Relación. Ni Tu ni Yo, sino Lo nuestro.

Juan se despertó y vio a la mujer que estaba a su lado. También se fijó en el anillo que ella llevaba y, de forma intuitiva, miró también a su propia mano. Fue así como se dio cuenta de que se había casado.

No es que se hubiera emborrachado y no recordara nada. Tampoco es que no la conociera porque conocía a Pepa desde varios años antes de casarse con ella hacía ya tres. Sólo que aquella mañana, no se sabe muy bien por qué misterio, tomó conciencia de que él era el marido de Pepa y ésta su mujer. Nunca antes de ese momento la idea de una relación comprometida se le había presentado asociada a un sentimiento de satisfacción. Hasta entonces era simplemente una idea en la que mejor no pensar.

Sonrió y, antes de levantarse, se acercó suavemente al rostro de Pepa, la besó sin despertarla y le susurró “Sí, quiero”

No es que los llamados micro-casos, que de vez en cuando publico, estén invadiendo y apoderándose del blog. Es simplemente que no hay nada más útil que una historia para atrapar la atención y servir de eje para una idea abstracta. En este caso la idea de que una relación entre dos personas no tiene necesariamente que ser sentida o percibida de la misma manera por las dos partes implicadas.

Hace muchos años leí un texto de la psicoanalista Francoise Doltó en el que afirmaba que todos los padres o madres adoptamos a nuestro hijos o hijas en un momento dado, entendiendo adoptar como “hacerlo nuestro o nuestra”. Y no necesariamente es el día de su nacimiento ni el de su inscripción en el Registro Civil. En algunos casos podemos recordar hasta el día concreto o las circunstancias en las que esta “adopción del corazón” se produjo.

Sólo corregiría a esta autora el “todos” pues trabajo con niños y niñas que en muchos casos sus padres o madres no asumen el rol de padre o madre (como Juan el de esposo) aunque los hayan engendrado y reconocido legalmente. Es precisamente la ausencia de esa adopción afectiva la que en bastantes casos lleva a la negligencia y el maltrato.

Pero ejemplos de discrepancias en la definición de una relación podemos encontrarlos en situaciones menos trágicas y mucho más habituales. ¿No has tenido una persona que para ti es simplemente un o una conocida pero él o ella se autoproclama como tu amiga? ¿No has conocido a un padre o una madre intentando a toda costa ser amigo o amiga de su hijo o hija? ¿O a un o una adolescente diciéndole a su padre o a su madre cómo debe educar a sus hermanos o hermanas pequeñas? ¿No has visto a alguien pasarlo mal porque su jefe o jefa es su amigo o amiga? Todas estas situaciones, en las que una de las partes define la relación de forma diferente a cómo lo hace la otra, suelen dar problemas. Alguna de las partes lo va a pasar mal o la relación en si misma está herida de muerte.

Y todo esto viene a cuenta de que, cuando analizamos los problemas de la gente tendemos a simplificarlos en cómo SON o SOMOS. A Fulanito le pasa esto porque ES así o asá. Menganito está así porque su mujer ES de tal modo.

No me extraña que nos cueste entender que un marido ejemplar, padre ejemplar, ciudadano ejemplar y soldado condecorado pueda fotografiarse vejando a prisioneros en el campo de detención en el que prestaba sus servicios (Léase El Efecto Lucifer de P. Zimbardo o vease alguna de sus conferencias en Internet) Sin embargo ayuda algo más a entenderlo el dato de que esta persona se relacionaba todos los días, por simple vecindad de despachos, con los del Servicio de Inteligencia, a quienes les iba la vida en que los prisioneros cantaran y no ópera precisamente.

Pero, además de lo que cada uno SEA y de las circunstancias que cada uno tenga, hay otra variable que muchas veces se nos escapa a la hora de analizar el comportamiento humano: las relaciones, sus efectos y sus defectos. La relación entre dos elementos no es la suma de las esencias de los elementos. La relación entre nosotros no se define sólo por lo que yo SEA y lo que tu SEAS, sino también por lo que yo sea PARA ti y lo que tú seas PARA mi. Y resulta que si, por ejemplo, entre lo que yo soy para ti y lo que yo creo que soy para ti hay una discrepancia es posible que haya problemas.

Así que quizá en un blog sobre la RELACIÓN DE AYUDA haya que dedicarle más tiempo a pensar sobre las relaciones humanas en general, sean de ayuda o no, y qué variables las definen.

De momento me limitaré a apuntar la importancia de definir bien las relaciones para evitar desencuentros y sufrimientos. Y para ello recurro una vez más a mi bagage cultural: el judeocristiano, pues existen varios pasajes evangélicos donde el propio Jesucristo parece darle importancia a esto de definir las relaciones.

Quizá el más claro sea cuando le pregunta a sus discípulos ¿Quién dice la gente que soy yo? para luego preguntárselo a ellos mismos. Él, en su locura o en su divinidad, se había autodefinido como el “Hijo del Hombre”, el Mesías. Pero ¿y si para los discípulos él no fuera más que otro profetilla o un rabino, de tres pares de narices, pero rabino al fin y al cabo?

Otros ejemplos del Evangelio son de difícil asimilación por una concepción “buenista” de Jesús. Como cuando le espeta a su madre en las bodas de Caná ¿Qué tengo yo contigo, mujer? Una versión educada de algo así como “Mamá ¡No me jorobes! ¿por qué te metes en esto? Este no es el plan” Eso sí, para luego acabar haciéndole caso.

Resultado de imagen de bodas Caná

O cuando en otro pasaje le dicen “Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte” Y se despacha con un “Mi madre y mis hermanos son estos que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica”.

La verdad es que ya había empezado de jovencito a definir la relación con sus padres. Tras el soponcio de ver que el chaval no iba en la caravana en la que habían partido de Jerusalén se tienen que oir “¿No sabíais que debía estar en las cosas de mi Padre? No sabemos si María le soltó una colleja y le dijo “¡Anda! ¡Déjate de bobadas y tira para el carromato” o sí la causa de la muerte de San José fue un infarto que le dio esa misma noche. Pero lo que está claro es que Jesús no se ando con ambigüedades. La verdad es que no esperó treinta años para una mañana decirle a su madre: “Mamá, te vas a reir, pero…” 

Quizá se interesante el que de vez nos dijeramos unos a otros: Escucha ¿yo quién soy para ti? Y… ¿es lo que debería ser?

Sé que la historia de Juan y Pepa es poco creíble. Si un tipo lleva tres años sin darse cuenta de que “marido” significa algo más que compartir piso y cama es muy poco probable que lo descubra un día por ciencia infusa. Y en tal caso lo más probable es que Pepa le dijera, lo siento tío, pero ahora ya no me vale tu sí. Así que para terminar te voy a contar otra versión de la historia de Juan y Pepa, también inventada, pero más cerca de la realidad humana que conozco.

Pepa y Juan subieron al altar muy bien peinados pero llevando más cosas en la cabeza. Ella un concepto de si misma que se había fraguado a fuego lento durante toda su infancia y juventud a base de pequeñas anécdotas familiares sin verdadera importancia ¡excepto para ella!. ¡Cuantas veces había oído, normalmente entre sonrisas y risas de sus padres, lo mala que era la Pepa! Juan en cambio estaba convencido que era buenísimo pues las leyendas familiares así parecían mostrarlo

Y además los dos llegaban al matrimonio con la referencia del matrimonio de sus padres. Juan nunca había visto discutir acaloradamente a sus padres o al menos no lo recordaba. También es cierto que sus padres, pudorosos en grado superlativo, tampoco se habían expresado el cariño y el amor en su presencia. Pepa sin embargo había visto a sus padres acariciarse y besarse para, en otros momentos, tirarse los trastos a la cabeza.

Así que cuando Juan y Pepa discutían en la cabeza del primero las dos ideas se combinaban de la siguiente manera: Esto es horroroso y yo no soy malo por lo tanto yo soy una víctima. Y ya se sabe que cuando uno se hace la víctima crea un verdugo. Así que la pretendida bondad de Juan saltaba a la cara de Pepa como una bofetada que repetía el eco del “eres mala, eres mala” Además ella no veía ningún drama en discutir por lo que con Juan al lado llegó a pensar que sería porque ¡efectivamente debía ser malísima! Lo cual disparaba su rabia y mala leche y así vuelta a empezar.

Hasta que un día acudieron a alguien a quienes ambos otorgaron autoridad para ayudarles. Pero la cosa no salió como creían que sucedería. No hubo ni un sólo reproche para Pepa, como ella esperaba y él deseaba, sino más bien una invitación para tener paciencia consigo misma y celebrar incluso el descubrir y tomar conciencia de nuevos matices de su pretendida maldad. Pero si hubo un gran aviso para navegantes para Juan en forma de “¡Mueve el culo! Tu mujer no necesita un hijo, necesita un marido”

El desconcierto marcó el punto de inflexión para darle menos importancia al “Tu” y al “Yo” y centrarse en “Lo nuestro” Y el cículo dejó de ser vicioso para pasar a ser constructivo.

Porque lo que seamos tu y yo tiene poco margen de maniobra pero con lo nuestro, con nuestra relación, podemos hacer muchas cosas.

NOTA:

Este post, aunque no lo parezca, es el resultado de una relación. Mi relación de admiración a la gente de Dando Vueltas Sobre Vueltas (Iñigo y Sagra) que constantemente se plantean y revisan su relación con las familias que trabajan. Si trabajais en acción social no os perdais este post ni el comentario de Mabel y otras personas.

Es posible que siga Dando(le) Vueltas a esto y pueda acabar afirmando: La resiliencia no sólo es que sea relacional, ¡es que es una relación!

Llámame loco.

6 Comments

  1. Lo primero de todo reconocerme como un fan de los microrelatos. Con tan poco se puede decir tanto…
    Por otra, creo que cuando se habla de resiliencia y relación habría que decir “valga la redundancia”. está claro que es uno de los componente más indispensables y favorecedores del proceso en sí. sin embargo el nuevo tinte que le acabas de dar me paree espectacular. Una relación no es lo que uno piensa que es, y aunque pensemos que es de una manera está claro que no lo es. Hay otra parte que tiene otra visión. Javier acabas de hacerlo otra vez, nos has provocado, este tema da para muchas más vueltas….
    un abrazo y gracias por querernos tanto y otro pra Mabel que la vamos a meter en nónima jejeje

  2. “Mírame, por favor. Mírame, aunque sea por un instante. Mírame y dime que existo; dime qué soy yo para ti. Si no me miras, no existo. Y si no existo, muero. Pero si muero, ¿por qué duele tanto? ¿qué duele tanto? Mírame, si no, déjame ir, porque muero”
    Laura tiene dos años, pero no sabe que existe. Su madre, no la mira. Tal vez no sepa que su hija existe. Tal vez nadie mira a la madre; tal vez nadie la escucha; tal vez nadie sepa que existe

    Una de las cosas, muy sencilla y básica, que me ayuda en el trabajo, es pensar que a todas las personas, seamos de donde seamos, estemos en las circunstancias que estemos, son más cosas las que nos unen que las que nos separan. Porque todas las personas necesitamos sentir que formamos parte, que somos importantes, que nos quieren y valoran, que somos y existimos.

    Un saludo desde Vitoria.
    Mabel.

    1. ¡Genial! He tardado más de un día en “comentar tu comentario” porque es redondo ¿Qué más se puede añadir? El texto inicial es brutal (¿es tuyo?), el caso de Laura. brutalmente real, por desgracia y un ejemplo de que todos necesitamos una base de seguridad (no sólo los menores con los que trabajamos sino sus padres y nosotros mismos, los profesionales)
      Y sí, es cierto, es más lo que nos une que lo que nos separa siempre y cuando no se pongan por delante nuestras “identidades asesinas” como diria Amin Maalouf.
      Muchas gracias.
      Este comentario tiene madera de post ¡Venga!

      1. Leyendo el Post me vino a la cabeza una película sencilla, rebosante de sensibilidad y muy bonita. Una peli de ayuda, encuentro, aceptación, superación y con una banda sonora preciosa. ” La vida secreta de las palabras”, de Isabel Coixet.

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