Apuntes sobre resistencia y resiliencia. Zamperini según Hillenbrand

En el post que publiqué el domingo pasado hice una NO-reseña de la película Invencible (Unbroken). Le llamo así porque en él señalaba que la misma me estimuló más por lo que no contaba que por lo que veíamos en ella. Así que he ido a la fuente que es el libro de Laura Hillenbrand (Inquebrantable en Ed. Aguilar y cuyo título original es Unbroken: A World War II Story os Survival, Resilience and Redemption). He disfrutado tanto o más de su lectura (de los capítulos de infancia y post-liberación) como de la película.

Pero antes de hacer algunas reflexiones es preciso aclarar que el libro es el fruto de siete años de dedicación de su autora. La lista de agradecimientos a todas y cada una de sus fuentes de información es apabullante. Sólo con ella podría justificar el libro pero si se le añade que mantuvo 65 entrevistas con Louis Zamperini podemos entender que este mismo bromeara: Cuando quiero saber lo que me pasó en la Segunda Guerra Mundial se lo pregunto a Laura.

 La resistencia lo es hasta que no lo es.

Si sólo vemos la película, que acaba con el reencuentro con su familia, podemos concluir que Zamperini  fue efectivamente “unbroken” (inquebrantable o invencible) pero cuando seguimos leyendo su historia descubrimos pasajes como estos (y son sólo una pequeña muestra) :

“Pronto comenzó a beber tanto que se quedaba inconsciente”

“La ira comenzó a consumirlo. Una vez gritó a un hombre por cruzar demasiado lento frente a su coche y el hombre terminó por escupirle. Louie subió el coche a la acera, salió y golpeó al hombre hasta dejarlo tirado mientras Cynthia– su mujer- gritaba que se detuviera ya. En otra ocasión, cuando un hombre dejó que la puerta de un bar se abatiera sobre él sin querer, Louie lo provocó hasta protagonizar un penoso incidente en que restregó el rostro del supuesto infractor contra la tierra”

“Cynthia estaba desconsolada al ver al hombre en que su marido se había convertido. En público su conducta daba miedo y era vergonzosa. En privado solía mostrarse susceptible y duro con ella”

“En Hollywood Louie bebía aún más. Nadie podía llegar a Louie porque en realidad nunca había vuelto a casa. En la prisión había sido golpeado hasta caer en una obediencia deshumanizada, en un mundo gobernado absolutamente por el Pájaro – como los presos llamaban al militar japonés al mando y que se ensañó con él –, y Louie seguía viviendo en ese mundo. El Pájaro – Mutsuhiro Watanabe – se había llevado su dignidad, dejándolo humillado, avergonzado e impotente. Así, Louie creía que sólo el Pájaro podía restaurarlo si sufría y moría en sus manos (…) Durante la guerra el Pájaro no había permitido que Louie escapara de sus manos; después de ésta, era Louie quien no podía soltar al Pájaro”

La película no muestra esto, ni tampoco los subtitulos finales hacen mención a esta etapa de su vida. Saltan al segundo resurgimiento señalando que rehízo su vida y que viajó a Japón y perdonó en persona a sus captores. No pudo hacerlo con El Pájaro porque este se negó.

Pero la verdad es que, como es normal y se ejemplifica con los fragmentos anteriores, Zamperini sí se quebró psicológicamente y fue vencido porque ya liberado siguió preso de sus pesadillas con El Pájaro, su principal captor.

De hecho tengo que decir que la parte que la autora dedica a explicar los efectos del estrés post-traumático es de lo mejor que he leído nunca al respecto. Tanto que debería ser de lectura obligada para cualquier persona que se dedique a ayudar, no a víctimas de guerra, sino a cualquier persona, incluidos niños y niñas, que haya sufrido malos tratos. Los ejemplos de cómo estímulos aparentemente inocentes “gatillaban” la reacción automática de miedo o defensa son impresionantes.

Particularmente admiro más a Zamperini cuando descubro que su perdón no fue neurosis ni alienación, sino camino para la liberación.

Resistencia y resiliencia son antagónicas.

Porque la resistencia significa aguantar, no bajarse del burro, insistir… pero la resiliencia significa cambiar de rumbo, dejar de empeñarse, ser flexible, re-surgir.

Efectivamente, Zamperini resistió un naufragio de más de un mes y resistió las torturas y malos tratos durante meses.  Pero como decía Iñigo en un comentario al anterior post resurgió dos veces. Gracias al atletismo, de una infancia y pubertad al margen de lo exigido por la sociedad y resurgió a la vida tras varios años de estrés post-traumático y alcoholismo.

Resistió o, mejor, sobrevivió (el survival del título en inglés) donde no tenía otra opción: en mitad del océano y siendo prisionero. Pero resilió (si el verbo existiera) en dos momentos de su vida donde, estando abocado al desastre,  pudo cambiar de rumbo.

La primera cuando pasó de llamar la atención de todo el mundo con sus constantes conductas asociales a buscar la atención de sus conciudadanos destacando en un deporte. La segunda cuando pudo releer su trágica historia para dejar de verse como víctima y verse como afortunado.

El sentido o significado aparece muchas veces por un cambio de mirada: de los demás hacia nosotros o de nosotros a nuestra vida.

La resiliencia se detecta alrededor de un punto de inflexión

Es curioso, pero el hombre puesto en una situación límite puede resistir más allá de él. Y eso es una virtud, algo admirable. Pero el hombre libre abocado al desastre también puede empeñarse en seguir y seguir en el mismo camino. Se pierde por no detectar el límite. Tan admirable como superar el límite es saber encontrar el límite.

Ser capaz de discriminar que un camino es intransitable o que no lleva a nada bueno es para mí la clave de la resiliencia. Zamperini, con ayuda de personas que lo querían, pudo bajarse de un tren y tomar otro en el sentido contrario o con otro rumbo (cosa que hizo literalmente cuando como adolescente obstinado se marchó de su casa ante la mirada angustiada de sus padres)

Resurgir no es surgir en el mismo sitio y de la misma manera que antes. Resurgir es volver a surgir (aunque sea en otro lugar o de otra manera).

La clave no es contar ni no contar, sino contar en su justo momento o tiempo

Siempre he utilizado la comparación que hace Cyrulnik de los porcentajes de trastornos mentales entre los soldados supervivientes de la II Guerra Mundial y de la guerra del Vietnam. Fue mucho mayor en los segundos porque fueron tratados como asesinos a su regreso y tuvieron que permanecer en un silencio devastador.

No fue el caso de Zamperini que fue recibido como un héroe e invitado constantemente a contar su historia. Esto podía ser sanador. Pero justo eso fue, según Hillenbrand, lo que le abocó a la bebida.  Tener que enfrentarse constantemente a la recreación (que no recuerdo, como bien señala la autora) de los malos tratos le llevó a encontrar en el alcohol un anestésico.

Mucho más tarde, en su segundo resurgimiento:

“Louie iba alegremente por el mundo relatando su historia a auditorios maravillados”

Contar su historia lo acabó matando en un momento dado y en otra lo salvó.

En diciembre les decía a familias acogedoras en Albacete que los niños acogidos necesitan poder hablar de su historia familiar pero que hay que tener una sensibilidad extrema para saber cuando es el momento de favorecerlo y cuando hay que respetar su silencio.

Quiero pensar, como no, que la experiencia de Zamperini nos aconseja lo mismo.

Lo que ayuda a la resiliencia en una ocasión puede no hacerlo en otra.

Zamperini encontró (gracias a su hermano, a una humillación ante unas compañeras y a descubrir una habilidad especial) el atletismo como punto de apoyo (que dirían José Luis y Gema de ADDIMA) para cambiar de trayectoria.

Cuando regresó de la guerra y empezó a verle las orejas al lobo intento agarrarse a él y volver a la alta competición. Es cierto que las secuelas físicas de las torturas recibidas acabaron por impedírselo. Pero incluso antes de llegar a ese punto:

“… el atletismo no era igual que antes. Lo sentía forzado y no liberador como lo había sido en un principio. No sentía alegría alguna al correr”

Esta es la belleza de los tutores de resiliencia. No se pueden crear. Surgen cuando menos te lo esperan y no estarán ahí para siempre. Por eso hay que esperarlos. Porque no los podemos atrapar.

La resiliencia es restitutiva

El Louie adolescente era mal visto por la práctica totalidad de sus conciudadanos en Torrance. No sólo había sido marginado por su origen italiano sino que ya se había encargado él mismo con sus robos y tropelías que así fuera. Pero cuando se transformó en un deportista de élite y llegó a participar en los Juegos Olímpicos la ciudad de Torrence pasó del odio a la exaltación. De alguna manera con la fama restituyó a sus vecinos todo lo que les había quitado.

Cuando Zamperini se liberó del estrés post-traumático, rehizo su matrimonio roto, y encontró un sentido a su vida se dedicó a un proyecto social muy concreto: creó un campamento para chicos y jóvenes con problemas de marginalidad. Durante años se implicó totalmente y compartió horas y horas con ellos. Cerró el círculo. El niño que fumaba desde los cinco años, bebía alcohol desde los siete, y robaba sin parar acabó dedicando su vida a intentar ayudar a chicos como él.

La resistencia aguanta el mal. La resiliencia lo transforma en bien.

¿Se entiende porque la lectura de lo que no sale en la película me ha emocionado más que lo que sí sale?

Quizá me esté haciendo mayor. Pero siempre hay esperanza…

Zamperini aprendió a ir en monopatín a los 70 años.

 

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