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Archive for 26 febrero 2016

Encogimiento familiar

Llevo trabajando en protección de menores desde principios de los años 90 y siendo Familia Acogedora desde un poquito después. Muchas cosas han cambiado desde entonces, al menos por las tierras en las que vivo, y ya las he analizado en otros momentos (como por ejemplo en este post sobre los acogimientos permanentes). Pero entre ellas no están los modos, estrategias y procedimientos técnicos para abordar el acogimiento de menores en familia ajena.

Probablemente se deba a que en la acción social hay una clara tendencia a andar una y otra vez por el camino ya marcado sin plantearse si es el mejor. Pero ¿y si, además, se trata de que tenemos una visión del acogimiento atractiva y sugerente pero totalmente desajustada de la realidad?

Quien acoge a quien 5.0 (2)

¿Representan estas imágenes bien al acogimiento familiar?

No soy ningún innovador ni un revolucionario. Como mucho soy curioso. Esa curiosidad me permitió disfrutar hace unos años de “a dos tipos requete finos, medios chiflaos, casi divinos y desbarataos” (porque al ser de Bilbao se pueden permitir ser lo que quieran) que no se encontraban en una esquina sino en una misma Cooperativa de Iniciativa Social (Agintzari).

Javier

Alberto

Cuando conocí a Javier Múgica él ya estaba trabajando más en el campo de la adopción, pero su enorme generosidad y calidad humana me permitió acceder a muchos de sus materiales que son una gozada.

Por su parte Alberto Rodríguez se pasó algunas veces por aquí para avisarnos con amabilidad y un admirable sentido del humor: “Me parece que tenéis, suponiendo que lo tengáis, un modelo equivocado sobre el acogimiento familiar”. Sus argumentos me convencieron de inmediato y, en la medida de mis posibilidades, he intentado actuar como un eco del modelo que ellos tenían (seguro que lo han perfeccionado o cambiado pero eso no es lo que importa, lo que importa es tomar conciencia del modelo que tenemos en la cabeza).

Ahora hay dos hechos que me invitan a volver al ataque. Por un lado mi propia experiencia como acogedor. ¿Cómo es posible, que si no me arrepiento de ella, cada vez me cueste más entender a quien está empezando su camino como familia acogedora? Es como si pensará: “La caminata vale la pena pero… ¡no tienes ni idea de lo que te espera!”.

Me da la sensación que es como el torero que sueña con la gran faena de su vida. Esa en la que la plaza en pie le aclama, le aplaude y lo sacan a hombros por la puerta grande. Pero antes tendrá que pasar por un montón de tardes en las que recibirá pitos, almohadillas y alguna cornada que otra. Si es que no muere en el intento.

¿Y si resulta que nos hemos creído y hemos vendido un modelo en que los únicos sustos te los puede dar el niño o la niña acogida? Creo que hacerlo así es preparar a las familias para torear un novillo y no el toro de 400 kilos y afilados pitones que les espera y que se llama “Relaciones de acogimiento”

Sólo pondré un ejemplo que además servirá para explicar el título del post. La mayoría de las personas que se ofrecen a acoger a menores lo proyectan como una forma u otra de “desarrollo familiar”. Yo, si vivo sólo o sóla, o nosotros o nosotras, vamos a construir, con el acogimiento, una realidad familiar mejor (nadie se “apunta” para empeorar) Sin embargo la realidad es que lo que va a ocurrir es que él, ella o su familia van a pasar a estar condicionados, no sólo por lo que haga el niño o niña acogida, sino por lo que haga: la familia de el o la menor; los técnicos implicados, la Administración e incluso la reacción de su propio entorno sociofamiliar. ¡Vaya desarrollo! A  esto es lo que yo llamo, con todo el sentido del humor del que soy capaz, encogimiento familiar. Es más, en los acogimientos permanentes se te va a pedir algo paradójico: “sé para él o ella como un padre o una madre aunque yo, todos los días, te recordaré que no lo eres

No se nos acaba de meter en la cabeza que el acogimiento familiar no es una solución. Es simplemente un problema con el que intentamos solucionar o paliar otro problema. Pero claro… ¿Cómo vamos a captar nuevas familias con el eslogan “Este niño tiene problemas ¿quiere acompañarle en los mismos? (Y si no tiene bastante con esos… ¡no se preocupe!  ¡Nosotros le proporcionaremos más!)”

No pienses que estoy en una posición emocional de frustración o decepción. Acoger a mis “chonis pijas” y a mi “taruguete” ha sido probablemente lo único valioso que yo haya aportado y aporte jamás al sistema de protección, sin obviar lo que ellas y él, junto con mis hijos, han aportado a nuestra vida. Hasta el punto de que no podría asegurar quién ha acogido a quien.

Mi posición es, como buen estudioso de la resiliencia, de esperanza realista. Porque he dado, por mi dichosa curiosidad, con un modelo teórico que permite analizar las cosas de otra manera. Es poco conocido y, lo reconozco, muy controvertido por su radicalidad. Ya me he referido muchas veces a él. Cada vez que he citado el impacto de la lectura del libro “El ser relacional. Más allá deñ yo y de la comunidad” (Editorial DDB) de Kenneth J. Gergen.DSC_0004

Todo esto lo escribo en un tren de camino de Valencia a Zaragoza donde mañana por la mañana saltaré al ruedo de una sesión de formación de ADAFA (ASOCIACIÓN DE ACOGIMIENTOS FAMILIARES DE ARAGÓN) quienes han cometido la imprudencia de invitarme. Les propuse el tema ¿Quién acoge a quién? ¡Y va y me lo aceptan! ¡Qué gente! Y he disfrutado mucho preparándolo. Así que les doy las gracias de todo corazón.

Me gustaría redactar el trabajo preparado y compartirlo pero no sé cuándo podrá ser y cómo (pdf, serie de post…) así que al menos dejó aquí la presentación, que aunque no se entiende por si sola, sí puede dar una idea de por dónde van los tiros.

Por favor, Nines, ya que tú eres la responsable de esta corrida, si quedo tendido por los golpes del tendido, llama a mi mujer y dile que la quiero mucho.

P.D. No me gustan los toros ni soy antitaurino. Simplemente me encantan las metáforas. Sin ellas yo no entendería nada.

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Link del primer post de la serie

Link del segundo post de la serie

BUSCANDO RESPUESTAS A PREGUNTAS DIRECTAS.

Un taxista, después de conocer la profesión de Steve y Andrew, los creadores del Programa “Signs of Safety” y refiriéndose a los casos de maltrato infantil, les pregunta “¿Está ocurriendo más, como dicen los periódicos, o es que simplemente hablamos más de eso ahora? ¿Cómo puede nadie hacer eso a sus propios hijos?” Y para rematar:”No se puede hacer nada por personas como esas, sólo se les puede encerrar, ¿verdad?”. De esta manera tan directa este taxista planteó tres cuestiones fundamentales que los profesionales que trabajan en protección infantil se llevan haciendo los últimos 30 años.

Cuando, en palabras de los autores, se “redescubrió” el fenómeno del abuso infantil, allá por los años 60-70, los profesionales que se dedicaban a esto lo hacían con gran energía, seguros de poder hallar respuestas y con una visión clara de lo que se debía hacer y apoyados por su comunidad.  Sin embargo, treinta años después –en el momento en el que se crea este enfoque- las respuestas ya no estaban tan claras, y los profesionales se hallaban, en muchas ocasiones, atrapados por una sobrecarga de casos y de trabajo burocrático, además de estar hastiados y a la defensiva, siendo el punto de mira de las críticas que se realizaban desde la sociedad.

En 1991, la Comisión Nacional sobre la Infancia en Estados Unidos concluyó que: “si la nación hubiera diseñado deliberadamente un sistema que frustrara a los profesionales que emplea, enfadara a la sociedad que lo financia, y abandonara a los niños que dependen de él, no habría haber hecho un trabajo mejor que el actual sistema de protección infantil”. Es en este contexto en el que surge el enfoque Señales de Seguridad.

2016 International Signs of Safety Gathering

Pero volvamos a las preguntas del taxista: “¿Está ocurriendo más, como dicen los periódicos, o es que simplemente hablamos más de eso ahora?” Los autores sostienen que una cosa no parece cuestionable, y es que los profesionales se enfrentan cada vez más a un incremento en la carga de trabajo. Si esto se debe a un incremento del fenómeno del maltrato, es algo que ya no está tan claro. Pero sí parece que ese incremento se puede deber a que hay una mayor atención a este fenómeno a lo largo de todo el mundo. Como ejemplo, exponen que, lo que empezó en los años 60, poniéndose el foco en el fenómeno de los bebés que eran maltratados físicamente, ha evolucionado y se ha ido ampliando llegando a definir hasta cuatro categorías de maltrato: físico, psicológico, abuso sexual y negligencia, que, además, son motivo de legislación penal.

“¿Cómo puede nadie hacer eso a sus propios hijos?”. Los autores indican que la respuesta a esta pregunta ha ido variando, desde los primeros estudios, que planteaban el tema desde una perspectiva médica y localizaban el problema en algún tipo de patología de los padres, hasta planteamientos más complejos, ecológicos, que ven el maltrato como un fenómeno en el que se entremezclan variables individuales, familiares, comunitarias, sociales y culturales.

Además, ha habido, en diferentes momentos, conceptos que han estado más de moda, como por ejemplo, por nombrar dos, “el ciclo del maltrato” (en el que se mantenía –y mantiene- que una persona que había sido maltratada tenía más probabilidad de maltratar), o la “correlación entre pobreza y maltrato”. Y para añadir más controversia al tema, hay autores que han argumentado que el problema del maltrato no es un tema objetivo sino que es un fenómeno construido en la interacción entre los profesionales – que están influenciados por sus creencias y conocimientos- con las familias que son investigadas. Argumentan, que lo que ahora es considerado maltrato, hace 100 años podría haber sido algo rechazable por la sociedad pero no hubiera sido considerado como tal maltrato y, menos, hubiera sido motivo de acción por parte de las autoridades.

Y así pasamos a la tercera pregunta: “¿Qué se puede hacer?”. De nuevo, los intentos por afrontar el problema son tan complejos como los intentos por definirlo. Las respuestas, siempre según los autores, deben operar en diferentes niveles incluyendo la identificación, investigación, tratamiento y cuidado alternativo, por nombrar cuatro de ellos.

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Dependiendo del marco teórico desde el que se define el maltrato se propone un tipo de intervención acorde con aquél. Así desde el modelo médico-psicológico se responde proporcionando tratamiento especializado a la madre, al progenitor maltratador y/o a la familia para que puedan tratar con la disfunción psicológica o familiar que causa el maltrato.

Sin embargo, en los últimos años ha habido un cambio de este modelo hacia un modelo más socio-legal en el que se pone una mayor atención en los protocolos para valorar el riesgo. Añadido a esto, siempre ha habido controversia respecto de los casos más serios de maltrato en los que se ha argumentado que algunas familias son intratables, incurables y peligrosas y, por tanto, no se podía establecer una relación de colaboración con ellas y había que colocar a los niños en otro lugar lejos de su casa.

Con toda esta complejidad surge la gran pregunta: “¿Colaboración o Paternalismo?”, y que es la que lleva a los autores a plantearse la creación del enfoque SOS. Steve, que ya llevaba trabajando 16 años en la protección de menores, se da cuenta de que existe una gran brecha entre los planteamientos teóricos y la práctica diaria, y además, siente que los primeros no le ayudan mucho en su labor. Además, se ven influenciados por la tradición de la terapia breve, una de cuyas máximas es: “Si lo que estás haciendo no funciona, no sigas haciéndolo, haz algo distinto”. Piensan que la lógica paternalista deja de lado a las familias y hace que el profesional asuma toda la responsabilidad de la intervención, y esto no está funcionando.

Así que, para ellos, hacer algo diferente significa rellenar el hueco que existe entre, por un lado, la teoría y la práctica, y por otro, entre los profesionales y los usuarios. Esto no significa que se opongan al conocimiento profesional y a su experiencia, lo que proponen es utilizar ese conocimiento profesional y además, utilizar, el conocimiento de la familia de su propia situación. Eso requiere que el profesional deje a un lado su rol de experto (aunque lo utilice) y se acerque a las familias con una actitud de respeto y de colaboración.

En los años 90 se realizaron estudios que buscaban la opinión de los usuarios de los Servicios Sociales. Los resultados de estos estudios no eran agradables de leer para los profesionales ya que los usuarios calificaban su experiencia como chocante y generadora de miedo, furia, humillación y resentimiento hacia la intervención que habían sufrido. El énfasis excesivo en los aspectos negativos y disfuncionales de la familia contribuía a que éstas se pusieran a la defensiva además de crearles una sensación de incapacidad e inhabilidad. En cambio, los usuarios reconocían que se podían fiar de los trabajadores que transmitían compasión, compromiso, preocupación, respeto… Una relación positiva era más probable que ocurriera si los progenitores entendían que el objetivo del trabajador era conseguir la seguridad de los niños JUNTO con la ayuda de los padres y no CONTRA los padres.

Esto lleva a los autores a plantearse más preguntas como “¿qué significa “colaborar?” y no sólo eso sino también “¿cómo se puede implementar esa colaboración de manera segura?”, ya que un fallo en la protección de los niños como resultado de un mayor riesgo en nombre de una mayor colaboración, sería castigado por la sociedad.

También a principios de los años 90, Reino Unido, Nueva Zelanda y EEUU aprueban leyes que ubican el principio de la participación de la familia en la toma de decisiones como un elemento central de la intervención. Y además, algunas de ellas, por ejemplo Nueva Zelanda, ofrecen un modelo de trabajo concreto llamado Conferencias de Grupos Familiares (Family Group Conferences). En este caso, si existe una investigación acerca de la seguridad de un niño se debe convocar una conferencia familiar en la que la familia extensa y otras personas significativas deben reunirse para hablar junto con los profesionales de la situación del niño/a y elaborar un plan de actuación.

También en EEUU, diversos profesionales, como Insoo Kim Berg, desarrollaron modelos de intervención en los que la cooperación entre familias y profesionales era una noción fundamental. Además, en algunos estados se desarrollaron otros modelos de colaboración entre familia y profesionales como los “Community partnerships for protecting children” de Farrow.

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Pero Steve y Andrew se dan cuenta de que no sólo los usuarios buscan una mayor colaboración con los profesionales. Éstos, si tienen la oportunidad, también la quieren. En los talleres que les imparten, cuando les preguntan cuál sería su trabajador ideal y cuáles serían sus cualidades, de manera consistente las respuestas describen a un trabajador que sea capaz de escuchar y construir una relación con la gente con la que trabaja, que además pueda y sea capaz de ejercer su autoridad con honestidad y claridad. En palabras de una trabajadora “que trate a cada niño como si fuera propio”.

Así, las premisas para unas buenas prácticas (propuestas por los trabajadores) y en las que se basa el modelo Señales de Seguridad son:

– Se mostrará respeto y confianza a la familia, y se utilizará su punto de vista siempre que sea posible.

– La cooperación entre trabajadores y familia se debe desarrollar desde el principio.

– Se pondrá especial énfasis en la construcción de fortalezas de la familia.

JAVIER:
La lectura de la síntesis de esta parte del libro de “Signs of Safety” me provoca una cierta desazón. ¿Cómo es posible que muchos de los problemas detectados por Turnell y Edwards me resulten tan familiares? Pero lo que es peor: Si SOS es un intento de solucionar dichos problemas ¿dónde están nuestros intentos? A mis 55 años mi jubilación ya se vislumbra en el horizonte y no soy nada optimista al respecto de que deje de trabajar en un sistema de protección muy diferente al que llegué con 22. Sigo percibiendo las mismas incoherencias que entonces y pienso que hay cosas que sólo se mantienen por costumbre.

Podría comentar algunas de ellas pero no es el momento. Me limitaré a apoyar la idea de “SOS” de buscar fórmulas constructivas de cooperación con los padres. Y lo hago a pesar de trabajar yo desde una posición y en un recurso donde el porcentaje de menores que regresan con sus padres es mínimo.

Sea posible o no, buscar la cooperación con su familia es simplemente una obligación moral que tenemos de cara a los propios menores aunque sólo sea porque la medida de protección sólo tiene vigor mientras lo sean. Excepto en los casos de adopción, que son los mínimos, los padres seguirán siendo sus padres y por ello tendríamos que procurar, siempre que sea posible, situarnos en una posición de cooperación tal como el programa SOS propone y en el que, como más adelante veremos, se combina el apoyo a la familia con la asunción de la responsabilidad para asegurar la seguridad del menor.

Algo tan complicado como la vida misma. Pero proteger a un niño a base de simplificar la vida (te lo quito o no, te lo cuido o no, etc.) no me parece “el interés superior del menor”.

EUGENIO:
A mí, aunque llevo bastantes menos años trabajando,también me produce la misma desazón que a ti esta parte del libro que, de alguna manera, es un diagnóstico de los sistemas de protección a nivel internacional. ¿Cómo es posible que durante casi 50 años ya, no hayamos sido capaces de implementar un sistema que proteja realmente a nuestros niños? Me parece demoledora la conclusión de la comisión nacional sobre la infancia en EEUU que en los años 90 ya decía que si hubiéramos tenido el propósito deliberado de hacer un sistema menos protector para nuestros niños no lo habríamos hecho peor que el actual sistema. Brutal.

Me gusta ser utópico, y creo, como los autores, que para acabar con el maltrato infantil en todos los estamentos y niveles se necesita de una transformación radical de nuestra injusta, desigual, irracional, competitiva y alienante sociedad en una más justa, igualitaria, cooperativa y realmente democrática. Pero hasta que consigamos esto, nos tenemos que enfrentar día a día con las horribles situaciones que viven nuestros niños, y tenemos que hacer algo.

Creo que demonizar a las familias no es el camino adecuado. Pienso que debemos desarrollar algún grado de cooperación con ellas e intentar ayudarles a transformar algo de su realidad ya que, al final del camino de la ¿protección?  institucional, una parte importante de nuestros niños vuelven con ellas. Y, si su realidad sigue siendo la misma que cuando fueron acogidos por el sistema, significará volver a un contexto de maltrato aunque eso sea con unos cuantos años más. Y el trabajo realizado no tendrá tanto sentido.

javier.romeu@gmail.com

eugenioap@cop.es

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Siento contradecir a Jesucristo, y entiendo lo que quiso decir con esta pregunta retórica, pero si la aplicamos al terreno de la resiliencia, mi contestación es: rotundamente sí. Todos sabemos que quien mejor puede marcar el camino para la resiliencia de una víctima es otra víctima que haya retomado el camino, aunque sea otro. Pero ahora me estoy refiriendo a los ciegos, no en sentido figurado como lo hizo el de Nazaret, sino en sentido literal.

ONCE

Ayer tuve la fortuna de compartir la mañana, en la sed de la ONCE en Valencia, con un grupo de padres de niños, niñas, chavales y chavalas con discapacidad visual, así como con profesionales de dicha organización. Todo ello en el marco de su oferta formativa anual a estos padres.

Conchi Martinez Váquez y yo fuimos invitados por los organizadores (gracias Juan Carlos, Beatriz y Elena) a presentar el tema de la resiliencia pero, por desgracia para ellos, Conchi tiene tantos frentes de trabajo que decidimos que me aguantarían a mí. Primero intenté ofrecerles algunas “Claves para posibilitar la resiliencia infantil y parental” bajo una perspectiva que he querido llamar “Una visión relacional de la no visión“. Pero lo mejor fue cuando, después de un agradable café, pude disfrutar de uno de los grupos de trabajo y de la puesta en común de todos ellos.

Podría señalar muchas cosas que he aprendido de estos padres que de repente la vida les interroga con las dificultades, mayores o menores pero siempre serias, en la visión de uno  o una de sus hijos. No es el momento. Pero no puedo dejar de compartir como delante de mí se ha evidenciado que la resiliencia es un proceso. Y como, entre los más de 70 padres y madres que han asistido, cada uno de ellos se encontraba en un momento diferente en el proceso de asumir la discapacidad de su hijo o hija.

Algunos era la primera vez que asistían a estas reuniones formativas porque el diagnóstico había llegado hace poquitos meses. Otros tienen hijos o hijas más mayores quienes les han ayudado a ayudarles y ya tienen un trecho bien largo recorrido. Unos y otros se benefician del encuentro. Los novatos porque ven en los veteranos que es posible la vida más allá del golpe. Estos últimos porque sienten que su sufrimiento ahora sirve para ayudar a otros. Todos agradeciendo tener un lugar, la ONCE, donde recibir el apoyo material, técnico y emocional que necesitan.

Y yo haber tenido la fortuna de conocerlos. En lo que a mi concierne, muchas personas con discapacidad visual y sus familiares son maravillosos guías en esto de la vida y la resiliencia.

ONxxCE

Dejo aquí  una síntesis de la charla que escribí como modo de prepararla y la presentación en la que me apoyé (si bien es más un guión para mi mismo)

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Mirada incondicionada

Imagina que te has propuesto una cosa (quizá porque estás leyendo un libro de autoayuda que, paradójicamente, te marca los objetivos que te convienen y te dice lo que tienes que hacer). Se trata de al levantarse al día siguiente mirar a las personas con las que convives y a las que quieres de una forma incondicional. Quizá lo tengas chupado precisamente porque los quieres. Quizá te sea difícil porque la convivencia no es fácil. No lo sé.

Pero ahora imagina que lo que te propones -porque te lo estoy sugiriendo yo- es levantarte y mirar a los tuyos con una mirada incondicionada. No podrás. Excepto que esta noche tengas un ictus y te despiertes con amnesia total.

Se ha escrito que muchas veces los tutores de resiliencia (humanos) actúan porque proyectan una mirada de aceptación incondicional sobre la persona en adversidad. Tengo dudas.

Anoche seguía por televisión la entrega de los 30 Premios Goya del cine español.  Cuando se presentaba el premio a mejor actor novell, el comentarista nos informó que uno de los candidatos, Miguel Herrán, fue seleccionado por Daniel Guzmán, actor, guionista y director de su primera película, tras cruzarselo por la calle. Deducimos que Miguel no se dedicaba a la interpretación pero Daniel Guzmán reconoció en él al personaje que el mismo había creado. Ni siquiera el que, según el propio Miguel ha contado, hiciera tres casting desastrosos hizo que el director renunciara a él. Ahora ambos han recibido un premio a su primera interpretación y dirección. ¿Un golpe de suerte?

Miguel Herrán, el Goya más emocionante: «Me has dado una vida Daniel»

Pero el agradecimiento del joven actor desvela algo más. Recojo las palabras literales pues ya han sido recogidas por la prensa escrita: «Dani, has conseguido que un chaval sin ilusiones, sin ganas de estudiar, sin nada que le guste, descubra un mundo nuevo, quiera estudiar, quiera trabajar y se agarre a esta vida nueva como si no hubiera otra».

No conocemos de momento en que circunstancias se encontraba Miguel ni si estaba en una situación difícil, por lo que no seré yo quien afirme que se trata de un caso de resiliencia. Pero es evidente, pues así lo expresa el mismo, que la vida de este chaval se divide en dos y que el punto de inflexión fue la mirada de Daniel Guzmán.

Una mirada que no fue incondicional puesto que no conocía de nada a Miguel como para tener que estar a su lado. Lo que sí fue es una mirada incondicionada. No había ningún conocimiento previo que condicionará la relación con él. El futuro director simplemente proyectó su personaje sobre el físico, y quizá, la expresión, de un chaval y, su mérito fue, plantearse ¿por qué no?

No digo que siempre los tutores de resiliencia funcionen así pero el caso de Miguel y Daniel me hace sospechar que, en muchos casos, se llega a la posición de tutor no por una relación intencional de apoyo sino por, paradójicamente, no mirar o no ver. Daniel no vio la desilusión de Miguel. Daniel no vio que no era actor. Simplemente se ilusionó en él precisamente porque no lo conocía y porque esbozó un futuro para él (encarnar a su personaje)

Y aunque no sé de dónde vienes, Miguel, sí… la resiliencia tiene que ver mucho con que la vida, te quita y te da vidas.

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