Resiliencia escatológica. Paul versus Tim.

El término “Escatología” tiene en castellano dos acepciones muy distintas.

Por un lado se refiere al conjunto de creencias sobre una supuesta vida más allá de la muerte. Ideas, en definitiva, sobre el destino final de la Humanidad en general y del estado de los seres humano tras su muerte.

Pero por otro, y por aquello de dos etimologías griegas distintas pero con el mismo sonido en castellano, también es la parte de la fisiología  dedicada al estudio de los excrementos y los desechos corporales, como la materia fecal , la orina o la menstruación, por ejemplo. Y por extensión y en un contexto popular el conjuntos de chistes, anécdotas, etc. relacionados con los excrementos.

No es muy difícil encontrar una relación entre la resiliencia y la primera acepción de Escatología. Hay que reconocer que muchas personas han podido resistir y rehacerse de grandes tragedias gracias a sus creencias laicas o religiosas, y entre las últimas lo escatológico tendrá casi seguro un lugar importante.

Permítaseme la broma pero aquellas personas en las que la dimensión religiosa es un punto importante para su resiliencia, y sobre todo si son cristianas, aspiran a la Gran Resiliencia que sería: la Resurrección.

Quien ha seguido la trayectoria vital de Tim Guenard más allá de leer su libro “Más fuerte que el odio” sabe que aunque la resiliencia, según él mismo, se debió a una serie de encuentros personales reparadores, en la actualidad él atribuye los mismos u orienta su vida en función de su creencia en lo que el llama el “Big Boss” (El gran Jefe)

Pero ¿sería posible una resiliencia en el sentido escatológico de la fisiología? No conozco un caso en sentido literal pero sí un caso donde el mecanismo psicológico esencial para la resiliencia (no la adaptación) se rige por una metáfora clara con la fisiología de las sustancias de desecho de nuestro cuerpo.

Y esto ha sido gracias a la editorial Herder que acaba de traducir y publicar la obra “El quinto principio. Experiencias de lo innombrable” (el subtítulo no es original pero sí ilustrativo). Se trata de un pequeño libro de Paul Williams que es un reputado psicoanalista británico.

No es fácil encontrar referencias personales a él en Internet aunque sí muchas sobre su obra escrita y su labor como coeditor durante siete años de la International Journal of Psychoanalysis.

Pero no importa porque con esta obra y otras dos todavía no traducidas sobre su adolescencia y su vida adulta Paul Williams ha contado a quien quiera leerle la historia del brutal maltrato que recibió junto con dos hermanas (una de ellas murió a los pocos meses de nacer) por parte de sus padres. Aunque en realidad sería más ajustada la expresión “brutal NO trato”

El libro no es exactamente un relato de los hechos sino el resultado de un largo proceso de autoanálisis (tras años de experiencia en los dos lados del diván). Por ello encontrarás en las páginas del libro párrafos de muy difícil comprensión, al menos para mí, pues creo que se transmiten ideas para las que quizá la mayoría de nosotros no tengamos pistas suficientes para la descodificación. Pero también otros, en los que describe sus experiencias, cuya concreción es casi insultante.

De hecho había pensado hacer esta reseña copiando algunos párrafos o frases de la descripción de su escalofriante experiencia (al nivel de lo ya leído en el libro del propio Guenard o de “El niño sin nombre”  de Steve Pelzer). Pero hay dos problemas para ello. Uno, y menos importante, el post saldría de una longitud para mi gusto inadecuada. Dos, necesitaría horas para decidir qué frases o párrafos reflejarían mejor la intensidad de los malos tratos. Y no precisamente por (como en el caso de Pelzer) las formas rebuscadas de castigo, sino por la intensidad del desamor.

No creo que el autor haya escrito esta obra como un intento desesperado de entender a sus padres, algo que deja ver que no le llevó siempre al resultado esperado. Creo que se trata más de compartir los principios rectores de su identidad y de su comportamiento que se generaron en su situación particular. Cinco Principios que si me atrevo a reproducir, incluso el que da nombre al libro y que en alguna otra reseña han considerado que debían ocultar como si estuviéramos ante una película de suspense (de terror sí, pero de suspense no entiendo por qué)

1. Todo lo que digo y hago está mal.

2. No creo en lo que me dicen. La verdad es lo opuesto a lo que me dicen.

3. La rabia me mantendrá vivo.

4. Si trabajo duramente, el doble que los demás, tal vez logre llevar una vida que se aproxime a una vida normal.

5. ¡A la mierda!

Y en este “quinto principio” es donde aparece la resiliencia fisiológicamente escatológica. Reconozco que no sé si he conseguido entender la verdadera naturaleza de este principio y he tenido que leer alguna reseña de algún psicoanalista para entender que la “solución” de Paul Williams es extraña ( y controvertida entre los del gremio psicodinámico) pues cabalga al límite de la disociación.

Leo en Wikipedia (a mi el título de psicólogo me tocó en una tómbola) que la principal característica de todos los fenómenos disociativos consiste en el distanciamiento de la realidad, en contraste con la pérdida de la realidad, como ocurre en la psicosis Y también “una sintomatología donde elementos inaceptables son eliminados de la autoimagen o negados de la conciencia”.

¿Es que Paul Williams ha decidido imitar a gran parte de sus pacientes, muchos de ellos psicóticos? ¿Ha cerrado el círculo? (“Yo debí ser un psicótico pero conseguí ser un sanador de psicóticos pero para sanarme a mi mismo voy a imitar a mis pacientes mandando a la mierda (expulsando de mi mismo) lo que viví) 

No tengo formación en psicoanálisis pero da la impresión que la expresión ¡A la mierda! como principio de supervivencia (y quizá reconstrucción)  mental es como una una especie de disociación lúcida o quizá también, una disociación estratégica. No puedo negar lo que me pasó pero puedo… expulsarlo de mí.

Al fin y al cabo ¿no es lo que hace nuestro cuerpo? Cuando ingerimos algo nuestro organismo intentará aprovechar todas y cada una de las sustancias que lo componen. Y para ello tendrá que hacer un complicado y refinado proceso por todo el aparato digestivo. A pesar de lo cual una parte de lo ingerido resultará “indigerible”. Y todos sabemos cómo y dónde acabarán esas sustancias.

Y me viene a la cabeza una ocasión en que Trufa, una perra que vive con nosotros, estuvo a punto de morir por tragarse una cabeza de plástico de un muñequito de Caillou (¿quien dice que es un personaje angelical?). Le obstruyó el intestino y casi la palma. Porque el plástico no se digiere. Hasta que, unos días después y con vigilancia veterinaria, consiguió ca….

Paul Williams ha pasado años y años intentando digerir experiencias inhumanas para, al parecer, llegar a la conclusión que hay cosas que ni la mente más preparada puede asimilar. Pero ¿quien ha dicho que haya que digerirlo todo para continuar con una vida satisfactoria y productiva para si mismo y los demás? No será que todo eso simplemente hay que mandarlo… ¡A la mierda!

Creo que no me equivoco mucho cuando insisto en charlas y cursos que no es lo mismo resiliencia que curación. Quizá Paul no esté técnicamente  curado ¿Y?

Pero prefiero terminar el post con una idea del propio Paul Williams que me parece que los profesionales de la protección de menores no deberíamos olvidar.

“Además, cada maltratador es diferente, lo que significa que, para establecer la verdad, se necesita una investigación detallada de las circunstancias de cada caso. Obviamente, los temas aparecen, como sabe cualquiera que estudia la literatura existente sobre abuso infantil, pero no expresan la experiencia del niño implicado.” (pag. 44)

Espero recordar esta última frase cada vez que “me pase de listo” y crea que ya he entendido del todo a alguno de los niños y niñas con los que trabajo. Necesitamos teorías, modelos y conocimientos para trabajar con ellos y para ellos pero difícilmente podré conocer su experiencia profunda. Y quizá deba estar abierto siempre a trabajar con lo… inombrable.

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