Acogimiento familiar: Valer la pena ¿para quién?

Hace más de 20 años me pidieron que acudiera a Petrel (Alicante) para dar una pequeña charla a un grupo de familias acogedoras que ya conocía de haber hecho formación con ellas. Me avisaron que algunas familias se desanimaban cuando el acogimiento terminaba porque el niño o niña regresaba con su familia biológica a una situación muy parecida a la de la que había salido. Se les quedaba una sensación de que su esfuerzo quizá no hubiera servido para mucho.

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Efectivamente, nada más llegar saludé a un matrimonio que teniendo ya nietos habían decido ayudar acogiendo a menores que lo necesitaran. Me explicaron que estaban muy decepcionados porque la chavala que habían tenido bastante tiempo, y que había tenido buenos resultados en los estudios, se había ido y que se había liado con un chaval. Ahora estaba embarazada. Así que, concluían, de nada había servido el acogimiento.

Por pura curiosidad, y no de forma intencionada, les pregunté cómo se habían enterado del embarazo. Rápidamente me informaron que porque la misma chavala les había llamado y preguntado si le podían acompañar al ginecólogo. De forma  espontánea me salió:

– ¡Y cómo decís que no ha servido para nada!

Todavía puedo recordar la expresión de desconcierto de sus caras y podría asegurar que también de alivio.

He contado decenas de veces esta anécdota para argumentar que el éxito del acogimiento familiar de un menor no puede medirse solo en función de la continuidad o la ruptura de la convivencia.

Ahora, que me toca estar a mi al otro lado, he tenido que oír ya varias veces comentarios en la misma línea: que si lo sembrado siempre queda, que seguro que el acogimiento ha servido para algo para el menor o la menor ex-acogida…

Son comentarios muy bienintencionados que pretenden dejar abierta la puerta de la esperanza. Y la esperanza es importantísima. Pero tienen un poder de consuelo algo limitado. Decirle a una persona con cáncer “seguro que sales adelante” es decirle poco excepto que seamos el o la oncóloga que le trata.

Pero estos días he descubierto que la pregunta que hay que contestarse, con independencia del motivo del cese del acogimiento, no es ¿le habrá valido la pena el acogimiento a este chaval o chavala? La pregunta que debo contestar (y que te planteo que te preguntes si pasas por este trance) es ¿me ha valido la pena a mi acoger a este chaval o chavala?

Porque las emociones y sentimientos pasan. Y tras una etapa dónde se siente rabia por el esfuerzo dedicado, aparentemente estéril, lo que quedará para analizar es sí puedes reconocer esa experiencia en tu vida como una experiencia valiosa.

Contestar esta pregunta no es hacer un pronóstico. Es mirar hacia atrás y analizar los pros y los contras. ¿Qué me ha aportado el acoger a un niño o niña que lo necesitaba? ¿He aprendido algo? ¿Ha variado mi escala de valores? ¿Ha aportado coherencia a mi vida aunque me la haya complicado? Son preguntas fáciles de contestar porque se mira a un pasado que conocemos y no a un futuro que desconocemos.

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Esto no es diferente a lo que ocurre en cualquier otra experiencia humana. Cuando una pareja se separa tras un tiempo significativo de convivencia algunas de ellas lo valoraran simplemente como un gran error y un paréntesis en una vida que intenta ser satisfactoria y rica. Otras, sin embargo, incorporarán esa relación como algo que ha valido la pena en su propia construcción personal aunque se haya terminado por culpa de quien sea.

Pero en ambos casos nadie, tras una ruptura sentimental, se plantea algo así como: Mis cinco años de relación con mi pareja ¿le habrán servido a ella para algo positivo en su nueva vida? Cuando una relación de pareja se rompe lo que valoramos es lo que nos ha valido la pena a nosotros. Es obvio que la relación de pareja es una relación entre iguales y que la de acogimiento no. Se supone que acogemos para ayudar a un niño o niña en situación sociofamiliar difícil. ¿Seguro?

Pero sea la que sea nuestra motivación, si una cosa he aprendido es que para lo que sirve la experiencia de acoger es para reubicarnos constantemente en la humildad: no somos salvadores de nadie. Puedo intentar ayudar pero nadie me garantiza que esa ayuda sea eficaz.

Porque si es difícil el rol de acogedor o acogedora ¡cuánto más debe ser el de pertenecer a dos realidades familiares totalmente diferentes! Puedo hacer todo lo posible por integrar a un niño o niña en mi familia pero lo que no puedo, aunque me empeñara, es desintegrarla de la suya. Porque esa realidad va a seguir estando ahí, te/le guste o no.  Probablemente el acogimiento se cese precisamente porque el chaval o chaval tiene que resolver una serie de incógnitas sobre su “otra” realidad familiar.

Creo que sólo integrando la experiencia de acogimiento como algo valioso en tu vida puedes afrontar con serenidad la ruptura. Si ponemos el foco en lo valioso que haya podido ser para el niño o niña no te puedo garantizar que no vivas siempre en la incertidumbre o en el sinsentido.

Siento que centrarme en lo que el acogimiento me ha quitado me lleva a la rabia. Refugiarme en lo que el acogimiento me ha dejado, me consuela más y me permite seguir queriendo a quien se ha ido.

Pero si mis argumentos no te acaban de convencer te daré uno incontestable que demuestra que, en todo caso el acogimiento familiar de menores, siempre vale la pena. No puedo asegurar que en todos los casos el acogimiento valga la pena para el o la menor. No te puedo asegurar que en todos los casos el acogimiento valga la pena para la familia de acogida. Pero sí puedo afirmar que en todos los casos el acogimiento vale la pena para la Administración y la sociedad. Un valor expresable en euros. Los miles de euros que la Administración se ahorra al año si un menor tutelado vive con una familia en vez de en un centro.

Espero disculpes esta última idea algo canalla. Canalla pero tan cierta como que tengo pendiente a leer este libro que viene a cuento de lo tratado. Ya te contaré.

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4 Comments

  1. Gracias Javier, sin duda esto del acogimiento me es lejano pero me uno a tu sentir, a estas preguntas que son las que probablemente le den sentido al acompañamiento y le resten tristeza al alejamiento.
    Leeré ese libro siempre agradecida de todos los que recomiendas.
    Abrazos.

  2. Gracias por.la reflexión! Totalmente de acuerdo y creo q en sintonia con un hacer sin apego al resultado. Centrados en la propia intención y en.lo que cultivamos…un hacer con sentido para quien hace, sin mas. Hacer y soltar expectativas…
    Siempre interesantes tus reflexiones. Anoto el libro…

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