Perros ladrando

Desde hace unas semanas llevo en mi cartera un pequeño texto manuscrito. A él pertenecen estas líneas:

“… más te asaltarán ideas malas, de manera violenta, repentina y malvada; ideas que vienen ya sea del exterior, ya de un miedo tuyo personal (…) No les prestes ninguna atención, no les resistas (…) Supera esos pensamientos vanos y malos como si no hicieras más que escuchar a un perro ladrando o a una oca cacareando; nadie hace caso ni se para a disputar por ello, sino que sigue derecho su camino, lo ignora o, como mucho, se ríe. Si haces así evitarás estos pensamientos con facilidad y los olvidarás rápidamente. Pero si intentas oponerles resistencia activa, debatirte con ellos, prestarles atención, temerlos, desembarazarte de ellos, descubrirás que aún se imprimen más fuertemente en tu espíritu y te hacen caer en tormentos y en depresión. “

Mi mujer fue la primera que lo escuchó y me lo comentó. Luego por la noche mi hija mayor, como no era fácil de conseguir, nos lo copió en una cuartilla. Desde entonces lo llevo encima para no perderlo.

Pero también anoche leí en un libro unos párrafos que me impactaron:

“Los humanos pueden estar abrigados, bien alimentados, secos, físicamente bien y, aún así, sentirse desgraciados. Los humanos pueden disfrutar de medios de diversión y entretenimiento desconocidos en el mundo no humano y sólo al alcance de una pequeña parte de la población – TV de alta definición, coches deportivos, viajes exóticos al Caribe- y, aun así, experimentar un dolor psíquico extremo. Cada mañana, un ejecutivo de éxito llega a la oficina, cierra la puerta y busca calladamente en el fondo del cajón de su escritorio la botella de ginebra que tiene allí escondida; cada día, un ser humano con privilegios inimaginables, toma una pistola, la carga con una bala, cierra el tambor y aprieta el gatillo”

Para mí la relación entre un texto y otro es clara. Muchos sufrimientos de los seres humanos se originan, no por lo que pasa fuera de ellos, sino por lo que pasa dentro de su mente. Hay pensamientos que son como perros que ladran y ladran y que si te paras a hacerles caso estás perdido. Pensamientos capaces de llevarte hasta la petaca o hasta la pistola.

Por ello estoy convencido de que si Steven C. Hayes, Kirk Strosahl y Kelly G. Wilson los autores del libro donde aparece esta contundente referencia al sufrimiento humano conocieran el primer texto estarían plenamente de acuerdo con su autor.

Pero es muy probable que no lo conozcan porque fue escrito hace cinco siglos por un monje cartujo llamado Juan Justo Lanspergio. Nació en 1489 e ingresó en la cartuja de Colonia con poco más de 18 años. LLegó a ser maestro de novicios y posteriormente prior. Escribió distintas cartas de acompañamiento espiritual y el fragmento primero corresponde a la más popular de ellas, la llamada Carta de Jesucristo, dirigida a las monjas Premonstratenses de Heinsberg.

Así que, como no puedo recomendar en este blog las cartas de Lanspergio, a no ser que tengas intención de retirarte a la vida contemplativa (nunca se sabe) te recomendaré el siguiente libro de Steven C. Hayes y compañía que además éste sí que es una novedad editorial y no como la del cartujo.

El libro se titula “Terapia de Aceptación y Compromiso” con el subtitulo “Proceso y práctica del cambio consciente (Mindfulness)” y está editado, como no, por la Editorial Desclée De Brouwer.

TERAPIA DE ACEPTACIÓN Y COMPROMISO. Proceso y práctica del cambio consciente (Mindfulness)

Es evidente que, tras dedicarle tres post a reseñar “Sal de tu Mente, entra en tu Vida”, no podía dejar pasar esta novedad editorial (un lujo tener traducido un libro publicado en inglés en el 2012) y que es mucho más que una revisión del que se escribió allá por el año 2000.

Todavía lo estoy empezando pero ya me quedé flipado al encontrar en el prólogo la siguiente afirmación:

“Por todas estas razones, el presente volumen tiene un aspecto y un toque distinto al que escribimos hace ya más de una década. Esta edición se centra en el modelo de flexibilidad psicológica como modelo unificado del funcionamiento humano”

Es decir, que cuando hace meses empecé a pensar y a escribir sobre un concepto tan poco científico como “yo elástico” vinculado a las condiciones internas para la resiliencia, quizá no estaba muy desencaminado.

Tendré que seguir leyendo para confirmarlo y seguramente seguiré dando la vara con este librito de algo más de 500 páginas. Libro que tiene una considerable ventaja. No está escrito como un manual o guía de aplicación de una terapia concreta (ACT o Terapia de Aceptación y Compromiso) sino como un compendio de las ideas fundamentales que subyacen a la misma pero que van más allá de ella misma.

Por tanto es un libro que puede interesar tanto a un terapeuta como a cualquiera que quiera entender ese sufrimiento humano aparentemente incomprensible porque no se justifica por las condiciones externas de quien lo padece.

Sirva este pequeño párrafo de ejemplo:

“Irónicamente, la mayoría de la gente acude a terapia buscando defender su yo-concepto  particular, aunque éste sea detestable, nocivo o constituya, precisamente, el motivo principal para buscar tratamiento (…) En principio, la mayoría de los clientes están tan atrapados en esta prisión conceptual que ni siquiera saben que están atrapados- y no creen estarlo”

Al hilo de esto tengo que reconocer que cada vez me cuido más de emplear la expresión “Yo soy…” porque nunca me lleva a nada bueno. Primero porque hay muchas probabilidades de hacer el ridículo (a cuántas personas has oído decir, por ejemplo, “yo soy muy trabajador” que es justo lo contrario de lo que piensas de ellas). Y en segundo lugar, porque cuando uno se afirma de tal manera delante del otro lo más probable es que consiga distanciarse de él (todo “yo soy” lleva implícito un ¿y tú?).

Así que me lo vigilo en mí y desconfío cuando oigo a otro definirse constantemente. Cuando una persona se autorreferencia constantemente… ponte a temblar. (Lo digo YO que tengo un blog “pa MI SOLITO” ¿No es un blog un gran ejercicio de autodefinición?)

En fin, que me interesa, la idea de estos autores de “flexibilidad psicológica”.

Pero para aligerar un poco…  me viene a la cabeza el conocido chiste en que un tipo que le pregunta a otro cómo hace para estar siempre tan feliz. Este le contesta: “No discuto con nadie” A lo que su interlocutor exclama: ¡Eso no es posible! Y el interrogado concluye: “Pues bueno, no será por eso…”

Recuerdo las memorias del cómico del cine mudo Buster Keaton llamadas “Slapstick” que significa payasada o bufonada, y es una palabra compuesta de Slap (bofetada, cachete) y Stick (palo, pegar).

Porque el pequeño Buster adquirió desde muy joven y con la enorme ilusión de trabajar en las funciones de vodevil de su padres, la habilidad de aprender a caer sin hacerse daño cuando su padre lo lanzaba de un lado a otro del escenario simulando una persecución por alguna trastada infantil.

¿Y si fuera posible desarrollar también la flexibilidad del yo y ya desde bien pequeñitos? ¿No tendríamos adultos más saludables en el futuro? Y si esto fuera así, ¿no deberíamos revisar con cuidado los mensajes que estamos dando a nuestros hijos? ¿Les estamos ayudando a ser resilientes o resistentes? (que no es lo mismo)

Hace unos meses acompañé a un Juzgado a una niña o niño de unos 12 años a retirar la denuncia de malos tratos sobre su madre. Tras pasar una semana viviendo en el centro en el que trabajo decidió que echaba de menos estar en su casa, con sus amigos, e incluso con su propia madre (porque no es lo mismo maltratar que poner límites). Mientras bajamos del juzgado, donde comprobé que  había una buena conexión afectiva a pesar de lo sucedido, la madre sí le reprochó suavemente que circulará por ahí un vídeo donde él o ella se pegaba con otra chavala o chaval.

Tranquilamente el muchacho o muchacha simplemente respondió: ¿no me dijiste tú que si se metían conmigo me defendiera?

La madre calló y yo pensé para mis adentros: ¡Ahí te han dado!

¿Queremos criar chicas y chicos duros o personas flexibles?

Así que me pienso leer este libro no tanto por mi (que ya no tengo solución) sino por mis hijos e hijas. O casi mejor, por mis nietas o nietos. Quizá cuando, si Dios quiere, en julio nazca mi primera nieta le empezaré a decir: “Hola, Candela, YO SOY tu abuelo”….

…”o no”

(No os preocupéis familia… es sólo una idea más de las mías. Pero no le haré caso y me reiré de ella como si fuera un perro ladrando o una oca cacareando. Gracias, Lanspergio)

8 Comments

  1. Muy, muy buena la entrada. Me ha encantado y me ha servido. He copiado ese párrafo en mi agenda para tenerla a mano en esos días grises… creo que me vendrá muy bien releerla de vez en cuando. Y también enhorabuena por esa nieta ;)))))) En estos momentos debe haber pocos hombres más felices que tú 😉 Me alegro de verdad.

  2. Gracias Javier, muy buen post. Me uno a tu recomendación del libro de Hayes (que me comprare en cuanto mi economía me dé un respiro) pues el de “Sal de tu mente, entra en tu vida” me gustó mucho. Comporto lo bueno que es ser flexible (y lo difícil que resulta) pues nos da una oportunidad a cada segundo (ya lo decían los budistas”en cada expiración muero y en cada inspiración resucito”). O como decía Bruce Lee “Be water my friend”.

    Un abrazo y enhorabuena por tu próxima nieta.

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