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Archive for 26 julio 2014

Me gusta mucho esta canción de Natalia Jiménez. Me gusta la melodía, como la canta y porque podría ser una canción sobre resiliencia.

O no.

Te dejo el vídeo y juzga  tu mismo.

 

 

Por si no tienes tiempo, o paciencia o no has podido entender bien la letra te la copio,  pero ya de paso te pongo una pequeña corrección que yo haría a la letra para que fuera un himno a la resiliencia.

Ya me han dicho que soy buena para nada
y que el aire que respiro está de más
me han clavado en la pared contra la espada
he perdido hasta las ganas de llorar.

pero estoy de vuelta estoy de pie y bien alerta
eso del cero a la izquierda no me va.

uuuuuh uuuh uuuh uuh uuh
uuuuh uuh uuuh uuuh uuh oohh
creo creo creo en mi TI!

uuuuuh uuuh uuuh uuh uuh
uuuuh uuh uuuh uuuh uuh oohh
creo creo creo en mi TI!

No me asustan los misiles ni las balas
tanta guerra me dio alas de metal
.. aaah

vuelo libre, sobrevuelo las granadas
Por el suelo no me arrastro nunca más
ya no estoy de oferta estoy de pie y bien alerta
eso del cero a la izquierda no me va

uuuuuh uuuh uuuh uuh uuh
uuuuh uuh uuuh uuuh uuh oohh
creo creo creo mi TI!  

uuuuuh uuuh uuuh uuh uuh
uuuuh uuh uuuh uuuh uuh oohh
creo creo creo!

todos somos tan desiguales
únicos originales
si no te gusta a mi me da igual
de lo peor he pasado
y lo mejor esta por llegar

uuuuuh uuuh uuuh uuh uuh
uuuuh uuh uuuh uuuh uuh uuh..

uuuuuh uuuh uuuh uuh uuh
uuuuh uuh uuuh uuuh uuh oohh
creo creo creo en mi TI!  

uuuuh uuuh uuuh uuh
uuuh uuh uuh uuh uuh..

¿Hace falta que lo explique?

Ya me dirás.

Creo, creo, creo… que no hay resiliencia si no se restaura la confianza en el otro y en la vida. Porque si no es así esta canción la podría cantar hasta el mismísimo… ¡Hitler!

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La semana  pasada un compañero de fatigas y desventuras en esto de la Generalitat Valenciana, José Rafel Sáez March, fue tan amable de mandarme el link a una columna suya en el periódico valenciano Las Provincias.

José Rafael es psicopedagogo en un Centro de Recepción de Menores y profesor universitario y su artículo se titula “El eslabón perdido entre la protección y la reeducación de menores”

En mi opinión su texto tiene el mérito de analizar con precisión y clarividencia un fenómeno que, los que trabajamos en protección o en reeducación de menores, venimos observando en los últimos años.

Pero sobre todo hay que agradecerle a José Rafael que haya utilizado su posibilidad de publicar en un periódico, de amplia difusión en estas tierras, para sensibilizar sobre la necesidad de una respuesta social e institucional a un problema que hace sufrir a cada vez más familias.

Podéis leerlo si “clickeáis” AQUÍ

(Por favor, si hay algún problema con el link avisadme con un comentario para que lo solucione)

 

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Cada vez que voy a mi trabajo en coche tengo la posibilidad de elegir entre dos rutas. Trabajo en Alboraya, que es un municipio limítrofe con Valencia, donde vivo. Puedo ir por la ciudad o salir de Valencia por una autovía para entrar a Alboraya por la primera salida. Y el 90% de las veces elijo la segunda opción: ir por el camino más largo. ¿Soy tonto? Es muy probable.

Per0  mis razones son dos. Por la ruta larga no hay más que tres semáforos y se circula sin apenas detenerse.  en segundo lugar porque voy viendo el mar a mi derecha y a mi izquierda la huerta valenciana.

Nada de todo esto es importante para la escena que voy a contar pero no deja de sorprenderme la ceguera de quienes pretenden que comportarse reacionalmente es comportarse lógica y científicamente.

Seneca dijo que el ser humano es un ser racional. Un escritor contemporáneo que no recuerdo matizó que racional no, sino que es un animal que racionaliza. Y  Alexander Hubbleton, director de cine señaló “El hombre es un animal racional, pero no un animal razonable”. Deberíamos aspirar no a ser racionales sino razonables. Es decir a poder dar razón de nuestros actos incluyendo en ello emociones y sus sentimientos.

Pero volvamos a la escena. El hecho es que durante muchos años he tenido que salirme de la autovía por la primera salida para luego tener que coger una carretera que está en al otro lado de la misma. Para ello tienes que cruzarla por un puente y para ello hay que hacer un stop bastante complicado. Tienes que esperar a que no venga nadie ni por la izquierda ni por la derecha. El tráfico en el puente es  intenso y es normal que tengas cola detrás de ti para hacer la misma maniobra.

Diapositiva1

Pero tras unas semanas de obras el otro día pude incorporarme fluidamente gracias a que ya estaba terminada una nueva rotonda (más o menos donde aparece el círculo en la foto). Y sentí una pequeña emoción de satisfacción que, curiosamente, me llevó a la gratitud.

Ya sé que muchas veces estas mejoras se hacen a costa de una o varias personas muertas en accidente en ese punto, pero yo imaginé que hace un tiempo alguien “pensó esa ronda”. Y visualicé a un tipo mirando los planos y diciendo “Aquí debería haber una rotonda” Y a una Jefa de Nosequé diciendo “Ok. Presupuéstala” Y a una comisión diciendo “Hay que reducir el presupuesto pero esa rotonda no se toca”

Es decir que mi satisfacción presente era el fruto de la decisión y voluntad de otras personas de construir una rotonda. Y, por otra parte, para llegar a esa escena también había sido necesario aguantar meses de incomodidad por las obras.

Dentro de unos día me habré habituado y ya no bendeciré por el o la persona  “pensadora de rotondas” Pero en el coche pensé que  ¿no es esto en lo que consiste la paternidad o maternidad responsable?

Responder “sensiblemente a las necesidades” de nuestros hijos es algo más que satisfacer sus necesidades presentes. Implica también planificar o responder ahora a las necesidades futuras, aunque no nos venga bien, no nos apetezca o nos moleste.

Y no me refiero a mandar todos los años a tu hija o hijo de 12 años a Irlanda un mes para que de adulto domine el inglés. Que también. Me refiero a algo mucho más cotidiano.

Todos los días los padres tenemos que “hacer obras” por muy costosas y molestas que sean. Porque cuando  tu hijo o hija tiene una conducta o reacción tienes que proyectarla sobre su futuro y plantaerte “¿Necesita corrección?” o “¿Quiero que esa conducta sea típica de su yo futuro?” “¿Quiero que mi hijo o hija sea una persona maleducada, o colérica?”.

Y así, una y otra vez, aparece el combate entre dejarlo estar y no violentarte (seguir descansando o con lo tuyo) o salir de ti mismo y tensionar la convivencia con tu hijo o hija para construir una futura rotonda.No es nada diferente de cuando quieres mejorar tu casa. Sabes que la cocina necesita una reforma pero que cuesta dinero y vas a pasar un mes o dos de perros.

Por eso la paternidad o maternidad responsable me parece que es como “pensar rotondas y decidir hacerlas” Luego nadie se acordará de que te has dejado la vida en ello. En un futuro cuando alguien te diga “Qe maja es tu hija” “Que buen chaval es tu hijo” ni tu mismo o misma te acordarás de los tiempos en que estaba insoportable pero tú no lo dejaste pasar y le hiciste ver que no es lo que querías de él o de ella.

Trabajo con niños que sus padres y madres han respondido muy deficitariamente  a las necesidades presentes de sus hijos. Eso es valorable. Pero te puedo asegurar que ni siquiera se han planteado el yo futuro de sus hijos. Y por ello sus hijos o hijas son como un país lleno de carreteras infames y llenas de peligros. No matarse es una cuestión de suerte.

Hace ya más años de lo que yo quisiera daba charlas en una Escuela de Padres itinerante. Es decir el grupo de “profesores” íbamos a la localidad donde la hubieran solicitado. Pronto aprend , y así empecé a decírselo, que las madres (y algún padre) que me esperaban en el local asignado a las 9 ó 10 de la noche eran precisamente las y los que menos necesitaban la charla. Estos al menos habían vencido su cansancio e incomodidad para intentar mejorar sus habilidades marentales o parentales. Al menos se planteaban “Quizá mis hijos e hijas necesitan alguna rotonda” ¡Los que probablemente necesitaran la charla  eran los que se quedaron viendo el partido de fútbol o la película de turno.

Compré hace poco el libro de Stephen R. Covey “Los 7 hábitos de las familias altamente efectvas” (Ed. Palabra)

Los 7 hábitos de las familias altamente efectivas

 No lo he leído todavía pero sí la introducción y en ella leí algo que me hizo pensar “Las familias altamente efectivas se pasan el 90% de su tiempo fuera de la ruta”. Una familia altamente efectiva no es aquella en la que todo fluye armoniosamente. Juan recoge tu ropa. Sí,mamá, ya mismo (Y lo hace).Cariño, ¿Qué tal el trabajo? Muy pesado pero gracias por preguntar, amor. Déjame un minuto y te ayudo con eso…

De eso nada. Las familias altamente efectivas tienen decenas de parones en su viaje. O parais de discutir o paro el coche y os dejo. Ya voy, no ¡Ya! A mi no me contestes así. De eso nada, monada, si quieres un móvil nuevo…

Lo que diferencia a las familias altamente efectivas de las menos efectivas y de las negligentes no son precisamente el número de paradas (igual hasta salen ganando) Lo que las diferencia es ¡que hay una ruta muy clara! Y que ningún parón imprevisto las desvía de la misma.

Os puedo asegurar que los padres y madres de los niños y niñas con los que trabajo en un Centro de Protección de Menores no han trazado ninguna ruta para sus hijos o hijas. Y muchas veces, ni para ellos o ellas mismas.

“Uy, ahora estoy bien. Tengo dinero ahorrado… ¡Tengo 50 euros!” me decía una madre a la que conozco muy bien. Esa frase me reveló que para ella con tener para ir a comprar la comida del día siguiente era más que suficiente. Porque del resto del viaje de sus 4 hijos (comprar libros escolares, material escolar, y otras muchas cosas) ¡ya se encargarían, como siempre, los servicios sociales! Y así les va a estos últimos… todo el santo día marcando rutas a padres que no las interiorizan como propias. No es de extrañar que se paren a ir al WC y luego cojan una dirección equivocada.

Pero no hace falta irse a la desprotección para sacarle el jugo a la metáfora. También la hiperprotección entra perfectamente en ella. Porque cuando una madre o padre es incapaz de frustrar ni un solo segundo a un hijo o hija, en realidad lo que hay de fondo es lo mismo. No hay ruta marcada por los adultos. Se va siempre donde el niño o niña quiere. Puede que se llegué a un sitio chulo, no niego esa posibilidad, pero en todo caso será una cuestión de suerte.

Y todo esto lo digo yo que odio las reformas y planificar viajes. No soy ejemplo de nada. Pero vivo felizmente con una gran “pensadora de rotondas” Un ejemplo.  Este verano está previsto que yo  vaya a cocinar a un campo de trabajo para jóvenes al que irán tres de mis hijos o hijas “naturales o en almíbar”. Pero no y una de ellas van contra su voluntad y ya han protestado y lo van a seguir haciendo. Sería más cómodo y más barato que no fueran.

Como hubiera sido más barato y menos molesto dejar el Stop como estaba. Pero a costa de alguna vida humana.

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En el post anterior inicié el despropósito de dar pistas para conseguir eso que se llama “un cambio de mirada” que sirva para colocarnos como potencial tutor de resiliencia de alguien a quien tenemos que ayudar sí o sí. Todo ello sin pretender, ni por asomo, querer decir o insinuar que alguien pueda constituirse a voluntad en tutor de resiliencia de otra persona.

Siguiendo con el atrevimiento que te da la inconsciencia, proponía algo así como un movimiento cerebral. Cuando la forma de ser o de actuar de una persona a la que debes ayudar por tu profesión te provoque rechazo, crispación, cansancio…  intenta enfriar esta emoción  llevando lo ocurrido a tu cerebro racional, a tu corteza prefrontal… Intenta entender, comprender… Para ello te servirán tus conocimientos, tus modelos, tus teorías… Y cuando hayas conseguido calmar a tu propia amigdala, a tu hipocampo, a tu cerebro inferior o reptiliano… no te quedes ahí. Busca algo de esa persona o de su conducta que conecte con tus propias vivencias (que no son más que experiencias teñidas de emoción). Intenta encontrar algo que haga que te conecte con esa persona. No dejes el caso aislado en tu intelecto sino que traza un puente a tu propio cerebro emocional.

Se trata por tanto de un movimiento cerebro inferior – cerebro superior – cerebro inferior (pero en otro sitio)

Pero el cerebro no es solamente un cerebro animal enjaulado en una enorme corteza cerebral, joya de la corona de la evolución. Los hemisferios cerebrales no son sólo “el controlador”. También son, y perdónese mi atrevimiento neurológico, el órgano de la percepción del tiempo. Gracias a ese extraordinario desarrollo cerebral podemos hacer algo que no pueden hacer el resto de los seres vivos: podemos recordar y ubicar en el tiempo acontecimientos y podemos imaginar cosas que no han sucedido o podrían suceder.

Pero ¿son estas dos capacidades, recordar e imaginar, igual de fáciles o difíciles para nuestro cerebro? Y si no fuera así ¿qué implicaciones tendría para la relación de ayuda?

El psicólogo Dan Gilbert (autor de “Tropezar con la felicidad”) piensa que a nuestro cerebro le cuesta mucho más imaginar que recordar. Su argumento lo puedes ver en su intervención en TED llamada “La psicología de tu futuro yo” (The psychology of your future self) A día de hoy no tiene subtitulo en castellano pero no creo que tarden en llegar (las traducciones en TED las hacen personas voluntarias)

Gilbert llega a esa conclusión después de comprobar una y otra vez lo mal que hacemos predicciones sobre nosotros mismos y todo ello debido a lo que el llama la “Ilusión del fin de la historia“. Esa ilusión es la que hace que seamos capaces de reconocer lo que hemos cambiado en los últimos años pero, inexplicablemente, ser incapaces de pronosticar que vamos a seguir cambiando. En cada momento de nuestra vida vivimos pensando que ya no vamos a cambiar más. Por eso la gente se jura amor eterno, por eso se hipoteca, por eso…  Si tienes dinero para invertir en un negocio monta un servicio de borrado con láser de tatuajes. Las que que hay se están empezando a forrar. Y por todo esto también, y esto lo digo yo y no Gilbert, se nos llena tanto la boca de  tantos “yo soy”.

Pero los estudios de Gilbert demuestran que no sólo cambiamos de gustos, de aficiones, etc. sino que hasta la forma de ser, medida con test de personalidad, cambia. Y esto no nos cuesta reconocerlo en los demás. Todos podemos conocer a alguien que de joven estaba posicionado en una determinada ideología política y en su madurez, sin embargo, milita en un partido en el otro extremo del espectro político. O conocemos a algún converso religioso. O a vegetarianos radicales que meses antes disfrutaban de todo tipo de hamburguesas, filetes o pescados.

Y no. No se trata solamente de “cambios de madurez”. Como le oí en una ocasión a mi admirado Bernardo Ortin, el cerebro, la mente, puede reconfigurarse casi en un instante. El problema es que, aunque nos pueda sorprender, no nos cuesta reconocer este fenómeno en los demás y, sin embargo, casi nunca lo utilizamos para pronosticar nuestro futuro.

La “ilusión del fin de la historia” se podría resumir así: en todo momento pensamos que “no siempre fui igual pero lo que soy ahora ya lo seré para siempre”.

La explicación que Gilbert ofrece es la de que probablemente al cerebro le cuesta mucho más imaginar que recordar. Y eso cuadra con que podamos aceptar los cambios radicales en los demás pues en realidad estoy recordando dos cosas (cómo fue y cómo es) pero otra cosa es imaginar que Obama sea dentro de diez años monje cisterciense, puesto que no tengo ningún recuerdo de esto último.

Me hizo mucha gracia escuchar que un joven nórdico ganó cerca de 600 euros apostando, sólo 12, a que el futbolista Luis Suarez mordía a alguien en los Mundiales que se están celebrando estos días. Pero en realidad lo único que hizo es recordar que ya lo había hecho en otras dos ocasiones.

Y si todo esto es así ¿qué consecuencias tiene para la relación de ayuda)

Lo primero es que entonces la conocida expresión “el realismo de la esperanza” no es una simple frase bonita o inspiradora.

Si como dice Boris Cyrulnik “la cultura es aquello que cambia cada 10 años y cada 10 Kilómetros” y ahora podemos aplicarlo también a las personas, pronosticar solamente catástrofes de las personas a las que tenemos que ayudar en nuestro trabajo es, cuánto menos, poco científico. Cuántas veces nuestra mente genera pensamientos como “este chaval es carne de cañón” “nada bueno puede salir de todo esto”… Y todo ello basándonos en nuestra experiencia. Pero es ciencia ¿o simplemente que a nuestro cerebro le cuesta más imaginar que proyectar sobre el futuro los recuerdos del pasado?

En segundo lugar, si los tutores de resiliencia humanos se caracterizan por “mirar de otra manera” quizá sea porque tienen más capacidad de imaginar más allá de los recuerdos (o porque no tienen recuerdos que condicionen su imaginación sobre a quien miran). O si se prefiere, y por hacer un guiño al titulo de este blog, porque son capaces de “recordar futuros” en lugar de pasados.

Por tanto, si quieres cambiar de forma de mirar a alguien deberías compensar la facilidad de tu cerebro de recordar y forzar la capacidad de imaginar posibilidades no contaminadas por los recuerdos y plantearnos:  “y… ¿por qué no?”

Nada tiene que ver esto con la estupidez y malignidad del pensamiento positivo tan de moda en estos tiempos. Dejemos de una puñetera vez el dichoso “Sí, se puede” y pasemos al humilde “Quizás” pero mucho más potente para ayudar de verdad a los otros.

Hace unos años estaba en una librería cuando oí a mis espalda: ¡Hombre! !Don Javier! Me volví y descubrí a un antiguo alumno, víctima de unos años en los que me dedique a tiempo parcial a la enseñanza. Ahora tendría veintipocos años y yo le había dado clase con 11, 12 o 13. Me contó que había terminado la carrera de Filología Hispánica, que le habían publicado un libro de poesía, y que había jugado al fútbol profesionalmente, llegando a jugar unos minutos en la Primera División española.

No me lo podía creer. El chaval que yo conocí le ponía ganas al jugar a fútbol (yo le daba Educación Física) pero no destacaba especialmente. Tampoco era un estudiante brillante y dentro de lo extrovertido, simpático y gamberrete que era yo no hubiera adivinado nunca que en su interior se ocultaba un alma sensible y poética. Aprendí mucho de ese encuentro. Quizá, si pudiera conocer que ha sido de todos los alumnos (no tenía alumnas) que tuve descubriría que este caso fue excepcional. Pero fue tan posible y es tan real como los demás.

Por eso pienso que se pueden diseñar pasados, en la medida que podemos escoger en qué queremos apoyarnos del pasado para proyectar al futuro. Los terapeutas breves lo hacen constantemente cuando deciden, optan, eligen centrarse en las excepciones al problema para ayudar a sus clientes. O les proyectan hacia el futuro haciéndoles imaginar un milagro.

Por eso el segundo truco que propongo para cambiar de mirada es el de dedicar siempre unos minutos a, como dice magistralmente Carmen Pellicer refiriéndose a los buenos maestros o maestras, “dibujar posibilidades de futuro” para la persona a la que hay que ayudar. Pero eso sí, no elijas los mismos colores oscuros y apagados de siempre.

Ponle empeño, simplemente porque a tu cerebro le cuesta más imaginar que recordar.

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