Trascendencia, perdón y resiliencia

La escena que sigue se la he oído contar a su principal testigo varias veces, la última el sábado pasado en un programa de televisión. Este acompaña en un coche a un preso custodiado que puso como condición para entregarse poder salir de la cárcel a pedir perdón a los familiares de sus muchas víctimas. Al llegar a una casa dice:

-A esa casa entre hace un tiempo, saque al hijo de la dueña, y le pegué varios tiros-

El hombre tiembla y explica que, aunque ya lo ha hecho varias veces, cada que tiene que pedir perdón se le pone todo cuesta arriba. Por eso le pide al testigo que se adelante y le allane el camino.  Este así lo hace y, tras acercarse, comienza a hablar con una niña que juega en la calle. Al momento sale la abuela de la niña y sin mediar palabra le dice:

-Dígale que se acerque-

Ante la cara de sorpresa de su interlocutor la mujer añade:

-Esta noche he soñado que Jesucristo me decía que hoy iba a venir quien mató a mi hijo. Dígale que venga.

Cuando el ejecutor se acerca, llevando una guitarra para regalar a la familia, la mujer le abraza y le dice:

-A partir de hoy esta es tu casa.

Las horas siguientes transcurren alrededor de una mesa, compartiendo comida, bebida y canciones. El asesino confeso comentará a su regreso a prisión que nunca podré recibir un regalo tan grande como el que acaba de recibir: el perdón.

Recordar esta escena y el inminente estreno de la película “El mayor regalo” de J.M. Cotelo (el testigo) me llevan a decidir que tengo que abordar el tema del perdón y en los días que siguen me pongo a buscar material al respecto.

mayor regalo

Lo que me sirve para recuperar un excelente capítulo sobre el mismo en el libro coordinado por Anna Fores y Jordí Grané “La resiliencia en entornos educativos” (Ed. Narcea). Se trata de “Perdón y Resiliencia” de Carmen Maganto Mateo y Juana Mª Maganto Mateo, profesoras de la Universidad del País Vasco.

entornos

También encuentro en Internet un extenso artículo (32 páginas) firmado por María Asís Olaya García-Puente en la Revista Digital de Medicina Psicosomática y Psicoterapia   (Volumen VII nº 2 Septiembre 2017) y que puedes descargar aquí.

El colmo es cuando me encuentro con una referencia en Google… ¡a un post de este blog!… llamado “Resiliencia, rencor y resiliencia”. Siempre he dicho que, como Augusto Monterroso ,”no sé lo que pienso hasta que no lo escribo” Pero ¡de qué me sirve si luego olvido que lo he escrito!.

Así que, una vez releído, puedo construir este post yendo más allá de aquel.

Me consta que los testimonios de perdón que aparecen en “El gran regalo” (entre ellos Tim Guenar) tienen el factor común de sustentarse en una Fe religiosa y este no es un blog de apologética cristiana. Pero tampoco puedo obviar que todos los estudiosos de la resiliencia incluyen la trascendencia (religiosa o laica) como un posible factor favorecedor de la resiliencia.

Tenemos un ejemplo claro en nuestros días de trascendencia laica. Cada vez más gente deja de alimentarse o comprar productos que supongan la muerte o la explotación de animales. La postura vegetariana se sustenta normalmente en un convencimiento de una mejoría para la salud pero el veganismo va mucho más allá. La persona vegana es capaz de inhibir apetencias o hábitos anteriores en función de un objetivo trascendente (algo que va más allá de mi y de ti y que considero bueno para la Humanidad y que aporta sentido a mi vida).

Podemos compartir ese motivo trascendente o no. Pero lo que no podemos es negar que la gente hace cosas muy concretas, y a veces asombrosas (en positivo o negativo) por sus ideas, ideales o creencias.

El recién publicado libro “Envejecer con resiliencia” (Ed. Gedisa) comienza con un portentoso artículo (“Cuando la vejez llega”) de Boris Cyrulnik en el que, repasando los posibles factores de resiliencia en la tercera edad, señala:

descarga

“La religión es un precioso factor de resiliencia en los ancianos, cuyo estudio ha sido descuidado. El imperativo «ama la religión, o bien ódiala» ha dificultado los estudios científicos del tema. No se trata de afirmar que «sólo Dios nos salvará» o, por el contrario, que «Dios siempre provoca guerras de religión»; se trata de preguntarnos si la creencia en Dios puede ayudar a un anciano a reanudar su vida tras un trauma. Las investigaciones psicológicas y epidemiológicas lo precisan: los creyentes afrontan mejor la desgracia y, en caso de trauma, desencadenan fácilmente un proceso de resiliencia (Pargament, Cummings, 2010).

Se puede analizar de qué modo la religión estructura un modo de vivir que coordina un haz de factores de resiliencia:

  • frecuentarse para calmarse mutuamente;
  • tratar de comprender, dar sentido al sufrimiento;
  • identificarse con una imagen protectora;
  • reunirse para celebrar rituales religiosos; crear un sentimiento de pertenencia que da seguridad;
  • hacerse una representación sublime de uno mismo;
  • participar de una trascendencia;
  • leer los textos que se comparten, cantar, llevar a cabo peregrinaciones, aportan los factores de resiliencia del arte y de la acción;
  • codificar la sexualidad y la alimentación para controlar la impulsividad;
  • sentirse contenido y seguro por la obediencia a una ley divina.”

Significa eso que la intervención social ¿debería fomentar la religiosidad de las personas en situaciones difíciles? Evidentemente no. Pero tampoco ignorarla o dificultarla.

¿Y que tiene que ver todo esto con el perdón?

Que yo oriente mi vida, por ejemplo, hacia el respeto máximo hacia los animales no implica necesariamente una predisposición hacia el perdón en las relaciones inter-personales. Incluso la defensa de la vida animal (al igual que la religión o las ideas políticas) puede llevar al rencor, incluso al odio a quien no la comparta. Incluso la trascendencia centrada en la justicia social puede llevarme a considerar el perdón como algo indeseable. Por el contrario, en una trascendencia religiosa cristiana, el perdón es una cuestión troncal.

Por tanto me atrevo a afirmar, y lo digo así porque realmente es muy atrevido por mi parte, que no todo planteamiento trascendente nos dirige al perdón pero todo perdón se puede beneficiar de algún planteamiento trascendente por particular que sea. Pondré un ejemplo de esto último.

Imaginemos una persona no religiosa y no especialmente solidaria o comprometida. Está en proceso de separación de una larga relación de la que han nacido hijos o hija. Imaginemos también que esta ruptura es fruto de una injusticia real y objetiva. La víctima es ella sin lugar a dudas.

Si la resiliencia consiste en retomar un nuevo desarrollo satisfactorio tras un trauma, y el trauma consiste precisamente en quedar atrapado en la desgracia o en el rencor, el perdón solemos presentarlo como un elemento liberador.  Así que queremos que nuestra persona imaginaria se libere del rencor a su ex-pareja. Pero en ella no actúa el mandato evangélico del “amor al enemigo” porque no es creyente. Pero ¿qué pasa con el “amor a los hijos”? ¿Puede ser ese su punto de apoyo trascendente? Yo creo que sí.

Se me puede alegar que el amor a los hijos no es transcendencia, es lo que toca. Permitidme que, trabajando en protección de menores, y conociendo, como cualquiera, verdaderas batallas judiciales y emocionales por la custodia de los hijos, eso de que es “lo que toca” lo ponga más que en duda.

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Si admitimos la afirmación de Teresa de Calcuta de que el perdón no es un sentimiento sino una decisión (algo que creo que la psicología no debe tener ningún problema en aceptar) tener un punto de apoyo en el mundo de las ideas o las creencias puede ser importante. Porque el recuerdo de la infidelidad, o el abandono, durante mucho tiempo seguirá trayendo los sentimientos de rabia, ira, desprecio… Pero el deseo de un bien por encima del mio (el de mis hijos) me puede servir para aguantar la marea (os recuerdo que incluso hay una Terapia llamada de Aceptación y… Compromiso)

Es más, y me vas a matar- excepto que me perdones- creo que en protección de menores debemos inocular en los mismos el deseo de no repetir la historia. De que lleguen a ser buenos padres o madres. Si nos quedamos en el pobrecitos, con lo que han sufrido, limitémonos a procurar su bienestar quizá no consigan romper el círculo cuando sean personas adultas. Sólo si le damos un motivo trascendente les estaremos proporcionando un anclaje para la resiliencia. Y que mejor motivación que la de llegar a ser héroes: que sus hijos no pasen por lo que ellos han tenido que pasar.

Pero me estoy desviando… No cabe duda de que hoy en día tenemos enfoques terapéuticos para tratar el trauma. Y en muchos de ellos el perdón ni se plantea. Pero es que estamos hablando de resiliencia no de terapia. No se excluyen, pero no son lo mismo. Como interventores sociales no puedo limitarme a derivar a todo el mundo a terapia. Tengo que abrir el foco. Por supuesto, si fuera posible, facilitar la reparación del daño sería estupendo. Pero muchas veces no lo es. Y en este terreno y en este exacto punto mi planteamiento es simplemente que el perdón (suponiendo que se considere a este liberador) está facilitado por la trascendencia, sea esta del tipo que sea. Si la víctima la tiene habrá que facilitarla o al menos no estorbarla.

Me quedaría plantearme (para saber lo que pienso) si el perdón es causa o efecto de la resiliencia. Me parece recordar que en el artículo de Carmen y  Juana Mª Maganto Mateo se insinúa o se afirma una relación bidireccional. Pienso que los tiros van por ahí pero me voy a mojar un poco más.

La resiliencia tiene una dinámica muy concreta. Cuando el golpe de la vida me tira a la lona, y especialmente cuando es un golpe intencionado (el puño tiene nombre y apellidos) me desconecto. La confianza en el otro/otros queda más que cuestionada. El ser humano es un ser despreciable. Además yo ya no pertenezco al mundo de “los normales”. A ellos no les ha pasado lo que a mi. No me podéis entender. En ese momento no puedo ver más allá. (Fase 1)

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Creo que en esta fase el perdón no es posible o incluso podría ser hasta patológico. Quizá planteamientos trascendentes muy intensos podrían explicarlo pero recordemos que la trascendencia también puede llevar al extremismo, a la rigidez. Creer en un Dios Misericordioso y pensar que me exige el perdón inmediato es un contrasentido. Al revés, recibir la capacidad de perdonar como un regalo divino requiere necesariamente experimentar primero la incapacidad de hacerlo. Por tanto como le escuché creo que a Cyrulnik una expresión de perdón recién recibido el mazazo puede ser fruto de un mecanismo de defensa pero no un respuesta saludable.

La entrada en una segunda fase sólo es posible, sí gestos delicados, sinceros e incondicionales (me ha quedado un poco cursi pero lo voy a dejar) de gente que me rodea me permiten ir recuperando la confianza en el ser humano. Es entonces cuando comienzo a levantar la cabeza. A incorporarme. Y si realmente me siento acompañado en mi dolor quizá haya esperanza. Empiezo a reconectarme. Y es en el meollo de esa segunda fase donde comienza un vuelco interior.

La resiliencia ha empezado desde fuera pero ahora (Fase 2) lo que está en juego son los recursos internos de haya podido adquirir hasta entonces. Por eso me gusta la expresión de Milly Cohen. Más que recursos, resortes. A algo me agarro para darme la vuelta, para levantarme. Quizá al humor, quizá a la humildad (“necesito ayuda pero no la exijo”) quizá la escritura, la creatividad o la simple introspección. Quizá la trascendencia.

Es aquí donde el perdón puede empezar a plantearse si antes de la desgracia ya había fuertes planteamientos trascendentes favorecedores del mismo. Porque entre los recursos disponibles desde el exterior se incluye no solo el apoyo emocional o el material sino también los modelos de comportamiento que se tenga en general, y de resiliencia en particular.

Así que en ese momento uno empieza a mirar alrededor pero ese alrededor no es sólo físico sino también mental. ¿Qué tengo en mi cabeza para comerme este marrón insoportable? ¿A quien. real o imaginario, puedo recurrir? ¿Cómo afrontaría esta desgracia la gente a la que admiro?

Si admiras a Jesús de Nazaret no te empeñes… no encontrarás argumentos en sus evangelios para estrangular a tu ofensor. Ya sabes de sobra de que va su rollo.  Mientras no rompas con esa creencia te enfocará hacia el perdón. O quizá tu dolor te lleve a la ruptura con ella. De creerlo resucitado puedes pasar a considerarlo un mito.

Quizá aparezca entonces tu admiración por Nelson Mandela. Tampoco te llevará hacia la venganza. Es obvio. O quizá cojas el modelo de tu padre, de tu madre o de cualquiera de tus referencias. En definitiva tu historia y los contextos en los que te mueves te ofrecerán modelo que te dirijan o no al perdón.

En definitiva, este es el tiempo de estar sentado en la banqueta en tu esquina del ring mientras te repones y tu equipo (tus creencias, tus héroes, tus referencias) te empujan a seguir en la pelea y te dan pistas de cómo hacerlo.

 

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Y la tercera fase empieza precisamente cuando vuelve a sonar la campana y te levantas. Un “para qué” te empuja a olvidarte de tu dolor y tus heridas (salir de ti mismo). Es aquí donde la trascendencia tiene su máxima potencia. Este tipo me va a volver a dar pero veo más allá. ¿Y si mi dolor sirviera para alguien? Quizá mi dolor sirva para algo importante. En definitiva: mi sufrimiento tiene sentido.

Creo que es en esta fase donde el perdón puede surgir de forma más natural (si es que tiene algo de natural). Un o una indeseable te ha bloqueado el camino en el que estabas transitado. Y no hay solución. Ya no se puede volver a abrir. Pero ahora te has repuesto y has encontrado un nuevo camino y lo has empezado a recorrer. El rencor es inevitable pero comienzas a vivirlo como un lastre. La costra de la herida te molesta y el día que se caes sientes alivio.

Por eso y sea fruto de Dios o de la Vida (de la resiliencia) estoy de acuerdo con Cotelo que el perdón (de Hyper -lo más grande- y Don – regalo) es un gran regalo, quizá sí: el mayor regalo. Y por eso, aceptando una dinámica de retroalimentación entre perdón y resiliencia, me inclino a pensar que el perdón es más un fruto o resultado de la resiliencia que al revés.

Una última apreciación: el perdón es mucho más probable que se dé cuando se ha recibido en abundancia. ¿Por qué? Porque eso significa que aun siendo objetivamente “víctima” has sido alguna vez “verdugo”. Si siendo verdugo has tenido la experiencia de ser perdonado debería ser más fácil perdonar cuando eres víctima.

En teoría.

Como todo el post.

5 Comments

  1. Me encanta que toques el tema del perdón, sobretodo en estos tiempos en los que no sé por qué cuesta tanto trabajo a la gente perdonar, decir lo siento, aceptar el error. Si partimos del error como fuente de crecimiento, si creemos que el perdón es decidirse a fluir en vez de estancarse, de pronto siento que es el perdón una de las estrategias resilientes más importantes.
    Me encanta que recomiendes tanto libro pero no sé si te has puesto a pensar que en lugares como los que yo vivo tardan siglos en llegar (para los que sólo leemos en papel!) y me causas envidia, te perdono por esto (jaja).
    Un abrazo.

    1. Quizá porque somos orgullosos por naturaleza…. O porque vivimos en una sociedad tan competitiva que pedir perdón es signo de debilidad… y tu comentario me hace darme cuenta se que, aunque en el post no he entrado a ello, el tema del perdón tiene dos caras… perdonar y pedir perdón. ¿Te animas?
      Sobre los de los libros… te envío un email.
      Un abrazo
      Gracias

  2. Javier gracias, tus reflexiones son siempre un punto de partida para no olvidarnos que conocernos y conocer al otro pasa por estar continuamente formulándonos preguntas. Un abrazo

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