Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 20 mayo 2016

Neurotontería

Vivo a un tiro de piedra del Mestalla, el estadio del Valencia C.F. Pero literalmente. Desde mi balcón, y a pesar de que no soy ni jovencito ni estoy en buena forma física, podría hacer aterrizar una piedra en su tribuna principal.

Eso me permite conocer por el oido un determinado lance de un partido antes de que las imágenes lleguen a mi televisor. Cuando veo en ella que el arbitro pita para que el jugador del Valencia lance un penalty, yo ya sé si va a marcar o no en función de que haya escuchado o no un clamor estruondoso.

Y no es que yo oiga a un tipo cantar ¡Goooool! o a otro gritar ¡Arbitro, fuera de juego! Yo no escucho voces. En mi casa oimos una sóla voz o, mejor dicho, un sonido. El del estadio, el del público en general, sin entender una sóla palabra.

De esta manera, si a ti o a mi nos preguntarán por el resultado del Valencia nada más terminar el partido y sin haber tenido acceso a ninguna otra fuente de información, tu tendrás que recurrir al azar y yo podré basarme en mi experiencia en decodificar los sonidos del estadio.

Me parece indudable que mis probabilidades de acertar serían muy superiores a las tuyas, pero eso no significaría que mi conocimiento fuera muy fino. Los goles del Valencia probablemente no los fallaría (incluso podría adivinar un gol anulado) pero, en los del contrario por ejemplo, mi margen de error sería mucho mayor. También podría conocer si había sido un partido intenso, bronco, aburrido… pero no me pidas muchos más detalles. Ni alineaciones, ni cambios, ni tarjetas. En eso estaría como tú en mi conocimiento de lo ocurrido en el partido.

¿Es algo parecido a lo que está pasando con el auge o la moda de las neurociencias?

No me cabe duda que las técnicas de neuroimagenes se han acercado lo suficiente al funcionamiento del cerebro como para tirar una piedra y ver dónde cae. Pero ¿nos pueden contar ya, o de forma inminente, el partido de lo que pasa por nuestra mente como si estuvieramos dentro del estadio o viéndolo por la tele? ¿O simplemente nos permiten interpretar toscamente, desde fuera, los sonidos de miles de neuronas gritando?

En un programa presentado por Chicote se realizó un experimento (¡Vaya por donde!¡En Valencia!) Cuando a una persona dentro de un tubo de ¿resonancia magnética? se le daba una cucharadita de helado de chocolate se iluminaba una determinada área del cerebro (¡Gooool del Valencia!) Pero cuando se le daba una cucharadita de agua, nada ocurría. Se concluía que el chocolate parece estimular el área del cerebro asociada al placer. Pero de ahí a que un neurólogo adivine lo que he comido viendo una imagen de mi cerebro va un trecho ¿no?

Así que, por mi parte, bienvenidos sean los avance de las neurociencias pero no nos volvamos locos. Por eso me me he comprado con gusto un libro llamado “El cerebro idiota”  (Editorial Planeta,2016) donde su autor, el neurólogo Dean Burnett, mantiene que “para tratarse de algo supuestamente tan brillante y evolutivamente avanzado, el cerebro humano es bastante desordenado, falible y desorganizado”.

kluge: la azarosa construccion de la mente humana-gary e. marcus-9788434469181

Un argumento en la linea de un libro más antiguo: “Kluge. La azarosa construcción de la mente humana” (Ed. Ariel, 2010) donde su autor, Gary Marcus, mantiene que el cerebro humano no es el resultado de un refinamiento evolutivo sino un conjunto de chapuzas (kluge en inglés) para conseguir su objetivo esencial que es la supervivencia. Algo que intentará aunque para ello deba engañarnos a nosotros mismos.

En todo caso el “El cerebro idiota” tiene para mi una virtud. Su autor tiene una característica bastante sorprendente. No sólo es científico sino también humorista. Basta leer la dedicatoria para darse cuenta del estilo del libro:

“Dedicado a todos los seres humanos con cerebro. No es fácil aguantarlo, así que ¡les felicito!”

O estos dos epígrafes del índice:

“La memoria es un regalo de la naturaleza (pero no tiren la factura de compra)”

“Las muchas maneras que encuentra el cerebro de mantenernos constantemente asustados”

Y teniendo en cuenta que me he desvelado a las tres de la mañana, cabreado con una mona por la toma de decisiones de un caso de mi trabajo, he decidido que además de lo idiotas que me parecen algunas personas debo contemplar que mi cerebro también lo es. Intenta convencerme de que me va la vida en que me hagan caso en mis propuestas o las de mis compañeros y compañeras.

No, imbécil cúmulo de neuronas mal alienadas, no me va la vida. Tampoco puedes asegurar presuntuosamente que le va la vida a los menores con los que trabajas. Quizá tu propuesta sea la errónea.

Ni parece buena idea ponerte como un niño pequeño enfadado, con los brazos cruzados y refunfuñar: ¡Yo así no juego!

Se trata, neurona solitaria, de escribir en un blog para resistir y rehacerte de trabajar en algo tan complicado, yendo a tortas dialécticas con todo el mundo y dónde no se quiere poner solución a lo que todos sabemos: las perversiones del sistema en la toma de decisiones tan importantes en la vida de los menores.

Pero en cualquier caso, se trata “puto cerebro” de que te duermas porque mañana trabajas. Poco, pero trabajas.

Así que dejemos que Emilio, al que aprecio muchísimo, detecte los probabilísimos errores del post y se lo agradeceremos dejándole el libro si le apetece leerlo. A ver si así a su idiota cerebro le deja de alterar la tensión arterial.

Vámonos a la cama.

 

 

Read Full Post »

La relación de ayuda es algo muy sencillo: “tú necesitas ayuda, yo te la doy”

Resultado de imagen de ayuda

¡JA! Al menos en la acción social esto casi nunca es así.

Pero al menos en la vida cotidiana la relación de ayuda es algo muy sencillo: “yo necesito ayuda y tú me la das!

¡JA!

¿Alguna vez te han ayudado sin que lo pidieras?¿Alguna vez te han ayudado sin que lo pidieras y, lo que es más, sin que realmente lo necesitaras? ¿Cómo te sentistes?

No hace falta que pienses mucho. Seguramente como algún miembro de la familia de la Señora Atareada (las negritas son mías)

Pienso en la señora Atareada, que falleció hace unos meses. Es realmente asombroso ver cómo su familia se ha recuperado del golpe. Ha desaparecido la expresión adusta del rostro de su marido, y ya empieza a reír. El hijo menor, a quien siempre consideré como una criaturita amargada e irritable, se ha vuelto casi humano. El mayor, que apenas paraba en casa, salvo cuando estaba en cama, ahora se pasa el día sin salir y hasta ha comenzado a reorganizar el jardín.
La hija, a quien siempre se la consideró «delicada de salud» (aunque nunca supe exactamente cuál era su mal), está ahora recibiendo clases de equitación, que antes le estaban prohibidas, y baila toda la noche, y juega largos partidos de tenis. Hasta el perro, al que nunca dejaban salir sin correa, es actualmente un conocido miembro del club de las farolas de su barrio. La señora Atareada decía siempre que ella vivía para su familia, y no era falso. Todos en el vecindario lo sabían. «Ella vive para su familia» —decían— «¡Qué esposa, qué madre!» Ella hacía todo el lavado; lo hacía mal, eso es cierto, y estaban en situación de poder mandar toda la ropa a la lavandería, y con frecuencia le decían que lo hiciera; pero ella se mantenía en sus trece. Siempre había algo caliente a la hora de comer para quien estuviera en casa; y por la noche siempre, incluso en pleno verano. Le suplicaban que no les preparara nada, protestaban y hasta casi lloraban porque, sinceramente, en verano preferían la cena fría. Daba igual: ella vivía para su familia. Siempre se quedaba levantada para «esperar» al que llegara tarde por la noche, a las dos o a las tres de la mañana, eso no importaba; el rezagado encontraría siempre el frágil, pálido y preocupado rostro esperándole, como una silenciosa acusación. Lo cual llevaba consigo que, teniendo un mínimo de decencia, no se podía salir muy seguido.
Además siempre estaba haciendo algo; era, según ella (yo no soy juez), una excelente modista aficionada, y una gran experta en hacer punto. Y, por supuesto, a menos de ser un desalmado, había que ponerse las cosas que te hacía. (El Párroco me ha contado que, desde su muerte, las aportaciones de sólo esta familia en «cosas para vender» sobrepasan las de todos los demás feligreses juntos.) ¡Y qué decir de sus desvelos por la salud de los demás! Ella sola sobrellevaba la carga de la «delicada» salud de esa hija. Al Doctor —un viejo amigo, no lo hacía a través de la Seguridad Social— nunca se le permitió discutir esta cuestión con su paciente: después de un brevísimo examen, era llevado por la madre a otra habitación, porque la niña no debía preocuparse ni responsabilizarse de su propia salud. Sólo debía recibir atenciones, cariño, mimos, cuidados especiales, horribles jarabes reconstituyentes y desayuno en la cama.
La señora Atareada, como ella misma decía a menudo, «se consumía toda entera por su familia». No podían detenerla. Y ellos tampoco podían —siendo personas decentes como eran— sentarse tranquilos a contemplar lo que hacía; tenían que ayudar: realmente, siempre tenían que estar ayudando, es decir, tenían que ayudarla a hacer cosas para ellos, cosas que ellos no querían.
En cuanto al querido perro, era para ella, según decía, «como uno de los niños». En realidad, como ella lo entendía, era igual que ellos; pero como el perro no tenía escrúpulos, se las arreglaba mejor que ellos, y a pesar de que era controlado por el veterinario, sometido a dieta, y estrechamente vigilado, se las ingeniaba para acercarse hasta el cubo de la basura o bien donde el perro del vecino.
Dice el Párroco que la señora Atareada está ahora descansando. Esperemos que así sea. Lo que es seguro es que su familia sí lo está.

Este texto tiene la misma edad que yo: 55 años porque fue escrito por C.S. Lewis en 1960

Aunque el texto lo conocí hace unas semanas leyendo su libro “Los cuatro amores” para ayudar a un hijo agobiado con el final del 2º de Bachiller. Podría comentar la historia de la Señora Atareada desde la perspectiva de este blog: la relación de ayuda. Pero mi inteligencia, al lado de la de este autor, es similar a la de un paramaecio. Así que dejaré que el mismo lo haga y concluiré el post. Ya habrá tiempo para usarlo si viene al caso.

Aquí está toda la cuestión: si tratamos de vivir sólo de afecto, el afecto «nos hará daño». Me parece que rara vez reconocemos ese daño. ¿Podía la señora Atareada estar realmente tan ajena a las innumerables frustraciones y aflicciones que infligía a su familia? Es difícil de creer. Ella sabía, ¡claro que lo sabía!, que echaba a perder toda la alegría de una velada fuera de casa cuando, al volver, uno la encontraba ahí sin hacer nada, acusadoramente, «en pie, esperándole». Seguía actuando así porque, si dejaba de hacerlo, se tendría que enfrentar al hecho que estaba decidida a no ver: habría sabido que no era necesaria. Ese es el primer motivo. Luego, además, la misma laboriosidad de su vida acallaba sus secretas dudas respecto a la calidad de su amor. Mientras más le ardieran los pies y le doliera la espalda de tanto trabajar, mejor, porque esas molestias le susurraban al oído: «¡Cuánto debes quererles por hacer todo eso!» Este es el segundo motivo; pero me parece que hay algo más profundo: la falta de reconocimiento de los demás, esas terribles e hirientes palabras —cualquier cosa puede herir a la señora Atareada— con que ellos le rogaban que mandara a lavar la ropa fuera, le servían de motivo para sentirse maltratada y, por tanto, para estar constantemente ofendida, y para poder saborear los placeres del resentimiento. Si alguien dice que no conoce esos placeres o es un mentiroso o un santo. Es cierto que esos placeres sólo se dan en quienes odian; pero es que un amor como el de la señora Atareada contiene una buena cantidad de odio. Lo mismo sucede con el amor erótico, del que el poeta romano dice «Yo amo y odio»; e incluso otros tipos de amor admiten esa misma mezcla, pues si se hace del afecto el amor absoluto de la vida humana, la semilla del odio germinará; el amor, al haberse convertido en dios, se vuelve un demonio.

Resultado de imagen de caballo de troya

Cada “favor” de la Señora Atareda hacía sin que le pidieran era como el enorme caballo de madera que los griegos dejaron a las puertas de Troya, como supuesta señal de reconocimiento y rendición. Los miembros de su familia los aceptaban y por la noche, en sus mentes, la Señora Atareada salía a invadirlos.

Read Full Post »