El “efecto conejo de Troya” llega a las aulas

Descubrí el “efecto conejo de Troya” cuando trabajaba en una Dirección General. No tenía experiencia en un “órgano directivo” de la Administración y era la época en que se estaban poniendo de moda los “Planes Integrales”.

Rápidamente me di cuenta de que la Administración, sea la que sea, primero divide la realidad en áreas y departamentos y luego tiene que hacer un montón de “planes transversales” para ajustarse a esa misma realidad, lo que te lleva a pensar que la división departamental estaba muy mal hecha. Pero esto, siendo paradójico, es probablemente inevitable.

Pero mucho más sorprendente fue descubrir que los planes integrales se construían y, una vez aprobados, directamente se… ¡evaluaban!. –¿Que pasa con la ejecución?– Me preguntaba. Era un pardillo pero, poco a poco, fui aprendiendo. –¡Ah! Esto se trata de que el plan se construye, no con lo que deberíamos hacer sobre un tema concreto, sino con lo que ya hacemos en cada uno de los departamentos y que tenga que ver, aunque sea de refilón, con ese tema. Simplemente lo pongo todo junto que queda más chulo y es más eficaz para la autojustificación. Ya lo pillo.

Y claro, lo que ya se está haciendo ya se puede evaluar. No me extraña que todos los planes integrales den resultados maravillosos.

Es decir, que pronto descubrí que un plan para la Administración es un gran artificio para que parezca que vas a abordar un problema pero sin tener que hacer nada especial o nuevo, excepto, seamos justos, algún detallito más.

Un tiempo después me di cuenta de que en la intervención social a veces pasa algo parecido. Salimos de las facultades cargados de preparación metodológica para hacer diagnósticos, análisis de necesidades y programar las intervenciones. Luego cada Administración competente y las normas de la materia nos dice que tenemos que diseñar distintos planes de protección, de tratamiento, etc o programar lo que vamos a perseguir en cada caso o usuario o usuaria. Pero, no lo que yo puedo considerar sensato y suficiente, sino que atendiendo, por narices, a áreas predeterminadas que alguna cabeza pensante ha diseñado. Y todo ello con la motivación fascinante de “por si viene la inspección”-

De tal manera que existe el peligro de que construido el plan de intervención todos nos vayamos a nuestra casa y nadie haga nada. Bien porque nos hemos agotado en el diseño o, lo que es peor, porque nos hemos convencido que lo importante era el diseño. En algún momento alguien dirá: ¡Este plan no funciona. Habrá que revisarlo!. Y volveremos al revisar el diseño y no la ejecución.

Es a esto a lo que yo, y sólo yo (no lo busques en Internet porque sólo te saldré yo) llamo el “efecto conejo de Troya”. El nombre surge de una genial escena de la película “Los caballeros de la Mesa Cuadrada y sus locos seguidores” de los Monty Phyton.

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En ella dichos caballeros tienen que tomar un castillo enemigo. Para ello construyen un gran conejo de madera, inspirado claramente en el caballo de Troya.

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Empujan el conejo hasta la puerta del castillo y dejándolo se esconden en la linde del bosque próximo. Y desde allí observan como los soldados enemigos abren el portón y empujan el conejo hasta el interior de la fortaleza. Entonces el estratega del grupo, entusiasmado, exclama algo así como: “¡Estupendo! ¡Esta noche, cuando todo el mundo duerma, descenderemos del conejo y tomaremos el castillo” Sus compañeros le escuchan atónitos y uno de ellos pregunta: “¿Quién has dicho que descenderá?” Y en el momento que el estratega comienza a contestar: “¡Nosotr…” se dan cuenta de su fatal olvido: ¡se han olvidado meterse en el conejo!.

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¡Cuantas intervenciones sociales están perfectamente diseñadas pero al final nadie se mete en el conejo y desciende a pelear con el problema! Vaya usted a la Unidad de Conductas Adictivas, apúntese en el INEM, acuda a los Servicios Sociales de su zona… ¿Y?

Así que puedo definir el “efecto conejo de Troya” como el fenómeno por el cual una persona, grupo o institución, con la intención de un objetivo bienintencionado, construye un gran artificio metodológico o administrativo pero luego se le olvida o se escapa de hacer lo verdaderamente importante para conseguirlo y que, casi siempre, tiene que ver con la relación interpersonal pura y dura con la persona a quien se quiere ayudar.

En realidad este efecto me lo había evidenciado muchísimos años antes mi propia mujer. Ella es maestra, aunque ahora no ejerce exactamente de ello, y yo soy psicólogo, aunque en realidad ahora no sé exactamente de que ejerzo. Así que, ante los problemas que una niña acogida de 6 años tenía para aprender a leer, yo planteaba trabajarle la lateralidad, la orientación espacial, el esquema corporal, la discriminación visual… Pero mi mujer fue contundente: ¡Aprender a leer se aprende leyendo!. Cada día, después del colegio, se sentaba con ella no menos de media hora, y cada día comprobaba asombrada como lo que parecía ya adquirido había sido “desaprendido”. Fue una batalla campal que duró semanas y semanas. Pero la niña aprendió a leer. Yo quería construir un conejo. Mi mujer bajó de él y se puso al cuerpo a cuerpo. Y creo que la niña pensó: “Esto de la eme con la a debe ser importante ¡y yo también! para que esta tipa se empeñe y se empeñe

Pues me temo que el “efecto conejo de Troya” está llegando a las aulas con gran fuerza.

Hace un minuto mi hijo que se examina de Psicología Escolar me ha preguntado ¿Que diferencia hay entre el Proyecto Global del Centro y el Proyecto Curricular del Centro? Como no tengo la obligación de saberlo pues no trabajo en la enseñanza y. aunque lo puedo intuir, he recurrido al socorrido: Búscalo en Internet.

Por esto me imagino (tengo amigas maestras e hijos en el cole) que un conejo de Troya se construye en el aula con:

– Media tonelada de programaciones y otra documentación exigida a los y las maestras

– Tropocientos kilos de requisitos para cumplir algún Sistema Básico de Calidad o similar

– Mil quinientos protocolos oficiales para abordar distintas problemáticas especiales del alumnado

– 25 conmemoraciones por curso lectivo de otros tantos Días Internacionales de Algo

– Cuarto y medio de Reglamento Interno, Normas de Convivencia, etc

– Una pizca de actividades educativas o convivenciales, subcontratadas o no, fuera del aula.

Y sobre todo, últimamente:

– 120 incidencias diarias/online/percapita para que los padres sepan en todo momento y gracias a una Plataforma Digital del comportamiento académico y social de su hijo o hija, en la mayoría de los casos negativo.

– Un porcentaje de tiempo dedicado a : “Seño, la tablet no se me enciende” “¡Quién ha estado toquiteando en la pizarra digital!” o “¡Vaya, justo ahora no va Internet” No sólo hay artificios sino cada vez más artefactos en el aula.

Y cuando el Conejo de Troya está construido se sabe que existe porque de los 50 ó 60 minutos que dura una clase el profesor o la profesora ha podido dedicar realmente a la enseñanza ¿30? ¿20? No sé, pero me temo que lo justito para decir: este es el tema en el que estamos; esto sí va, esto no va; os lo miráis y hacéis los 20 ejercicios en casa. Poquito más. Es que literalmente no da para mucho más si tenemos en cuenta que, a lo anterior, hay que añadir aún cosas como pasar lista, recados varios y conseguir silencio.

Eso sí, en el examen, control o cómo se quiera llamar se les pedirá a los alumnos y alumnas un rendimiento como si el tiempo empleado a la materia hubieran sido los 50 ó 60. Y algunos profes, quizá quemados de todo lo anterior, esperarán que el alumno o alumna haya realizado un verdadero trabajo de construcción de conocimientos, analizando, relacionando conceptos… Y quizá ponga en el examen una pregunta “de pensar”.

Espero que si lo hace sea consciente de que ese objetivo lo habrá conseguido en su casa pues en clase poco se ha podido. O que sea consciente que quizá el trabajo “de profundizar” que les pidió en la evaluación, igual no lo ha hecho el alumno o alumna sino su padre o su madre (Lo confieso: Me llamo, Javier Romeu, y le he hecho trabajos a mis hijos cuando los he visto agobiados y desbordados)

Todo esto sin hablar de algo que va más allá del aprendizaje pero que lo condiciona: el encuentro personal. Algo que parece cursi y poco técnico pero que se puede palpar. Yo lo he palpado en la mirada de profesores concretos, y podría decir nombres, que han levantado a mis hijos e hijas (naturales y en almíbar) en momentos difíciles. No fue la programación curricular ni no sé que metodología. La mejor herramienta de intervención sigue siendo la persona nos pongamos como nos pongamos.

Y también se nota la importancia del encuentro personal en la manera como oigo hablar en casa a mis chavales y chavalas de sus “profes”. Más allá de que les caigan mejor o peor; de que cuenten más o menos extravagancias de ellos; o de que siempre les echen la culpa de sus malos resultados; se nota cuando un alumno o alumna aprecia a su maestro o maestra. Saben diferenciar perfectamente al docente que no los mira simplemente como  “una serie de notas e incidencias” (Me pongo a temblar cuando, en una tutoría con un profesor o profesora, lo primero que hace es abrir la planilla de la clase, buscar a mi hijo e hija y, desplazando el dedo por su linea, repasa las notas y positivos o negativos que ha tenido. Eso casi sin haberte mirado a la cara)

Por eso este post no es una crítica a los y las profesionales de la enseñanza. Ni mucho menos.Hace años y por unos años yo lo fui y en unas condiciones ambientales privilegiadas y fui un desastre de docente.

Esto es simplemente un aviso para navegantes de que quizá algunos de ellos y ellas ya no pueden encontrarse con sus alumnos y alumnas porque entre ellos se ha interpuesto…

…un enorme conejo construido de artificios y artefactos pedagógicos, administrativos y tecnológicos.

5 Comments

  1. Completamente compartida tu reflexión. Me ha emocionado porque aunque to trabajo en protección y durante mucho tiempo he venido asesorando a muchas comunidades, no encontraba una palabra a lo que se repetía de la fragmentación del sistema entre competencias, recursos y numerosos profesionales que escriben planes pero pocos lo ejecutan… Asumo la metáfora y me parece un análisis valiente que esperamos que ayude en el futuro a optimizar los recursos profesionales que existen para dar mejor calidad y mayor atención a todas las personas que dependen de los servicios públicos.
    Felicidades Javier. Me ha encantado…

    1. Hola, Alberto:
      Agradezco todos los comentarios en el blog de igual manera pero reconozco que este, viniendo de quien viene, me produce una sensación extraña. Tu eres uno de esos profesionales que sí baja del conejo y se pone al tajo. Lo he podido comprobar cuando hemos coincidido o has venido a Valencia, oyéndote hablar de como trabajáis el acogimiento familiar. Además fuiste tu quien me enseñaste otro efecto que ahora mismo llamaré “del castillo equivocado”. Fuiste tú quien nos hizo ver que, por estas tierras, estamos dejando el conejo o el caballo (estemos dentro o no) en un castillo que no es el que debemos conquistar para el o la menor acogida. Es algo que, por desgracia no ha cambiado mucho, creo. En resumen:¡Gracias a ti! Y espero verte más, por estas tierras, por las tuyas o en la red. Lo necesitamos.

  2. Caray Javier, te sigo y leo todos tus post, me encanta y me haces reflexionar y descubrir matices, libros ideas y muchas más cosas, lo que en los tiempos que corren es todo un lujo. Pero éste post, refleja con rotunda y meridiana claridad lo que yo pienso desde hace muchos muchos años, y aqunue a veces lo he intentado explicar jamás llegaría a contarlo como tu lo haces. Cuando quieras quedamos, llevamos cada uno una docena deplanes integrales, manuales de procedimiento y demás, y hacemos una hoguera mientras nos tomamos unas cervezas. UN abrazo

    1. No es verdad, Luis… Si que llegarías a contarlo como, o mejor que, yo. Lo que pasa es que no te pones. Acepto la propuesta pero a ver si al vernos…. jajajaj…. alrededor de una hoguera quemando libros ¡nos acusan de inquisidores!. Un abrazo.

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