EL PROGRAMA DE PROTECCIÓN DE MENORES “SIGNS OF SAFETY” (“SEÑALES DE SEGURIDAD”) DE TURNELL Y EDWARDS. APUNTES Y COMENTARIOS (3)

Link del primer post de la serie

Link del segundo post de la serie

BUSCANDO RESPUESTAS A PREGUNTAS DIRECTAS.

Un taxista, después de conocer la profesión de Steve y Andrew, los creadores del Programa “Signs of Safety” y refiriéndose a los casos de maltrato infantil, les pregunta “¿Está ocurriendo más, como dicen los periódicos, o es que simplemente hablamos más de eso ahora? ¿Cómo puede nadie hacer eso a sus propios hijos?” Y para rematar:”No se puede hacer nada por personas como esas, sólo se les puede encerrar, ¿verdad?”. De esta manera tan directa este taxista planteó tres cuestiones fundamentales que los profesionales que trabajan en protección infantil se llevan haciendo los últimos 30 años.

Cuando, en palabras de los autores, se “redescubrió” el fenómeno del abuso infantil, allá por los años 60-70, los profesionales que se dedicaban a esto lo hacían con gran energía, seguros de poder hallar respuestas y con una visión clara de lo que se debía hacer y apoyados por su comunidad.  Sin embargo, treinta años después –en el momento en el que se crea este enfoque- las respuestas ya no estaban tan claras, y los profesionales se hallaban, en muchas ocasiones, atrapados por una sobrecarga de casos y de trabajo burocrático, además de estar hastiados y a la defensiva, siendo el punto de mira de las críticas que se realizaban desde la sociedad.

En 1991, la Comisión Nacional sobre la Infancia en Estados Unidos concluyó que: “si la nación hubiera diseñado deliberadamente un sistema que frustrara a los profesionales que emplea, enfadara a la sociedad que lo financia, y abandonara a los niños que dependen de él, no habría haber hecho un trabajo mejor que el actual sistema de protección infantil”. Es en este contexto en el que surge el enfoque Señales de Seguridad.

2016 International Signs of Safety Gathering

Pero volvamos a las preguntas del taxista: “¿Está ocurriendo más, como dicen los periódicos, o es que simplemente hablamos más de eso ahora?” Los autores sostienen que una cosa no parece cuestionable, y es que los profesionales se enfrentan cada vez más a un incremento en la carga de trabajo. Si esto se debe a un incremento del fenómeno del maltrato, es algo que ya no está tan claro. Pero sí parece que ese incremento se puede deber a que hay una mayor atención a este fenómeno a lo largo de todo el mundo. Como ejemplo, exponen que, lo que empezó en los años 60, poniéndose el foco en el fenómeno de los bebés que eran maltratados físicamente, ha evolucionado y se ha ido ampliando llegando a definir hasta cuatro categorías de maltrato: físico, psicológico, abuso sexual y negligencia, que, además, son motivo de legislación penal.

“¿Cómo puede nadie hacer eso a sus propios hijos?”. Los autores indican que la respuesta a esta pregunta ha ido variando, desde los primeros estudios, que planteaban el tema desde una perspectiva médica y localizaban el problema en algún tipo de patología de los padres, hasta planteamientos más complejos, ecológicos, que ven el maltrato como un fenómeno en el que se entremezclan variables individuales, familiares, comunitarias, sociales y culturales.

Además, ha habido, en diferentes momentos, conceptos que han estado más de moda, como por ejemplo, por nombrar dos, “el ciclo del maltrato” (en el que se mantenía –y mantiene- que una persona que había sido maltratada tenía más probabilidad de maltratar), o la “correlación entre pobreza y maltrato”. Y para añadir más controversia al tema, hay autores que han argumentado que el problema del maltrato no es un tema objetivo sino que es un fenómeno construido en la interacción entre los profesionales – que están influenciados por sus creencias y conocimientos- con las familias que son investigadas. Argumentan, que lo que ahora es considerado maltrato, hace 100 años podría haber sido algo rechazable por la sociedad pero no hubiera sido considerado como tal maltrato y, menos, hubiera sido motivo de acción por parte de las autoridades.

Y así pasamos a la tercera pregunta: “¿Qué se puede hacer?”. De nuevo, los intentos por afrontar el problema son tan complejos como los intentos por definirlo. Las respuestas, siempre según los autores, deben operar en diferentes niveles incluyendo la identificación, investigación, tratamiento y cuidado alternativo, por nombrar cuatro de ellos.

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Dependiendo del marco teórico desde el que se define el maltrato se propone un tipo de intervención acorde con aquél. Así desde el modelo médico-psicológico se responde proporcionando tratamiento especializado a la madre, al progenitor maltratador y/o a la familia para que puedan tratar con la disfunción psicológica o familiar que causa el maltrato.

Sin embargo, en los últimos años ha habido un cambio de este modelo hacia un modelo más socio-legal en el que se pone una mayor atención en los protocolos para valorar el riesgo. Añadido a esto, siempre ha habido controversia respecto de los casos más serios de maltrato en los que se ha argumentado que algunas familias son intratables, incurables y peligrosas y, por tanto, no se podía establecer una relación de colaboración con ellas y había que colocar a los niños en otro lugar lejos de su casa.

Con toda esta complejidad surge la gran pregunta: “¿Colaboración o Paternalismo?”, y que es la que lleva a los autores a plantearse la creación del enfoque SOS. Steve, que ya llevaba trabajando 16 años en la protección de menores, se da cuenta de que existe una gran brecha entre los planteamientos teóricos y la práctica diaria, y además, siente que los primeros no le ayudan mucho en su labor. Además, se ven influenciados por la tradición de la terapia breve, una de cuyas máximas es: “Si lo que estás haciendo no funciona, no sigas haciéndolo, haz algo distinto”. Piensan que la lógica paternalista deja de lado a las familias y hace que el profesional asuma toda la responsabilidad de la intervención, y esto no está funcionando.

Así que, para ellos, hacer algo diferente significa rellenar el hueco que existe entre, por un lado, la teoría y la práctica, y por otro, entre los profesionales y los usuarios. Esto no significa que se opongan al conocimiento profesional y a su experiencia, lo que proponen es utilizar ese conocimiento profesional y además, utilizar, el conocimiento de la familia de su propia situación. Eso requiere que el profesional deje a un lado su rol de experto (aunque lo utilice) y se acerque a las familias con una actitud de respeto y de colaboración.

En los años 90 se realizaron estudios que buscaban la opinión de los usuarios de los Servicios Sociales. Los resultados de estos estudios no eran agradables de leer para los profesionales ya que los usuarios calificaban su experiencia como chocante y generadora de miedo, furia, humillación y resentimiento hacia la intervención que habían sufrido. El énfasis excesivo en los aspectos negativos y disfuncionales de la familia contribuía a que éstas se pusieran a la defensiva además de crearles una sensación de incapacidad e inhabilidad. En cambio, los usuarios reconocían que se podían fiar de los trabajadores que transmitían compasión, compromiso, preocupación, respeto… Una relación positiva era más probable que ocurriera si los progenitores entendían que el objetivo del trabajador era conseguir la seguridad de los niños JUNTO con la ayuda de los padres y no CONTRA los padres.

Esto lleva a los autores a plantearse más preguntas como “¿qué significa “colaborar?” y no sólo eso sino también “¿cómo se puede implementar esa colaboración de manera segura?”, ya que un fallo en la protección de los niños como resultado de un mayor riesgo en nombre de una mayor colaboración, sería castigado por la sociedad.

También a principios de los años 90, Reino Unido, Nueva Zelanda y EEUU aprueban leyes que ubican el principio de la participación de la familia en la toma de decisiones como un elemento central de la intervención. Y además, algunas de ellas, por ejemplo Nueva Zelanda, ofrecen un modelo de trabajo concreto llamado Conferencias de Grupos Familiares (Family Group Conferences). En este caso, si existe una investigación acerca de la seguridad de un niño se debe convocar una conferencia familiar en la que la familia extensa y otras personas significativas deben reunirse para hablar junto con los profesionales de la situación del niño/a y elaborar un plan de actuación.

También en EEUU, diversos profesionales, como Insoo Kim Berg, desarrollaron modelos de intervención en los que la cooperación entre familias y profesionales era una noción fundamental. Además, en algunos estados se desarrollaron otros modelos de colaboración entre familia y profesionales como los “Community partnerships for protecting children” de Farrow.

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Pero Steve y Andrew se dan cuenta de que no sólo los usuarios buscan una mayor colaboración con los profesionales. Éstos, si tienen la oportunidad, también la quieren. En los talleres que les imparten, cuando les preguntan cuál sería su trabajador ideal y cuáles serían sus cualidades, de manera consistente las respuestas describen a un trabajador que sea capaz de escuchar y construir una relación con la gente con la que trabaja, que además pueda y sea capaz de ejercer su autoridad con honestidad y claridad. En palabras de una trabajadora “que trate a cada niño como si fuera propio”.

Así, las premisas para unas buenas prácticas (propuestas por los trabajadores) y en las que se basa el modelo Señales de Seguridad son:

– Se mostrará respeto y confianza a la familia, y se utilizará su punto de vista siempre que sea posible.

– La cooperación entre trabajadores y familia se debe desarrollar desde el principio.

– Se pondrá especial énfasis en la construcción de fortalezas de la familia.

JAVIER:
La lectura de la síntesis de esta parte del libro de “Signs of Safety” me provoca una cierta desazón. ¿Cómo es posible que muchos de los problemas detectados por Turnell y Edwards me resulten tan familiares? Pero lo que es peor: Si SOS es un intento de solucionar dichos problemas ¿dónde están nuestros intentos? A mis 55 años mi jubilación ya se vislumbra en el horizonte y no soy nada optimista al respecto de que deje de trabajar en un sistema de protección muy diferente al que llegué con 22. Sigo percibiendo las mismas incoherencias que entonces y pienso que hay cosas que sólo se mantienen por costumbre.

Podría comentar algunas de ellas pero no es el momento. Me limitaré a apoyar la idea de “SOS” de buscar fórmulas constructivas de cooperación con los padres. Y lo hago a pesar de trabajar yo desde una posición y en un recurso donde el porcentaje de menores que regresan con sus padres es mínimo.

Sea posible o no, buscar la cooperación con su familia es simplemente una obligación moral que tenemos de cara a los propios menores aunque sólo sea porque la medida de protección sólo tiene vigor mientras lo sean. Excepto en los casos de adopción, que son los mínimos, los padres seguirán siendo sus padres y por ello tendríamos que procurar, siempre que sea posible, situarnos en una posición de cooperación tal como el programa SOS propone y en el que, como más adelante veremos, se combina el apoyo a la familia con la asunción de la responsabilidad para asegurar la seguridad del menor.

Algo tan complicado como la vida misma. Pero proteger a un niño a base de simplificar la vida (te lo quito o no, te lo cuido o no, etc.) no me parece “el interés superior del menor”.

EUGENIO:
A mí, aunque llevo bastantes menos años trabajando,también me produce la misma desazón que a ti esta parte del libro que, de alguna manera, es un diagnóstico de los sistemas de protección a nivel internacional. ¿Cómo es posible que durante casi 50 años ya, no hayamos sido capaces de implementar un sistema que proteja realmente a nuestros niños? Me parece demoledora la conclusión de la comisión nacional sobre la infancia en EEUU que en los años 90 ya decía que si hubiéramos tenido el propósito deliberado de hacer un sistema menos protector para nuestros niños no lo habríamos hecho peor que el actual sistema. Brutal.

Me gusta ser utópico, y creo, como los autores, que para acabar con el maltrato infantil en todos los estamentos y niveles se necesita de una transformación radical de nuestra injusta, desigual, irracional, competitiva y alienante sociedad en una más justa, igualitaria, cooperativa y realmente democrática. Pero hasta que consigamos esto, nos tenemos que enfrentar día a día con las horribles situaciones que viven nuestros niños, y tenemos que hacer algo.

Creo que demonizar a las familias no es el camino adecuado. Pienso que debemos desarrollar algún grado de cooperación con ellas e intentar ayudarles a transformar algo de su realidad ya que, al final del camino de la ¿protección?  institucional, una parte importante de nuestros niños vuelven con ellas. Y, si su realidad sigue siendo la misma que cuando fueron acogidos por el sistema, significará volver a un contexto de maltrato aunque eso sea con unos cuantos años más. Y el trabajo realizado no tendrá tanto sentido.

javier.romeu@gmail.com

eugenioap@cop.es

4 Comments

  1. Se agradece que se escriba sobre el Sistema de Proteccion, y quizá más valor tiene si se hace desde dentro.
    Me parece que habéis comentado que el manual Señales de Seguridad lo habiais traducido?
    Simplemente preguntaros si me lo podeis confirmar.
    Un saludo y ánimo

  2. Hace 20 años, recuerdo que en varios casos, desde la Sección en Castellón, convocamos lo que los neozelandeses han llamado Conferencias de grupo familiar. Todos los familiares significativos en la vida de un menor sentados alrededor de nosotros, una verdadera asamblea familiar con el padre y la madre delante. Y todos buscando la mejor solución para el niño. veinte años despues, ni tenemos tiempo, ni ganas de asumir como a nuestro alrededor hay tanto técnico/a que no se da cuenta que lo importante para el niño es que consigamos cambiar a su familia y no demostrar lo mala que és. Y el problema Javier, ya no es de los políticos de turno. En general el sistema, tan burocratizado, tan mediatizado por leyes cada vez más absurdas, ha hecho que perdamos la senda de lo importante. Cada vez hay menos sentido común en los procesos de toma de decisiones, aunque obligue la ley, cada vez vemos “menos” al niño, cada vez pensamos “menos” en su familia. Y si intentas nadar contra corriente, cambiar criterios, repensar las actuaciones, definir prioridades, contar con todos… reconocer y buscar a ese padre o esa madre en su dura realidad, para rescatarlo/a, no sólo no llegas y te ahogas en el desborde de trabajo sino que además a tu alrededor, te llaman pesao y tocacojones que no haces más que dar faena, y ni siquiera se dan cuenta de que esta forma de trabajar les desangustiaría infinito y les haría mucho más fuertes y felices.

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