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Archive for 25 diciembre 2016

En el último post (“Cierre por resiliencia”) explique que estaría un tiempo “en silencio” pero que tenía el compromiso de publicar textos que no eran mios. Cumplo en parte ese compromiso con un texto elaborado con una persona que se cruzó este año en mi vida y a la que me atreví a pedirle que compartiera su historia con todo el que visite este blog. Después de leerlo podrás entender además porque he elegido el día de Navidad para hacerlo.

Aprovecho esto también para aclarar que mi silencio temporal es sólo mio. El blog sigue abierto para aquellos que quieran utilizarlo. Si quieres compartir ideas, experiencias o reflexiones con nosotros no tienes más que mandarmelas.

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Si la resiliencia es un fenómeno que ocurre ¿por qué no preguntarle a aquellas personas en las que se ha dado o se está dando? Olga, le sugerí cambiar el nombre pero me insiste que no es necesario, ha tenido el valor de sentarse delante del ordenador y enfrentarse a dolorosos recuerdos y vivencias. Nunca se lo podré agradecer suficientemente y ambos esperamos que pueda servir para algo o alguien. Es por ello un post de más extensión de lo normal. Vale la pena que así sea y además no podría ser de otra manera.

Olga, hemos pasado varios ratos dándole vueltas a cómo una infancia difícil o dolorosa puede condicionarnos en la vida adulta y cómo puede tomarse un camino vital positivo y satisfactorio a pesar de ella. Yo desde la teoría y lo poco que sé sobre la resiliencia y tú desde tu experiencia.

Has compartido conmigo cómo, sin unas circunstancias objetivas trágicas o difíciles, la relación entre tus padres y de ellos con sus hijos, definen tu infancia como infeliz o, al menos, “no todo lo feliz que debería haber sido” ¿Cómo podrías resumir esta situación y tu vivencia de la misma.

Resumiría la situación vivida como una infancia traumática por la falta de modelos estables y la ausencia de empatía de mis padres hacia nuestras necesidades para el desarrollo y estabilidad: amor incondicional, comprensión, escucha, respeto, atención, etc.

Recuerdo una infancia donde mis padres habían hecho de la disputa diaria y las malas contestaciones su modo de vida, integrándolo como lo normal, pero guardando las formas de cara al exterior. Un modo de vida completamente desestructurado e  inestable, con carencias básicas como el respeto entre ambos y hacia sus hijos; la imposición en vez del diálogo; la falta de comprensión y de espíritu de sacrificio par nuestras necesidades frente a las suyas.

Ninguna situación de dificultad habitual de la vida se afrontaba desde el diálogo y el cariño o desde la unión, sino todo lo contrario: con imposiciones y discusiones de las que siempre nos hacían partícipes a sus hijos hasta de los más mínimos e íntimos detalles, algo que un niño no tiene madurez para asimilar. Mis hermanos y yo crecimos en medio de todo ese entorno hostil y con muchas carencias, ya que nuestras necesidades emocionales no importaban, no se reparaba nunca en ellas, eran las grandes olvidadas. Y así me sentía yo: “emocionalmente abandonada”.

Pienso que su malestar interior y su ego debían ser tan grandes, que la humildad y el espíritu de sacrificio por el otro, inclusive por sus hijos, se habían esfumado, pendientes solo de quien quedaba por encima en las disputas emprendidas a veces por la tontería más absurda. Era una batalla campal rutinaria que se saldaba casi siempre con estímulos externos casi siempre económicos en vez de con diálogo, humildad, o simplemente amor. La buena posición económica les permitía discutir y al rato, o al día siguiente, guardar las apariencias y salir a cenar, a comer o de vacaciones e integrarlo todo como el modus operandi normal.

Respecto a mí, recuerdo una infancia en la que reinaba una soledad absoluta y sentimientos de miedo. Nunca estaba bien nada de lo que yo hiciera, ni el esfuerzo que conllevase, porque era mi obligación, y experimentaba una sensación de exigencia por parte de ellos que me ahogaba a diario. La manera de comunicarse conmigo siempre era de forma exigente, a gritos si no obedecías a la primera, con amenazas continuas para infundirnos miedo, chantajes y un autoritarismo absoluto evitando así que nos saliéramos del camino marcado. Desobedecer o expresar tu opinión era ir en contra suya y tenías la condena y consecuencias de inmediato, siendo especialmente dolorosos los insultos de ambos, pero especialmente los de mi madre hacia mi.

Vivía en continuas contradicciones porque no entendía como un día podían insultarse hasta el extremo y al día siguiente actuar como si de una rencilla sin importancia se tratara. Del mismo modo nos trataban a nosotros. yo no entendía por qué ellos eran respetuosos de puertas hacia afuera y pedían la cosas por favor, daban las gracias y nos exigían muchas normas de educación en las sitios para que vieran que éramos niñas muy educadas y, sin embargo, ellos nunca nos daban las gracias y nunca nos pedían las cosas por favor.

Recuerdo una infancia infeliz en la que no me dejaron ser niña, con miedo, buscando la aceptación de tus padres y su cariño haciendo lo mejor posible las cosas y teniendo que madurar forzosamente a base de presenciar e intentar mediar en sus continuos conflictos, lo que para mis hermanos y para mi era prioritario para evitar así males mayores.

El miedo y la falta de empatía hacia mí como persona me acompañaron durante mi infancia y adolescencia. No conté con padres que se preocuparan de mis inquietudes y necesidades, me vi desprotegida y sola. Para ellos, paradójicamente, pensar en tus necesidades era un acto de egoísmo que te llevaba a duras represalias  psicológicas. Con lo cual integré que no debía pensar en ti, ni en lo que yo necesitara. Tenía que dar el máximo en todo. Aún hoy no soy capaz de permitirme simplemente descansar a veces, y me puedo llegar a sentir culpable si lo hago.

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¿Qué crees que te ayudó a sobrellevar esa situación en aquellos momentos y en tu adolescencia?

La verdad, no lo sé. Mis padres me llevaron a un colegio religioso pero no significó para mí un espacio para la resiliencia en ningún sentido.

Lo que sé es que, en general, me invadía una sensación de ira y rencor en la que mi objetivo era terminar mis estudios y salir de allí para vengarme. Es decir ellos se sostenían sobre nosotros y mi único objetivo creo que era darles lo que se merecían y dejarlos solos para que entre ellos se lapidaran.

Nos hacían partícipes de sus discusiones y yo creía que mi venganza sería dejarlos solos el uno con el otro. Pensé que cuando saliera de mi casa todo quedaría atrás, pero no fue así. Quedé tan trastornada que curar todas las heridas que arrastraba era un largo y duro recorrido. Y así ha sido

Ellos, pese a salir de la casa donde me crié, han seguido machacándonos y no nos han dejado escapar. La culpabilidad que han alimentado tanto desde mi niñez, no lo ha permitido y me ha mantenido enganchada diría casi que hasta hoy en día.

 Es cierto que, poco a poco, he ido soltando amarras y trabajando mi historia personal para que los chantajes que, a día de hoy aún a veces permanecen, no hagan mella en mi persona y me incapaciten o hundan emocionalmente.

Me viene a la memoria que yo tenía una amiga en la adolescencia que era mi mejor amiga y que hoy lo sigue siendo. Es la menor de 6 hermanos y su casa estaba llena de armonía. Para era un sitio donde encontraba mucha paz porque precisamente sus padres eran todo lo contrario, la otra cara de la moneda y yo lo recuerdo como un modelo que en mi cabeza se quedó grabado. Veía que otra forma era posible a la vez que la comparación me provocaba mucho dolor e impotencia, pero me sirvió para tener la esperanza de que yo podría encontrar algo así. Sus padres eran muy amables y respetuosos conmigo.

A pesar de que no nos conocemos desde hace mucho tiempo, podría afirmar que hoy en día llevas una vida personal, familiar y social perfectamente satisfactoria para ti y para los tuyos. ¿Podrías contarnos si has tenido o tienes para ello uno o varios de lo que solemos llamar “tutores de resiliencia”?

Creo que sí y que dos han sido mis tutores esenciales en este largo túnel. A ambos los encontré a la vez y aún hoy El Señor permite que sean mis guías.

Primero encontré al que es hoy mi marido, un ser con sus carencias como todos pero que me hizo comprender que, a pesar del ejemplo de mis padres, otra forma de comunicarse entre una pareja es posible. Él, con mucha paciencia, me ayudó a superar la tendencia a la falta de respeto que tenía en mis discusiones, pues así lo había aprendido, y me hizo abrir los ojos a una vida donde la escucha y el diálogo, es vital. Es una persona paciente y muy generosa, emocionalmente hablando, con todo lo que hace y da.

Al poco tiempo de conocerlo también conocí a quien yo considero una madre, mi madre Adela. Ella es mi mentora en el camino de la Fe Cristiana, y con su ejemplo ha sabido resolver todas esas dudas que en el colegio religioso, y a lo largo de mi vida, me hicieron alejarme de la Fe.

Ella con su ejemplo, su paciencia y su falta de censura ha sabido hacerme entender como nos quiere Dios, su amor incondicional. Ella es madre de seis hijos y su vida ha sido bastante dura en algunos aspectos. Pero me ha transmitido sus vivencias y en ella he encontrado mi manera de comprender y de entender la vida y lo que nos toca vivir con aceptación, apreciando tantas cosas bonitas que las nubes que creamos no nos dejan ver.

Ella lleva diez años a mi lado y creo que sin ella no hubiera conseguido llegar a este punto. Creo que Dios te va poniendo los medios bien a través de personas, vivencias etc. para ayudarte a crecer. Ella vive en otra ciudad, lejos de mí, pero con nuestras interminables conversaciones siempre me ha acompañado en mis duelos, me ha escuchado y me ha aconsejado desde el gran amor que Dios le ha dado a ella y que reparte a todo el que se cruza en su camino. Es un ejemplo para mí, de aceptación ante las adversidades de la vida, de humildad, de amor y de entrega hacia todo lo que Dios le va poniendo en el camino. Es un testimonio de Fe.

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Hemos hablado varias veces del miedo a “repetir la historia”. Cuando finalmente pudiste emanciparte ¿crees que estuviste en peligro de qué esto ocurriera? ¿Y qué recursos internos o propios crees que te ayudan hoy en día a la resiliencia?

Creo que lo de los recursos internos ya está contestado en la pregunta anterior puesto que el encuentro con Adela me ha dejado un sentido trascendente de la vida que me ayuda a mirar más allá de lo que me pasó o me sigue pasando.

Respecto a lo de repetir la historia creo que estuve en peligro de hacerlo e incluso hoy aún puedo estarlo. Es inevitable, diría yo. Solamente con la ayuda de Dios, en quien yo he encontrado refugio y paz, conseguimos liberarnos de repetir la historia en su totalidad. Porque Él te va poniendo en el camino las situaciones que te ayudan a crecer y las personas en quien te tienes que fijar para borrar tanto dolor y lecciones mal aprendidas.

Cuando hago balance observo con claridad que cuánto más avanzo en mi persona hacia la humildad, la caridad, el perdón, el amor incondicional, me voy liberando de esa losa que me han puesto durante años y por consiguiente voy dejando de repetir la historia. Pero la lucha no desaparece del todo.

Cuando me alejo de los valores que he aprendido a través de Adela y que son los del Evangelio Cristiano, veo que sale esa parte oculta de mi persona que repite lo aprendido. Solo puedo borrar lo aprendido escribiendo encima  con los valores que Dios me está transmitiendo, bien a través de vivencias, o de personas, inclusive de la evolución de mis padres y agarrándome a diario a un sentimiento muy difícil de sacar cuando el de enfrente es el que te machaca: el Perdón y la Misericordia. Porque si Dios me está ayudando a mí, tengo que tener la capacidad de perdonar diariamente a mis padres, si Dios no me juzga a mí sino que me ama y me perdona no puedo ser tan juez de mis padres ¿quién soy yo para ello?.

El camino que me toca vivir es el que es y no encontraría consuelo en pedir explicación de porqué me ha tocado esto. Creo que me toca aprender para crecer y salir del agujero y como ya he dicho antes, para salir del rencor, la ira, el dolor, la frustración el desasosiego… lo primero es la aceptación de que esto está y estará. Tener compasión, amor y evidentemente, intentar salir del círculo que te envenena para proteger tu estabilidad, entendiendo que el rencor, odio y todos esos sentimientos son autodestructivos y se retroalimentan.

Tengo que decir que son muchos los años que intenté especialmente con mi madre con la que por circunstancias tengo más trato, que reconociera lo ocurrido y aún a día de hoy, me encuentro una negativa alegando que hemos tenido una infancia muy feliz.

Durante muchos años esa falta de reconocimiento me ha mantenido con una gran ira y un fuerte rencor. Pero, a día de hoy, entiendo que mi felicidad no puede depender del reconocimiento de mis padres de la situación vivida, ellos son víctimas de su propio desasosiego y llevan su propia lucha contra su infelicidad, que les autodestruye, pienso ahora que soy madre que debe ser muy duro enfrentarse a ese reconocimiento ¡pobrecitos!

No necesito el reconocimiento del dolor vivido, ese sosiego solo me lo da Dios a través del perdón hacia ellos y la falta de rencor.

El Señor me ha puesto esta prueba grande y el perdonarlos me hace ser más rica. Imagino que lo que explico es complicado de entender, pero es difícil explicar con palabras la alegría y la sensación de amor que me invade el corazón cuando pienso en ellos con cariño, cuando en vez de compadecerme me alegro y doy gracias por mi aprendizaje y cuando la compasión es mi pensamiento hacia ellos. Lástima que no me pase siempre porque es muy bonito experimentarlo.

Hace unos días hablé con mi madre y pocos minutos le costó el comenzar a agredirme verbalmente. Pues cuando colgué el teléfono anticipadamente para evitar que la situación se dilatase, pedí al Señor que esto pasase como un soplo y que no quedara rencor en mi corazón. Es así como encuentro consuelo, sin venganza alguna ni siquiera en mis pensamientos. No siempre lo consigo, pero es dónde empiezo a discernir con claridad que esta la salida.

Según algunos autores la resiliencia no es un fenómeno de “todo o nada” o “de una vez para siempre” Por lo que veo hay circunstancias concretas que te traen de nuevo tu dolor a un primer plano ¿Es así?

Claro. Ocurre muy a menudo. Hay una cosa que siempre me ha perseguido, un sentimiento que no se explicar muy bien, es un sentimiento de dependencia.

Una vez me preguntaste que si mi padre había sido tan cruel como podía preocuparme lo que le pasara, y aunque es difícil de entender, creo que mas allá de lo que podemos explicar, hay un sentimiento inexplicable de unión hacia tus padres por muy malos que hayan sido. Es como un cordón que permanece y que te ata sin que te permita soltarte por mucho que te auto-convenzas de que para ti han muerto o que dejes de hablar con ellos. Es algo que no te deja en paz.

Siempre pongo el ejemplo de que es como el hijo bastardo del torero que pese a que su padre nunca lo quiso busca el reconocimiento una y otra vez aunque sea en los tribunales y aun así te planteas: ¡Pero si ni siquiera lo ha conocido como persona! ¿qué más le da? Pues no sé que pasa, pero algo pasa y la solución no está en hacer como si no existieran y simplemente cortar la comunicación. Creo que la solución está, como he dicho antes, en enfrentarte a tu rencor, miedo y hacerle frente con la misericordia, el perdón y el amor. Esa es la forma de combatir ese dolor tan, tan grande como es el del maltrato parental. No se quita solo alejándose del foco. Las heridas no se sanan y tu sensación de abandono aumenta.

Una vez me dijo un sacerdote tras hablarle del comportamiento de mi madre, que mi labor no era juzgar y arreglar, solo acompañar. El resto era cosa de Dios con ella. Me sentí aliviada pues llevaba años dándome contra un muro para hacerle ver a mi madre lo mal que se portaba. Ahora intento no guardarle rencor, perdonarla ya que aún no ha encontrado la paz y rezar para que antes de irse la encuentre.

Cuanto más juez te haces de tus padres, más juez te conviertes de todo lo que haces en la vida y tu exigencia y desasosiego no dejan de crecer llevándote a la autodestrucción.

Has aceptado el compartir tu experiencia no sólo conmigo sino con quién pueda leer estas líneas ¿qué es lo que te lleva a ello? Y ¿en qué medida crees que todo esto te puede facilitar el ayudar a niños y niñas con “infancias” tan o más difíciles como las tuyas?

La verdad es que cada historia es tan diferente y los sentimientos que se generan tan difíciles de explicar que no hay recetas.

A mí lo que me gustaría es transmitir que la salida está en que tu corazón encuentre ese amor que te faltó y ese amor tan grande creo que solo lo da Dios.

En mi caso, agarrarse a las palabras de Jesús es la manera de salvarme de una vida de agonía. Lamentarse es negarse y negar tu historia. Crecer con ella y con los sentimientos que te genera, reconocerlos, aceptarlos y combatirlos con la mayor humildad que se pueda sacar, es para mí, la puerta de salida del laberinto.

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