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Archive for 23 marzo 2016

Los hermanos Taylor-Rosenthal nacieron en Colorado (EEUU) a finales del siglo XIX. Se obsesionaron con la idea de conseguir volar hasta llegar a construir un artefacto a motor para ello. Sin embargo no pasaron ni a la historia de la aviación ni de la humanidad porque tenían tanta fe en su éxito que probaron el mismo lanzándose directamente sobre el Gran Cañón.

Por el contrario los hermanos Wright fueron mucho más escépticos sobre si mismos e hicieron innumerables pruebas hasta conseguir los primeros vuelos controlados de un ser humano.

Las dos parejas de hermanos, suponiendo que la primera existiera (¿puedes acaso negarlo?) fueron optimistas. Los cuatro se enfrentaron al reto con la idea de que era posible conseguirlo. Nadie les obligó a ello y si lo hicieron era porque pensaban que se podría conseguir. La diferencia es que los Taylor eran optimistas crédulos y los Wright eran optimistas escépticos.

Este cruce de la dimensión Pesimismo-Optimismo con la dimensión Credulidad-Escepticismo la he descubierto gracias a una referencia, en el newsletter de Adam Grant, a un artículo de Shane Snow. Este es un escritor de la corriente, cada vez más de moda, llamada de Contraintuición. Periodista, escritores, economistas que se dedican a descubrir fenómenos paradójicos de la vida.

Como cuando Malcolm Gladwell argumenta que la mejora de la calidad del aprendizaje gracias a la reducción de la ratio de alumnos y alumnas tiene un límite (y responde a una curva en forma de U invertida) de forma que una clase con un profesor y cinco alumnos no garantiza mejor aprendizaje que una clase con un profesor y diez alumnos (y lo argumenta)

Otro libro de Contraintuición

La hipótesis de Snow es que los grandes personajes que han innovado de forma indiscutible en la historia reciente de la humanidad han sido más optimistas escépticos que optimistas crédulos. Ha habido muchos de estos últimos que han podido triunfar (también lo han hecho pesimistas recalcitrantes) pero habrá que atribuirlo más a la fortuna o, en todo caso, su éxito quizá no haya aportado mucho a la sociedad, sino sólo a ellos mismos o a un pequeño grupo a su alrededor.

Sin embargo, el optimista escéptico es la persona que se cuestiona el status quo, desea cambiarlo y, para ello, también se cuestionará o dudará de cualquier idea que ella misma tenga al respecto. No dirá simplemente: “Lo que se me ha ocurrido es estupendo”. Sino que se planteará todas las dudas posibles sobre sus propias ideas y las pondrá a prueba una y otra vez.

El conocido chiste del hombre de Fe que espera ser rescatado por Dios mismo en una inundación ejemplificaría el optimismo crédulo. Sin embargo si fuera optimista escéptico no habría rechazado subirse a la primera lancha salvavidas.

Este matiz, esta doble dimensión, me parece que es la misma que nos permite diferenciar entre el positivismo, estúpido y perverso en mi opinión, que muchas veces se nos vende (si se quiere, se puede) de la esperanza realista que muchas veces se asocia a la resiliencia.

Boris Cyrulnik cuenta que cuando se escapó del campo de concentración por azar se generó en él la idea de que si había salido de esa situación podría salir de cualquier otra que le ocurriera en un futuro. Pero el niño Boris no se dedicó a dirigirse a todos los soldados alemanes que se encontraba insultándoles o tirándoles piedras. Ni cuando fue joven se tiró por una ventana confiando que una rama o un toldo le protegería de morir estampado contra el suelo.

O desde el otro lado: Cuando la víctima está noqueada por la tragedia es probable que entre en una postura de pesimismo crédulo (nada será igual) Hasta que poco a poco (y probablemente por una acción desde el exterior) pase a un pesimismo escéptico (nada será igual… o quizá sí) y así hasta rehacerse o retomar el (u otro) camino.

Así que les pido a los gurús del positivismo que no invoquen a mi credulidad. Y lo digo en una semana, santa para mi, no por mi fe ciega sino quizá, y precisamente, por mi poca fe.

 

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Escenas. Imperativos paternos.

Domingo, tarde-noche. Vuelvo andando hacia mi casa. Al llegar al cauce del rio veo a una mujer, junto a la puerta de un coche, despidiéndose cariñosamente de un hombre y de un niño de unos nueve o diez años.

El niño lleva una bufanda del Valencia y el hombre dice: “A las diez y cuarto quedamos aquí”. Justo a la hora que termina el Valencia-Athetic de Bilbao que se que se juega justo enfrente de mi casa. Con estos pequeños detalles, y como Sherlock Holmes a mi lado era un lerdo, deduzco que se trata de un padre y un hijo que se dirigen al futbol. Lo cual tiene mérito estando el Valencia CF tal como está.

La afición recibe al Valencia CF en Mestalla/ Foto: F. Estellés

Sigo absorto en mis pensamientos mientras cruzo el puente y en el primer semáforo en rojo oigo detrás de mi una conversación de quien luego me daré cuenta que son el padre y el hijo de la bufanda. El padre le está contando la conversación que tuvo recientemente con varios de sus profesores: Qué si eres listo, que si tienes buenas notas, que si a veces te despistas un poco pero sin importancia, que si está todo bien.

En ese momento ya me han adelantado y oigo:

– “Y yo les dije que para cualquier cosa que necesitaran que me llamarán. Para cualquier problema. QUE MI HIJO TENIA QUE SER UN CRACK y que si hacía falta…” La frase del crack me golpea en la cara como si al chaval se le hubiera volado la bufanda y me hubiera dado de pleno. Pero aún atontado veo como el padre recula y matiza:

– “Bueno… ya tengo un hijo que es un crack pero habrá que…  sacarlo (me parece oir)”

A partir de ahí no les oigo más pero observo la interacción entre padre e hijo. Cogidos de la mano, el niño mirando para arriba hacia su padre que es bastante alto, se les ve felices… De un buen rollo envidiable. Me planteo si alguna vez he tenido yo una escena tan idílica con alguno de mis hijos e hijas naturales o en almibar.

Para colmo se paran en un bar donde han colocado en la acera una mesa repleta de bocadillos envueltos en papel de plata. Se ponen en cola para comprar la cena. El colmo de la unión paterno-filial: compartir un bocadillo en un estadio en el descanso de un partido del equipo de sus amores.

Y al sobrepasarlos me invade la ambivalencia. No me cabe duda de que ese niño recordará toda su vida los días en que iba con su padre al futbol. Pero ¿cómo afectará a su vida la idea de su padre “Mi hijo tiene que ser un crack“? ¿Qué le pasará a este chaval si no consigue estar a la altura de las expectativas paternas? ¿Qué puñetas es ser un crack? ¿Por qué mi padre no quiso que yo lo fuera? (Me llevaba a las carreras de galgos pero no recuerdo que me dijera nada parecido. Bendigo a Dios por ello)

La historia puede tener dos finales de película: el chaval SERÁ un crack o HARÁ crack. En los dos casos pagará un alto precio. Menos mal que la vida no necesita ganar premios ni llenar las salas de un cine. Con un poco de suerte esta historia tiene un final anodino. Porque yo deseo que a medida que el niño crezca su padre vaya bajando el listón. Estoy casi seguro que lo hará. ¿Y por qué lo estoy?

Porque es del Valencia CF. Seguro que vuelve al campo el próximo partido a pesar de que esa noche el Valencia CF perdió 1 a 3 haciendo el ridículo. Y seguirá siendo del Valencia aunque baje a Segunda.

 

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A mi biblioteca Kindle han entrado en las últimas semanas dos libros que llevan en el titulo la palabra GRATITUD. Pero no pueden ser más diferentes el uno del otro.

Uno de ellos, de hecho, no lleva más palabras. Se llama así “Gratitud” y el autor es Oliver Sacks (Editorial Anagrama)

Se trata de una recopilación póstuma de cuatro cartas o textos que el famoso neurólogo escribió tras terminar, con 80 años, de escribir sus memorias. Y tres de ellos tras conocer, unos meses después, que los médicos no podrían hacer mucho más ante la metástasis de un cáncer con el que habían estado luchando los últimos años.

El libro se lee literalmente en veinte minutos o media hora como mucho. En los cuatros textos, y especialmente en el llamado como el resto del libro, la gratitud aparece como el resultado de una persona que, conociendo que la vida se le acaba, se siente agradecido por lo vivido. La gratitud en este caso es algo que parece brotar de forma natural en una persona afortunada o con un carácter y una entereza envidiable.

Sin embargo el libro El Diario de la Gratitud (Editorial Planeta) es casi lo contrario. La autora, Janice Kaplan, editora y escritora, se propone un día de Año Nuevo aumentar su nivel de felicidad y la de los suyos practicando conscientemente la gratitud. Una elección que hace al recordar un estudio sobre la misma que conoció gracias a su actividad como editora.

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El libro es por tanto la crónica de un esfuerzo deliberado de la autora de, por un lado, ejercitar la gratitud (como quien ejercita la resistencia aeróbica haciendo running) y, por otro, investigar acerca de lo que sabemos de la misma.

Y yo lo que le agradezco a ella de todo corazón es que no haya escrito un libro de autoayuda más. Porque no nos dice lo que tenemos que hacer sino que nos cuenta lo que ella hizo. De tal modo que cuando lo empecé pensé que el libro no podía dar para mucho más de 15 páginas. Pero llevo un tercio del mismo y todavía no me he cansado.  Por sus páginas aparecen no sólo sus ejercicios para aumentar la gratitud sino entrevistas con reconocidos investigadores del tema como el mismísimo Martin Seligman.

Me ha gustado especialmente el capítulo en el que se trata de la especial dificultad de los adolescentes para agradecer algo a sus padres, no como fruto de locura transitoria sino por su propia posición vital. También la larga referencia a las investigaciones, que yo conocía pero no su autor,  y que demuestran que se invierte más en felicidad gastándose el dinero en experiencias que en cosas.

Por tanto, los dos libros me parecen de interés pero… ¿Cuál de los dos ejemplifica la verdadera esencia de la gratitud? Todos podemos conocer personas como Sacks que parecen disfrutar hasta en un funeral, y personas que, por el contrario, viven prisioneras de la queja. Es difícil negar que las personas somos muy diferentes en nuestra capacidad de ser agradecidos.

Pero si Kaplan tiene razón, la gratitud es un hábito como otro cualquiera. Igual que podemos entrenar a nuestro cuerpo para resistir 42 kilómetros corriendo podemos entrenar nuestra mente para ser o estar agradecidos.

La solución a este dilema la da el propio Martin Seligman en el libro de Kaplan: hay personas que de forma natural son agradecidas, pero eso no significa que quien no es así no tenga un margen de maniobra para, mediante la práctica, aumentar su nivel de gratitud.

Me viene a la memoria una investigación que atribuye el 50% de la felicidad de una persona a factores individuales o propios de la persona; sólo un sorprendente 10% a las circunstancias, y un 40% a lo que se haga en la práctica para cultivarla.

Olver Sacks representaría quizá al tipo que trae puesta casi la mitad de su felicidad en sus propios rasgos de personalidad. Janice Kaplan a la persona que se ha dado cuenta de que hay maneras más sabias de vivir que otras y ha optado por una de las mejores según la filosofía, la teología y ahora la psicología social y positiva.

Pero hay un punto por el cual el libro de Kaplan me interesa especialmente. En su introspección sobre sus sentimientos y pensamientos de queja o de gratitud, la autora va desgranando muchos matices clave para poder entrar en el agradecimiento. Me interesa mucho la revolución interior que se produce casi siempre en las víctimas de la adversidad. Se trata de una especie de movimiento mental. Por eso siempre he defendido que la resiliencia no necesita de fortaleza mental sino de flexibilidad mental.

Y por ello me atrevo a mantener que quién no se consuela no es porque no quiere… sino porque no puede pero también porque no sabe. Dicen que existen “trucos” para tener una mente más creativa. ¿Los habrá para ser más resiliente (aunque odie este adjetivo)? Soy un convencido de que cambios en el contexto pueden favorecer la resiliencia (que no provocarla). Pero también de que la resiliencia necesita un movimiento interior ¿podremos encontrar pistas para favorecerlo?

Deberé consultar, cuando lo compre, también el libro de Brené Brown llamado “Más fuertes que nunca” (ediciones Urano) a pesar de que no me gusta el modo “yankee” de entender la resiliencia que se desprende de título y planteamiento, pues “examina el complejo viaje que requiere trascender las catástrofes de la vida con valor y resiliencia, ya sea el final de una relación o un colapso profesional. (…) la autora examina las cualidades, patrones emocionales y hábitos mentales que permiten a las personas transformar el desastre en coraje, generosidad y sentido de la propia valía…” (La cita es de la sinopsis editorial y la negrita mía)

P.D.: Parece ser que hablar o leer sobre la gratitud ya tiene de por si un efecto favorecer de  la misma. Así que aprovecho para señalar que gracias a Emilio he podido corregir un montón de errores tipográficos, ortográficos, gramaticales, etc del post. Y encima me envía esta viñeta que le viene “al pelo” (de perro)

perro-feliz

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