Clavando tornillos: unos me pegan pero otros me despegan.

En la vida cotidiana muchas veces nos la complicamos abordando problemas sencillos como si fueran complejos. Pero en la Administración somos especialistas en justo lo contrario: en abordar problemas complejos con estrategias sencillas.

Probablemente no es por falta de lucidez sino por falta de recursos lo que nos lleva a aplicar para todos los casos las únicas herramientas que tenemos. Aquello de que si sólo tengo un martillo acabaré clavando tornillos.

Aparentemente en protección de menores hay casos más claros que otros como por ejemplo aquellos en que presunta o evidentemente hay un maltrato físico.

En el centro donde trabajo tenemos experiencia en recibir a menores que han sido golpeados o golpeadas por su padre, madre o ambos sin que necesariamente haya otros indicadores de desprotección.

Un problema aparentemente sencillo para el que la mayoría de la gente no dudará en defender una medida de protección rápida, contundente y de separación respecto de la persona agresora. Como es algo intolerable no se puede tolerar, valga la redundancia, se corta por lo sano y solucionado el problema.

Desde este punto de vista tenemos en España dos herramientas legales que nos facilitan dicha solución. En el ámbito civil, la tutela automática adoptada por la entidad pública competente en la materia (en la actualidad las comunidades autónomas) y en el ámbito penal la orden judicial de alejamiento o comunicación.

Sin embargo voy a compartir algunos casos actuales o pasados que me hacen pensar que quizá estemos usando martillos para clavar tornillos o destornilladores para clavar clavos.

(Los nombres, edades y sexos no corresponden necesariamente con la realidad)

JORGE. 12 años.

Manifestó en su día ante la policía que su madre le pegaba habitualmente y que, como llegaba tarde, era probable que lo hiciera otra vez por lo que no quería volver a casa. La madre compareció ante la justicia pero no se le impuso ninguna medida provisional. Jorge quedó  en el centro puesto que en un principio mantuvo que no quería volver.

La madre, que expresó los problemas continuos de comportamiento de su hijo, no quiso hacerse cargo de él de nuevo, ni llamarlo o visitarlo.Tras unos días tuvo que ser tutelado pues por lo anterior no tenía con quien vivir a pesar de que él empezó a echar de menos estar en su casa.
En la actualidad , dos meses después, su madre sólo le ha visitado una vez y sólo ha hablado con él si este le ha llamado. Le sigue reprochando la denuncia y su comportamiento.

Jorge se está haciendo a la idea de tener que vivir en un centro hasta los 18 años.

AGUSTIN. 11 años.

Los padres llaman a la policía porque el niño pierde los nervios, una vez más, cuando le frustran un deseo. La policía, como en otras ocasiones anteriores pues no es la primera vez que ocurre, se va cuando la tensión desaparece y los padres deciden acudir a urgencias para que reciba tratamiento farmacológico y en la exploración del menor se aprecia un mordisco en el brazo y señales en el cuello. Los padres reconocen haber forcejeado con él y el menor reconoce haber perdido el control, haber destrozado el teléfono de la casa y haberle lanzado objetos a sus padres.

La jueza aprecia una situación de desamparo y a.los pocos días, en juicio rápido y habiendo oído al menor, que sigue reconociendo su conducta desproporcionada, sentencia con una pequeña indemnización al menor, unos días de servicios en beneficio a la comunidad pero mantiene una orden de alejamiento y comunicación  con su hijo por 6 meses.

El menor quiere volver y los padres desean recuperar a su hijo a pesar de sentirse desbordados por su comportamiento que además solo ocurre con ellos y no en otros ámbitos convivenciales.

Agustín está ya tutelado por la administración pero no se puede iniciar una intervención familiar hasta que no se consiga que el juzgado encargado de la ejecución de la sentencia autorice la comunicación y contactos puntuales entre padres e hijo. Es posible que pasen semanas antes de ello si es que se consigue.

ROSA MARIA. 12 años.

Las señales de los golpes de su padre son evidentes. Aunque ella expresa una realidad familiar satisfactoria con su madre, su hermana y ningún otro problema con su padre excepto cuando éste recurre al cinturón para castigarle.

Dice que su madre recrimina a su padre cuando hace esto y ella reconoce ser muy caprichosa y conseguir de sus padres casi todo lo que quiere. El juzgado impone al padre una orden de alejamiento. Se trabaja en la hipótesis de un cese de tutela con garantías de seguridad suficiente para la menor. Ha tenido que pasar las fiestas navideñas en casa de unos familiares y ha tenido que cambiar de colegio al seguir en el centro.

Estos casos y otros parecidos me llevan a pensar que estamos muy lejos en este país de otros sistemas y programas que existen en el mundo para garantizar la seguridad física de un menor sin tener que separarlo de la familia con la que él o ella quieren estar a pesar de ser golpeados en alguna ocasión.

Deberíamos ser capaces de colocar un escudo para parar los golpes sin que por ello el chaval o chavala tenga que perder también lo mucho o poco de bueno que si puedan recibir en su entorno familiar.

Pero sinceramente no vislumbro la forma en que las interferencias entre la protección de menores y la justicia dejen de despegar a los niños que son pegados provocando en algunos casos (no siempre) más daño que los.propios golpes. La demanda de muchos de estos niños y niñas es “ayudadme a que mi padre o mi madre no me pegue” Que no es lo mismo que “no quiero vivir con mi padre o mi madre”. Como diría Alejandro Sanz: No es lo mismo.

Puede parecer un post escrito con el cerebro pero lo he escrito con las tripas. Me gustaría reunir a un buen montón de jueces y decirles que castiguen el delito pero sin golpear más a la víctima. En el salón de al lado a un montón de políticos para decirles:”por favor pongan el dinero en los temas verdaderamente importantes” Y en uno más allá, a un montón de interventores sociales como yo para decirles: “¡Comámonos un poco más la cabeza y mojémonos un poquito más”

Y no lo digo porque yo esté en la verdad ni lo haga bien. Todo lo contrario. Porque sé que no es un tema sencillo y porque tengo dudas de si lo he hecho como debía es por lo que comparto este dolor.

Gracias a Dios después de redactar el primer borrador he podido disfrutar de la conferencia que Iñigo Martínez de Manjodana dio en unas jornadas en Canarias recientemente y que es para mí un paradigma de lo que debe ser el planteamiento para trabajar la resiliencia familiar desde o para la resiliencia. Con su permiso os dejo el vídeo.

 

 

 

 

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