darle vueltas al perolo en esto de la protección a la infancia, el apego, la resiliencia… No hay pelota que le lances que no te la devuelva. Y además es buena persona.

Gracias Conchi por volver a este blog ahora que ya tienes el tuyo bien hermoso.

Luego “te comento”.

(Conchi combina su formación y experiencia como terapeuta infantil con su día a día en un Servicio Especializado de Atención a la Familia e Infancia por lo que el post está escrito no desde el Cuartel General sino desde las mismísimas trincheras)

Mi foto

Aquí estoy, después de casi un año sin alojarme en este blog, y vuelvo sintiéndome un poco como en la parábola del Hijo Pródigo, arrepentida de haber tardado tanto, pero también contenta de volver a mis raíces blogueras después de haber aprendido a volar por mi cuenta.

Por ello, a propósito de tu entrada sobre el acogimiento de menores en familia ajena, recojo tu reto de hablar sobre otro tipo de acogimiento, el que se produce dentro de la propia familia del niño o niña.

Tú describías desde tu experiencia como acogedor cómo tener, además de los “naturales”, tres hijos “en almíbar” es algo gratificante, utilizando una metáfora preciosa que transmite el afecto y la capacidad de conservar lo genuino de esta medida de protección. Debe ser harto difícil a nivel relacional, afectivo y convivencial vivir con un niño o una niña al que te une inicialmente solo un interés altruista e ir convirtiéndose poco a poco en el principal referente.

Pero existen diferencias considerables cuando el acogimiento se realiza con la familia extensa, donde no hay premeditación o reflexión previa. No conozco familias acogedoras que vayan a la Administración por sí mismas diciendo: “Quiero acoger a mi nieto… a mi sobrina… o a mi…”. Como mucho después de que ha explotado una situación de crisis o de riesgo. Y ahí no hay premeditación, ni preparación, y en muchos casos, ni ganas.

Por eso yo a algunos de estos acogimientos me atrevería, siguiendo tu metáfora, a llamarlos “pepinillos en vinagre”.

Escribir generalizaciones sobre el acogimiento en familia extensa es difícil. Si cada niño y niña es un mundo… cuando se tienen dos mundos del mismo sistema solar, biológico y consanguíneo, alejados pero unidos… ¡que complicado! Voy a intentar resumir a grandes rasgos algunas circunstancias que yo considero que son las bombas de relojería que pueden hacer peligrar un acogimiento en familia extensa.

 

Acogimiento = Compromiso

Todo acogimiento en familia extensa lleva implícito un compromiso afectivo, por aquello de que el niño o niña “es sangre de mi sangre” y es, como se suele decir, “tira mucho”. Es evidente que si preguntas a una tía o a una abuela si siente afecto por su sobrina o por su nieto va a decir que claro que le quiere, aunque no le vea con frecuencia. Hay como una disposición natural a querer a quien comparte contigo una identidad familiar.

Pero por otro lado está el compromiso social. Cuando se da una situación de desprotección infantil se moviliza todo para buscar una alternativa a los padres, y los Servicios Sociales contactan con los familiares del niño o niña. Si te dicen que tu sobrino o nieto no puede seguir con sus padres, que hay que tomar una medida de protección, se dispara cual fusil el compromiso social, ese que te hace sentirte en el punto de mira porque esperan que tú seas la solución.  La familia. por el simple hecho de serlo, asume ante la sociedad la responsabilidad de dar una respuesta (“¿Cómo vamos a dejar que vaya a un centro?”). Y sentir esto es lícito y normal.

Pero cuando hay desequilibrios en la balanza entre compromiso afectivo y compromiso social, teniendo éste más peso, el acogimiento está en peligro. Eso de “según pase el tiempo y nos conozcamos más, irá mejor” es sólo para las relaciones de pareja amorosas, pero en un acogimiento en familia extensa, o hay un afecto y aceptación incondicional desde incluso antes de ejecutarse la medida o no funciona.

El niño o la niña vienen cargados de sentimientos contrarios (sé que estoy mal con mis padres pero quiero estar con ellos, me quieren pero permiten que me lleven a otro sitio), con las funciones ejecutivas y las habilidades de relación tocadas, y mienten, se portan mal, no estudian…. O se tiene mucha paciencia y afecto y además se sabe qué es lo que supone acoger, o es difícil soportar las presiones del colegio o instituto, las críticas de los familiares e incluso de los propios padres que han perdido la custodia, el sentimiento de impotencia para educar a quien es difícil enseñar con los mismos parámetros que se usaron con los hijos biológicos. El mero hecho de ser familia no conlleva poder o saber llevar adelante un acogimiento.

 

De ovejas negras… corderitos negros

Un acogimiento supone que los padres no son capaces de satisfacer las necesidades de una niña o niño. Y si eso es así es porque no existe, temporal o indefinidamente, una competencia parental o marental. Y detrás de eso, en muchas ocasiones, hay problemas de consumo, conductas de riesgo, delincuencia, etc… Es decir, lo que viene a ser una “oveja negra” en la familia. Más difícil aún si hay otras ovejas blancas en la familia que tienen éxito a nivel profesional, de relaciones, de estudios, de suerte en la vida. Las comparaciones son odiosas siempre pero aquí mucho más.

Cuando el hijo de una oveja negra llega a un acogimiento en la misma familia, los ojos con los que se le miran, de manera inconsciente o no, son los ojos que recuerdan repetidamente la historia pasada. O mejor dicho, que lo que ha pasado con su historia se junta inevitablemente con las andanzas y disgustos padecidos con su padre o madre. Es muy difícil vivir con un niño o niña que te recuerda físicamente, o con sus actos o palabras, los malos momentos, los sufrimientos pasados. Aislarle de ellos resulta difícil.

Además, la familia acogedora puede tener asuntos no resueltos. Es más fácil acoger a un niño de unos padres con los que no tienes nada que ver –incluso ni conoces en algunos casos- que acoger a una niña que es hija de tu hija y, por tanto, parece quedar en evidencia la propia incompetencia como padre o madre de no haber podido enseñar a desempeñar este rol de manera adecuada. Y eso es un cuestionamiento social difícil de sobrellevar.

 

¿Segundas oportunidades o partes nunca fueron buenas?

Unido a lo anterior, en los acogimientos, la transmisión intergeneracional tiene un peso importantísimo, de manera que si exploras la historia de la familia, muchas mamás y muchos papás no son incompetentes porque sí, sino porque su propia experiencia filial nos habla de negligencia, malos tratos, desapego, etc. De manera que lo que son ahora como madre o padre (salvando determinismos) es el producto de su apego inseguro, de su dificultad para vincularse, de su propia desnutrición afectiva porque su propia familia de origen no supo o no pudo hacerlo bien.

En estos casos, recurrir a la abuela que no supo ser madre para que se haga cargo de un menor no tiene sentido, y no solo esto, sino que es revictimizar más al menor. Aquí segundas oportunidades nunca fueron buenas…

En otras familias, principalmente cuando la incompetencia de los padres viene derivada por problemas de salud mental importantes, o por consumo de drogas, si la familia de origen de los padres (abuelos acogedores) supo hacerlo bien en su momento, pudo dotar de habilidades (que ahora otros factores limitan), ofrecieron un contexto seguro y supieron vincularse de forma adecuada… hablamos de una segunda oportunidad, de un apoyo temporal que supone tener que volver a hacer de padres de los padres del menor, de ayudarles a resolver con comprensión y utilización de recursos los problemas mentales o de consumo, sin perder de vista que ahora en medio hay un niño o niña que tiene que saber qué lugar ocupa cada uno de los miembros de la familia en esta nueva estructura que se forma.

Y con ello también se da una oportunidad a los padres del menor de relacionarse con él o ella de otra manera, sin verse agobiados por la responsabilidad de recuperarse y sin dejar de ser padres pues no están solos, su familia les ayuda.

 

Aunque la mona se vista de sed, mona se queda

¿Cómo saber que realmente un acogimiento en familia extensa ha concluido con final feliz teniendo la certeza de que eso es así? Los cambios que se necesitan para el retorno del menor ¿tienen el mismo valor? ¿qué se tiene más en cuenta? Aparentemente, si los padres mejoran a nivel económico, consiguen un trabajo, consiguen discutir menos entre ellos, acuden a las sesiones de los Servicios Sociales y de otros servicios, dejan de consumir… se puede decir que los factores de riesgo desaparecen o minimizan, y por tanto, se cesa el acogimiento.

Pero, si todo eso se da a medias, porque los resultados se prolongan mucho en el tiempo (hoy en día no hay trabajo, siguen consumiendo pero menos, toma la medicación para el problema de salud mental pero sigue sin asumir responsabilidades) y la familia acogedora (abuelos, tíos) se cansa literalmente de tener al menor porque no aprecian cambios constatables e incluso considera injusto que los padres sean libres de hacer y deshacer y ellos tienen que estar de día y de noche, se agotan física y emocionalmente (si son abuelos pueden tener muchos años y poca energía e incluso enfermedades)

¿Qué hacemos con el o la niña? ¿Apostamos por lo menos malo que es el retorno aun sabiendo que es muy probable que los padres no lleguen a alcanzar los mínimos necesarios para atender al menor?

Precipitar un retorno es comprar muchos boletos para un fracaso. Otras veces la propia familia acogedora maquilla la situación (entiendo que deber ser muy duro ver a tu hijo o hija lamentarse porque quiere que tu nieto o nieta vuelva) haciendo ver que ha habido cambios sustanciales, ocultando o minimizando situaciones que evidencian que se sigue siendo incompetente.

Tuyos, míos… ¿nuestros?

¿De quién es la responsabilidad de, por ejemplo, hacer los deberes con el menor, reñirle cuando se porta mal, ayudarle a vestirse si tiene un mal día… en los momentos en que están juntos todos, acogedores, padres y el menor? ¿Se desautoriza a los acogedores si los padres asumen un papel activo? Y cuando los padres se acomodan y van “de visita” con una mínima implicación ¿cómo percibe el niño o la niña la situación?

Cuando además quien acoge tiene una influencia poderosa sobre uno de los progenitores del niño o niña (estoy pensando en unos abuelos acogedores paternos que en su momento hicieron un hijo Peter Pan) y asumen que ellos son los únicos que saben hacerlo bien, dejando en un segundo o tercer plano al otro –en este caso a una madre que se siente anulada y pequeñita porque la desautorizan, critican e infravaloran- o  cuando los acogedores no tienen ninguna prisa para que ese niño o niña vuelva con sus padres. Cuando dicen con la boca pequeña que ellos saben que el menor no es su responsabilidad y que ha de vivir con sus padres – aunque sus acciones no acompañen esto- o bien cuando no desaprovechan ocasión para dejar en evidencia que con quien el niño o niña está bien es con ellos porque lo consideran suyo, por el tiempo invertido – es muy duro criar a un niño tres años y que luego se marche- si desde el principio no se tiene claro la transitoriedad de la medida… ¿De quién son los niños y niñas acogidas?¿Pueden ser de todos?

En definitiva, del almíbar al vinagre hay diferencias considerables en su sabor.

En el almíbar se añade azúcar al líquido (agua, vino) para que se forme, consiguiendo un resultado final que es producto de la mezcla. En el caso del vinagre es la fermentación del mismo líquido (el vino) la que transforma el sabor, de dulce y aromático a agrio. El vino y el vinagre salen del mismo elemento, pero según concurran unos factores u otros en el proceso el resultado variará. Y mucho.

A unos y otros, familia extensa o acogedora, vaya por delante mi admiración por ofrecer una posibilidad a un niño o niña que necesita de adultos sensibles y responsables. Pero en el caso de las familias extensas valorar esta posibilidad, en muchos casos, no es nada fácil.

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De mi estancia en Santiago de Compostela deberían surgir dos cosas para este blog.

UN POST

(¿TÍTULO?)

En él recogería todo aquello que me he traído (mucho más de lo que he llevado) del contacto con un grupo de técnicos/as de acogimiento familiar de menores tanto de Cruz Roja Española como de la Xunta de Galicia.

Para no olvidarme:

– Un montón de buenas metáforas sobre o para el acogimiento

– La constatación de maneras de trabajar el acogimiento distintas (e iguales) a las de estos lares (¡Cuanta verdad hay en aquello de que para el cambio es necesaria la noticia de una diferencia!)

– Una reflexión sobre la necesidad, y al mismo tiempo, los peligros de los protocolos unificados (¡Viva la paradoja!)

– Una reflexión sobre los aspectos más novedosos de una muy probable y próxima ley estatal de protección a la infancia (gracias a la magnífica intervención de Blanca Gómez Bengoechea) Quizá saldría un post entero (“Mundos legales, mundos mentales”) acerca de lo que puede implicar la aprobación (en España) de la adopción abierta.

UNA SERIE DE POST

(Título provisional: Técnicas para la emulsión familiar con menores)

Dado que he vuelto un poco frustradillo por la falta de tiempo en la parte práctica y aplicada (trabajo en grupo) ¿por qué no desarrollarla online?

En un primer post resumiría las ideas esenciales de mi percepción, como acogedor, que la realidad que familiar que surge en un acogimiento permanente en familia ajena es como el resultado de ligar una salsa o hacer una mayonesa en la cocina. En los siguientes post (uno a uno) analizaríamos las implicaciones de esto para:

1. La sensibilización social y difusión del acogimiento familiar de menores.

2. La captación de familias acogedoras.

3. Formación de las familias.

4. Valoración de las familias.

5. Asignación (Emparejamiento menor-familia)

6. Preparación del acogimiento concreto.

7. Régimen de visitas y contactos.

8. Tipos de actuaciones técnicas durante el acogimiento y ritmo.

9. Tipos y formas de apoyo al y durante el acogimiento.

10. Indicadores concretos de emulsión.

11. Intervención en crisis

12. Actuaciones necesarias tras el acogimiento.

En cada post volcaría mis ideas al respecto y podrían ser replicadas, contrastadas, elaboradas o completadas con COMENTARIOS en el post por todo aquel o aquella que la metáfora le puede resultar sugerente.

(Si lees esto, y te interesa, no te cortes: mándame un comentario para que no me duerma. Gracias)

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Cuando el escritor C.S. Lewis perdió a su mujer, Joy Gresham, escribió una serie de reflexiones, supongo que para mitigar y dar sentido a su dolor, que se publicaron, primero bajo pseudónimo, bajo el título de Una pena en observación.

No hizo un tratado sobre el duelo sino que se observó a si mismo en duelo.

Hoy en Santiago de Compostela trataré de hacer algo parecido.

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En el marco de un curso organizado por Cruz Roja Española sobre acogimiento familiar intentaré usar una perspectiva parecida. No pienso que mi yo “técnico de menores” tenga nada especial que aportar a los y las técnicos de acogimiento que asistan al mismo.

Pero últimamente me he descubierto pensando en mi propia experiencia como acogedor y he pensado que por una vez debía dejar que mi yo “acogedor” sugiriera algunas cosas a mi yo técnico.

Espero poder compartir algunas de estas reflexiones en futuros post pero como me conozco voy a dejar aquí los enlaces para descargar los materiales preparados para esta participación o de referencia en la misma.

Intervención redactada (previamente)

No será exactamente que mi exposición pero con ello me cubro las espaldas de despistes o de falta de tiempo (Aviso: son 21 folios)

La presentación en Powerpoint utilizada

La cuelgo en pdf. Aunque se pierden las animaciones me aseguro que el formato se mantiene. En esta he eliminado, por cuestiones obvias, la foto de mi familia.

Material para el trabajo en grupo

Pues eso.

Otra intervención sobre acogimientos permanentes

Ya redactada hace un tiempo y colgada en el blog en otro post pero que permite contextualizar mejor la presente

Botiquín para familias acogedoras de menores

Un documento que redacté hace unos años para la Conselleria de Bienestar Social valenciana y que al releerlo para preparar esta intervención pensé que no desentonaba con la misma.

Y finalmente, la convocatoria y programa del presente curso organizado por Cruz Roja Española a quien aprovecho para agradecerles la confianza temeraria que han puesto en mí al invitarme.

Si has participado en el curso o has decidido descargar y leer la intervención te agradeceré cualquier comentario que quieras y puedas compartir.

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