Amígdalas en verde

Imagina a una persona invidente caminando con su perro lazarillo. Fácil ¿no? Ahora imagina algo que apuesto que nunca has visto. Con el brazo libre sujeta la correa de otro perro. Un imponente Rottweiler, por ejemplo. El Lazarillo le proporciona la seguridad de guiarlo y de que no se golpeé, la atropellen, etc. El Rottweiler, entrenado para la defensa, le da la seguridad ante una posible agresión. Pero parece una dupla muy difícil de gestionar porque el cerebro de un perro y del otro están programados para cosas muy diferentes y no están conectados. Lo ideal sería conseguir entrenar a un cerebro canino para las dos cosas a la vez.

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Pues parece que la evolución humana ya hace mucho tiempo que consiguió esto mismo en nuestro cerebro.

No cabe duda de que la neurociencia nos está facilitando a las personas que nos desenvolvemos en el terreno de la educación (académica o social) unos conocimientos concretos sobre el sustrato biológico que reside en distintos fenómenos del comportamiento humano.

Podemos comprender mucho mejor los problemas de aprendizaje de niños y niñas inteligentes que han crecido en el abandono, la negligencia o el maltrato. Y también explicárselo a los docentes recurriendo a la investigación científica y no sólo a la experiencia. Podemos incluso explicarle mejor lo que le pasa en su cerebro a una persona (adulta o no) atrapada en un patrón de apego ambivalente, por ejemplo.

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La educación con “Co-razón” ya no sólo se sustenta en la sabiduría del inventor de la expresión: Jose Maria Toro, sino en todas aquellas investigaciones que nos hablan de un doble procesamiento de la información en nuestro cerebro. Una rápida, intuitiva y emocional procesada en las estructuras inferiores y más primitivas del cerebro y una lenta, analista y racional procesada en las distintas zonas de la corteza cerebral.

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Así que la amígdala, estructura fundamental en el cerebro “inferior”, está de moda. Por lo que leo y escucho es una glándula encargada de activarnos ante cualquier señal de peligro. Señal que puede ser real (y provenir de los sentidos), imaginada (y provenir del mismo cerebro) o una mezcla de las dos.

Por tanto hasta ahora me la he imaginado como esa sirena o esa luz roja que de normal está callada o apagada y que se excita cuando detecta al intruso, el humo, el calor o aquello para lo que está programada.

Pero leyendo un libro que todavía no citaré para conseguir un cierto efecto sorpresa me encuentro lo siguiente:

“Aún así los científicos han descubierto que la amígdala no se limita a responder al peligro, sino que desempeña un papel fundamental a la hora de establecer relaciones sociales. Funciona de la siguiente manera: cuando se observa un indicador de pertenencia la amígdala cambia y emplea su inmensa potencia neural inconsciente para edificar y mantener los vínculos sociales. Estudia los miembros del grupo, se fija en como interactúan y se prepara para una participación apropiada. En un abrir y cerrar de ojos pasa de ser un furioso perro guardián a un solícito perro guía movido por un único objetivo: asegurarse de fortalecer los lazos que nos unen a los nuestros.

(Salgo un momento de la cita para dirigirme a  Iñigo Martínez de Mandojana: parece ser que la liberación de Oxitocina también pasa por la amígdala)

Según se ve en los escáneres cerebrales, es un momento intenso e inconfundible ya que la amígdala se activa de un modo totalmente distinto. “Todo se altera- afirma Jay Van Bavel, neurocientífico social de la Universidad de Nueva York-. En cuanto te integras en un grupo, la amígdala se adapta a sus miembros y empieza a estudiarlos en detalle (…) Nuestro cerebro social se activa cuando recibe un flujo constante de indicadores casi inapreciables (“Estamos cerca”, “Estamos seguros”, “Tenemos futuro en común”) He aquí, por tanto un modelo para entender como funciona la pertenencia; como una llama que hay que alimentar continuamente mediante señales de conexión segura”

Si esto es cierto significa que la amígdala, no es sólo una estructura evolucionada para la supervivencia, es decir para la seguridad física, sino que busca activamente la seguridad psicológica. No sólo te prepara para salir huyendo o defenderte sino que te guía para conectarte con otros seres humanos.

No es una alarma con dos estados: latente o disparada. Es más bien un semáforo que se pone rojo ante el peligro pero también te indica, poniéndose en verde, que puedes pasar a profundizar en una relación con una o más personas.

La amígdala procesa la actitud, el gesto, la palabra del otro y, poniéndose en verde, te dice: ¡ánimo! ¡Esta relación promete! Puede ser segura. ¡responde en sintonía! Y como el otro también tiene amígdalas, que buscan la conexión segura, se entrará en un baile de retroalimentación mutua. En otras circunstancias te dirá: ¡Ojo con éste! !Cuidadito con ésta! Pero claro, como estamos en el cerebro inferior todo te lo dirá muy rápido hasta el punto de que quizá no llegues ni a ser consciente. Supongo que de aquí vendrá eso que llamamos “primera impresión”.

Me encanta el anuncio de la marca Toyota dentro de su campaña “Conduce como piensas”. Te lo cuento por si no te apetece verlo:

Padre (joven) e hija adolescente caminan charlando. El padre, al cruzar un paso de cebra, y pasar por delante de un coche que ha parado ante ellos mueve la mano mirando a la conductora que automáticamente le responde con un gesto similar y una sonrisa.

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Se produce el siguiente diálogo mientras ellos suben a su coche y arrancan:

HIJA: ¿La conoces?

PADRE: No, solamente le doy las gracias por cedernos el paso

HIJA: ¡Es lo que tiene que hacer! ¡Nosotros tenemos preferencia!¿no?

PADRE: ¿A ti no te gusta que te den las gracias?

HIJA: (Actitud intransigente) ¡Pero es su obligación! ¡Que se pare y punto!

Ahora gira el coche conducido por el padre y se detiene ante un paso de cebra. La gente pasa.

HIJA: ¿Ves, Papá? ¡Nadie te da las gracias!

Pasa una chica que levanta la mano en señal de gracias.

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La hija pone cara de circunstancias y el padre le dice con tono burlón: ¡1-0! La hija le golpea suavemente en el hombro con cara de reconocer su derrota

El padre piensa que hay que ser amable y por eso circula (como peatón o como conductor) con amabilidad. Su amígdala está en verde. A su Rottweiler no le han cortado el rabo y lo está moviendo alegremente. Su amígdala antes (cuando cruzaban ellos) ha experimentado agradecimiento y reciprocidad por lo que ahora sigue calmada. Tiene paciencia y finalmente vuelve a conseguir la respuesta de otra amígdala en verde. ¿Qué conductor no ha experimentado también lo contrario, la crispación al volante?

Sin embargo, su hija en la adolescencia (según Siegel una etapa de “tormenta cerebral” )  tiene una amígdala inmadura que quizá todavía no perciba las pequeñas sutilezas de la interacción humana. Cuando el coche ha parado su joven amígdala estaba pendiente no de la conductora sino de si el morro del coche invadía X centímetros el paso de cebra (activada o programada para ponerse en rojo a la más mínima señal de peligro).

El otro día una conductora daba marcha atrás para salir de un pequeño parking cerrado donde no se puede hacer maniobra. Iba más despacio que los peatones. Un anciano que iba a pasar y que la estaba viendo, por lo que podía pararse y esperar a que pasara, empezó a gritarle cuando estaba al lado de la ventanilla del conductor: !Que no puedes hacer eso!¿Que no sabes que no puedes hacer eso?  Me pareció totalmente desproporcionado.

Fue el mismo día que en una Junta de Vecinos el propietario de un piso de mi finca decidió que, ante una propuesta de otra vecina, sólo cabía la unanimidad (lo que además no era cierto) y que él iba a votar que no por lo que no había más que hablar. Le intentamos hacer entender que los que vivíamos en la finca (el tenía su piso alquilado) preferíamos la buena convivencia, el buen rollito, a la puta norma. No hubo forma. Podéis imaginar cómo acabo la conversación. Como un Congreso Internacional de amígdalas en rojo. Quizá porque las suyas tengan artrosis.

Conclusión, la buena conexión interpersonal necesita una amígdala en plena forma, ni inmadura ni artrítica. Si la presbicia se produce por perdida de la flexibilidad de los músculos del ojo y, por tanto, de la capacidad de enfocar, la “mala leche” ¿es una pérdida de la flexibilidad de la amígdala? ¿Ha perdido esa glándula la capacidad de percibir pequeñas señales de conexión?

P.D.  La cita sobre la función de la amígdala para establecer conexiones interpersonales seguras esta sacada de este libro que no tiene nada que ver con neurociencia sino con el trabajo en equipo

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Un libro que me está encantando y que me ha puesto delante el concepto de “seguridad psicológica” de forma que ahora lo percibo detrás de la explicación de un sinfín de comportamientos humanos.

Su hipótesis principal: los equipos exitosos no depende del talento de sus miembros sino de que se cree entre ellos un clima de seguridad psicológica, algo así como “estas personas van a estar conmigo a las duras y a las maduras y yo con ellas. No importa lo que diga o haga.  Me siento tranquilo perteneciendo a este grupo” 

Ojo: no tranquilo respecto a los que no pertenecen a él sino seguridad ante los miembros del propio equipo. El fanático, rodeado de otros fanáticos como él, se siente seguro frente al “enemigo” pero sabe que si un día su opinión se desvía va a ser condenado, expulsado… La seguridad de la que habla Coyle es la de la aceptación por parte del grupo pienses lo que pienses o digas lo que digas.

6 Comments

  1. Qué sucede en México cuando Javier recomienda un libro en España? Se teje una telaraña inmensa:, yo lo busco, lo leo, lo reseño, generalmente lo amo, y otro me sigue, lo compra, lo lee, lo recomienda, y así se hace una cadena increíble, que no termina, gracias a la generosidad de uno solo que comparte lecturas. Gracias Javier!!!

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