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Archive for 22 septiembre 2017

Llego a casa sabiendo que tengo el tiempo justo para dar un bocado y marcharme con P. a empezar su tratamiento de ortodoncia. Me da tiempo a ver que ha llegado un paquete e identificarlo como un libro que estoy esperando. Así que simplemente le hago una foto y se la envío a su autor para que sepa que ya me ha llegado.

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En una Escuela de Odontología esperamos a que nos atiendan. Un joven odontólogo, que luego sabré que es alumno en el Máster en Ortodoncia de la misma, pregunta en voz alta por R. Nos levantamos y le aclaro que R, es acogido y que le llamamos P.

No nos saluda ni nos hace pasar a una consulta. Allí mismo, de pie, me hace una pregunta: ¿Por qué han venido a hacer la ortodoncia? Me quedo tan sorprendido que no sé que decirle. Insiste: ¿Quien les ha mandado? Cuando consigo reponerme  titubeando le contesto: No lo sé. Vosotros mismos. Fue aquí donde nos dijisteis que necesitaba ortodoncia y hasta nos la habéis financiado con un banco. Luego me daré cuenta, cuando le vea pedirle a la enfermera el expediente o historial, que no había tenido a bien leérselo antes de empezar.

Me pide que cumplimente una anamnesis (Yo creía que las anamnesis se preguntaban no se rellenaban por el paciente) Le advierto que muchas preguntas no se las podré contestar porque no sé los antecedentes familiares. Con un semblante digno de Buster Keaton me dice que rellene lo que pueda. Quizá exagero pero me siento un poquito cómo si me perdonara la vida.

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Le dice a P. que vaya con él y me brindo a acompañarle. Me dice que no hace falta y yo pienso: ¡Ya veremos!

A los dos minutos sale y me pide que baje a comprar un cepillo de dientes y que se quedará en la clínica para otras ocasiones. Le digo que OK pero sigo rellenando el cuestionario. Me apremia y me dice que ya lo acabaré luego. Me pregunto porque no nos habían avisado al citarnos. Bajo los cinco pisos, lo compro y vuelvo a subir.

Entrego el cepillo y sigo con la anammesis en la que reflejo que P. tiene un retraso mental ligero. Al acabar prefiero caminar a volver a sentarme. Al llegar al otro extremo del pasillo, por un cristal traslúcido, veo la sombra de P. cepillándose los dientes con el joven odontólogo al lado. Un minuto, dos minutos, cinco minutos, diez minutos. Finalmente desaparecen.

Al cabo de otros diez minutos se acerca hacia mi el joven profesional con una cámara reflex en la mano, mirando las fotos hechas en la pantalla y bufando. Mientras empieza a enseñármelas comienza también un discurso algo trágico sobre la higiene bucal de P. Le informo que sí se lava los dientes todos los días y es entonces cuando le digo: ¿Te has dado cuenta de que tiene una discapacidad psíquica? Pone cara de sorpresa pero balbucea: “Me ha parecido que le costaba entender”. Le aclaro que tiene algo menos de la mitad de edad mental que de edad cronológica. Entonces angustiado me pregunta: Pero ¿me entiende lo que le digo? Incapaz de contestar sí o no, contesto: “No lo sé. Según lo que le digas y como se lo digas”

Finalmente me dice en tono que a mi me suena un poquito a amenaza que si no se le desinflaman las encías la ortodoncia…  y yo me comprometo a supervisar en casa sus cepillados. No he querido justificarme en la discapacidad de P. Sólamente que entienda que no es tan sencillo como si se cepilla o no. Por su cara apostaría a que no lo he conseguido.

Me bajo con P. y con dos litros de mala leche. Son detalles quizá ínfimos pero mi sensación es que a este chico le han enseñado a tratar bocas pero no a personas.

En la planta baja tenemos cita para hacerle dos tipos de radiografías de la boca. Cuando entramos en la sala veo a la profesional encargada, esta vez no tan joven, atendiendo a otro niño. Su semblante es relajado y alegre. Nos saluda y nos invita a sentarnos y esperar. Le tiene que repetir la placa al niño, de la misma edad que P., porque se ha movido.

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Cuando nos toca el turno le advierto, esta vez sí, de que P. tiene una discapacidad psíquica. Su cara refleja un poquito de preocupación pero mucho interés. Lo trata con muchísimo cariño y tras colocarlo adecuadamente se brinda a quedarse dentro con él si yo disparo la máquina de rayos como ella me indica. No puedo dejar de pensar que se va a exponer a los rayos por P. Sé que es asumible pero también soy muy consciente de que no tiene porqué hacerlo. Noto que me recorre por el cuerpo una sensación agradable. Debe ser el correlato fisiológico del agradecimiento.

Sin embargo como la técnico ve que P. muerde bien y se está quieto no hace falta que dispare yo. Le cambia de máquina para la otra radiografía. Ambas salen bien a la primera (Orgulloso de P. me entran ganas de buscar al niño anterior y restregárselo por la cara) Se despide de P. de forma muy cariñosa y alabándole por su colaboración

Llegamos a casa y saco el libro de su envoltorio. “Profesionales portadores de oxitocina. Los buenos tratos profesionales” de Iñigo Martínez de Mandojana Valle publicado por Ediciones El Hilo. Conozco ya su contenido porque Iñigo fue tan amable de compartir conmigo los primeros borradores.

Así que como sólo tengo un ejemplar dudo de si volver a la Clínica y arrojárselo a la cabeza al odontólogo o regalárselo con agradecimiento a la técnico de radiología. Opto por quedármelo, leerlo de nuevo (dominando las ganas de subrayar pues me ha encantado la edición) y tenerlo en casa como un libro de referencia.

Eso sí. Si me toca la lotería pediré 20, 30 o 50 ejemplares. Y me daré el gustazo de lanzarlo o regalarlo a diestro y siniestro.

EPÍLOGO

He usado esta estrategia narrativa para el post en primer lugar porque todo lo que cuento es absolutamente cierto (subjetivo pero por eso cierto… para mí)

Y en segundo lugar porque he querido que tuviera un poco del estilo canalla y barrio-bajero que algunas veces se le escapa a Iñigo y que me encanta. Hace bien en controlarse. Lo sé. Pero a mi me gusta. Mucha oxitocina con ligerísimos toques de mala leche. Una combinación perfecta.

Pero como no sé si este enfoque es el mejor para invitar a su lectura me quedo más tranquilo añadiendo algunas ideas de forma sintética:

  • Lo que plantea el libro no es una elucubración teórica. Todos nosotros, todos los días, nos cruzamos con profesionales que, como díria Tim Guenard, nos arrugan el alma o nos la planchan.
  • Y no se trata de algo tan simple como el “buen rollito” sino de algo tan profundo y tan concreto como el “buen trato”. Algo que no sólo  se traduce en bienestar sino también en eficacia de la intervención.
  • .Lo que pretende este libro debería ser un eje fundamental en la formación de cualquier profesional, del campo que sea, que deba tratar con personas.
  • Y como sugiere Iñigo Ochoa de Alda en su estupendo prólogo también sirve para que los que ya estamos un poco pasaditos de vuelta podamos ver reflejados lo que no supimos hacer bien. No para flagelarnos sino para rehacernos

Ahí lo dejo.

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Microcasos (11)

MADUREZ

Por las mañanas sentía que la vida le arrastraba. Al final de la tarde sentía en su cuerpo que se arrastraba por la vida. Y al acostarse pensaba: “Paciencia con la vida”

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TIERNA MADUREZ

– Hola, Belén… ¿qué quieres, cariño?

– ¿Puedo ir esta tarde a ver a mi mamá?

– No.  La mamá vendrá mañana a verte como los papás de los otros niños de la resi.

– ¡Ah! Vale… pero… ¿me tengo que ir con ella?

–  No, Belén, te quedas con nosotros. ¿Estás bien aquí?

– ¡Síííí!

– ¿Y entonces para qué querías que te lleváramos a ver a tu mamá?

– Por nada. Para saber que está bien.

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JUVENIL MADUREZ

Buscaba una persona joven pero madura para trabajar en su centro de menores. Había juntado a todas las personas candidatas a la misma hora. Y les había entregado un folio donde sólo tenían que poner su teléfono y contestar a lo siguiente:

“Imagine que hoy es el día de su jubilación en este puesto de trabajo. Reflexione y piense en para cuántos niños o niñas usted ha marcado la diferencia entre repetir su historia o romper el círculo de la desprotección ¿Podría explicar que sucedió entre ellos y usted?”

Pasó rápidamente los folios. Estaba llegando a los últimos cuando leyó: “Uno. No lo sé seguro. Me dijo algo de que le había mirado de forma diferente”. Cogió el teléfono y marcó el móvil que estaba escrito encima.

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MADUREZ MADURA

– Cada vez me duelen más los huesos y las articulaciones. Tendré que ir al psicólogo.

– ¡Querrás decir al médico! Probablemente te recomiende que hagas un ejercicio adecuado a tu edad, quizá masajes para la artrosis…

– ¿Y el médico sabrá tratarme el ego para que pueda tener la humildad necesaria para la vejez?

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¿Son todas las piezas de un puzzle igual de importantes?

Imagina que ves en casa de un amigo o amiga un puzzle cuya imagen te encanta y te dice que te lo puedes llevar pero que cree que le faltan dos o tres piezas ¿lo descartarías?

A la hora de hacer el rompecabezas las piezas con un lado recto, suponiendo que sea cuadrado o rectangular, nos permiten delimitar la imagen. Las piezas internas monocromas nos las dejaremos para el final pues sólo las ubicaremos por la forma.Y todos sabemos que algunas piezas son clave porque, al tener dos colores claramente diferentes, nos permiten identificar su posición estratégica en la imagen y a partir de ella seguir avanzando.

Pero a la hora de contemplar el puzzle tampoco todas las piezas son exactamente igual de importantes. Por ejemplo, si me faltan piezas del borde puedo solucionarlo quitando todas las del borde. Probablemente la imagen no se verá afectada y puede quedar un efecto artístico. Tampoco pasara mucho si la pieza o piezas que faltan no afectan a elementos sustanciales de la imagen. Incluso un vacío en un lugar concreto de la imagen puede llegar a aportar un cierto valor simbólico.

Sin embargo la ausencia de una sola pieza en un punto determinado puede alterar completamente la impresión que cause la imagen. En la imagen de un rostro las piezas de las comisuras de los labios pueden afectar totalmente a la identificación de la expresión. Por tanto hay piezas de un puzzle que son clave para su construcción y hay piezas claves para su contemplación.

Lo mismo pasa con algunos libros. Y “Educando la alegría” de Pepa Horno recién publicado por la Editorial Desclée De Brouwer es a mi entender un libro clave. No sólo porque ocupa un espacio vacío sino, además, tanto por lo que muestra como por lo que permitirá que se construya después y alrededor de él.

Educando la alegría

Libros sobre inteligencia emocional tenemos muchos desde que Daniel Goleman abrió el melón ya hace años. Y libros sobre educación de las emociones en general nos han llegado bastantes a modo de ola o a ola de moda en los últimos años. Pero no conozco ningún libro específicamente dedicado a proponer y guiar en el cultivo de la alegría en nuestros niños y niñas.

Por eso cuando a través de www.espiralesci.es me enteré de su publicación me apresuré a apuntar en un comentario que me parecía un libro sugerente y necesario.

Ahora que lo estoy leyendo podría reseñarlo comentando su contenido pero ¿no será mejor que vayáis a la fuente directamente? Podría también desarrollar una reflexión personal a partir de su libro pero… ¿quien me ha dado vela en este entierro?

Pero sí puedo afirmar, ya con conocimiento de causa, que el planteamiento del libro, efectivamente, es sugerente, conveniente y necesario. Usaré solo dos argumentos.

Aunque Pepa cuestiona con razón la clasificación que la psicología positiva hace entre emociones negativas y positivas, pues es muy engañosa, podemos admitirla por un breve momento. El momento necesario para recordar la imagen de Barbara Fredrickson de un velero.

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Las llamadas emociones negativas (miedo, ira…), con su valor fundamental para la supervivencia serían el casco y estructura del barco. Las emociones positivas (alegría, amor, curiosidad…) son las velas. Son la base de la motivación, de la exploración… Educar con las emociones negativas pero no hacerlo con y para las positivas es como dotar a nuestros niños y niñas de un velero sin velas. Quizá no se ahoguen pero no irán a ninguna parte. “Educando la alegría” nos lo recuerda y nos proporciona material para tejer.

En segundo lugar y recurriendo de nuevo a la psicología positiva. Si fuera cierto lo que se apunta desde ésta de que más o menos el 50% de nuestra felicidad viene de serie con nosotros; un 10% de la misma depende de las circunstancias y el 40% restante depende de que hagamos cosas concretas que la fomenten, la idea vertebradora del libro de Pepa de que la alegría se puede cultivar (sin caer en planteamientos ingenuos e irreales) es crucial.

Tenemos la responsabilidad de enseñar o no a nuestros niños una manera de manejarse en la vida que puede suponer pasar de un 0 en felicidad a un 4, o de un 5 a un 9. Por tanto educar la alegría puede marcar la diferencia claramente entre la desesperación y un mínimo bienestar o entre una vida mediocre o una vida plena.

Quizá me ha quedado algo exagerado. Pero prefiero pasarme de largo que de corto.

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Quiero aclarar que yo no conozco personalmente a Pepa. Pero si pudiera definir nuestra relación virtual diría, y espero que ella esté de acuerdo, que consiste en que “nos seguimos la pista” y por eso nos cruzamos en el ciberespacio con cierta frecuenciaAl menos, cuando yo anuncié que cerraba el blog por un tiempo por, digamoslo así, saturación, Pepa estuvo ahí para acompañarme en mi dolor. 

Así que es lícito que pienses que hablo de este libro por agradecimiento y en parte es cierto. No importa. Este post lo vais a leer cuatro gatos. Ni Pepa ni Desclée de Brouwer necesitan mi publicidad. Sólo me importa que te plantees que “Educar en la alegría” tiene mucho sentido. Es un libro aparentemente “ligero” pero, a mi entender, clave a la hora de plantearnos la educación de nuestros niños y niñas.

Me pasó con “Educar en el asombro” de Catherine L´Ecuyer; he visto nacer “Profesionales portadores de Oxitocina” de Iñigo Martinez de Mandojana (del que ya hablaremos) y me ha pasado ahora con “Educar en la alegría” de Pepa Horno.

Son libros que ya ayudan sólo por el mero hecho de haber sido escritos y estar ahí. Si los tienes en tu estantería o en tu tablet o libro electrónico mejor que  mejor.

Pero con que una de tus neuronas los tenga registrados ya es mucho.

Es lo que pretendo.

 

 

 

 

 

 

 

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