Escenas. Imperativos paternos.

Domingo, tarde-noche. Vuelvo andando hacia mi casa. Al llegar al cauce del rio veo a una mujer, junto a la puerta de un coche, despidiéndose cariñosamente de un hombre y de un niño de unos nueve o diez años.

El niño lleva una bufanda del Valencia y el hombre dice: “A las diez y cuarto quedamos aquí”. Justo a la hora que termina el Valencia-Athetic de Bilbao que se que se juega justo enfrente de mi casa. Con estos pequeños detalles, y como Sherlock Holmes a mi lado era un lerdo, deduzco que se trata de un padre y un hijo que se dirigen al futbol. Lo cual tiene mérito estando el Valencia CF tal como está.

La afición recibe al Valencia CF en Mestalla/ Foto: F. Estellés

Sigo absorto en mis pensamientos mientras cruzo el puente y en el primer semáforo en rojo oigo detrás de mi una conversación de quien luego me daré cuenta que son el padre y el hijo de la bufanda. El padre le está contando la conversación que tuvo recientemente con varios de sus profesores: Qué si eres listo, que si tienes buenas notas, que si a veces te despistas un poco pero sin importancia, que si está todo bien.

En ese momento ya me han adelantado y oigo:

– “Y yo les dije que para cualquier cosa que necesitaran que me llamarán. Para cualquier problema. QUE MI HIJO TENIA QUE SER UN CRACK y que si hacía falta…” La frase del crack me golpea en la cara como si al chaval se le hubiera volado la bufanda y me hubiera dado de pleno. Pero aún atontado veo como el padre recula y matiza:

– “Bueno… ya tengo un hijo que es un crack pero habrá que…  sacarlo (me parece oir)”

A partir de ahí no les oigo más pero observo la interacción entre padre e hijo. Cogidos de la mano, el niño mirando para arriba hacia su padre que es bastante alto, se les ve felices… De un buen rollo envidiable. Me planteo si alguna vez he tenido yo una escena tan idílica con alguno de mis hijos e hijas naturales o en almibar.

Para colmo se paran en un bar donde han colocado en la acera una mesa repleta de bocadillos envueltos en papel de plata. Se ponen en cola para comprar la cena. El colmo de la unión paterno-filial: compartir un bocadillo en un estadio en el descanso de un partido del equipo de sus amores.

Y al sobrepasarlos me invade la ambivalencia. No me cabe duda de que ese niño recordará toda su vida los días en que iba con su padre al futbol. Pero ¿cómo afectará a su vida la idea de su padre “Mi hijo tiene que ser un crack“? ¿Qué le pasará a este chaval si no consigue estar a la altura de las expectativas paternas? ¿Qué puñetas es ser un crack? ¿Por qué mi padre no quiso que yo lo fuera? (Me llevaba a las carreras de galgos pero no recuerdo que me dijera nada parecido. Bendigo a Dios por ello)

La historia puede tener dos finales de película: el chaval SERÁ un crack o HARÁ crack. En los dos casos pagará un alto precio. Menos mal que la vida no necesita ganar premios ni llenar las salas de un cine. Con un poco de suerte esta historia tiene un final anodino. Porque yo deseo que a medida que el niño crezca su padre vaya bajando el listón. Estoy casi seguro que lo hará. ¿Y por qué lo estoy?

Porque es del Valencia CF. Seguro que vuelve al campo el próximo partido a pesar de que esa noche el Valencia CF perdió 1 a 3 haciendo el ridículo. Y seguirá siendo del Valencia aunque baje a Segunda.

 

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