Pistas para el cambio de mirada (I) De abajo a arriba y regreso

Sabemos que cuando un tutor de resiliencia es una persona que ofrece un apoyo emocional para la persona en dificultad o adversidad gracias a que le mira de una manera especial y distinta a la habitual. Como dice Jorge Font “todos nos reconfiguramos en la mirada de los otros”

Pero ¿qué es ese cambio de mirada más allá de una frase bonita o sugerente? Al igual que existe una neurociencia de la vista y la mirada física ¿podría haber una explicación neurológica del “cambio de mirada” psicológica?

Dos experiencias recientes me invitan a pensar que sí. Sirvan las líneas que siguen para compartir la primera y explorar este territorio.

Hace unos días me propuse, y así se lo dije al grupo de profesionales de la educación que me aguantaron en una Jornadas de Formación, llegar a su cerebro emocional a través de su cerebro racional. Probablemente no lo conseguí. Pero ¿por qué este empeño?

Simplemente porque sabía que una charla académica sobre los efectos a medio y largo plazo de la negligencia y el maltrato en las estructuras neuronales de los niños duraría en ellos y ellas lo que tardaran en llegar a sus casas. Sin embargo, si conseguía que durante la charla su amígdala o su hipocampo reaccionara de alguna manera, aunque fuera con la pena, se produciría una emoción y los datos quedarían mucho mejor fijados. Quería sensibilizarlos, no hacerlos más sabios.

Amígdala cerebral

Cuando al día siguiente hice un post con la síntesis de la intervención David Montejo que trabaja de director de un Centro de Menores aportó, en varios interesantísimos  comentarios, la idea de lo difícil que es poder ver más allá de la conducta de los y las menores con los que trabaja cuando cuestiones administrativas, convivenciales, etc te ponen la propia amígdala y cerebro emocional al rojo vivo. Quizá la lectura del post le había ayudado, cual extintor intelectual, a apagar su quemazón de una larga y estresante jornada laboral (no olvidemos que uno de los componentes esenciales del Cansacio de los buenos – antes llamado Burnout – es el cinismo y la despersonalización)

Pero ¿es suficiente este viaje del cerebro emocional al cerebro superior o racional? (Probablemente es el cielo que proponen los idólatras de la ciencia: la felicidad proviene de conocer) Para distanciarse sí. Pero para para cambiar de mirada, no.

Porque dejaremos de ver a ese niño o niña, usuario o usuaria, cliente o clienta… como alguien que me fastidia todo el rato y podremos verlo o verla de una manera más objetiva, como una víctima y no como un verdugo. Y quedará clavado con alfileres en una tabla de madera para nuestra regocijo intelectual. Hasta que en un movimiento inesperado libere una de sus brazos y nos suelte un nuevo bofetón en plena cara.

Me temo que el apoyo emocional que ofrece el o la tutora de resiliencia sólo es posible si se da un viaje a la inversa. De las neuronas del cortex superior otra vez al cerebro inferior, de forma que, al menos alguna neurona apartada de nuestro cerebro emocional, se encienda cual cerilla. Basta una simple cerilla para ayudar a alguien a encontrar la salida de una habitación a oscuras. De la misma manera que bastaron los ojos llorosos de compasión de una jueza para que el jóven Tim Guenard la empezara a llamar “madre”.

Y dado que el cerebro emocional reacciona cuando algo nos asusta, sorprende, desconcierta, etc ¿qué mejor que intentar conectar la situación de la persona a la que tenemos que ayudar con alguna vivencia (experiencia+emoción) propia? (algunos psicólogos y neurocientíficos empiezan a afirmar que la felicidad proviene del conectarse con otros y otras)

En conclusión: Cuando alguien que debe recibir tu ayuda te mate, inflamando tu cerebro emocional, enfriate mandándolo a tu razón intentando comprenderlo. Pero si lo dejas allí la siguiente embestida producirá el mismo efecto. Así que intenta mandarlo de nuevo al cerebro emocional y encontrarle un sitio más adecuado. Y desde allí quizá surja una nueva mirada.

El cerebro emocional reacciona a un ataque con emociones y sentimientos negativos y probablemente con una muy de moda: la indignación. Pero también es el territorio de la compasión y de una emoción muy poco tratada e interesante: el asombro. Para profundizar en ella me remito a Catherine L´Ecuyer, su blog o su libro.

¡Que fácil es indignarse ante un hijo o hija adolescente! (yo lo hago tres o cuatro veces al día) Pero también lo es asombrarse y admirar la transformación de niño a hombre, de niña a mujer (yo lo hago tres o cuatro veces al mes) Pero todo es ponerse.

Dice magistralmente el cantautor Migueli en una de sus canciones “Según me coloco, me encuentro a la gente o no veo ni a Dios” Podríamos parafrasearle:  “Según me colocó (en mi cerebro) me encuentro a la gente o no veo ni a Dios“.

En el próximo post intentaré analizar la influencia del tiempo (pasado, presente y futuro) en el cambio de mirada.

6 Comments

  1. Me he acordado de una frase que leí y que tanto me ayuda… ‘cuando mires al cielo y rifas paciencia, pide mejor amor!’
    es relacionado con la crianza de los hijos, y es un puente entre cerebros no te parece?

  2. Me alegra de que hayas escrito una entrada sobre la mirada. Creo que buena parte de la educación consiste en ampliar la mirada, no solo de los niños, sino de nosotros mismos. Te mando un cuento de Galeano, uno de mis escritores favoritos:

    “Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla. Viajaron al sur. Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando. Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad del mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura. Y cuando al fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió al padre: “¡Ayúdame a mirar!” (Eduardo Galeano).

    Un abrazo. Es un placer, para la razón y para las emociones, leerte. Como siempre.

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