Pistas para el cambio de mirada (II) Recordando futuros

En el post anterior inicié el despropósito de dar pistas para conseguir eso que se llama “un cambio de mirada” que sirva para colocarnos como potencial tutor de resiliencia de alguien a quien tenemos que ayudar sí o sí. Todo ello sin pretender, ni por asomo, querer decir o insinuar que alguien pueda constituirse a voluntad en tutor de resiliencia de otra persona.

Siguiendo con el atrevimiento que te da la inconsciencia, proponía algo así como un movimiento cerebral. Cuando la forma de ser o de actuar de una persona a la que debes ayudar por tu profesión te provoque rechazo, crispación, cansancio…  intenta enfriar esta emoción  llevando lo ocurrido a tu cerebro racional, a tu corteza prefrontal… Intenta entender, comprender… Para ello te servirán tus conocimientos, tus modelos, tus teorías… Y cuando hayas conseguido calmar a tu propia amigdala, a tu hipocampo, a tu cerebro inferior o reptiliano… no te quedes ahí. Busca algo de esa persona o de su conducta que conecte con tus propias vivencias (que no son más que experiencias teñidas de emoción). Intenta encontrar algo que haga que te conecte con esa persona. No dejes el caso aislado en tu intelecto sino que traza un puente a tu propio cerebro emocional.

Se trata por tanto de un movimiento cerebro inferior – cerebro superior – cerebro inferior (pero en otro sitio)

Pero el cerebro no es solamente un cerebro animal enjaulado en una enorme corteza cerebral, joya de la corona de la evolución. Los hemisferios cerebrales no son sólo “el controlador”. También son, y perdónese mi atrevimiento neurológico, el órgano de la percepción del tiempo. Gracias a ese extraordinario desarrollo cerebral podemos hacer algo que no pueden hacer el resto de los seres vivos: podemos recordar y ubicar en el tiempo acontecimientos y podemos imaginar cosas que no han sucedido o podrían suceder.

Pero ¿son estas dos capacidades, recordar e imaginar, igual de fáciles o difíciles para nuestro cerebro? Y si no fuera así ¿qué implicaciones tendría para la relación de ayuda?

El psicólogo Dan Gilbert (autor de “Tropezar con la felicidad”) piensa que a nuestro cerebro le cuesta mucho más imaginar que recordar. Su argumento lo puedes ver en su intervención en TED llamada “La psicología de tu futuro yo” (The psychology of your future self) A día de hoy no tiene subtitulo en castellano pero no creo que tarden en llegar (las traducciones en TED las hacen personas voluntarias)

Gilbert llega a esa conclusión después de comprobar una y otra vez lo mal que hacemos predicciones sobre nosotros mismos y todo ello debido a lo que el llama la “Ilusión del fin de la historia“. Esa ilusión es la que hace que seamos capaces de reconocer lo que hemos cambiado en los últimos años pero, inexplicablemente, ser incapaces de pronosticar que vamos a seguir cambiando. En cada momento de nuestra vida vivimos pensando que ya no vamos a cambiar más. Por eso la gente se jura amor eterno, por eso se hipoteca, por eso…  Si tienes dinero para invertir en un negocio monta un servicio de borrado con láser de tatuajes. Las que que hay se están empezando a forrar. Y por todo esto también, y esto lo digo yo y no Gilbert, se nos llena tanto la boca de  tantos “yo soy”.

Pero los estudios de Gilbert demuestran que no sólo cambiamos de gustos, de aficiones, etc. sino que hasta la forma de ser, medida con test de personalidad, cambia. Y esto no nos cuesta reconocerlo en los demás. Todos podemos conocer a alguien que de joven estaba posicionado en una determinada ideología política y en su madurez, sin embargo, milita en un partido en el otro extremo del espectro político. O conocemos a algún converso religioso. O a vegetarianos radicales que meses antes disfrutaban de todo tipo de hamburguesas, filetes o pescados.

Y no. No se trata solamente de “cambios de madurez”. Como le oí en una ocasión a mi admirado Bernardo Ortin, el cerebro, la mente, puede reconfigurarse casi en un instante. El problema es que, aunque nos pueda sorprender, no nos cuesta reconocer este fenómeno en los demás y, sin embargo, casi nunca lo utilizamos para pronosticar nuestro futuro.

La “ilusión del fin de la historia” se podría resumir así: en todo momento pensamos que “no siempre fui igual pero lo que soy ahora ya lo seré para siempre”.

La explicación que Gilbert ofrece es la de que probablemente al cerebro le cuesta mucho más imaginar que recordar. Y eso cuadra con que podamos aceptar los cambios radicales en los demás pues en realidad estoy recordando dos cosas (cómo fue y cómo es) pero otra cosa es imaginar que Obama sea dentro de diez años monje cisterciense, puesto que no tengo ningún recuerdo de esto último.

Me hizo mucha gracia escuchar que un joven nórdico ganó cerca de 600 euros apostando, sólo 12, a que el futbolista Luis Suarez mordía a alguien en los Mundiales que se están celebrando estos días. Pero en realidad lo único que hizo es recordar que ya lo había hecho en otras dos ocasiones.

Y si todo esto es así ¿qué consecuencias tiene para la relación de ayuda)

Lo primero es que entonces la conocida expresión “el realismo de la esperanza” no es una simple frase bonita o inspiradora.

Si como dice Boris Cyrulnik “la cultura es aquello que cambia cada 10 años y cada 10 Kilómetros” y ahora podemos aplicarlo también a las personas, pronosticar solamente catástrofes de las personas a las que tenemos que ayudar en nuestro trabajo es, cuánto menos, poco científico. Cuántas veces nuestra mente genera pensamientos como “este chaval es carne de cañón” “nada bueno puede salir de todo esto”… Y todo ello basándonos en nuestra experiencia. Pero es ciencia ¿o simplemente que a nuestro cerebro le cuesta más imaginar que proyectar sobre el futuro los recuerdos del pasado?

En segundo lugar, si los tutores de resiliencia humanos se caracterizan por “mirar de otra manera” quizá sea porque tienen más capacidad de imaginar más allá de los recuerdos (o porque no tienen recuerdos que condicionen su imaginación sobre a quien miran). O si se prefiere, y por hacer un guiño al titulo de este blog, porque son capaces de “recordar futuros” en lugar de pasados.

Por tanto, si quieres cambiar de forma de mirar a alguien deberías compensar la facilidad de tu cerebro de recordar y forzar la capacidad de imaginar posibilidades no contaminadas por los recuerdos y plantearnos:  “y… ¿por qué no?”

Nada tiene que ver esto con la estupidez y malignidad del pensamiento positivo tan de moda en estos tiempos. Dejemos de una puñetera vez el dichoso “Sí, se puede” y pasemos al humilde “Quizás” pero mucho más potente para ayudar de verdad a los otros.

Hace unos años estaba en una librería cuando oí a mis espalda: ¡Hombre! !Don Javier! Me volví y descubrí a un antiguo alumno, víctima de unos años en los que me dedique a tiempo parcial a la enseñanza. Ahora tendría veintipocos años y yo le había dado clase con 11, 12 o 13. Me contó que había terminado la carrera de Filología Hispánica, que le habían publicado un libro de poesía, y que había jugado al fútbol profesionalmente, llegando a jugar unos minutos en la Primera División española.

No me lo podía creer. El chaval que yo conocí le ponía ganas al jugar a fútbol (yo le daba Educación Física) pero no destacaba especialmente. Tampoco era un estudiante brillante y dentro de lo extrovertido, simpático y gamberrete que era yo no hubiera adivinado nunca que en su interior se ocultaba un alma sensible y poética. Aprendí mucho de ese encuentro. Quizá, si pudiera conocer que ha sido de todos los alumnos (no tenía alumnas) que tuve descubriría que este caso fue excepcional. Pero fue tan posible y es tan real como los demás.

Por eso pienso que se pueden diseñar pasados, en la medida que podemos escoger en qué queremos apoyarnos del pasado para proyectar al futuro. Los terapeutas breves lo hacen constantemente cuando deciden, optan, eligen centrarse en las excepciones al problema para ayudar a sus clientes. O les proyectan hacia el futuro haciéndoles imaginar un milagro.

Por eso el segundo truco que propongo para cambiar de mirada es el de dedicar siempre unos minutos a, como dice magistralmente Carmen Pellicer refiriéndose a los buenos maestros o maestras, “dibujar posibilidades de futuro” para la persona a la que hay que ayudar. Pero eso sí, no elijas los mismos colores oscuros y apagados de siempre.

Ponle empeño, simplemente porque a tu cerebro le cuesta más imaginar que recordar.

5 Comments

  1. Me encanta este post. Habla de esa otra libertad de la que gozamos y que nadie nos puede quitar, que es la de inventar e imaginar otros posibles futuros para nosotros. Me viene a la mente una anécdota que escuché a Nardone una vez, la de dos hermanos que van a la consulta de un psicólogo. Uno de ellos es borracho y el otro no. El psicólogo le pregunta al borracho que por qué es borracho, y este le contesta:

    -Cómo no voy a a ser borracho, si mi padre era borracho. Yo me he criado con el alcohol desde la cuna. ¡No he tenido más remedio que caer!

    Entonces, se dirige al otro y le pregunta que por qué no es borracho, a lo que él responde:

    -Cómo voy a a ser borracho, si mi padre era borracho y he visto desde pequeño cómo destrozaba su vida y las de que le rodeaban.

    Cuento muchas veces esta anécdota, porque ilustra lo que tú bien dices, que, aunque sea difícil, siempre tenemos al menos la posibilidad de imaginar futuros alternativos a aquellos que por nuestras experiencias, creencias o limitaciones, serían los previsibles.

    Gracias por enseñarnos tanto de la forma en que lo haces.

    Un abrazo

    1. Hola, Reyes:
      Sabía que este post te iba a gustar, máxime sabiendo lo que te traes entre manos. No sé si la “Ilusión del fin de la historia” la tenías controlada.
      Y mira que a mi me gusta Nardone y le he oído varias veces y sin embargo no había oído esta anécdota. Es buenísima. Refleja a la perfección algo que escuché hace muchos años. Nuestros padres son nuestro eje de referencia queramos o no porque nos pasamos la vida queriendo ser como ellos o queriendo ser completamente distintos a ellos.
      Si tienes un ratito me cuentas por email como te va la vida.
      Un beso muy fuerte.

  2. Javier, me encanta lo que escribes. Me fascina tu frase de recordar futuros, te voy a citar en mi siguiente curso! Gracias, siempre aportas algo interesante y nuevo! Abrazos desde México.

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