Escenas: Hija con madre en un parque

Esta tarde en uno de los jardines de mi ciudad. En una zona destinada a que los niños circulen en bicicleta, patines o monopatín.

Presentación1

Ato a la perra y me siento a leer. Estoy con los “Mitos de la felicidad” de Sonja Lyubomirsky (Editorial Urano).  Frecuentemente levanto la mirada pues estoy en “modo supervisor”. Tengo a mi cargo a tres niños. En una de estas exploraciones paternas me llama la atención algo.

Cerca de mí, un poco a la derecha, una niña hace unos gestos raros de cara a la pared de un quiosco que está cerrado. La niña tiene las manos frente a su cara, palma contra palma, y realiza un balanceo suave con todo el cuerpo, se inclina un poquito y se vuelve a incorporar. La sombra de su cabeza y sus manos se proyecta sobre la chapa metálica de la caseta.

Como la veo casi desde atrás sólo veo que es muy morena. Se me ocurre pensar que es hindú y que está realizando alguna forma de oración o ritual. Pero lo descarto porque ¿de cara a una pared en un parque lleno de niños?

Me mantengo atento y descubro que el balanceo es para coger impulso, abrir los brazos y desde atrás proyectar sus manos al suelo. Ya lo tengo. La niña está intentando lo que por aquí se llama “hacer el pino” es decir, conseguir ponerse en posición invertida, con las manos en el suelo y las piernas en alto apoyando los talones en la pared.

Imagino que es un ejercicio que le van a exigir en Educación Física o simplemente es que quiere hacer lo que alguna de sus amigas hace con facilidad y ella no.

La niña no es gordita pero no tiene tipo de gimnasta ni parece especialmente ágil. Además ya he podido comprobar que no es hindú sino que parece recién aterrizada del altiplano boliviano o peruano.

Empieza a lanzarse con las palmas hacia el suelo. Tímidamente. Pero se vuelve a incorporar porque sus piernas apenas despegan del suelo. Una y otra vez. Le falta decisión. Pero insiste.

Mi memoria se dispara a cuando yo, como ella, tenía unos 9, 10 u 11 años. También era un niño rellenito. Sólo conseguí el valor suficiente para proyectar las piernas contra la pared cuando el profesor de gimnasia estaba examinándonos de “el pino” y dijo mirando en la lista: “Romeu”. Uno de los pequeños momentos memorables de mi infancia. La necesidad de aprobar me levantó las piernas. Por cierto, jamás he vuelto a hacerlo ni intentarlo.

La niña sí lo intenta. No una, ni dos, ni tres veces. Se pasa al menos 10 minutos dale que te pego. Observo que ya despega los pies del suelo. Cada vez más aunque las deja encogidas y por tanto vuelve a caer. Sin embargo me deja perplejo su constancia. Pienso, no sé muy bien porqué,  que esta cría llegará a donde le de la gana.

Finalmente la niña, toda sudada, se inclina y coge unas gafas que estaban en el suelo. Se las pone y se va tranquilamente hacia otra zona del parque.

Así que vuelvo a leer. Me está gustando la idea de “adaptación hedonista” por la cual nos acostumbramos muy rápido a lo bueno y cómo contrarrestarla.

Pero al rato veo volver a la niña. Ahora acompañada de la que indudablemente es su madre. Viste chándal y es bajita, robusta y con un trasero plano muy propio de su etnia.

La madre se coloca de lado junto a la pared y mirando a su hija. Ésta vuelve a intentar el pino. Las piernas no llegan a ponerse en vertical. La madre observa. Al segundo intento las piernas casi llegan a su objetivo. Rápidamente la madre le sujeta las mismas y con con suave empujón las proyecta sobre la pared. Será la última vez que la toque.

La niña se incorpora y vuelve a intentarlo. A veces no se levanta suficientemente y otras sí, pero se desploma hacia la pared y el culo queda apoyado en el quiosco. La madre con expresión serena pero firme le hace indicaciones a su hija. A veces golpea con la mano el lugar de la plancha donde deberían caer los pies.

En dos ocasiones oigo algo. En una ocasión le oigo decir “estás insegura y por eso colocas las manos así…” En otra ocasión oigo la palabra miedo. La niña cada vez que se incorpora escucha a su madre. Nunca protesta. Simplemente asiente con la cabeza. Y lo vuelve a intentar. En pocos intentos el porcentaje de éxitos aumenta. La madre mantiene la misma expresión. Cuando la niña lo consigue no da saltitos de alegría ni le dice nada especial. Simplemente cuando cree que su hija ya lo ha conseguido tranquilamente se dirige a la valla donde ha dejado sus cosas.

Pero la niñas sigue practicando. La madre se detiene y espera. Tras varios intentos y algún éxito más la niña parece convencerse que ya le ha cogido el truco. Finalmente la niña se vuelve para irse con su madre.

Me tengo que reprimir seriamente para no acercarme a ellas y felicitarlas. A la niña por su constancia y a la madre por su forma de ayudar a su hija. Finalmente no lo hago pero me da rabia no haberme atrevido.

Acabo de presenciar una escena de una relación de ayuda perfecta. Una coreografía de sinergia interrelacional.

Una niña que se propone un reto. Una niña que lo intenta y lo intenta, progresando poco a poco. Una niña que reconoce que necesita una pequeña ayuda y la pide o la acepta. Una madre que no hiperprotege. Que no se altera. Que da el empujoncito oportuno y perfecto. Una madre que reconoce rápidamente que el problema de su hija está en la actitud y no en la aptitud. Pero que no se lo reprocha sino la estimula. Una madre que no celebra neuróticamente el éxito de su hija.

La madre ha hecho lo justo para que su hija haga el pino. Ha dado un pequeño empujón y le ha insuflado seguridad pero dejando que ella lo resolviera. Ni más ni menos.

Quizá en este momento estén en casa y la madre le pegue una bronca descomunal por haberse equivocado en una división. O quizá le haga la redacción para que su hijita no tenga que hacer tantos deberes. Pero, visto lo visto, no lo creo.

Si tuviera esta escena grabada en un video la pondría en más de un curso o charla. Pero como no es así, aquí la dejo.

4 Comments

  1. Javier según leía en la entrada tu descripción de lo que hacía la niña me iba acordando por momentos de una no, de un montón de veces que siendo niña yo (más o menos a esa edad) me colocaba en esa posición de lanzamiento para apoyar las manos en el suelo y elevar las piernas contra la pared del patio de mi colegio. El impulso era tal que a veces me pegaba coscorrones en la cabeza pero que merecían la pena si lograba mantener el equilibrio…pero no siempre era así. Mi historia de hacer el pino podría acabar como la de la niña que viste si no fuera porque una compañera mayor se ofreció a ayudarme un día en el recreo poniendo ella el brazo extendido hacia adelante para “frenarme” las piernas y lograr hacer el pino sin pared.
    Un intento, y nada. Dos intentos y nada, no elevaba lo suficiente las piernas. Y al tercero…subieron raudas y firmes mis piernas al tiempo que la niña retiró el brazo que pretendía frenarme y por supuesto el golpe en el suelo dando el giro de 180º fue espectacular.
    Resultado: un miedo atroz a hacer el puente, a saltar al potro y cosas parecidas.
    Moraleja: Siempre es bueno tener una pared firme que te sostenga o un/una ayudante que te de seguridad de la buena.
    Soy el anti-ejemplo de tu niña pero que viene a significar lo mismo.
    Un abrazo

    1. jajajaja…. !pero es el anti-ejemplo perfecto¡ El contraste de la niña del altiplano y de la aprendiz de psicólaga es buenísimo. Así que gracias por compartir un “trauma de infancia” jajajajja…. No me queda claro si tu compañera era un poco cabronceta y quitó el brazo, se despistó o simplemente no tuvo fuerza para sujetarte. En todo caso, de base de seguridad nada, monada…. Un beso

  2. Hola. Muchas Gracias por el relato. Tengo muchas dificultades sobre ” dónde”, “cómo” y cuánto” ayudar a mi hija. Lucho contra mis ganas de que lo haga perfecto (¿?), que lo haga ya!. , que haga algo que ella no lo plantea, Mi hija tiene casi 13 años y todos me dicen que la sobre protejo. Yo no lo veo muy claro. Volveré a leer tantas veces como me haga falta este post . . . confío en que me ayude tanto como me place leerlo. Gracias

    1. Carmen, si te planteas que quizá no eres una madre perfecta ya tienes mucho a tu favor ¿no? Otra cosa es que tengas que luchar todos los días contra tus fantasmas, tus “demonios”, tus proyectos… pero por lo que veo estás en ello ¿no?
      Un beso,

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