(Texto de Milly Cohen)

Javier menciona en su penúltimo post al perdón y a la resiliencia, yo me encuentro hoy dolida, Javier me invita a hablar sobre eso, y yo, en caliente, me lanzo, no a redactar una tesis sobre ello sino a divagar un poco sobre este tema primordial. Lo haré simulando su estilo cuando habla de microcasos, espero en pocas palabras poder decir mucho.

¿Por qué pedir perdón duele tanto? Así pienso yo y parto de la premisa de que duele más pedir perdón que perdonar. Al perdonar, demuestro mi superioridad ante ti, te ofrezco el perdón que ansías, yo te doy, por eso duele menos, porque me empodera. Pero al pedir perdón, soy yo el frágil, el que cometió el error, el que denota su vulnerabilidad, el que necesita algo: necesito de tu perdón para obtener mi paz. Y eso es tremendo porque pone en las manos de los demás mi felicidad, mi transformación o mi propia reescritura.

Perdonar según la Real Academia Española viene del latín tardío perdonāre, de per- ‘per-‘ y donāre ‘dar’. DAR. Qué palabra más poderosa. Por unos amada y practicada, por otros, olvidada o enterrada. DAR. ¡Si tan sólo entendiéramos que dando, nos damos!

Javier habla sobre el egoísmo, por ello no perdonamos, yo imagino lo mismo, que ese satán, el EGO, es quién nos impide perdonar y sobre todo, perdir perdón. Es quién torna un tema moral, obvio, natural, en un tema espinoso, poco discutido, o confundido. Pedir perdón o perdonar no es justificar, no es resignarse, no es reconciliarse ni exonerar. Perdonar o pedir perdón es transformar tu ego en humildad, tu odio en amor, tu verdad absoluta en una verdad universal.descargaSegún Viktor Frankl, aquellos internos de los campos de concentración que fueron capaces de mantener su resiliencia y desarrollar su habilidad para soltar o dejar los resentimientos de lado, pudieron sobrevivir y avanzar. Estoy segura que no necesitamos de un holocausto para comprender este pensamiento. Si te aferras, te atas. Si sueltas, vuelas. Pero a veces la cuestión es pedir las alas para poder volar. Y otorgarlas.

El perdón está relacionado con la disminución de la rabia, la depresión, la ansiedad, la restauración del empoderamiento del individuo y su autoestima, produciendo, en general, una mejora en la salud física además de en las relaciones sociales (Anderson, 2006). Aparte, como contraparte, la ausencia de perdón como constructo consiste en seis emociones interconectadas; resentimiento, amargura, hostilidad, odio, rabia y miedo.

¿Entonces? ¿Por eso no pedimos perdón? ¿Por qué queremos alimentar nuestra rabia, amargura, hostilidad? ¿O provocarla en el otro? De todas estas emociones el miedo es el mandamás para mi, el jefe, el líder.

Porque ese miedo es lo nos impide tocar nuestra humanidad, divinidad, moralidad, o como acostumbres tú llamar a aquello tan accesible e imprescindible como pedir perdón cuando debes hacerlo. El miedo nos paraliza, nos resta fuerza y nos gana, tristemente, nos gana, elegimos entonces no pedir perdón, no lo creemos necesario, nos olvidamos del poder que tiene y mejor lo enterramos en el fondo de nuestro cajón de tiliches (1), a que se empolve.

La pura conciencia del dolor emocional que infligimos en el otro cuando no le pedimos perdón debiera ser suficiente para reconsiderar sacarlo del cajón y desempolvarlo. Pero, en este mundo de prisas y quehaceres y distracciones, ¿a quién fregados le importa el dolor del otro?

Cuando comienzo a escribir con groserías es cuando percibo que me empiezo a enojar, por eso creo que es momento de terminar, no vaya a ser que tenga que disculparme por mis palabras altisonantes, sólo cierro agradeciendo a Javier el espacio para desahogar mi frustración por un simple “lo siento” no recibido.

Si tan sólo supiera que al decirlo, la que más hubiera ganado hubiera sido ella.

Gracias.

 

(1) Un objeto de poca utilidad que tienes guardado esperando a que vuelva a ser útil algún día, pero raramente lo vuelves a usar y solamente ocupa espacio

Anderson, M.A. (2006). The Relationship among Resilience, Forgiveness and Anger expression in Adolescents. (Doctoral dissertation). The University of Maine.

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Hijos valientes, hijos resilientes

 

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Un comentario en “Trascendencia, perdón y resiliencia (Epílogo… o no)

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