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Archive for 29 noviembre 2014

La resiliencia y tú (2)

Hace dos semanas (¡Qué rápida corre la vida!) publiqué un post conjunto con todo aquel o aquella que quiso revisar las dificultades de su vida dejándose guiar por mí para descubrir cuándo se había dado en él o en ella la resiliencia.

Algunas personas aportaron experiencias y sugerencias mediante comentarios y, como siempre, resultaron ser más interesantes que el propio post. Así que decidí que dejar sus comentarios al final de un post no les hacía justicia. Y en concreto a una de ellas, a Salva, le pedí permiso para hacerlo.

Su experiencia me recordó una artículo maravilloso del profesor de filosofía Bertrand Vergely en el libro “El realismo de la esperanza” (Editorial Gedisa)  llamado “Enfoque filosófico de la resiliencia” y me voy a permitir intercalar fragmentos de ambos.

En su comentario Salva recordaba un golpe de la vida de los más duros que podemos vivir aunque, en principio no lo parezca: el desamor.

Tras mi ruptura matrimonial que fue trágica, dramática, no aceptada por la otra parte y muy dolorosa y después de vivir el “mal menor” algunos años, tome la iniciativa del “bien mínimo”.
Pero mínimo, mínimo pues el dolor y sus consecuencias sobre todo con nuestra hija eran devastadores… y eso es lo que más me dolía.

Me parece que es admirable expresar tan bien el dolor emocional de una ruptura en tan pocas palabras, y el contraste entre el “mal menor” y el “bien mínimo” me parece muy sugerente.

En su introducción Vergely escribe que el pensamiento no es una imagen, sino una relación con la imagen (de lo que nos ocurre) de forma que, por ejemplo, la obsesión de la desgracia no es un pensamiento de la desgracia sino, y precisamente, la incapacidad de pensarla.  O mal dicho por mí: cuando no conseguimos digerir mentalmente (pensarla) una desgracia tenemos una “desgracia de la desgracia” o una indigestión de desgracia.

Pero volviendo a la experiencia de Salva, este filósofo (Vergely que no Salva, que me parece que también lo es y mucho) viene a decir que en una relación uno se sitúa preguntándose lo que es, lo qué se puede obtener de ella, qué se puede esperar en virtud de ella. Me pregunto si no es esa la explicación de tantas relaciones humanas y afectivas rotas o que no funcionan, como la que comparte Salva con nosotros. Supongo que será porque en mi trabajo vivo rodeado de padres que definen la relación con sus hijos de una manera tan peculiar que la Administración tiene que intervenir. Ya lo dice Boris Cyrulnik: una madre podrá matar, cocinar a un hijo y comérselo pero se puede asegurar que lo que ella entiende por hijo no es lo que ella y nosotros entendemos por hijo. O ¿cuántos hombres entienden la relación con su mujer como una posesión?. Lo digo todo esto por si aporta algo para releer una desgracia como una ruptura sentimental. Pero debemos avanzar. Continua Salva:

Pero bueno, en el cambio radical de vida bebes de muchas fuentes para paliar esa sequedad vital que sientes, cual florecilla en plena desierto a punto de perecer. Gracias “fuentes”: amigos, familia, conocidos y desconocidos.
Cuando no eran la “lluvia fina” de los momentos mínimos e íntimos de los pequeños apoyos, abrazos y escuchas. Todo servía.

“Momentos mínimos e íntimos” ¡Que gran expresión para esto de la resiliencia! Sé que le va a encantar a mi amigo Iñigo quien en un comentario al mismo post dice:

Así pues te pregunto, hay incidentes (ni siquiera digo adversidad) que son capaces de transformarnos totalmente, que unidos a una persona muy especial te catapulta y cambia la linea temporal de tu destino. 

Es un cachondo Iñigo al preguntarme esto ¡él a mí!. ¡Él que pasa el día rodeado de chavales y chavales que han sufrido continuas micro-desgracias familiares, escolares, relacionales! ¡Él que siempre habla de las “pequeñas nadas”! ¡Ojala pudiéramos aumentar en la gente a la que debemos y queremos ayudar los “momentos mínimos e íntimos” que los reavivan y reducir los “tsunamis mínimos e íntimos” que los arrasan. Me planteo si a veces las “programaciones individuales” no son un escudo para protegernos de los encuentros íntimos, que todos sabemos que son los que verdaderamente ayudan a la gente y si no nos han vendido una cabra demasiado gorda con lo de la profesionalidad.

Y volvemos a Vergely quien afirma que, en lo que concierne a la resiliencia, el pensamiento pasa por tres etapas.

La primera comienza con el otro. Cuando uno está sometido a la conmoción de una desgracia, se comienza a salir de la obsesión de los pensamientos obsesivos gracias a la mediación de los otros. Y es que gracias a que el otro viene a sostener a aquel o aquella que ya no puede sostenerse, podrá, estando así sostenido, aquel o aquella que no se sostiene, reafirmar el pie (…) Un ser humano que nos agrede puede hacernos dudar de la humanidad. Pero un ser humano que viene a sostenernos cuando ya no nos sostenemos puede restaurar nuestra relación con la humanidad (…) En este sentido, es importante subrayar hasta qué punto ayuda a reanimarse el contacto cálido y sensible con el otro (…) Nuestra reanimación, cuando todo va mal y todo está oscuro, pasa por los otros- Habíamos padecido la humanidad, de la cual somos miembros, y que llevamos en nosotros. Y he aquí que la humanidad, a través de algunos mensajeros, viene a reparar la humanidad herida en nuestra persona”

¿No es esto exactamente, insisto… exactamente lo que Salva ha expresado en unas pocas palabras de agradecimiento a sus “fuentes”, a quienes le sostuvieron en aquellos momentos oscuros? A mi me lo parece. Tanto que cuando lo leí me fui a rescatar el texto de Vergely.

Y Salva continua y finaliza:

Pero lo principal y la lección que he sacado que de tanto “tirar hacia abajo” hizo que mis raíces buscaran desesperadamente “agua” y entonces me di cuenta que tenía un manantial, justo debajo de mí. Yo era (y soy) la planta y el manantial, al mismo tiempo.

Volvemos al filósofo oficial:

La segunda etapa del trabajo del pensamiento y de la reanimación pasa por uno mismo. Consiste en un gesto sorprendente de vuelco interior. Uno podría abandonarse a la desgracia convirtiéndose en esclavo de si mismo, y por ello, en tirano de su propia persona. Decimos no. Nos negamos a eso. Uno se rebela, en el sentido que se revuelve. Uno se niega a conspirar consigo mismo contra si mismo. Eso se llama lucha interior (…) Uno se niega a desempeñar el papel de víctima. El mal no nos atrapará dos veces (…) Cuando esto sucede, cuando se consigue ser fuerte y levantarse, uno se coloca en situación de hacer palanca consigo mismo, valiéndose de sí mismo. Entonces, uno pasa la prueba, al convertir la prueba exterior en fuerza interior. Uno se vuelve, para si mismo, un signo y una herramienta.

De nuevo Salva gana a Vergely en goleada de economía de palabras. Pero la idea la misma. Y cuando escribe: “Yo era (y soy) la planta y el manantial, al mismo tiempo” no se trata de una explosión de egolatría. Es precisamente la revolución interior de la que habla Vergely. La misma que hizo que Bosco Gutierrez tirara por el inodoro el whisky con hielo que tanto deseaba y que sus secuestradores le ofrecieron para que no se les dejará morir. Pero no lo consiguieron porque lo bebiera sino porque lo despreció o lo ofreció.

Pero Vergely habla de tres etapas.

La tercera etapa del trabajo del pensamiento pasa por el más allá de nosotros mismos – es lo que el titula “El punto mesiánico de la existencia” – Esta etapa está ligada a las que le preceden, ya que es su prolongación metafísica. En efecto, vayamos un poco más lejos en el examen de la pregunta: ¿qué es útil para mí? Desembocamos en una cuestión esencial: la del porvenir.

O de otra manera, de la pregunta: De todo esto que me ha pasado ¿qué es útil para mí? pasamos a ¿Y para quien puede ser útil?. Alguien una vez me dijo que cuándo estuviera sufriendo pensara que ese sufrimiento quizá estuviera no en función de mí sino de mis hijos. Puedo afirmar que en una ocasión pude comprobarlo con mis propias manos.

Salva no dice nada de esta tercera fase pues concluye con un Disculpad por la extensión. Gracias. ¡Que gracioso! Si llega a no extenderse, no empieza. Pero ¿seguro que no dice nada? No hace falta pues ¿por qué ha compartido su experiencia con nosotros? ¿Por un gran ejercicio de narcisismo? No lo creo. Es más, estoy seguro que no es asi. Creo que sencillamente el ya se encuentra en la tercera fase.

Y las gracias se las tenemos que dar los que le hemos leído. Al igual que a Bárbara y a Milly.

A la primera por compartir otra experiencia muy personal, la experiencia de una infancia marcada por la enfermedad mental de su madre y como la elección de los estudios de psicología se le presentan ahora, con la perspectiva de los años, como el camino de la resiliencia (probablemente la elaboración intelectual como en el caso del propio Cyrulnik) en su historia. Gracias también a ti Bárbara. No todos los psicólogos o psicólogas tenemos la valentía de reconocer que nuestra vocación se fundamenta en nuestras propias heridas.

Y gracias a Milly, quien desde Mexico ya ha colaborado en este blog con sus comentarios y con un post a la limón conmigo, nos envía este vídeo de un diálogo con ella en un programa de televisión. Cuarenta y cinco minutos hablando sobre resiliencia que no tienen desperdicio. No os lo perdáis.

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La resiliencia y tú

Creo que 250 posts en este blog me dan confianza para invitar a alguien muy especial a hablar de su experiencia de resiliencia.

Me refiero a ti.

Sí, porque ya va siendo hora de dejar de reflexionar o elucubrar sobre ella y de analizar la resiliencia desde dentro de cada uno de nosotros.

Así que si te apetece te invito a un pequeño paseo por tus propias experiencias de resiliencia. Y si no te apetece, no pasa nada. Puedes pasar de este post o puedes simplemente leerlo sin pararte a pensar lo que te planteo.

Pero si estás por la labor sólo tienes que seguirme. Empezamos.

¿Has tenido alguna o algunas experiencias o circunstancias difíciles en tu vida? No hace falta que sean acontecimientos tremendos, trágicos… Lo que es muy duro para mi puede no serlo para ti y viceversa.

Si has contestado que no te recomiendo que corras a comprar un billete de lotería porque eres una persona verdaderamente afortunada. Lo más normal es que te toque un buen pellizco.

Pero como me imagino que habrás contestado que sí te sigo guiando: de ellas céntrate en las que NO se solucionaron.

O de otro modo descarta las enfermedades que se curaron, los desencuentros que se perdonaron, las pérdidas que se encontraron, las dificultades que se superaron. No digo que no sufrieras. Nadie quiere estar enfermo y más en los momentos terribles de incertidumbre. Se sufre mucho en los conflictos con los otros y en otras muchos contratiempos. Pero cuando se solucionan, desaparecen.

No me cabe duda que un año en el paro es muy duro pero cuando encontraste trabajo la adversidad se esfumó. Estar enfermo o sin poder andar es duro también pero el tratamiento o la rehabilitación pueden solucionarlo. Tener problemas de aprendizaje fue duro, pero con apoyos y constancia se pueden solucionar. Quizá los primeros años de tu relación de pareja fueron duros pero poco a poco os habéis hecho el uno al otro y hoy no te cambiarías por nadie.

Así que en esas experiencias no creo que encuentres tu resiliencia. Fueron momentos difíciles, sí. Insisto, fueron, pero acabaron bien. La adversidad se superó. Así que seguimos.

De las que te quedan busca alguna donde tuviste que abandonar un camino pues se hizo intransitable. O aquella experiencia en que la vida te cerró una puerta en todas las narices y estas empezaron a sangrar. Tu querías pasar por ahí pero ella te dijo “de eso nada, monada”.

Querías estudiar piano y tuviste que dejarlo. Prometías ser deportista de élite pero una lesión… Deseabas tener hijos y no llegaron. Te enamoraste y sin embargo…

De ellas descarta las que no te tocaron las narices suficientemente. Si no te importó mucho quizá no sea el lugar de la resiliencia,

De entre las que sí te fastidiaron o te dejaron “fuera de juego” busca aquella o aquellas que ahora, a toro pasado, puedes calificarla como la “mejor peor experiencia” (La expresión me la he copiado del título del libro de “El mejor peor momento de mi vida o cómo no rendirse ante una mala jugada del destino” de Nacho Mirás Fole)

Porque si eres capaz de encontrar algo bueno en alguno de los golpes sin solución que la vida te ha dado es muy posible que ahí se haya dado la resiliencia en tu vida.

Al menos has sido capaz o has tenido la suerte de encontrarle sentido y gracias a ello, seguir caminando. No por el mismo camino pero si por otro suficientemente satisfactorio como para no quedarte sentado o sentada lamentándote hasta hoy. Cada vez que te acuerdas vuelves a sentir la nariz inflamada pero ya no es lo mismo.

Porque pudiste entender que la puerta que se cerró te llevó a otra habitación en la que también se puede estar a gusto.

Porque la resiliencia la encontrarás seguramente en tu vida gracias a un camino por el que ya no se podía pasar o por una puerta que no conseguiste abrir. Pero la resiliencia no estaba al final de aquel camino ni al otro lado de la puerta. La resiliencia apareció detrás de ti cuando, siendo flexible, que no fuerte, te volviste para buscar otro camino u otro lugar en el que vivir.

Y si quieres la prueba del fuego, de las experiencias frustrantes o traumáticas que has recordados ¿cuál de ellas te ha hecho mejor persona? Porque no se te olvide la resiliencia siempre implica un… renacer. Es lo misterioso de la resiliencia o de la vida. Algo negativo, algo que duele y que, sin embargo, consigue extraer lo mejor de alguien o algo.

Si me has seguido hasta el final quizá hayas descubierto que sabes más de la resiliencia de lo que pensabas. Sólo te queda analizar qué cosas te ayudaron para que ella se diera.

Y si quieres nos lo cuentas.

Gracias por el paseo.

 

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No me cabe duda de que si vives en España el tema número 1 de conversación en tertulias, sobremesas y charlas de amigos y familia es el de la corrupción. Así para que tengas un elemento más para intervenir en ellas te dejo la charla del psicólogo social Dan Ariely que tiene muy mucho que ver con el tema, aunque al principio no lo parezca.

Corrupción

Este es un blog sobre la relación de ayuda pero siempre se puede aprender algo del enemigo ¿no? (¿Porque algunas personas no ayudan y además se provechan de los demás?)

En todos los debates posibles sobre la corrupción sobrevuela un dilema. La corrupción es simplemente un asunto de manzanas que se pudren o, algo muy distinto, es que hay toneles, cestos o recipientes que favorecen más que otros que se pudran las manzanas. Hoy en día en España los partidos políticos se han lanzado a un akelarre de “no voy a dejar a ninguna manzana podrida en el cesto ni un minuto” . Pero aún no he oído a nadie decir claramente “debemos cambiar el cesto”. Es curioso que hasta hace poco el akelarre era de “Y tú más” (tu partido es corrupto pero yo sólo tengo unas manzanas podridas) Pero cuando el tema ha desbordado a todos, todos han pasado a expulsar podridos como locos.

Te dejo, si te apetece, con Dan Ariely y yo mientras me quedaré pensando que hubiera hecho yo si hubiera llegado a un lugar donde es normal que te den una tarjeta de crédito a fondo perdido, descubro que todo el mundo la usa, y además estoy familiarizado porque desde años ya venía familiarizado con numerosos privilegios (guardaespaldas, coches oficiales, dietas, regalos de navidad caros de mi propia institución, secretarios y secretarias…)

Como me decía un taxista en Santiago de Compostela cuanado le pregunté, idiota que soy, si no debían estar acostumbrados en Galicia a la lluvía: “A lo bueno se acostumbra uno enseguida pero a lo malo no te acostumbras nunca. A levantarte a las tres de la tarde te puedes acostumbrar, pero a levantarte a las 4 de la madrugada no te acostumbras nunca” (Estuve a punto de regalarle mi título de Psicología)

A ver si resulta que en este país tenemos políticos y cargos “muy mal acostumbrados a lo bueno”. Porque cuando te acostumbras a lo bueno curiosamente… quieres más.

Si te interesa puedes profundizar en los experimentos de Dan Ariely en su libro

por que mentimos en especial a nosotros mismos-dan ariely-9788434405523

P.D. Si trabajas en una Unidad Hospitalaria de Quemados, por favor ve este video. Los pacientes te lo agradecerán.

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Hoy se estrena en España la película “Espacio interior” basada en la experiencia de secuestro del arquitecto Bosco Gutierrez  que ya analicé en un post anterior y que tantas veces he utilizado en cursos o charlas.

Espacio interior

Aunque conocía de su producción me he enterado de su estreno al leer una entrevista en la que el director y guionista explica como consiguieron que el propio Bosco aceptara una película sobre su experiencia cuando era reacio pues ya la ha contado numerosas veces (la puedes encontrar en Youtube, por ejemplo) o existe un libro reciente sobre ella.

“Fue todo un reto” – explica Kai Parlange  el director – “Yo había hecho unos vídeos de publicidad con él y un día me contó su historia. Esa historia me cambió. Era la historia de un hombre que renacía, que salía de una situación límite.”

Así que aunque se cambia la identidad (nombre) de los personajes la historia es fiel a la experiencia de Bosco Gutierrez que acabó colaborando y supervisando la historia.

Espero que la película sirva para difundir una historia que tiene que ver con la resiliencia. Pero antes de que Iñigo Martínez de Manjodana piense que he vuelto a la idolatría de los XXL de la resiliencia tengo que aclarar dos cosas.

1. La resiliencia de Bosco (en la película Laszlo) no estriba en resistir un secuestro. Eso es resistencia, fuerza o tener una familia rica. La verdadera resiliencia de este personaje (el ficticio y el real) estriba en haber entrado en un proceso de agonía psíquica, abandonándose a la muerte (por el sentimiento de culpa de haber dado información sobre su propia familia) y sin embargo renacer anímicamente gracias a un movimiento interno sorprendente que te adelanto pero no revelo en el siguiente fotograma.

2. Gracias a Dios es altamente improbable que tengamos que vivir una experiencia como la de Bosco-Laszlo. Pero, si la vida no nos sorprende acabándose de golpe, es seguro que vamos a vivir un “gran secuestro”. Porque cuando las facultades (se nota que ya tengo 53 añitos) se van yendo estamos abocados a la dependencia. Y poco a poco experimentaremos que ya no decidimos nosotros; que dependemos de nuestra pareja, o nuestros hijos o familiares o, espero que no, de profesionales. Y no debe ser nada fácil. Al menos para mí no. La vida, que es puñeteramente lista, ha dispuesto lo más difícil para el final.

Por eso te invito a que si ves esta película no la veas como un ejemplo de gran adversidad sino como una lección para lo que, si todo va bien, te puede esperar. Porque te aseguro que las estrategias que el usó te permitirían renacer cada día.

No importa que el fuera un hombre religioso. No te quedes en eso.

Bosco demostró tener un “yo flexible” y un espacio interior más grande que el zulo en el que fue encerrado.

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