La resiliencia y tú (2)

Hace dos semanas (¡Qué rápida corre la vida!) publiqué un post conjunto con todo aquel o aquella que quiso revisar las dificultades de su vida dejándose guiar por mí para descubrir cuándo se había dado en él o en ella la resiliencia.

Algunas personas aportaron experiencias y sugerencias mediante comentarios y, como siempre, resultaron ser más interesantes que el propio post. Así que decidí que dejar sus comentarios al final de un post no les hacía justicia. Y en concreto a una de ellas, a Salva, le pedí permiso para hacerlo.

Su experiencia me recordó una artículo maravilloso del profesor de filosofía Bertrand Vergely en el libro “El realismo de la esperanza” (Editorial Gedisa)  llamado “Enfoque filosófico de la resiliencia” y me voy a permitir intercalar fragmentos de ambos.

En su comentario Salva recordaba un golpe de la vida de los más duros que podemos vivir aunque, en principio no lo parezca: el desamor.

Tras mi ruptura matrimonial que fue trágica, dramática, no aceptada por la otra parte y muy dolorosa y después de vivir el “mal menor” algunos años, tome la iniciativa del “bien mínimo”.
Pero mínimo, mínimo pues el dolor y sus consecuencias sobre todo con nuestra hija eran devastadores… y eso es lo que más me dolía.

Me parece que es admirable expresar tan bien el dolor emocional de una ruptura en tan pocas palabras, y el contraste entre el “mal menor” y el “bien mínimo” me parece muy sugerente.

En su introducción Vergely escribe que el pensamiento no es una imagen, sino una relación con la imagen (de lo que nos ocurre) de forma que, por ejemplo, la obsesión de la desgracia no es un pensamiento de la desgracia sino, y precisamente, la incapacidad de pensarla.  O mal dicho por mí: cuando no conseguimos digerir mentalmente (pensarla) una desgracia tenemos una “desgracia de la desgracia” o una indigestión de desgracia.

Pero volviendo a la experiencia de Salva, este filósofo (Vergely que no Salva, que me parece que también lo es y mucho) viene a decir que en una relación uno se sitúa preguntándose lo que es, lo qué se puede obtener de ella, qué se puede esperar en virtud de ella. Me pregunto si no es esa la explicación de tantas relaciones humanas y afectivas rotas o que no funcionan, como la que comparte Salva con nosotros. Supongo que será porque en mi trabajo vivo rodeado de padres que definen la relación con sus hijos de una manera tan peculiar que la Administración tiene que intervenir. Ya lo dice Boris Cyrulnik: una madre podrá matar, cocinar a un hijo y comérselo pero se puede asegurar que lo que ella entiende por hijo no es lo que ella y nosotros entendemos por hijo. O ¿cuántos hombres entienden la relación con su mujer como una posesión?. Lo digo todo esto por si aporta algo para releer una desgracia como una ruptura sentimental. Pero debemos avanzar. Continua Salva:

Pero bueno, en el cambio radical de vida bebes de muchas fuentes para paliar esa sequedad vital que sientes, cual florecilla en plena desierto a punto de perecer. Gracias “fuentes”: amigos, familia, conocidos y desconocidos.
Cuando no eran la “lluvia fina” de los momentos mínimos e íntimos de los pequeños apoyos, abrazos y escuchas. Todo servía.

“Momentos mínimos e íntimos” ¡Que gran expresión para esto de la resiliencia! Sé que le va a encantar a mi amigo Iñigo quien en un comentario al mismo post dice:

Así pues te pregunto, hay incidentes (ni siquiera digo adversidad) que son capaces de transformarnos totalmente, que unidos a una persona muy especial te catapulta y cambia la linea temporal de tu destino. 

Es un cachondo Iñigo al preguntarme esto ¡él a mí!. ¡Él que pasa el día rodeado de chavales y chavales que han sufrido continuas micro-desgracias familiares, escolares, relacionales! ¡Él que siempre habla de las “pequeñas nadas”! ¡Ojala pudiéramos aumentar en la gente a la que debemos y queremos ayudar los “momentos mínimos e íntimos” que los reavivan y reducir los “tsunamis mínimos e íntimos” que los arrasan. Me planteo si a veces las “programaciones individuales” no son un escudo para protegernos de los encuentros íntimos, que todos sabemos que son los que verdaderamente ayudan a la gente y si no nos han vendido una cabra demasiado gorda con lo de la profesionalidad.

Y volvemos a Vergely quien afirma que, en lo que concierne a la resiliencia, el pensamiento pasa por tres etapas.

La primera comienza con el otro. Cuando uno está sometido a la conmoción de una desgracia, se comienza a salir de la obsesión de los pensamientos obsesivos gracias a la mediación de los otros. Y es que gracias a que el otro viene a sostener a aquel o aquella que ya no puede sostenerse, podrá, estando así sostenido, aquel o aquella que no se sostiene, reafirmar el pie (…) Un ser humano que nos agrede puede hacernos dudar de la humanidad. Pero un ser humano que viene a sostenernos cuando ya no nos sostenemos puede restaurar nuestra relación con la humanidad (…) En este sentido, es importante subrayar hasta qué punto ayuda a reanimarse el contacto cálido y sensible con el otro (…) Nuestra reanimación, cuando todo va mal y todo está oscuro, pasa por los otros- Habíamos padecido la humanidad, de la cual somos miembros, y que llevamos en nosotros. Y he aquí que la humanidad, a través de algunos mensajeros, viene a reparar la humanidad herida en nuestra persona”

¿No es esto exactamente, insisto… exactamente lo que Salva ha expresado en unas pocas palabras de agradecimiento a sus “fuentes”, a quienes le sostuvieron en aquellos momentos oscuros? A mi me lo parece. Tanto que cuando lo leí me fui a rescatar el texto de Vergely.

Y Salva continua y finaliza:

Pero lo principal y la lección que he sacado que de tanto “tirar hacia abajo” hizo que mis raíces buscaran desesperadamente “agua” y entonces me di cuenta que tenía un manantial, justo debajo de mí. Yo era (y soy) la planta y el manantial, al mismo tiempo.

Volvemos al filósofo oficial:

La segunda etapa del trabajo del pensamiento y de la reanimación pasa por uno mismo. Consiste en un gesto sorprendente de vuelco interior. Uno podría abandonarse a la desgracia convirtiéndose en esclavo de si mismo, y por ello, en tirano de su propia persona. Decimos no. Nos negamos a eso. Uno se rebela, en el sentido que se revuelve. Uno se niega a conspirar consigo mismo contra si mismo. Eso se llama lucha interior (…) Uno se niega a desempeñar el papel de víctima. El mal no nos atrapará dos veces (…) Cuando esto sucede, cuando se consigue ser fuerte y levantarse, uno se coloca en situación de hacer palanca consigo mismo, valiéndose de sí mismo. Entonces, uno pasa la prueba, al convertir la prueba exterior en fuerza interior. Uno se vuelve, para si mismo, un signo y una herramienta.

De nuevo Salva gana a Vergely en goleada de economía de palabras. Pero la idea la misma. Y cuando escribe: “Yo era (y soy) la planta y el manantial, al mismo tiempo” no se trata de una explosión de egolatría. Es precisamente la revolución interior de la que habla Vergely. La misma que hizo que Bosco Gutierrez tirara por el inodoro el whisky con hielo que tanto deseaba y que sus secuestradores le ofrecieron para que no se les dejará morir. Pero no lo consiguieron porque lo bebiera sino porque lo despreció o lo ofreció.

Pero Vergely habla de tres etapas.

La tercera etapa del trabajo del pensamiento pasa por el más allá de nosotros mismos – es lo que el titula “El punto mesiánico de la existencia” – Esta etapa está ligada a las que le preceden, ya que es su prolongación metafísica. En efecto, vayamos un poco más lejos en el examen de la pregunta: ¿qué es útil para mí? Desembocamos en una cuestión esencial: la del porvenir.

O de otra manera, de la pregunta: De todo esto que me ha pasado ¿qué es útil para mí? pasamos a ¿Y para quien puede ser útil?. Alguien una vez me dijo que cuándo estuviera sufriendo pensara que ese sufrimiento quizá estuviera no en función de mí sino de mis hijos. Puedo afirmar que en una ocasión pude comprobarlo con mis propias manos.

Salva no dice nada de esta tercera fase pues concluye con un Disculpad por la extensión. Gracias. ¡Que gracioso! Si llega a no extenderse, no empieza. Pero ¿seguro que no dice nada? No hace falta pues ¿por qué ha compartido su experiencia con nosotros? ¿Por un gran ejercicio de narcisismo? No lo creo. Es más, estoy seguro que no es asi. Creo que sencillamente el ya se encuentra en la tercera fase.

Y las gracias se las tenemos que dar los que le hemos leído. Al igual que a Bárbara y a Milly.

A la primera por compartir otra experiencia muy personal, la experiencia de una infancia marcada por la enfermedad mental de su madre y como la elección de los estudios de psicología se le presentan ahora, con la perspectiva de los años, como el camino de la resiliencia (probablemente la elaboración intelectual como en el caso del propio Cyrulnik) en su historia. Gracias también a ti Bárbara. No todos los psicólogos o psicólogas tenemos la valentía de reconocer que nuestra vocación se fundamenta en nuestras propias heridas.

Y gracias a Milly, quien desde Mexico ya ha colaborado en este blog con sus comentarios y con un post a la limón conmigo, nos envía este vídeo de un diálogo con ella en un programa de televisión. Cuarenta y cinco minutos hablando sobre resiliencia que no tienen desperdicio. No os lo perdáis.

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